jueves, 7 de agosto de 2014

Piedad.

   ¿No hemos quedado en que tu misión es la de ser el ángel de tu hogar?
     ¿Dónde apoyan su actuación benéfica los ángeles? En Dios.
     Los que guardan a los hombres, los que nos acompañan a través de nuestra existencia, los que nos apartan del barro y nos empujan hacia el cielo, los que nos muestran los obstáculos y nos enseñan interiormente a superarlos, son los mismos que ante el trono del Señor cantan el eterno Santo, Santo, Santo.
     Un ángel no quiso dar a Dios el debido acatamiento, y se hundió para siempre en la desgracia, arrastrando tras de sí a multitud de ángeles. El ángel desconectado de Dios es el demonio, que pone a los hombres la piedra de la tentación con que tropiecen y se estrellen.
     ¡Pobres chicas que se olvidan de Dios, se desconectan de El, no le dan el debido acatamiento o se lo dan de mera fórmula! Se hunden en la desgracia, arrastran tras de sí a los suyos y se convierten o contribuyen a convertir su casa en un infierno.
     No elevan a sus familiares hacia Dios, no les suavizan el camino de la vida; al contrario, lo llenan de obstáculos con los que aquéllos tropiezan y se estrellan.
     El ángel no puede desconectarse de Dios. Siempre unido a El si no quiere dejar de ser ángel.
     A Dios se le encuentra en la Eucaristía, y la comunión hace del pecho del comulgante un sagrario vivo donde mora Dios. Y si mora Dios, mora esa gracia sobrenatural suya que diviniza el alma dándole potencialidades morales superiores a las de la naturaleza.
     «De la asistencia al santo sacrificio de la misa y de la frecuencia a la Mesa eucarística sacaréis fuerzas para mantener la pureza de la mente y de las costumbres y para vuestra vida familiar», decía el Papa Pío XII, dirigiéndose a las madres obreras (Discurso del 15 de agosto de 1945).
     A Dios encontrarás en tu propia casa cuando no puedas ir a la iglesia a visitarle. Dios está en todas partes, y se complace en habitar de manera especial, con sus predilecciones, en los hogares cristianos.
     Reza por los tuyos ante la imagen entronizada del Sagrado Corazón, ante el Crucifijo.
     Reza por los tuyos, sí. Cuando te he hablado en detalle de tus deberes para con tus padres, hermanos y demás familiares, apenas he tocado el deber de rezar por ellos.
     Lo he querido dejar para este capítulo, a fin de no fatigarte, alargándome demasiado, y de ponerlo aquí más de relieve.
     Permíteme que te insista: Toda obra de santificación es fruto de la gracia sobrenatural, y ésta se obtiene para otros por medio de la oración.
     Cuando rezas por tus familiares das a la llave de paso que hace circular el agua de la gracia hasta caer abundante sobre sus almas.
     A los pies del Sagrario, ante el Crucifijo, ante la imagen de María, la primera intención que encomiendes debe ser el bienestar sobrenatural y terreno de tus padres, hermanos y demás familiares, y entre las tuyas particulares, una de las primeras, el cumplimiento de tus deberes hogareños.
     Influye cuanto puedas para saturar tu hogar de vida piadosa.
     Los cuadros y demás elementos de decoración suelen reflejar el espíritu de los moradores de la casa.
     ¿Qué pregonan las pinturas y cuadros de la tuya, las figuritas y bibelots que la ornamentan? ¿La frivolidad y desaprensión del paganismo moderno o la espiritualidad y elevación del Cristianismo?
     Al hacerte mayor, tu mamá te ha dado cierta beligerancia en la organización de la casa, y le gusta que la ayudes e introduzcas en ella corrientes nuevas que la rejuvenezcan.
     Las chicas mundanas, inconscientemente, se dejan llevar del ambiente de mundanalidad que impregna su vida y lo meten en su hogar a través de figuras, cuadros y adornos; pero las verdaderamente cristianas, las que han hecho del Evangelio norma de vida, van dejando la huella de Cristo sobre las paredes y los muebles.
     Un detalle no falta nunca en la habitación de una muchacha piadosa: una imagen de la Virgen, en grabado o en talla.
     Un cuarto de soltera sin este detalle resulta incompleto. Podrá estar decorado con primor y amueblado hasta con lujo, y, sin embargo, allí falta algo. Es como un cielo sin sol, como un jardín lleno de flores envuelto en las tinieblas de la noche, como la sonrisa en el rostro de un ciego, como un palacio rebosante de juventud donde se echa de ver la ausencia de la madre.
