sábado, 17 de mayo de 2014

Caridad.

     El mayor enemigo de la paz doméstica lo llevamos todos dentro; es nuestro propio yo.
     No te asombre; tu yo te perjudicará muchísimo en el cumplimiento de tus deberes hogareños, y solamente lograrás cumplirlos saltando por encima de él.
     Lo malo es que tenemos el yo muy metido en nosotros, identificado con nuestra personalidad, y cuesta mucho trabajo negarnos a él.
     La Compañía Telefónica de Nueva York, en un interesante estudio hecho sobre las conversaciones por teléfono, comprobó que la palabra más usada era el pronombre personal yo. En quinientas conferencias fue empleado tres mil novecientas noventa veces.
     Yo hice... Yo dije... Porque yo..., cuando yo... ¡Siempre yo!
     ¿No te sucede a ti lo mismo? Cuando miras la fotografía de un grupo en el que estás tú, ¿a quién miras primero?
     Cuando en un periódico lees la reseña de una fiesta en la que interviniste, ¿qué nombre buscas el primero?
     Se trata de repartir algo entre los hermanos; ¿de quién te acuerdas antes que de nadie?
     Se ha recibido la invitación para una boda; tu padre ha dispuesto que le acompañe uno de sus hijos. ¿Cuál es tu primer impulso?
     Un amigo tuvo la atención de enviar unas butacas para el teatro En cuanto lo supo la hija mayor preguntó a su madre: «Mamá, ¿quiénes vamos?»
     El yo siempre saliendo a flote y orientando la vida; y como es un mal piloto, porque padece miopía y no ve más allá de sus narices, ¡se mete en cada borrasca!
     Hay que pronunciar menos el yo y hablar más del tú y él. Hay que mirar menos hacia sí, para acordarse, más de los demás.
     Si se constituye al yo en centro en torno del cual todo gire, inevitablemente vienen choques, pues en el espacio angosto de un hogar, las órbitas de atracción de los distintos yo se entrecruzan. Para evitar tropiezos, cada uno ha de acostumbrarse a ceder el paso a los otros, en vez de tratar de atropellarlos para conseguir salirse con su gusto.
     ¿Por qué esos excesos económicos de que hablábamos en el capítulo anterior? Por egoísmo; porque el yo es el ídolo a quien todo se sacrifica.
     Con tal de que yo quede servido, todo lo demás no importa. Se arruina la economía doméstica, pero yo lo paso bien.
     Por eso, el remedio para las prodigalidades económicas no está en la tacañearía, orín que enroñece a las almas chiquitas, sino en la generosidad, que es característica de las almas grandes.
     Pretender sustituir el despilfarro por la tacañearía, sería intentar quitar una mancha echando encima otro borrón.
     No queremos borrones en la conducta de una muchacha; su alma debe ser luminosa, sin eclipse alguno.
     Los excesos económicos o tienen origen en falta de orden y han de curarse con una buena administración; o son fruto del egoísmo, del imperio del yo, y no pueden remediarse si no es con la generosidad.
     El yo se ha hecho absorbente, e impone su tiranía despótica en el individuo; hay que vencerle.
     No es posible arrancarlo de nuestra personalidad, porque yo soy yo; es decir: es mi propia persona, a la que no puedo destruir. Tal destrucción equivaldría a un suicidio. Por lo tanto, tengo que sujetarlo de manera que no se desboque, y, por otro lado, no se degrade, antes bien se perfeccione.
     La clave de esta operación nos la ha dado Dios en sus mandamientos reducidos a dos fundamentales, cuyos preceptos encierran todos los demás.
     «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus energías, y al prójimo como a ti mismo.»
     Aquí tenemos la fórmula de vida práctica para evitar el egoísmo.      Primero: el yo al servicio de Dios, a quien ha de sujetarse.
     No puede saltar a todos los campos para imponer su dominio; pues cuando pretenda decir: Yo quiero:.. Yo hago..., tropezará con el mandamiento que le dice: Dios quiere... Dios manda... Dios pedirá cuentas...
     Segundo: el yo identificado con tú y él.
