lunes, 18 de agosto de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (13)

Capítulo Décimo primero
EL HUÉSPED DE VENECIA 
(Julio 1535 a Enero de 1537)

     Cuando al fin de julio de 1535, Ignacio salió de su ciudad natal, en donde había pasado tres meses, se encaminó para dar noticia de sus nuevos compañeros de París, a las ciudades de sus propias familias.
     Comenzaron por Navarra estas peregrinaciones de amistad. Francisco Javier le había confiado para Miguel, su hermano mayor, una carta (2) en la que decía del portador:
     “Que he conocido al maestro Iñigo y ha sido para mí una gracia insigne de Nuestro Señor. Yo os lo declaro y empeño mi palabra de que no podré en mi vida separarme de él, a quien tanto debo. Cuántas veces en mis dificultades, él me ayudó de su propia bolsa o por medio de sus amigos. Pero le debo más aún: ha sido gracias a él por lo que me aparté de las malas compañías. Inexperto aún no discernía yo el peligro; a la hora presente los sentimientos heréticos de aquellos hombres, no son ya un misterio en París y hubiera querido por todo el mundo no haber sido jamás su amigo. Este servicio aunque fuese el único, no sé como podría pagarlo al Señor maestro Iñigo... debiéndole tal favor, yo os ruego que le hagáis un recibimiento como me lo haríais a mí mismo. Yo os ruego con todo mi corazón, que aprovechéis la ocasión que se os ofrece de conocer al señor Iñigo y de conversar con él. Todo lo que os diga creedlo. Es este hombre de Dios de tan santa vida que su conversación y sus consejos os harán mucho bien, os lo aseguro...
     “En cuanto a lo que el señor maestro Iñigo os diga de mi parte, hacedme la gracia de darle el crédito que daríais a mis propias palabras. Por él sabréis mis necesidades y mis penas; mejor que nadie es capaz de exponéroslas, porque nadie en el mundo las conoce mejor que el, y si queréis ayudarme en mi pobreza, el señor maestro Iñigo, que os entregará la presente, recibirá lo que os agradare darme.
     “Aquí no encuentro nada nuevo que haceros saber, desde que nuestro querido sobrino se escapó de la Universidad. Yo corrí tras de él hasta Notre Dante de Cléry, a treinta y cuatro leguas de París. Os ruego me hagáis saber si ha llegado a Navarra; temo mucho que nunca ha de ser bueno.
     “En cuanto a lo que ha pasado respecto de los herejes de este país, el señor maestro Iñigo os dirá todo lo que yo pudiera escribiros.”


     En 1535 Miguel de Javier era el jefe de la casa. Su madre María de Azpílcueta había muerto desde el verano de 1529. Casado con Isabel de Goñi y Peralta, Miguel llevaba en el castillo paterno la vida de un gentilhombre, más rico en orgullo que en dinero. En su familia, como en la de su mujer, se pagó muy cara la fidelidad a los Reyes de Navarra. El perdón de Carlos V no rehízo la fortuna destruida, y por esto no se enviaba a Francisco, desde Javier, nada que le ayudase a vivir en París. Pero en revancha se preocupaban por su alma y su fe. Por medio de los estudiantes navarros, que habiendo adquirido sus grados volvían a sus montañas, debieron recibirse malos rumores. Pero el hijo de los Jasso y de los Azpilcueta podría ser pobre, nunca hereje. Se le habían dirigido por medio de un fraile algunas reprimendas; estaban disgustados porque tenía amistad con gentes sospechosas en la fe, como un tal Iñigo. (3).
     Se adivina ya la turbación de Miguel de Javier cuando se encontró frente a frente de Iñigo en persona. Sin duda pronto llegó a convencerse de que aquel vasco se parecía más a un santo que a un luterano y que decididamente Francisco no exageraba nada al alabar al maestro Iñigo como su bienhechor insigne. Pero de aquellos días que pasó Ignacio en Javier, no sabemos nada, ni por él ni por Francisco, ni por Miguel; ninguna carta, ningún papel de familia nos queda para iluminamos acerca de aquel encuentro. En donde nos gustaría ver y entender, tenemos que contentamos con imaginar. Sabemos solamente, gracias a los archivos del Capítulo de Pamplona, que en 1536 Miguel dio a su hermano las cartas de nobleza que vanamente había solicitado desde 1531, y que Remigio de Goñi, cuñado de Miguel y tesorero de la catedral, hizo dar a Francisco una canongía en Pamplona. (4) Pero, cuando aquellos documentos llegaron a París Francisco se cuidaba poco de rentas y de honores, porque ya no aspiraba sino a la locura de la cruz.
     Iñigo, no podemos dudarlo, edificó a sus huéspedes de Javier con sus conversaciones del cielo y su desinterés. Pero no debió detenerse mucho allí, porque tenía que recorrer la mitad de España. Quizás hizo un alto en Pamplona y quiso volver a ver aquel lugar en donde una bala francesa al romperle las piernas, le había tendido en un lecho de dolor, que se convirtió en lecho de reflexiones santas y en milagrosa conversión. Desde el 20 de mayo de 1521, ¡qué camino había recorrido! Si volvió al pie de las murallas, que quiso en otro tiempo defender hasta la muerte, el antiguo paje del Duque de Nájera debió saludar esas altas murallas con un grito de agradecimiento.
