sábado, 27 de septiembre de 2014

EL HOMBRE DE LO TEMPORAL

     No me satisface, por incompleta, la definición del laico como “el hombre de lo temporal”. Por muy inmerso en lo temporal que se le quiera suponer, es imposible prescindir del llamamiento universal a la santidad...
     El religioso, que está religado; el sacerdote, que está consagrado, es el hombre de lo espiritual, aunque no exclusivamente. Está “segregado”, como dice San Pablo, pero no incomunicado.
     El seglar, el laico, sería el hombre de lo temporal, aunque no exclusivamente, porque le ocasionaría la ruina.
     Esta parcela de lo temporal, que por voluntad divina le ha tocado en suerte, como lote de trabajo, no es renuncia a lo espiritual ni exclusión de las miras de eternidad que hicieron cristiana a toda la Edad Media. El tiene obligación de dignificar y espiritualizar lo temporal; de poner gotas y peso de eternidad en el instante fugitivo y en la obra caduca; de orientarse cada momento hacia la ciudad futura que ha de permanecer...
     Un poeta colombiano ha dicho lindamente que el hombre pasa por el mundo:
     "tocada la sandalia con polvo de la tierra, tocada la pupila con resplandor del cielo...” 
     Vamos a conceder, para el laico principalmente, que el polvo de la tierra llega a tocarle también las manos y la frente...
     Dichoso él si sabe caminar así hasta Dios y llevarle los testimonios de su labor de cada día.
     Entre el polvo del taller se santificó José, el de Nazaret; sobre el barro de Castilla, San Isidro; con polvo de infolios, el profesor Fe-rrini...
     Pero en la pupila y en el alma llevaban siempre la luz del cielo. La ley de Dios era antorcha para sus pies. Eran emisarios de la creación que, mediante ellos, iba realizando su retorno a Dios.
     Todo viene del Padre y debe retornar a El... Intermediario y Pontífice de este retorno del Universo es el hombre, empinamiento y vértice de la materia sobre la cual trasciende y vuela por aquel soplo divino y aquella imagen divina que lleva consigo...
     Inmerso en la materia, la recapitula, y emerge de ella en acto de liberación propia y de oblación suprema al Padre y Creador.
     Su vida debe ser un ofertorio permanente. Mediante su inteligencia atrae, filtra y capta lo natural; y el mundo entero y mil mundos posibles le danzan armoniosamente en el alma.
     Mediante su voluntad, él hace de las criaturas peldaños para la ascensión a la casa del Padre.
     Mediante su amor, el presta voz a toda la creación y almas y estrellas cantan el salmo de la gloria y de las misericordias divinas...
     “Bendecid todas las obras del Señor al Señor: alabadle y enaltecedle por todos los siglos.”
     El religioso y el sacerdote son la plegaria del mundo que se eleva a Dios en regreso de adoración y de gratitud; pero la Iglesia quiere que a ellos se una el simple fiel en la oblación de su faena diaria, como una modesta y amorosa contribución del esfuerzo humano a la plenitud final cuando todo quede consumado y recapitulado en Dios...
     Y lo hace por Nuestro Señor Jesucristo.
     Porque El, Dios y Hombre verdadero, es el Gran Pontífice y el intercesor ante el Padre.
     Todo hombre hace puente (pontifex), porque eslabona en sí materia y espíritu. Y es pontífice de la creación porque le corresponde de oficio trocarse en plegaria y en vuelo hacia Dios en nombre de todas las criaturas inanimadas o irracionales.
     Pero el Gran Pontífice es Cristo, Dios y Hombre, primogénito de sus hermanos y corona del mundo.
     El, mediante la encarnación, atrajo a Sí, misteriosamente, inefablemente, tedas las criaturas. Y su persona, universo viviente, conciliación de alturas y de abismos, se ofrece a los cielos y al Padre como representante de todas las cosas. Y ahora mismo el Gran Pontífice vive para interpelar por nosotros...
     Mirada así la vida del simple fiel, a la luz de estas perspectivas universales y cósmicas y como aportación al ritmo y “al destino total y armonioso de la creación”, que se va cumpliendo bajo la faz del Padre que está en los cielos, cambia por completo el sentido de nuestra existencia, se alumbra nuestro camino, se alivia la faena de cada día y se vive como viandante —homo viator— que sabe de dónde viene y a dónde va, por qué sufre y por qué espera, por qué reza y por qué trabaja y canta, Quién le guía y a Quién ha de volver cuando se consume el regreso...
     Entonces ya no será el viandante, sino el ciudadano del reino de Dios.
R. P. Carlos E. Mesa C.M.F.
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