viernes, 23 de mayo de 2014

Gnosticos

     Herejes del primero y segundo siglo de la Iglesia, que aparecieron principalmente en el Oriente. Su nombre griego significa ilustrado, iluminado, dotado de conocimiento, y se atribuyeron, porque pretendían ser más ilustrados e inteligentes que el común de los fieles, y aun que los apóstoles. Consideraban a estos último como gentes sencillas, que no tenían el verdadero conocimiento del Cristianismo, y que explicaban la Sagrada Escritura en un sentido demasiado literal y grosero.
     En el principio fueron filósofos mal convertidos, que quisieron acomodar la teología cristiana con el sistema de filosofía de que estaban prevenidos; mas como cada uno de ellos tenía sus ideas particulares, formaron un gran número de sectas, que llevaban el nombre de sus jefes: simonianos, nicolaitas, valentinianos, basilidianos, carpocracianos, ofitas, setianos, etc. Todos tomaron el nombre general de gnósticos o iluminados, y cada uno a creencia separada, aunque era la misma en ciertos puntos. Parece que este desorden empezó desde el tiempo de los apóstoles y que San Pablo alude a él en muchos lugares de sus cartas; I Tim., VI, 20, advierte a Timoteo, "que evite las novedades profanas, y todo lo que opone una ciencia falsamente llamada gnose, que profesándola algunos se han separado de la fe; que no se entretenga con fábulas y genealogías sin fin, que mas bien sirven para excitar disputas, que para establecer por la fe el verdadero edificio de Dios.» Muchos sabios han reconocido los gnósticos en este cuadro.
     Sabemos que el escollo de la filosofía y del raciocinio humano fue siempre el querer explicar el origen del mal; el conciliar con la bondad, la sabiduría, y el poder de Dios, las imperfecciones y desórdenes de las criaturas, la conducta de la Providencia, la oposición aparente que se halla entre el antiguo y nuevo Testamento, etc. Para darse una razón, los gnósticos se imaginaron que el mundo no había sido criado por el Dios supremo, ser soberanamente poderoso y bueno, sino por espíritus inferiores, que él había formado, o mas bien, que habían salido de él por emanación.
     En consecuencia, además de la Divinidad suprema que los valentinianos llamaban Pleroma. plenitud o perfección, admitieron una numerosa generación de espíritus o de genios que llamaban eonos, es decir, seres vivientes e inteligentes, personajes por cuya operación se lisonjeaban explicarlo todo. Mosheim, instruidísimo crítico, ha hecho una disertación bastante larga para saber lo que significa la palabra eon en griego, y no sabe qué decir de ella. (Inst. Hist. crist . 2* part., c. 1, § 2). No hubiera tenido esta dificultad, si hubiese atendido a que este nombre viene de los orientales; que en su lengua haiah, hajah, havah, significa la vida de los seres vivientes. Mientras que los griegos pronunciaban «eon», los latinos han dicho aevum, la vida o duración: nosotros decimos la edad, que es el hebreo hajah. Como siempre se han unido a la vez la vida y la inteligencia, los eonos son seres vivos e inteligentes que llamamos espíritus; los griegos los llamaban demonios que casi tiene el mismo sentido. Estos pretendidos eonos eran, o los atributos de los dioses personificados, o nombres hebreos sacados de la Escritura, o palabras bárbaras inventadas a discreción. Así de Pleroma o Divinidad salían nous la inteligencia, sophia la sabiduría, sige el silencio, logos el verbo o la palabra, sabaoth los ejércitos, achamoth las sabidurías, etc. El uno había formado el mundo, otro había gobernado a los judíos y hecho su ley, el tercero había aparecido entre los hombres con el nombre del Hijo de Dios o de Jesucristo, etc. Nada les costaba el multiplicarlos, los unos eran varones y los otros hembras; de su matrimonio había salido una numerosa familia; de aquí aquellas genealogías sin fin de que habla San Pablo.