     De Pamplona a Almazán, la ruta es larga. Iñigo la hizo a pie. Llevaba cartas para el padre de Laínez. ¿Qué decían esas cartas? Javier nos revela un detalle en el pasaje siguiente de su carta a Miguel (5): “Maestre Iñigo debe ir a Almazán, porque está encargado de unas cartas de uno de sus amigos originario de Almazán que estudia en esta Universidad. Pues bien, este amigo, bien provisto, recibe fondos por un camino seguro, y escribe a su padre, que si el señor Iñigo le daba dinero para los estudiantes de París le hiciera llegar con él el suyo, y en la misma moneda.” En su caridad por sus compañeros de estudio, es muy probable que Iñigo habría reunido algunos escudos para enviárselos, y no pudo dejar de entregárselos a Juan Laínez para que aquel excelente hombre los enviara a París por sus intermediarios de costumbre. Cuando Juan Laínez y su mujer Isabel Gómez habían enviado a su hijo Diego a estudiar en las Universidades de Sigüenza y de Alcalá, no dudaban que su hijo dejara de abrirse camino en la vida. Iñigo pudo darles la seguridad de que en las escuelas de París Diego había aprendido más aún, y caminaba a grandes pasos por el sendero de la ciencia de los santos.
     Según los dictados hechos al Padre González de Cámara, Iñigo pasó por Sigüenza (6); tal vez Laínez le había dado alguna carta para algún profesor de aquella escuela, cuya gloria antigua palidecía ante el sol que se levantaba en Alcalá.
     Fue al pie de las cátedras de Alcalá donde Diego Laínez y Alonso Salmerón se habían encontrado y hecho amigos. Salmerón era toledano. Iñigo fue de Sigüenza a Toledo, para cumplir con los encargos de Salmerón a sus parientes. Es probable que en el tiempo en que fue paje de Velázquez haya admirado a Toledo; pero ahora ya no tenía los mismos ojos, ¿qué podían decirle el Tajo corriendo por su lecho de rosas, el Puente de Alcántara, San Juan de los Reyes, la Catedral y el Alcázar? Carlos V estaba entonces en toda su gloria. De la herencia de Fernando el Católico, había hecho el imperio más extenso, más rico y más glorioso que hubo nunca en el mundo. Mirando en la cima del promontorio de granito cuyos pies baña el Tajo, levantarse sobre la ciudad el Alcázar, como un águila de poderosas alas, el antiguo soldado de Pamplona debía pensar que el Louvre francés acariciado por el Sena tenía muy humilde apariencia... Cuatro años más tarde la Emperatriz Isabel moriría en Toledo, el Emperador espantado huiría a un monasterio, y Francisco de Borja juraría en su corazón frente al ataúd abierto que contenía los despojos corruptos de la Emperatriz, “no servir más a señores que pueden morir.” De aquel porvenir trágico, Iñigo naturalmente, no sabía nada; pero su corazón estaba ya dominado por el desencanto de las grandezas humanas. Si fue a orar, como no es posible dudarlo, en las iglesias de Toledo, al ver las losas funerarias bajo las que duermen tantos prelados, príncipes y reyes, su alma ardiente debía repetir el Quid Prodest, con que había fatigado tanto tiempo los oídos de Francisco Javier.
     No parece que de Toledo Iñigo haya ido al país de Bobadilla. Este había perdido a su padre Francisco Alfonso en 1517, quizás también a su madre Catarina Pérez en 1535. Francisco y Catarina eran de la clase media y tenían una profunda religiosidad; habían educado a su hijo en el temor de Dios y lo habían acostumbrado a frecuentar las iglesias con devoción (7). Si hubieran recibido la visita de Iñigo, les hubiera costado gran trabajo comprender cómo, a los veintiocho años, Nicolás no había aún terminado sus estudios, aunque había sido ya profesor de filosofía en Valladolid, y en París también. Pero qué felices hubieran sido, al saber que su hijo sería sacerdote, predicador del Evangelio y salvador de las almas. ¿Qué sueño más hermoso podían forjarse aquellos españoles en el fervor de su fe?
     En todas partes, en Toledo, en Almazán, en Javier, se ofrecía a Ignacio dinero para las exigencias del viaje, pero a despecho de tan urgentes instancias que le hicieron, no aceptó nunca nada. (8) Desde hacía tiempo que él había verificado en su propia vida la verdad de la palabra del Salvador a los apóstoles: ¿Os ha faltado alguna cosa? Su confianza en la Providencia Divina era absoluta.
     De Toledo salió para Valencia a pie como era su costumbre. Quizas toda su intención al ir a Valencia era volver a ver a Juan de Castro, aquel estudiante de París que había decidido renunciar al mundo, con Peralta y Amador, y cuya conversión había provocado casi un motín en el Colegio de Santa Bárbara. Iñigo pudo saber en Toledo, de dónde era originario Castro, que su amigo de otro tiempo era cartujo en Valencia. En todo caso, él mismo nota cuidadosamente que tuvo una conversación con aquel hijo de San Bruno, antes de embarcarse en Valencia (9).
     Permaneció durante ocho días en la Cartuja del Val Christi. Los buenos monjes hubieran deseado retenerlo más tiempo, dominados por el miedo de que no cayese en manos del pirata Barbarroja, cuyas galeras cruzaban el Mediterráneo. Pero él se sonreía de estos espantosos relatos. Sin vacilar un momento, tomó pasaje en un gran navío que partía, y bien pronto sobrevino una tempestad. Rompióse el timón. Todos a bordo estaban ciertos de que sólo un milagro podría salvar a los pasajeros. Iñigo se preparó para la muerte con un serio examen de conciencia. A pesar de sus faltas pasadas, no temía el juicio de Dios, de quien esperaba el perdón; pero su corazón estaba agobiado por la “confusión y el dolor de no haber usado bien de las gracias y dones que el Señor le había dado". (10) Se escapó del naufragio. Acaso porque el navio fue arrojado por la tempestad a las costas de Barcelona. (11) La travesía final hasta Génova se hizo sin accidente.
