lunes, 25 de agosto de 2014

Revelasti ea parvulis

Las revelaste a los pequeñuelos

     Así ha sido siempre en la economía divina, y así seguirá siendo siempre.
     Y mientras yo no esté plenamente convencido de esta verdad, me faltará algo esencial para que el Señor se me descubra; Él no se muestra a los que se creen grandes, es decir, a los soberbios; Él se da y se descubre a los pequeñuelos, a los humildes, a los que no se atribuyen nada a sí, a no ser su propia pequeñez y su propia miseria.
     A una Virgencita, escondida en Nazaret, buscó para Madre suya, y a Ella reveló el secreto maravilloso de su Encarnación...
     Unos pobrecitos y sencillos pastores son los primeros a quienes hace anunciar su nacimiento...
     Para sus colaboradores en la obra de la Redención escoge a unos humildes pescadores galileos...
     Y así en toda la historia de la Iglesia.
     Quiere establecer en el mundo la fiesta del Corpus Christi, y la inspira a una sencilla religiosa...
     Quiere renovar en el mundo el recuerdo del amor infinito en que arde su Corazón divino para con los hombres, y desea que ese amor, menospreciado y ultrajado por tantos, reciba reparación y desagravio, y se revela y revela sus designios a una humilde monja de clausura...
     Para Patrona de las misiones en el mundo entero escoge a una jovencita religiosa que jamás se movió de su claustro de Lisieux...
     Santa Bernardita Soubiroux, los pastorcitos de Fátima y tantas otras almas inocentes y sencillas, nos hacen ver que también María, la Madre de Jesús, sigue la misma vía de su Hijo divino, y se muestra a los pequeñuelos...
     La soberbia de muchos y mi soberbia pueden protestar.
     Inútil protesta; durum est tibi contra stimulum calcitrare. ¿Cambiará, acaso, Dios sus designios por mi quejas orgullosas?
     Señor, yo confieso que me falta esa sencillez de niño que Tú quieres en los tuyos.
     Mis miras son las más de las veces demasiado humanas, y me es necesario velar constantemente sobre mí mismo para corregirlas.
     Quiero juzgar de todo conforme a esas miras: olvido que tus pensamientos no son los pensamientos de los hombres, ni tus caminos son los míos.
     Y por eso no te siento cerca de mí, porque Tú te alejas de las almas soberbias, de las que creen ser ellas la medida a la que Tú debes acomodarte, y que su manera de ver las cosas debe ser también la tuya. Y en lugar de sujetarse humildemente a pensar como Tú, quieren —aunque sin reconocerlo ni quererlo confesar—que Tú pienses como ellos.
     ¿No soy yo del número de esas almas, Señor?...
     ¡Ah!, no permitas que me ciegue hasta tal punto; dame esa sencillez de niño, esa confianza segura y tranquila en tu Providencia amorosa y sabia, y haz que viva siempre pendiente de ella, sumiso a sus decisiones y con los ojos abiertos para reconocerla en todos los sucesos de mi vida, que tu mano paternal va conduciendo hasta llevarla a la Patria.
Alberto Moreno S.J.
ENTRE EL Y YO

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