     Mosheim, que ha examinado de cerca el sistema de estos sectarios, dice que todos, aunque divididos en muchas cosas, admitían los dogmas siguientes: la materia es eterna e increada, esencialmente mala y el principio de todo mal; está gobernada por un espíritu o genio naturalmente perverso, que tiene a las almas nacidas de Dios sujetas a la materia, a fin de tenerlas bajo su imperio; él es el que ha hecho el mundo. Dios es bueno y poderoso; pero su poder no es bastante grande para vencer al del constructor del mundo; este u otro genio malo es el que ha hecho la ley de los judíos. Otro, bueno por su naturaleza y amigo de los hombres, ha bajado del cielo para librarlos del imperio del principio de la materia: pero como la carne, obra de este último, es esencialmente mala, el buen genio, que llamamos Salvador, no ha podido revestirse de ella; no ha tomado mas que las apariencias: parece que ha nacido, padecido, muerto y resucitado, aunque nada de esto haya sucedido en realidad.
     Así los gnósticos no admiten ni el pecado original, ni la redención de los hombres en el sentido propio; consistía únicamente en que Jesucristo había dado a los hombres lecciones y ejemplos de sabiduría y de virtud (San Ireneo 1, c. 21). Para obrar una redención de esta especie no se necesitaba que Jesucristo fuese un Dios encarnado, ni un hombre en cuerpo y alma; bastaba que este Verbo divino se mostrase bajo el exterior de un hombre: su nacimiento, sus padecimientos y su muerte parecían a los gnósticos no solo inútiles, sino indecentes: el Verbo, decían, después de haber llenado el objeto de su misión, había vuelto a la Divinidad tal como había bajado. En consecuencia, la mayor parte fueron llamados docetas, opinantes o imaginantes, porque, según su opinión, la humanidad de Jesucristo había sido solo imaginaria o aparente. 
     Sus ideas sobre la naturaleza del hombre no eran menos absurdas; según su sistema había hombres de tres especies: los unos, puramente materiales, no eran susceptibles mas que de las afecciones o mas bien de las cualidades pasivas de la materia; los otros, verdaderos animales, aunque dotados de la facultad de raciocinar, incapaces de elevarse sobre las afecciones y de los gustos sensuales; los terceros, nacidos espirituales se ocupaban de su destino y de la dignidad de su naturaleza, y triunfaban de las pasiones que tiranizaban a los demás hombres. (San Ireneo).
     Es evidente que este cáos de errores, lejos de satisfacer al entendimiento y resolver las dificultades, las multiplica. Supone que Dios no es libre; él no ha producido los eonos con libertad, sino que han salido de él por emanación y por necesidad de naturaleza. Son pues seres coeternos y consustanciales a Dios. Es un absurdo el decir que Dios, ser increado, existente por si mismo, no tiene mas que un poder limitado, y que de un ser esencialmente bueno hayan salido genios esencialmente malos; que la materia, otra sustancia eterna y necesariamente existente, es mala por su naturaleza; si es así, es inmutable: ¿como espíritus subalternos han podido cambiar su disposición y ordenarla? Son mas poderosos que Dios, puesto que han sustraído de su imperio las almas nacidas de él, encadenándolas a la materia. Los hombres tampoco son libres, puesto que han nacido materiales, animales o espirituales, sin que su voluntad haya contribuido a ello para nada, y no depende de ellos el cambiar de naturaleza: todo es pues necesario e inmutable; tanto valdría enseñar el materialismo puro.
     Después los marcionitas y los maniqueos simplificaron este sistema, admitiendo solamente dos principios de todas las cosas, uno bueno y otro malo: mas el resultado y los inconvenientes eran siempre los mismos. Tales son los extravíos de la filosofía de todos los siglos, cuando cierra los ojos a las luces de la fe.