     De Génova, a donde llegó hacia mediados de noviembre, Iñigo salió para Bolonia; se perdió en el camino y se metió por una senda que bordeaba un río. Era aquel un senderito abierto al borde de una cresta escarpada que dominaba desde muy alto el cauce del río. En un punto el sendero se hacía tan estrecho, que el caminante no sabiendo si debía avanzar o retroceder, se puso a caminar en cuatro pies. Su miedo era grande; el menor falso movimiento le hubiera precipitado en el río. Tan singular y penosa marcha duró mucho tiempo. Jamás en su vida Iñigo había experimentado tanta angustia; pero al fin logró salir del apuro, y ya casi a la entrada de Bolonia cayó de un puentecillo en un arroyo. Cuando logró salir de él todo mojado y cubierto de lodo, las gentes que le vieron lo acogieron con burletas. A través de las calles de la ciudad comenzó a pedir limosna, de puerta en puerta (12).
     Para alojarse se fue derecho al Colegio español de la ciudad, donde Pedro Rodríguez de la Fuente del Sancho, profesor de derecho canónico y rector de la Universidad, que también gobernaba aquella casa, (13) le hizo una buena acogida, y le prestó unos vestidos mientras lavaban los suyos. En cuanto a él, se puso a pensar seriamente si en aquella Universidad famosa, y en compañía de aquellos jóvenes compatriotas no podría terminar sus estudios. Por fin se decidió a esto, tanto más cuanto que los socorros de Isabel Roser le llegaron mientras estaba todavía en Bolonia. (14) Además, comenzaba el curso escolar. Pero el clima no fue favorable a la salud del estudiante, debilitado por tantas privaciones y fatigas. Hacia la mitad de diciembre, cayó enfermo y tuvo que guardar cama durante siete días, temblando de frío y de fiebre, y molestado por sus habituales dolores de estómago. Cuando se levantó del lecho, después de la fiesta de Navidad, se decidió a partir para Venecia, a donde llegó hacia el fin de diciembre de 1535; y allí estuvo solo todo el año de 1536, esperando que sus amigos vinieran, para emprender la peregrinación a los Santos Lugares.
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     Durante aquellos doce meses, se ocupó en acabar sus estudios de Teología, en privado, aprovechando los tiempos libres que le dejaban sus penitencias, oraciones y vida de apostolado. Venecia no tenía Universidad. La más cercana era la de Padua, y no hay ningún indicio de que Iñigo siguiera en ésta, algún curso. Preciso nos es concluir que él organizó a su manera, ignoramos cómo, su vida de estudio.
     En una carta (15) escrita el 12 de febrero de 1536, mes y medio después de su llegada a Venecia, él mismo nos certifica que Isabel Roser le envió doce escudos; y “que en abril la misma le envió suficiente dinero para que pudiese terminar sus estudios.” El declara que aquella provisión le puso al abrigo de toda necesidad para todo el año y aun en facilidad “de adquirir algunos libros y otras cosas necesarias.” Da las gracias a Jaime Cazador, arcediano de Barcelona, por “la limosna que por amor de Jesucristo le ha enviado,” y por la promesa que le hace de continuar sus acostumbrados socorros. Jamás Ignacio hubiera aceptado semejantes ofertas, si no se hubiera considerado como estudiante y no hubiera querido reservar para el estudio el tiempo que otras veces pasaba en recoger, de puerta en puerta, el pan de cada día. Dado el carácter del hombre de Dios, la conclusión es cierta.
     El arcediano barcelonés le instaba para que volviese a España y a Barcelona para predicar; e Ignacio le respondía: “Ciertamente, es mi mayor deseo; cuando haya yo terminado mis estudios, lo que será de la cuaresma próxima a la del año entrante, espero que no tardaré más de un año en ir a predicar la palabra de Dios a España; y comenzaré por Barcelona, porque no hay ningún rincón del mundo con el que tenga mayor obligación y deudas. Esto, claro está, a menos que Dios nuestro Señor no me ponga en otras empresas más trabajosas y humillantes para mí, fuera de España; de las que por ahora no tengo idea alguna. Pero suceda lo que suceda, para probar que digo verdad, declaro que acabados mis estudios, enviaré en seguida a Barcelona los pocos libros que tengo o pudiera tener, y ya he escrito a Isabel Roser que yo le haré ese envío.” (16) Esta carta a Jaime Cazador es decisiva. Ignacio durante este año de 1536 pasado en Venecia, prosiguió sus estudios; ignoramos en qué condiciones, pero el hecho es indudable.