     Esto es precisamente lo que pasa; allí falta la Madre celestial.
     El cuarto de soltera sin imagen de María da la impresión de ser el dormitorio de una huérfana.
     ¿A quién acudirá a pedir luz en los múltiples problemas de juventud? ¿Dónde beberá abnegación, dulzura, optimismo y alegría en el sacrificio, si no le es fácil poner sus ojos en los celestiales de la Madre Pura qué irradia la luz divina, vivida en la práctica del Evangelio?
     Puede hacerlo en la iglesia; pero el acceso al templo no le es posible en cualquier momento.
     Una imagen de la Virgen que sea tuya, tu Virgencita, a la que dirijas tu primera mirada por la mañana cuando, al despertarte, das la luz; con quien tropiecen tus ojos constantemente, mientras te arreglas o charlas en la intimidad con tu hermana, lees en secreto tus cartas o piensas o sueñas o planeas; a quien dirijas tu vista en demanda de auxilio en los momentos difíciles; ante quien te arrodilles por la noche para examinar tu conciencia.
     Tu Virgencita, la que cubras con tus besos; la testigo muda de tus intimidades, de tus alegrías y tus tristezas, de tus sonrisas y tus lágrimas; tu confidente a quien todo cuentes y con quien todo consultes y a quien todo encomiendes.
     Contagia de tus fervores marianos a toda la familia.
     Dice el Papa que la devoción a María es la mejor garantía de bienestar y felicidad doméstica. Y añade:
     «¡Tantos títulos tiene María para ser considerada como la Patrona de las familias cristianas, y tantos tienen éstas para esperar de Ella una particular asistencia!
     María conoció las alegrías y las penas de la familia, los sucesos alegres y los tristes; la fatiga del trabajo diario, las incomodidades y las tristezas de la pobreza, el dolor de las separaciones. Pero también los goces inefables de la convivencia doméstica, que alegraban el más puro amor de un esposo castísimo y la sonrisa y ternezas de un hijo que era al propio tiempo Hijo de Dios.
     María Santísima participará por eso con su corazón misericordioso en las necesidades de vuestras familias, y traerá a éstas el consuelo de que se sienten necesitadas en medio de los inevitables dolores de la vida presente, así como bajo su mirada materna les hará más puras y serenas las dulzuras del hogar doméstico» (Discurso del 10 de mayo de 1939 en Pio XII y la familia cristiana).
     Fomenta, en cuanto te sea posible, la antigua práctica cristiana de recio abolengo español: el rezo familiar del Santo Rosario.
     Si las personas humanas tenemos obligación de rendir culto a Dios de quien somos criaturas y de cuya misericordiosa benignidad todo lo esperamos, la familia que de El, en la misma forma depende y de cuyo socorro necesita, tiene el mismo deber.
     La mejor manera de que la familia adore a Dios es que se reúna para dirigirle sus plegarias por medio de la que es Madre de ambos. La Iglesia lo ha entendido así, y a través de largas centurias por la noche se reunían los familiares a rezar el rosario a María.
     Solía rezarlo, en general, el padre, y todos, incluido el servicio, le acompañaban.
     Gracias a Dios, esta práctica tan cristiana y tan fecunda en bendiciones celestiales, se está restaurando en muchos hogares, y cuenta entre sus propagandistas a numerosas muchachas piadosas.
     Introducen algunas en sus casas esta costumbre muy suavemente. Comienzan por invitar a rezarlo a su mamá o a sus hermanas, o bien sin hacer nada mientras tanto, o durante uno de los ratitos en que se hallan reunidas, entregadas a la costura, si es que lo primero no resulta viable por exceso de trabajo o porque el clima religioso no es muy elevado. Poco a poco, procuran ir agregando a sus hermanos pequeños; en ciertos días señalados invitan a su papá y a los hermanos mayores. Insensiblemente, la práctica gana terreno y se constituye en una distribución antes de cenar o en cualquier otro momento propicio.
     En la Roma pagana, en las casas se rendía culto a los dioses lares, y en ciertas fiestas se les obsequiaba con guirnaldas de rosas. En los hogares cristianos a Dios le honramos ofreciéndole, a través de la Virgen, guirnaldas de rosas espirituales que jamás se ajan ni marchitan. Eso es el rosario familiar.
     Tiene un complemento en la piedad hogareña: la bendición de la mesa al comienzo de las comidas.
     ¿Existe esta buena costumbre en tu casa?
     Feliz tu familia cuando llegue a constituirse en realidad, lo que diariamente imploráis.
     «El Rey de la eterna gloria nos haga participantes de la mesa celestial.»
Canonigo Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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