     Hasta ahora, para conocer las opiniones de los gnósticos, se habían consultado a San Ireneo, que los ha refutado, a San Clemente Alejandrino, a Orígenes, Tertuliano y San Epifanio, que habían leído sus obras. En el día los críticos protestantes sostienen que estos PP, son malas guías, porque los gnósticos habían tomado sus errores en la filosofía oriental, de la que los PP. no tenían ningún conocimiento. Por filosofía oriental entienden la de los caldeos, de los persas, sirios y egipcios; podían añadir de los indios. Esta filosofía, dicen, se designó siempre con el nombre de gnose o conocimiento, y los que los que la seguían se llamaban gnósticos; mas los libros que la contenían estaban escritos en lenguas que los PP. griegos y latinos no entendían. En consecuencia han referido mal a la filosofía de Platon las opiniones de los gnósticos, que sin embargo se aprecian muy poco; luego las han concebido, expuesto y refutado muy mal; aun muchos han adoptado sus errores sin saberlo, y los han introducido en la teología cristiana. (Este es el parecer de Beausobre, Mosheim, Brucker, etc. Mosheim lo ha desenvuelto con mucha destreza y erudición. Inst. Hist. crist., 2* parte, c. i. § 6 y sig.; c. 5, § 2 y sig.; Hist. crist., siglo II, § 26. Brucker la ha seguido en su Hist. crit. de la filos.); considera este descubrimiento de Mosheim como la llave de todas las disputas antiguas.
     Si esta pretensión no tuviera por objeto mas que refutar a los escritores modernos que han considerado las primeras herejías como vástagos del platonismo, nos interesaría bien poco; pero como ataca directamente a los PP. de la Iglesia, nos importa examinar si está bien o mal fundada.
     Es cierto que Tertuliano, (de Praescript., c. 7; de Anima, c. 13), ha considerado a Platon como el padre de todas las antiguas herejías, y que Dom Massuet, (Disert. sobre S. Ireneo), se ha esforzado en demostrar la conformidad de las opiniones de los gnósticos con la de Platón; y puesto que conviene Mosheim que en efecto había mucha semejanza entre unas y otras, no vemos en qué han pecado los que se han dedicado a buscar hasta las mas pequeñas diferencias. Al menos San Ireneo ha observado la principal a juicio del mismo Mosheim; dice, (adv. Haeres., I. 3, c. 23, n. 5), que Platón ha sido mas religioso que los gnósticos, que ha reconocido un Dios bueno, justo, todopoderoso, que ha hecho el universo por bondad; en vez que los gnósticos, atribuían la formación del mundo a un ser inferior a Dios, malo por naturaleza, enemigo de Dios y de los hombres. Este P. ha sabido distinguir el platonismo del sistemas de los gnósticos, pero veremos después que la profesión de fe de Platón no ha sido muy constante.
     Para averiguar la genealogía de las opiniones de los gnósticos, no preguntaremos de qué nación eran sus principales jefes Valentín, Cerdón, Basilides, Menandro, Carpócrates, etc.; si entendían mejor las lenguas orientales que los PP. Pasa como cierto que la mayor parte habían aprendido la filosofía en la célebre escuela de Alejandría, y que algunos eran egipcios. Clemente y Orígenes no solo habían estudiado allí sino que habían enseñado. Convendría que nos dijesen por qué medio los heresiarcas de que hablamos han adquirido en la filosofía oriental luces y conocimientos de que carecían estos dos PP. de la Iglesia.
     En segundo lugar, los gnósticos, dice Mosheim, declamaban altamente que habían tomado su doctrina, no de Platón ni de los griegos, sino de los escritos de Zoroastro, de Zostriano, de Nícosheo, de Mesus y demás filósofos orientales. (Inst. Hist. crist. maj., siglo I, 2" parte, § S, notas).
     Luego si estos herejes lo publicaban así, los Padres que los refutaban no podían ignorarlo; sin embargo, a pesar de la aserción de los PP. no han persistido menos en decir que los gnósticos habían tomado sus errores de Platón; han juzgado pues que estos sectarios los engañaban. ¿A quién debemos creer mejor, a los gnósticos reconocidos por Mosheim como falsarios, o a los PP. de la Iglesia, a quienes no se les puede probar la impostura? El hecho cierto es que los libros de Zoroastro no contienen ya en en el dia la doctrina de los gnósticos, en vez de que se halla en los de Platón; los PP. son pues mas creíbles que estos herejes.