     Estamos mejor informados acerca de su actividad como director espiritual. La carta a Jaime Cazador ya nos da un testimonio. El excelente arcediano le había hablado de tres sobrinos que se encontraban en París, y le producían cierta inquietud. En su caritativo celo, Ignacio le responde, que ha escrito a un amigo para que trate de verlos. Respecto a la enfermedad de un Mossén Claret, de Barcelona, exhorta a Cazador a que prepare a su amigo a la muerte y a que haga su testamento; y sobre esto asienta los siguientes principios: “Puesto que Claret no tiene hijos ni parientes próximos, lo más prudente es que devuelva todo a Aquel que le ha dado todo, consagrando todos sus bienes a obras pías. Según San Gregorio, es de mayor perfección hacer de los pobres los herederos; pero si existen parientes pobres, deben tener la preferencia. En cuanto a dejar su fortuna a alguno para alimentar caballos y perros, para agrandar sus títulos, dignidades y fausto en el mundo, verdaderamente, observa Ignacio, yo no puedo consentir.” (17)
     Cazador le había expresado el deseo de ponerle en comunicación, cuando viniera a Barcelona, con una beata muy favorecida de Dios y de la que él dirigía la conciencia. “Seguramente, le dice Ignacio, cuando yo trato a alguno para hablarle de Dios nuestro Señor, aunque sea un pecador, soy yo el que gano; con mayor razón si se trata de una sierva escogida por Dios nuestro Señor, deberé sacar el mayor provecho. Acepto de antemano la entrevista que me proponéis, si ha de ser para el servicio y gloria de Dios y el mayor progreso de los dos interesados.” (18)
     Finalmente Cazador le había consultado acerca de una religiosa del Monasterio de Santa Clara, que se encontraba en peligro en su comunidad. Ya lo hemos dicho antes: en el siglo XVI eran las Benedictinas las que estaban establecidas en el antiguo convento de las Clarisas, y el desorden era muy grande en aquel claustro sin clausura. Ignacio estima que no está suficientemente al tanto de las cosas, para indicar una línea de conducta. No podrá hacer más que orar y llorar a fin de que el demonio, implacable enemigo de la naturaleza humana, no vaya a ganar la victoria perdiendo a las almas, que Jesucristo ha rescatado con su sangre. Por lo demás le parece imposible, que si la religiosa en cuestión quiere verdaderamente servir a Dios, sea abandonada por Dios, aun en la casa relajada en la que se encuentra. El, Ignacio, que no es más que un hombre, ayudaría ciertamente a cualquiera que se les mostrara adicto, ¿qué no hará Nuestro Señor, que es Dios y ha querido morir para salvarnos? Es costumbre suya dar el entendimiento y no quitarlo, dar la confianza y no la desesperación. Las turbaciones de la monja pueden tal vez provenir de su culpa; ¡hay pecados de tantas especies! Si no es así, habrá que concluir que Dios viendo esta alma expuesta a no aprovecharse de los dones recibidos y a no perseverar en el bien, la ha sometido a un régimen de tentaciones y de desolaciones para conservarla en la vigilancia, guardándola del pecado. (19)
     Cazador quizás nombraba a esta afligida religiosa. En todo caso podemos suponer que no era otra que Teresa Rejadell, cuyo nombre aparecerá de nuevo en esta historia. En las angustias de su alma había acudido no sólo a Cazador, sino también a Cáceres. (20) Y Cáceres había escrito a Iñigo contándole los hechos y explicándole su manera de ver el asunto. Teresa Rejadell acabó a su vez por escribir directamente a Iñigo. Conociendo por todas estas manifestaciones la situación verdadera del monasterio de Santa Clara y sobre el caso de Teresa, Iñigo respondió con un largo alegato en el que explica de una manera admirable las reglas de la discreción de los espíritus para provecho de la monja barcelonesa. En dos palabras: el demonio la está engañando; no haciéndola pecar, sino inspirándole una falsa humildad y vanos terrores, a fin de quitarle la paz del corazón y el valor para hacer por Dios grandes cosas. “Si a Dios place, concluye, nos veremos bien pronto en Barcelona, y podremos entonces llegar al fondo de ciertas cuestiones. Mientras tanto, puesto que Castro está más cerca de usted, (21) yo creo que haría bien en escribirle; él no podrá hacerle daño y puede ayudarle.” (22)
     En otra segunda carta, Ignacio toca algunos otros puntos de la vida espiritual. Teresa Rejadell le había dicho, que en su ignorancia y pequeñez se sentía poco ayudada recibiendo de muchos, direcciones demasiado generales. “Estamos de acuerdo, replica Ignacio: Quien determina poco, comprende poco y ayuda menos”. Después, expone sus puntos de vista acerca de la meditación. Si la inteligencia trabaja mucho en ella, el cuerpo se fatiga. Pero hay otras oraciones “ordenadas y tranquilas” más fáciles para el espíritu, y sin fatiga para el cuerpo. Es preciso conservar la salud. Los malos abusan porque tienen el alma depravada, pero sirve grandemente a aquellos cuyo corazón pertenece a Dios por entero. En cuanto a Teresa Rejadell que recuerde que Dios la ama y que le pague amor por amor. Si algunos pensamientos malos, impuros, sensuales se le presentan, o si su alma se encoge y se entibia, con tal que no haya voluntad de consentir, hay que despreciar todos esos accidentes. Ni San Pedro ni San Pablo se vieron libres de dificultades. “No son las buenas obras de los ángeles buenos las que nos han de salvar; del mismo modo no podemos ser manchados por los malos pensamientos y debilidades, cuando el demonio, el mundo y la carne son los que solamente intervienen. Es nuestra alma la que Dios quiere conforme a su voluntad; cuando está conforme, gobierna al cuerpo, de acuerdo con la misma voluntad de Dios. En esto está nuestra gran lucha y el buen grado de la eterna y soberana Bondad.” (23)
     Podemos imaginarnos que Iñigo, por grande que fuese la inclinación de su corazón a socorrer las almas de Barcelona, no desperdiciaba las ocasiones que se le ofrecían de ayudar a las de Venecia.