     No puede haber conflicto entre yo y tú; tus intereses son los míos, y mío también tu bienestar. Por ti me he de sacrificar como por mí. Si tú triunfas, me parece que he triunfado yo.
     He dicho identificar, y este verbo se queda corto, no liega a decir todo lo que exige y obra la caridad cristiana.
     Hay momentos en que, aun considerando al prójimo como a mí mismo, estalla el conflicto. El puesto es estrecho y no cabemos los dos en él. Es inútil que intentemos entrar los dos del brazo. No cabe más que uno. ¿Quién?
     No lo dudes; tu prójimo. Cede el paso a tu hermana; que ella reciba el obsequio; que vaya, que disfrute...
     Jesús ha dicho: «Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado
     Y El nos ha amado sacrificándose por nosotros y dando preferencia a nuestros intereses.
     Nosotros hemos de sacrificarnos por los demás, dando preferencia a sus intereses.
     Para que nos fuese más fácil esta preferencia y nos resignásemos de mejor grado a postergarnos a nuestros prójimos, Jesús ha querido que éstos, cuando aparecen necesitados, le representan a El.
     «El que recibiere a un niño en mi nombre, a Mí me recibe.» «Lo que hiciste a alguno de estos pequeños, a Mí me lo hicisteis.»
     No me extraña que haya tantas chicas generosas, de alma grande, que a base de sacrificios personales y negaciones del propio yo, van tejiendo la felicidad de su hogar.
     Sacrificios callados, renuncias inadvertidas, vencimientos ocultos... ¿Dónde está ese yo subversivo y absorbente, causa de indecibles disgustos?
     El yo no es norma de conducta; quien traza la norma de vida es tú, o mejor, vosotros. Este vosotros encierra a los seres queridos, y tras de los seres queridos está Dios.
     La muchacha que medita el Evangelio no puede pensar de otra manera. Si en la actualidad abundan las chicas egocéntricas es porque o no leen el Evangelio o no profundizan su contenido.
     Ha llegado a casa con la cartera de los libros debajo del brazo. Tiene diecinueve años y muchas ilusiones Estudia en la Universidad.
     «Mamá —le dice, con el sobrealiento de la prisa— arréglate para que vayas al cine con papá. Se estrena una película muy bonita. La he visto muy anunciada, y he pensado que habías de disfrutar mucho con ella. Anda, arréglate, que ya he telefoneado a papá. Yo me quedo con los niños.»
     El consiguiente forcejeo, porque la madre se empeña en que sea la hija la que vaya al cine; y, por fin, ésta sale triunfante.
     Se queda en casa con sus hermanos menores; les da de cenar, los acuesta y organiza la cena para los demás. Mientras tanto, gracias a ella, su madre puede disfrutar de un bien merecido descanso.
     Esta vez es el padre el que llega a casa con una noticia bomba: la tía de San Sebastián escribe, invitando a una de sus sobrinas a pasar el verano con ella. No señala quién ha de ser la beneficiada, pero parece indicar preferencia por Mari Asun, la mayor, que es su ahijada.
     La noticia es acogida con algazara. El verano en la bonita playa donostiarra les ilusiona. ¿Quién irá?
     Mari Asun, que se ha visto aludida, se adelanta a toda iniciativa.
     «¡Qué oportuna ha estado la tía! Belita le estaba haciendo mucha falta el cambio de aires. ¿No os parece que debía ir mi hermana?»
     Los padres deliberan; Mari Asun debe ser la agraciada, por mayor y por ahijada.
     Esta insiste en su punto de vista: Belita necesita el veraneo; está muy inapetente; los calores de Madrid le perjudicarán. Precisamente le estaba preocupando la salud de su hermana.
     Ante su insistencia, tras de varios cabildeos, se accede; y Mari Asun, a quien acaso no se volverá a presentar la ocasión de veranear en San Sebastián, se dedica con toda ilusión a preparar el viaje de su hermana, disfrutando en los preparativos como si fuesen para ella.
     A través de la satisfacción que experimenta, acallando posibles rebeldías del yo, sonríe Jesús, diciendo: «Lo que haces por tu hermana, a Mí me lo haces.» 
Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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