     En tercer lugar, el mismo Mosheim ha vituperado su método de juzgar. «No puedo aprobar, dice, la conducta de aquellos que buscan con mucha sutileza el origen de los errores; al momento que hallan la menor semejanza entre dos opiniones, no dejan de decir: esta viene de Platón, aquella de Aristóteles, esta otra de Hobbes o de Descartes. No hay pues bastante corrupción y demencia en el entendimiento humano para forjar errores, raciocinando desarreglado, sin que necesite maestro ni modelo.» (Notas sobre Cudworth., c. 4, § 36, pág. 876). Luego si los PP. han hecho mal en atribuir a Platón la invención de los sistemas de los gnósticos, Mosheim habrá hecho todavía mucho peor en atribuirlo a los orientales, cuyas obras ya no tenemos, ni ningún monumento auténtico de su doctrina.
     Sea de esto lo que quiera, conviene Mosheim, (Inst.. pág. 347 y 348), en que los PP. han referido fielmente los sentimientos de los gnósticos; manifiesta que Plotino ha echado en cara a sus sectarios los mismos errores que San Ireneo les atribuye. Hé aquí el punto esencial. Desde que los PP. han comprendido bien las opiniones de estos herejes, se han hallado en estado de refutarlas sólidamente, y lo han hecho. Puesto que por otro tenían entre manos los escritos de Platón, les ha sido fácil ver lo que había de semejante o desemejante entre una y otra doctrina.
     Aquí podríamos concluir, y esto bastaría para poner a los PP. a cubierto de acusaciones; mas todavía es bueno saber si las opiniones de los filósofos orientales, abrazadas por los gnósticos, han sido tan diferentes de las de Platón como pretende Mosheim. Los orientales, dice, (ibid., c. 1,§ 8, pdg. 139), embarazados por saber de dónde vienen los males que hay en el mundo, convinieron generalmente en enseñar: 
      Que hay un principio eterno de todas las cosas, o un Dios exento de vicios y de defectos, pero cuya naturaleza no podemos comprender.  Que hay también una materia eterna, increada, grosera, tenebrosa, sin orden y sin disposición.  Que han salido de Dios, sin saber cómo, seres inteligentes, imperfectos, limitados en su poder, que se llaman eonos; que estos, o uno de ellos, es el que ha formado el mundo, y la raza de los hombres con todos sus vicios y defectos.  Que Dios ha hecho todo lo posible para remediarlo, que en todas partes ha derramado señales de su bondad y de su providencia; pero que enteramente no ha podido remediar el mal que habían producido unos constructores impotentes, torpes y maliciosos, que se oponen a sus designios. Que hay en el hombre dos almas, una sensitiva que ha recibido de los eonos, otra inteligente y racional que le ha dado Dios. 5° Que el deber del sabio es hacer, en cuanto pueda, a esta segunda alma independiente del cuerpo, de los sentidos y del imperio de los eonos, para elevarla, unirla a Dios solo; que puede conseguirlo por la contemplación, y reprimiendo los apetitos corporales; que entonces el alma, libre de los vicios y de las impurezas de este mundo, está segura de gozar una perfecta bienaventuranza después de la muerte.
     Resta saber en qué se diferencia este sistema del de Platón: Mosheim se ha dedicado a demostrarlo, (Hist. christ., secc. -1, § 62, pdg. 183). Platón, dice, enseña en el Tímeo que Dios ha obrado ab aeterno. Los gnósticos suponían que Dios estaba ocioso y en un perfecto descanso; estos concebían a Dios como rodeado de luz; Platón lo creía puramente espiritual. En segundo lugar el mundo de Platón es una obra hermosa, digna de Dios; el de los gnósticos es un caos de desórdenes que Dios se ocupa en destruir. En tercer lugar, según Platón, Dios gobierna al mundo y a sus habitadores, o por sí o por genios inferiores. Según los gnósticos, el artífice y gobernador del mundo es un tirano orgulloso, celoso de su dominación, que oculta a los mortales cuanto puede el conocimiento de Dios.
     Hay que hacer sobre esta sabia teoría de Mosheim una infinidad de observaciones.
      No es cierto que todas las sectas de los gnósticos hayan tenido todas las opiniones que les da Mosheim. Vemos por la narración de los PP. que no hay nada constante ni uniforme entre estos herejes.