     Allí, como por todas partes por donde pasó, multiplicaba las conversaciones espirituales y reclutaba ejercitantes. El mismo lo dice en sus dictados a González de Cámara, y añade que sus ejercitantes más notables fueron “maestre Pedro Contarini, maestre Gaspar de Doctis, un español llamado Rojas, y otro español que se llamaba el bachiller de Hoces.” (24) Hubiera podido también añadir a Martín de Zornoza y a Juan de Helyar. (25)
     Martín de Zornoza era un gentilhombre vasco, a quien los negocios habían llevado por algún tiempo a Londres, y que era en 1536, cónsul de España en Venecia. Su nombre es mencionado en la correspondencia del Santo, como el de “un viejo amigo”. (26) Quizás fue conocido por Ignacio en Londres, muy probablemente éste es aquel hombre docto y bueno que alojó al peregrino en Venecia. (27) Amigo de Reginaldo Polo, admirador de sus cualidades eminentes, celoso de verle representar un papel salvador en aquella Inglaterra, que la locura de Enrique VIII acababa de separar de la Iglesia, Zornoza expuso sus planes en dos cartas, una a Carlos V el 4 de agosto de 1534, y la otra al Cardenal Contarini el 4 de junio de 1535. Estos dos documentos elocuentes, (28) dan un testimonio perfecto de los sentimientos elevados y del celo católico del cónsul español.
     Juan Helyar (29) era un eclesiástico inglés. Instruido en Oxford en las letras humanas y en las ciencias sagradas, era maestro de Artes y bachiller en Teología. Desde el principio de la persecución contra los católicos en 1535, huyó de Inglaterra, para refugiarse cerca de Reginaldo Polo, cuyo palacio, en Venecia, abrigaba toda una colonia de jóvenes ingleses.
     Diego de Hoces era andaluz. Quién fuese su familia, cómo y por qué se encontraba en Venecia en 1536, en qué circunstancias había trabado conocimiento con Iñigo, no lo sabemos. Sólo sabemos que si consintió en hacer los Ejercicios Espirituales de su compatriota, no estaba exento de aprehensión acerca de las intenciones de aquel hombre y sobre las misteriosas operaciones de los retiros. Algunos rumores pesimistas habían llegado hasta él, pero sin creer en ellos completamente, estaba impresionado hasta el punto de tomar algunas precauciones. Como verdadero español, tenía su fe por encima de todas las cosas; y como verdadero producto de las Universidades de su tiempo, estaba decidido, dado el caso, a refutar los sofismas de su instructor de ocasión, con los mejores argumentos de la escuela. Reunió, pues, en su cuarto de ejercitante un pequeño arsenal de libros de Teología, pero bien pronto cayó en la cuenta de su error y la injusticia de sus temores. De los labios del maestro brotaba, no el Evangelio de los luteranos, sino el puro Evangelio de Jesucristo. Desde su retiro, Diego de Hoces tomó la resolución de unirse a la compañía de individuos que Iñigo esperaba en Venecia. (30)
     Diego y Esteban de Eguía tomaron la misma resolución. Habían conocido a Iñigo en Alcalá, como ya lo hemos dicho. A la vuelta de una peregrinación a los Santos Lugares, lo encontraron en Venecia hacia el fin de 1536. Se reanudó la antigua amistad. Llevados a hacer los Ejercicios, los dos hermanos se hicieron, a su tiempo, jesuitas. Rojas también se hizo jesuita.
     Gaspar de Doctis era un auditor en la Nunciatura de Venecia. Pedro Contarini era pariente del famoso Cardenal Contarini, cuya ciencia y celo eran tan notorios, como la confianza que ponía en el fundador de la Compañía de Jesús. (31)
     A todos estos hombres con quienes por casualidad se topó en Venecia, Iñigo hizo hacer los Ejercicios.
     Vemos, pues, renovarse en la capital de la Serenísima República, el fenómeno que hemos hecho constar muchas veces, en el curso de esta historia. A este desconocido, a este extranjero, le venían las simpatías de arriba; era la recompensa, prometida a todos aquellos que no buscan otra cosa sino el reino del cielo, y sus amigos se ponían humildemente bajo su dirección.
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     Mientras que Iñigo, después de haber recorrido toda España, esperaba en Venecia que toda la pequeña compañía pudiese reunírsele allí, los iñiguistas vivían de su recuerdo y su espíritu bajo el gobierno de Pedro Fabro. Nada había disminuido la buena voluntad de aquellos jóvenes. Al gozo de los votos de Montmartre renovados en 1535 y 1536, en los días 15 de agosto, se añadía la alegría producida por el aumento de su número; pues se Ies habían unido el saboyano Claudio Jayo, el picardo Pascasio Broet y el delfinés Juan Coduri, los tres hijos espirituales de Fabro, ganados por los Ejercicios, y decididos a llevar, con la gracia de Dios, la vida más evangélica. (32)
     Conforme al plan establecido antes de que Iñigo abandonase París, los iñiguistas debían, el 25 de enero de 1538, ponerse en camino para Venecia. Los acontecimientos políticos los obligaron a adelantar esta fecha. Las pretensiones de Francisco I sobre el Milanesado, indujeron al Rey de Francia y al Emperador, a ciertas explicaciones primero, y después a la guerra. Mientras que las tropas de los Países Bajos invadían la Picardía, Carlos V pasó el Mar el 25 de julio de 1535 y no tardó en poner sitio a Marsella. Es verdad que el hambre le obligó a levantar el sitio, (14 de septiembre). Se dieron gracias a Dios por medio de una procesión general en París y un solemne Te Deum en Notre Dame, bajo la presidencia del Cardenal Du Bellay. Pero como la opinión estaba muy caldeada contra los españoles, nuestros estudiantes debieron huir de París; y en lugar de bajar hacia el sur de Francia, tuvieron que pasar por Lorena y Alemania. Lorena era neutral entre las dos potencias beligerantes. Si el camino era más largo, era en cambio más seguro. Una vez pasada la frontera del país neutral, se encontrarían en pleno imperio de Carlos V, y allí los españoles disimularían entre ellos, a los franceses.
     Antes de la partida, Iñigo tuvo empeño en preparar para los viajeros alguna protección. Escribió al confesor de la Reina de Francia, el dominico español Gabriel Guzmán, que estaba en París desde que Francisco I se había casado con Leonor de Austria, hermana de Carlos V. Pero no parece que este expediente haya tenido algún éxito.
     Algunos doctores de la Universidad de París, consultados por los viajeros, se disgustaron de sus proyectos. Las dificultades les parecían insuperables, dada la guerra. Uno de ellos interpelando a Fabro, llegó hasta decirle que, en conciencia, no podía salir de París. Que era muy laudable el deseo de trabajar en la salvación de las almas; pero ¿a quién salvaría en aquel porvenir desconocido a donde se lanzaba en pos de Iñigo? Por el contrario, la experiencia le había enseñado que en el seno de la Universidad de París, hacía una obra de mayor bien. ¿Para qué abandonar lo cierto por lo incierto? ¿Tenía acaso derecho para eso? Bien parecía que no. Reunidos para decidir los doctores de la Facultad de Teología, concluyeron firmemente en contra de este viaje, que podía ser una aventura y un fracaso. Fabro respondió firmemente que partirían rodos. Y partieron en efecto el 15 de noviembre de 1536. (34)
     Tomó la delantera hacia Meaux un primer grupo en el que se encontraba Simón Rodríguez. En Meaux (35) la vanguardia asistía todos los días a la Misa en la capilla de San Fiacro, a dos millas de la ciudad. Aquellos que habían quedado en París se ocuparon en liquidar su corta hacienda. Sus herederos fueron los pobres. Era preciso realizar a la letra las palabras del Maestro: ‘‘Vende lo que tienes y dalo a los pobres." Cuando se reunieron en Meaux con sus compañeros, tuvieron una gran deliberación. Después de haber orado al Señor y deliberado convenientemente, se decidieron a emprender a pie el viaje, pero sin mendigar, porque la poca cantidad de dinero que tenían aun, bastaría para los gastos del viaje hasta Venecia. (36)
     Los viajeros llevaban todos, una sotana de estudiante y un sombrero de anchas alas, a la moda de París. En un saco de cuero atado a la espalda, cada uno llevaba la Biblia, el breviario y sus propios manuscritos. Del cuello les pendía bien a la vista un rosario. La sotana estaba un poco levantada por delante, para facilitar la marcha, y todos llevaban su báculo. (37)
     La alegría irradiaba de sus almas, en el rostro, y daba a sus piernas tal vigor, que los caminantes, según la expresión de uno de ellos, daban la impresión de no tocar el suelo. (38) En el camino oraban, meditaban, recitaban los salmos y hablaban del reino de Dios. Su primer cuidado al llegar a una hostería, era arrodillarse para dar gracias a Dios por la protección que hasta entonces les había dispensado; y al partir, hacían lo mismo para implorar a la Divina Providencia que cuidase de ellos. (39) Las gentes que los veían, miraban con una simpática curiosidad a aquellos viajeros tan poco semejantes a los ordinarios. Otros les hacían preguntas y murmuraban a los oídos de sus vecinos: “¿Quiénes serán estos hombres?” A lo que alguno les respondió cierto día: “Van sin duda a reformar algún país.” (40) Cuando estaban ya a dos o tres jornadas de Meaux, dos jóvenes que los venían persiguiendo, al galope de sus caballos, acabaron por encontrar a nuestros peregrinos. Uno de ellos era el propio hermano de Simón Rodríguez, estudiante y pensionista como él del rey de Portugal. El otro, portugués también, era un amigo íntimo. A porfía trataron de persuadir a los viajeros de que su viaje era una locura; que pronto se les agotarían sus escasos recursos; que la guerra les preparaba las sorpresas más imprevistas y más graves. Y que en fin ¿que era lo que pretendían? ¿Hacia qué porvenir oscuro se encaminaban? Cuánto más seguro y honorable era, que en lugar de mendigar por los caminos tan vergonzosamente, continuaran sus estudios en París. A lo que Simón invariablemente respondía: “Venid también vosotros.” El diálogo acabó con una despedida muy triste. Los dos estudiantes vencidos y pensativos tuvieron que volverse a la capital. (41)
     Los viajeros, en sus deliberaciones habían previsto los alertas que podían darles las partidas de soldados que encontraran por el camino, y habían convenido, que mientras estuvieran en Francia, sólo los franceses habían de responder en nombre de todos, y que únicamente dirían: “Somos estudiantes de París”... “Vamos a Lorena, al Santuario de San Nicolás”... Entre los españoles había dos que hablaban muy bien el francés. A uno de ellos habiendo trabado conversación con un soldado que encontraron en el camino, preguntóle el soldado: “¿De dónde es usted? —Estudiante de París. Bien, ¿pero su país? Soy estudiante de París. Le pregunto ¿en qué país ha nacido? Soy estudiante de París. ¡Ah!, gran bestia; eso ya lo sé, pero ¿vuestro país?... Y por fin se marchó colérico. (42)
     A medida que se acercaban a la frontera, encontraron más numerosas bandas de soldados indisciplinados y ladrones. Los loreneses, cuando llegó a su país la pequeña caravana, no acaban de admirarse de su audacia al recorrer así, indefensos, aquellos caminos. (43) A las puertas de Metz fue necesario parlamentar. Los campesinos que huían solían presentarse en multitud, para encontrar un refugio en la ciudad. Nuestros peregrinos, dijeron a los centinelas: “Somos estudiantes de París, que vamos al Santuario de San Nicolás,” y los dejaron pasar. Al cabo de tres días, habiéndose dispersado las tropas que infestaban los alrededores de la ciudad, pudieron partir para Nancy y San Nicolás. Las personas que encontraron en aquel Santuario les decían estupefactas: “No es posible que hayáis venido por tierra; Dios os habrá dado alas.” Y era en efecto una especie de milagro, que en aquel largo camino en donde estaban expuestos a topar con tantos soldados irascibles y suspicaces, los iñiguistas hubieran viajado con tanta tranquilidad. Si los españoles hubieran sido reconocidos hubieran sido aprehendidos como cómplices de espías. Pero tenían confianza en Aquel que ha dicho: “Vuestros cabellos están contados, ni uno solo caerá de vuestra cabeza, sin el permiso de vuestro Padre.” Y asi pasaron indemnes por en medio de tantos peligros.