      En vez de enseñar que Dios ha obrado ab aeterno, Platón parece suponer lo contrario; dice en el Timeo, (pág. 527, B, y 529, D) que la materia estaba en un movimiento desarreglado antes que Dios la hubiese ordenado, y que la ordenó porque lo creyó mejor. Añade que Dios ha hecho el tiempo con el mundo, que una naturaleza que ha empezado a ser no puede ser eterna. También han estado divididos los platónicos sobre este punto.
      Muchos piensan que este filósofo ha confundido a Dios con el alma del mundo; de modo que está rodeada de materia lo mismo que el Dios de los gnósticos; es imposible concebir a Dios como un ser puramente espiritual, cuando no se admite la creación; como Platón no la admite, ha supuesto lo mismo que los gnósticos la eternidad de la materia.
      Para probar que el mundo es una obra digna de Dios, Platón se funda en el mismo principio que los gnósticos, a saber, que un ser buenísimo no puede hacer sino lo mejor. (Timeo, p. 827, A, B). Supone que Dios ha construido el mundo lo mejor que ha podido: no le atribuye lo mismo que los gnósticos mas que un poder muy limitado.
      Estos herejes insistían menos en los defectos físicos de la máquina del mundo, que en los desórdenes e imperfecciones de los hombres; así Platón pensaba lo mismo que ellos, que no es Dios el que ha hecho e los hombres, ni e los animales: según su opinión, Dios comisiono a dioses inferiores, a los genios o demonios que adoraban los paganos, (Timeo, p. 530, H), y lo repite muchas veces. Pero importa que haya llamado a estos genios dioses o eonos; no da de ellos una idea mas ventajosa que la que tenían los gnósticos; el gobierno de unos no era mejor que el de los otros.
      Según los gnósticos, los eonos han salido de Dios por emanación. Platón parece haber pensado que Dios ha sacado de sí mismo el alma del mundo; que ha separado partes de ella para animar a los astros y demás partes de la naturaleza; llama dioses celestiales al mundo, al cielo, los astros, la tierra; de estos, dice, han nacido los dioses mas jóvenes, los genios o demonios, y estos últimos han formado a los hombres y a los animales; para animar a estos nuevos seres ha tomado Dios porciones del alma de los astros. (Timeo, p. 555, G). Esta genealogía de las almas es por lo menos tan ridícula como la de los eonos.
      Para resolver la gran cuestión del origen del mal, poco importa saber si ha venido de la impotencia o de la malicia de los eonos, como pretendían los gnósticos, o si es una consecuencia de los irreformables defectos de la materia, como parece haberlo supuesto Platón; una de estas hipótesis no satisface mejor que la otra a la dificultad. 
     Todos convienen en que el sistema de Platón es un cáos tenebroso; que este filósofo parece haber afectado hacerse oscuro en lo que ha dicho de Dios y del mundo: los platónicos antiguos y modernos han disputado para saber cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Aun cuando los PP. no hubieran visto con mas claridad unos que otros, no podríamos acusarlos de falta de luces, ni de reflexión. Es pues fuera de tiempo cuando se les acusa haber confundido las opiniones de Platón con las de los gnósticos, y de no haber visto que estas venían de los filósofos orientales.
     Siempre queda una gran cuestión por resolver. Aun cuando los PP. hubieran visto tan distintamente como Mosheim, Brucker, etc. la diferencia que había entre la doctrina de los gnósticos y la de Platón, ¿estarían obligados a raciocinar de otro modo que como lo han hecho refutando a estos herejes? he aquí lo que estos grandes críticos no se han tomado el trabajo de demostrar. Sostenemos que son sólidos los razonamientos de los PP., y desafiamos a sus detractores a que prueben lo contrario.