     Llegaron a San Nicolás hacia fines de noviembre de 1536. Sus ojos y sus corazones estaban encantados al encontrar en una pobre aldea, un templo tan grandioso, edificado por el gran entusiasmo del Cura Simón Moycet. La masa imponente de la nave y sus altas flechas dominan todo el horizonte. La estancia allí de los peregrinos fue breve; tenían prisa por pasar la frontera. Y como uno de ellos, Simón Rodríguez, buscando una ermita en el campo, estuvo a punto de ser víctima de una penosa aventura, no debió ser el último en apresurar la partida. (44)
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     En aquella fecha Alemania y Suiza estaban ardiendo. Farel había “evangelizado” a Berna; Ecolampadio a Basilea; Zwinglio había muerto en 1531, pero su doctrina dominaba en Estrasburgo, Constanza y Suabia. Lutero estaba más poderoso que nunca; en Witemberg había impuesto a los zwinglianos su fórmula sobre la Cena (5 de mayo de 1535); el landgrave de Hesse, había fundado, siguiendo sus consejos, la liga de Smalkalda (1531), violado la paz de Nuremberg (21 de junio de 1532) para conquistar a Wurtemberg a su Evangelio (1535); y si los anabaptistas lo superaban y se le escapaban, consolábase pensando que eran los ministros de las venganzas divinas contra los católicos de Westfalia y de los Países Bajos. Carlos V, molesto por las añagazas de los Turcos y las de Francisco I, mal servido por el canciller Eck, e incierto acerca de la decisión que había de tomar, esperaba que el Concilio que Paulo III había anunciado al mundo cristiano (2 de junio de 1536) había de poner remedio a los males del Imperio. Mientras tanto los bienes de la Iglesia eran secularizados, las iglesias invadidas, las imágenes sagradas destruidas, los conventos se vaciaban; obispos, sacerdotes, monjes y monjas se casaban; las costumbres y la fe se perdían y los Estados cambiaban de religión al cambiar de gobernantes. El Concilio de Colonia, (45) que se tuvo en 1538, revela la virulencia de la gangrena, que roía a los países del otro lado del Rhin.
     Desde sus primeros pasos en Alemania, los iñiguistas convinieron en que les tocaba el turno de callar a los franceses, para dejar la palabra a los españoles. A las preguntas que se les hacían, respondían: “Somos estudiantes españoles de la Universidad de París, que vamos en peregrinación a Nuestra Señora de Loreto.” Diciendo esto ante un magistrado de una ciudad que les interrogaba, sucedió que el dicho magistrado se permitió algunas burlas sobre Loreto. Los viajeros respondieron con energía a tales despropósitos (46). Así hacían cada vez que topaban con algún hereje. Pero su vestido, su ignorancia del alemán picaban la curiosidad por dondequiera que pasaban. Extendióse la noticia por todas partes, los letrados acudían a disputar con ellos firmemente en latín. Los estudiantes de París ponían en las disputas todo su saber, todo su celo y todos sus pulmones. Estaban resueltos a no avergonzarse de su fe, aunque les costara la vida. (47)
     Fue en Basilea, según parece, donde los asaltos de los doctores protestantes contra los peregrinos parisienses, fueron más repetidos y furiosos. Desde que Ecolampadio pasó por allí, el protestantismo era el dueño de la ciudad. En la Catedral las ruedas de los cordeleros habían reemplazado a las imágenes de los santos. Los cuerpos de los herejes más insignes, estaban sepultados en las iglesias. Así que los iñiguistas contemplaron con lágrimas en los ojos aquellas abominaciones durante los tres días que pasaron en Basilea. (48)
     Dirigiéronse después hacia Constanza. Al llegar cierta tarde, muy fatigados a una aldea, encontraron la posada llena de convidados, que festejaban ruidosamente el matrimonio de su Cura. Este desgraciado estaba con ellos teniendo al lado un gran sable, que desenvainaba de vez en cuando, blandiéndolo entre grandes risotadas. Ya se puede pensar el disgusto y la compasión de nuestros viajeros, sus lágrimas y sus oraciones, antes de irse a dormir. (49)
     Diez y seis millas antes de llegar a Constanza la cosa fue peor. El Cura era padre de una numerosa familia. Vino al encuentro de los peregrinos a su posada, para provocarlos a disputar sobre su fe. Estos, aunque extenuados por el cansancio, no dudaron en aceptar el reto.
     Cuando llegó la noche, el Cura dijo evocando sus recuerdos virgilianos:
“En jam nox húmida coelo 
Precipitat, suadentque cadentia sidera caenam". (49)

     “Pero mañana, añadió con aire jovial, quiero a toda costa ilustraros mis libros y mis hijos (libros et liberot). Después de la cena continuaremos la discusión.”
     Y en efecto, pronto recomenzó la discusión en la fonda. de ambos lados se esgrimían los argumentos con ardor. Acorralado por los maestros parisienses, el apóstata acabó por decir que no tenía nada que replicar.
     ¿Cómo entonces, objetaron los triunfantes controversistas, podéis seguir opiniones que no sois capaz de defender? Y a esto el miserable furioso replicó: ‘Mañana haré que os pongan en prisión y veréis entonces si sé o no defender mi partido.” Después de esta amenaza se separaron, y al día siguiente los peregrinos salieron del lugar y atravesaron Constanza. (50)
     Al llegar a una pequeña aldea, en la puerta de un hospital vieron a una pobre mujer que se dirigía a ellos para besar sus rosarios llorando, mientras les explicaba en alemán el consuelo de su alma. Como los viajeros ignoraban el alemán no decían palabra, y la mujer corrió a su casa para traer las manos llenas de restos de imágenes y crucifijos hechos pedazos por los herejes. Conmovidos a su vez los iñiguistas hasta las lágrimas, bendijeron a Dios que ponía en su camino a almas tan buenas; arrodillándose sobre la nieve, besaron con devoción los piadosos restos, que la mujer volvió a llevarse a su casa como un precioso tesoro. (51)
     La ciudad vecina, les ofreció otra vez la ocasión de disputar con los ministros del nuevo Evangelio. En el curso de la disputa, los protestantes rechazaron la autoridad de ciertos textos de la Escritura, porque sus traducciones alemanas no los tenían. Echando por este camino la disputa no podía continuar más. Pero por lo menos los iñiguistas demostraron a la multitud de los curiosos que les rodeaban, que eran hombres capaces de defender sus creencias sin miedo alguno a los predicantes. (52)
     ¡Cuántas veces en medio de todas estas peripecias de su viaje presentábase a su espíritu el recuerdo de Iñigo! En este recuerdo encontraban una luz en sus apuros, un aguijón para su generosidad. Caminando, caminando, atravesaron toda la Suiza y después el Tirol, y a medida que se acercaban a Italia, su corazón se emocionaba con el pensamiento de volver a encontrar al guía de su vida.
     Por fin llegaron a Venecia el 18 de Enero de 1537.

1.- González de Cámara, n. 73.
2.- Mon. Xav. I, 202-206.
3.- L. Cros, S. Francisco Xavier, I, 1X5-117, 126, 136.
4.- Id. I, 139-140.
5.- Id. I, 137.
6.- González de Cámara, n. 90.
7.- Mon. Bobad. 613.
8.- González de Cámara, n. 90.
9.- Id. n. 90.
10.- Id. n. 90. Ep. et Inslr. I, 96; Le Vasseur, Ephem. ord. cart. II, 447. 452, relata la visita de Iñigo a la Cartuja del Val de Cristo.
11.- Así se explica el hecho afirmado por Polanco, que Ignacio fue de Valencia a Barcelona.
12.- González de Cámara, n. 91.
13.- Tacchi Venturi, Storta, II, 85.
14.- Polánco, Cronicón, I, 54.
15.- Ep. et Instr. I, 93-94.
16.- Ibid. I, 95-96.
17.- Ibid. I, 94-95.
18.- Ibid. I, 96.
19.- Ibid. I, 97.
20.- Este Cáceres es el antiguo compañero de Ignacio en Alcalá del que ya hemos hablado.
21.- Castro, compañero de Ignacio en París.
22.- Ep. el Instr. I, 99-107.
23.- lbid. I, 107-109.
24.- González de Cámara, n. 92.
25.- Tacchi Venturi, Storia, II, 87.
26.- Ep. ti Instr. I, 123, 169.
27.- ibid.. I, 94.
28.- Calendar of State paper. Spain, I, 233, 485.
29.- Dictionary of National Biography XXV, 381.
30.- González de Cámara, n. 92; Polanco, Vita, 55.
31.- Tacchi Venturi, Storia, II, 86-87.
32.- Fabro, Mem. n. 15; Rodríguez, Comment. 454.
33.- Ep. et Instr. X, 109-111.
34.- Rodríguez, Comment 460-462.
35.- Id. 463.
36.- Id. 464.
37.- Id. 463.
36.- Id. 463.
39.- Id. 463.
40.- Lainez, Scrip. S. Ign. I, 113.
41.- Rodríguez, Commetti., 486.
42.- Id. 465.
43.- Id. 467.
44.- Id. 469. Acerca de la iglesia de San Nicolás orgullo de Lorena, ver a Aug. Digot. Notice sur l’eglise Saint Nicholas du Port, 1848. Por el cuidado del P. Lejosne, se ha colocado en esa iglesia una placa de mármol que recuerda el nombre de los peregrinos de 1536. Entre 1600 y 1602, hubo allí un noviciado de jesuitas.
45.- Mansi, XXXII, 1215-1232, 1279-1282.
46.- Rodríguez, Comment. 469.
47.- Id. 470.
48.- Id. 470.
49. Eneida, I, II, V, 8, 9. Solamente que el Cura suizo sustituyó somnos, por caenam.
50.—Rodríguez, Comment. 471-472.
51.-Id. 473.
52.-Id. 474.
P. Pablo Dudon, S.J.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

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