     Los gnósticos divulgaban sueños sobre el poder, las inclinaciones, las funciones de los eonos, de los espíritus buenos o malos; sobre el modo de subyugarlos por encantamiento con palabras mágicas, con ceremonias absurdas: sobre el arte de hacer por su mediación curaciones y otras maravillas. Así practicaron la magia: Plotino los acusa lo mismo que a los PP. de la Iglesia. Mas puesto que Platón ha distinguido espíritus o demonios, unos buenos y otros malos, que tenían poder sobre el hombre, ha sido fácil deducir que se les podía ganar su afecto con respetos, ofrendas y fórmulas de invocación. etc. No es pues de admirar que los platónicos del III y IV siglo hayan estado preocupados con la teúrgia, que era una verdadera magia: no han necesitado tomar este absurdo de los orientales.
     Sin embargo, Mosheim persiste en sostener que la escuela de Alejandría había mezclado la filosofía oriental con la de Platón, y que de ella paso a los gnósticos. Estos, dice, adoptaron las opiniones de Zoroastro y de los orientales, puesto que citaban sus libros y no los de Platón, alababan su doctrina y no la de Zoroastro y demás orientales; uno de estos hechos no prueba mas que el otro.
     Sabemos por otro lado que los gnósticos forjaban libros falsos, hacían citas falsas, alteraban el sentido de los autores; Porfirio se lo ha echado en cara. Vemos en la actualidad por los libros de Zoroastro que su sistema no era el mismo que el de los gnósticos, de modo que para nada sirven las conjeturas de Mosheim.
     Sin fundamento también refiere a la filosofía oriental las visiones de los judíos cabalistas; estos han tenido algunas opiniones semejantes a las de los orientales; pero estos sueños se hallan poco mas o menos en todos los pueblos del mundo. (Mosheim, Inst., c. 1, §14), conviene en que desde el siglo de Alejandro los judíos habían adquirido bastante conocimiento de la filosofía de los griegos, y que habían trasportado muchas cosas a su religión; no es, pues, fácil distinguir lo que habían adquirido entre los orientales y lo que habían tomado de los griegos. En materia de desvarios, ni los filósofos, ni los pueblos han necesitado nunca hacer plagios: las mismas ideas han venido naturalmente a la mente de los que raciocinan, que de los que no raciocinan. Los salvajes de América, los lapones, los negros ciertamente que no han ido a tomar entre los orientales su creencia relativa a los manitous, a los espíritus, a los fetiches, a la magia, etc.
     De un sistema tan monstruoso como el de los gnósticos fácilmente se podía deducir una moral detestable; así muchos pretendían que para combatir las pasiones ventajosamente, se necesita conocerlas; que para conocerlas, es necesario entregarse a ellas y observar sus movimientos; concluían que no podemos librarnos de ellas, sino satisfaciéndolas y aun previniendo sus deseos; que el crimen y el envilecimiento del hombre no consistía en satisfacer las pasiones, sino en considerarlas la felicidad perfecta y el último fin del hombre. "Imito, decía uno de sus doctores, a los tránsfugas que pasan al campo enemigo con pretexto de servirlos, pero en realidad de perderlos. Un gnóstico, un sabio debe conocerlo todo: ¿pues qué mérito hay en abstenerse de una cosa que no se conoce? El mérito no consiste en abstenerse de los placeres, sino en usar de ellos como señor, cautivar el deleite a nuestro imperio, aun cuando nos tenga entre sus brazos; yo así es como uso de él, y no le abrazo mas que para sofocarle.» Ya era este el sofisma de los filósofos cirenáicos, como observa Clemente Alejandrino. (Strom., I. 2, c. 20, p. 490).
     Verdaderamente que el principio de los gnósticos, que la carne es mala en si, podía también dar lugar a consecuencias morales severísimas: el mismo Clemente reconocía que muchos de ellos deducían en efecto estas consecuencias y las seguían en la práctica; que se abstenían de la carne y del vino, que mortificaban su cuerpo, que guardaban continencia, que condenaban el matrimonio y la procreación de los hijos, por aborrecimiento a la carne y al pretendido genio que allí presidia. Esto era evitar un exceso con otro exceso; los PP. los han reprobado igualmente; pero los protestantes han abusado extraordinariamente de su doctrina. Mosheim conviene de buena fe en que los críticos modernos, que han querido justificar o atenuar los errores de los gnósticos, conseguirían mejor que este volver blanco a un negro; sostiene que no es cierto que los PP. de la Iglesia hayan exagerado sus errores, ni que los hayan imputado falsamente a estos sectarios. (Hist. christ., secc. 1, § 66, p. 184). Sin embargo, Le Clerc no ha querido dar ninguna fe a lo que ha dicho San Epifanio de la detestable moral y depravadas costumbres de los gnósticos. (Hist. ecles., año 70, §10).
     El colmo de la demencia de los gnósticos fue el querer fundar sus visiones y su moral corrompida en pasajes de la Escritura Santa por explicaciones místicas, alegóricas o cabalísticas a manera de los judíos, y aplaudirse este abuso como un talento superior al que lo general de los cristianos eran incapaces de elevarse. Muchos hacían profesión de admitir el antiguo y nuevo Testamento, pero suprimían todo lo que no convenía con sus ideas. Atribuían al espíritu de verdad lo que les parecía favorecerles, y al espíritu de mentira lo que condenaba sus opiniones.
     Pretende Mosheim que los PP. debían hallarse muy embarazados para refutar estas explicaciones alegóricas de los gnósticos, puesto que ellos mismos seguían este método. Se engaña. Las explicaciones alegóricas de la Sagrada Escritura dadas por los PP. no han sido nunca absurdas, como lo eran las que forjaban los gnósticos, y de las que Mosheim ha citado algunos ejemplos. Los PP. las empleaban, no para probar dogmas, sino para deducir lecciones de moral; esto es muy diferente; los gnósticos hacían lo contrario. Los PP. nunca han renunciado absolutamente al sentido literal: fundaban los dogmas en la tradición de la iglesia, lo mismo que dicho sentido; los gnósticos desechaban el uno y la otra; no querían aun deferir a la autoridad de los apóstoles. Sobre esto es sobre lo que San Ireneo ha insistido mas escribiendo contra los gnósticos, y esto es lo que prueba contra los protestantes la necesidad de la tradición.
     Tenían también estos sectarios muchos libros apócrifos que habían forjado, un poema titulado: el Evangelio de la perfeccion, el Evangelio de Eva, los Libros de Seth, una obra de Noria, pretendida mujer de Noé, las Revelaciones de Adán, las Interrogaciones de María, la Profecía de Bahuba, el Evangelio de Felipe, etc. Mas estas falsas producciones probablemente no se dieron a luz hasta fines del II siglo. San Ireneo no ha citado mas que una o dos. Los protestantes copiados por los incrédulos abusan de la buena fe de los ignorantes, cuando acusan a los cristianos en general de haber supuesto estos libros apócrifos propiamente hablando. Los gnósticos no eran cristianos, puesto que no hacían ningún caso de los mártires, ni se creían obligados a sufrir la muerte por Jesucristo.
     Como el nombre de gnósticos o de hombre ilustrado es un elogio, San Clemente de Alejandría entiende por un verdadero gnóstico, un cristiano instruidísimo, y lo opone a los herejes que usurpaban falsamente este nombre: el , dice, ha envejecido en el estudio de la Sagrada Escritura, guarda la doctrina ortodoxa de los apóstoles y de la Iglesia; los otros al contrario, abandonaban las tradiciones apostólicas, y se creían mas instruidos que los apóstoles. (Strom.. I. 7, c. i, 17, etc).
     La historia de los gnósticos, la marcha que han seguido, los errores en que han caído, dan lugar a algunas reflexiones importantes. 
     1° Desde el origen del cristianismo vemos entre los filósofos el mismo carácter que en los del día, una vanidad insoportable, un profundo desprecio hacia todos los que no piensan como ellos, el furor de sustituir sus delirios a las verdades que Dios ha revelado, la pertinacia en sostener absurdos escandalosos, una moral corrompida y costumbres análogas a ellas, ningún escrúpulo en emplear la impostura y la mentira para establecer sus opiniones y para hacer prosélitos. Aquellos filósofos que abrazaron sinceramente el cristianismo, como San Justino, Atenágoras, San Clemente Alejandrino, Origenes, etc., cambiaron, por decirlo así, de naturaleza, haciéndose cristianos, puesto que llegaron a ser humildes, dóciles y sumisos al yugo de la fe. Fueron los apologistas y los defensores de nuestra religión, edificaron a la Iglesia tanto con sus virtudes como con sus talentos, muchos sellaron con su sangre las verdades que enseñaron. Quizá nunca ha brillado mas el poder de la gracia que en la conversión de estos grandes hombres.
      Los primeros gnósticos estaban empeñados sistemáticamente en contradecir el testimonio de los apóstoles, en negar los hechos que estos historiadores habían publicado, el nacimiento, los milagros, los padecimientos, la muerte y Resurrección de Jesucristo, puesto que sostenían que el Verbo divino no había podido hacerse hombre; sin embargo, no han osado negar estos hechos, se han visto obligados a confesar que todo esto se había efectuado al menos en apariencia, que Dios había alucinado a los testigos oculares y había engañado sus sentidos. Si hubiera habido algún medio de probar la falsedad a los apóstoles, algunos testimonios que oponerles, contradicciones o cosas aventuradas en su narración, etc., ¿los gnósticos no hubieran usado de ellas mas bien que recurrir a un subterfugio tan grosero? Confesar las apariencias de los hechos era confesar su realidad. puesto que era indigno de Dios engañar a los hombres, y por milagro inducirles a error.
      Por la misma razón, si hubieran podido los gnósticos poner en duda la autenticidad de nuestros Evangelios, no lo hubieran perdonado. San Ireneo nos atestigua que no lo han hecho, que ellos mismos han tomado la autoridad de los Evangelios para confirmar su doctrina. Los ebionitas solo recibían el de San Mateo, los marcionitas el de San Lucas, exceptuando los dos capítulos primeros, los basilidianos el de San Marcos, los valentiníanos el de San Juan, etc. Después los forjaron nuevos, pero no se les acusa de haber negado que los nuestros hubiesen sido escritos por los autores cuyo nombres llevan; se necesitaba, pues, que este hecho fuese incontestable y ocupase el mas alto grado de notoriedad.
      Para refutar a estos herejes y sus falsas interpretaciones de la Escritura, San Ireneo San Clemente Alejandrino recurrieron a la tradición, a la doctrina general en las diversas partes del mundo. Este método de tomar el verdadero sentido de la escritura, y de distinguir la verdadera doctrina de los apóstoles, es tan antiguo como el cristianismo; malamente los heterodoxos del día acusan por esto a la Iglesia Católica.
      Es evidente que las disputas sobre la necesidad de la gracia, sobre la predestinación, sobre la eficacia de la redención etc., empezaron las primeras herejías; ya vemos entre los gnósticos las primeras semillas del pelagianismo. No es, pues, cierto que los PP. de los cuatro primeros siglos no se hayan visto precisados a examinar esta cuestión, que ha sido necesario aguardar los errores de Pelagio en el quinto siglo y su refutación, para saber lo que pensaba la Iglesia sobre esto. La tradición sobre este punto seria nula y sin autoridad, si no remontaba a los apóstoles; toda opinión que no esté conforme con la doctrina de los cuatro primeros siglos, no puede pertenecer a la fe cristiana.
      Es igualmente falso que los PP. de los tres primeros siglos hayan conservado las opiniones de Platón, de Pitágoras o de los egipcios sobre las emanaciones y la persona del Verbo. Habían visto y combatido los errores de los gnósticos nacidos de esta filosofía tenebrosa; habían sostenido que el Verbo no es una criatura o un ser inferior emanado de la Divinidad en tiempo, sino una persona engendrada del Padre ab aeterno; habían, pues, trazado el camino a los PP. del concilio de Nicea y del cuarto siglo; habían probado como estos últimos la divinidad del Verbo por la extensión, la eficacia, la plenitud, la universalidad de la redención. No es, pues, en una palabra o frase suelta donde se debe buscar el sentimiento de los PP., sino en el fondo mismo de las cuestiones que han tenido que tratar. He aquí lo que los teólogos heterodoxos, siempre inclinados a deprimir a los PP., no han querido nunca observar; pero nosotros no debemos dejar escapar ninguna ocasión de hacérselo ver.

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