lunes, 23 de septiembre de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SAN JUAN APOSTOL Y EVANGELISTA

Tema: Era un gran varón ante su señor 
y gozaba de su favor (4 Reg. 5, 1).
     Para declarar este texto, y como introducción a la materia que voy a predicar, recuerdo cierta historia, narrada en el libro de Ester, capitulo VI, la cual será la base del sermón. Aquel gran rey y emperador que se llamaba Asuero preguntó una vez a un consejero suyo muy sutil: ¿Qué ha de hacerse con aquel a quien el rey quiere honrar? Después de reflexionar un poco, respondió el consejero: Para honrar a quien el rey desea honrar, debe vestirlo con las vestiduras reales y montarlo sobre un caballo de la caballeriza real, y ceñir su frente con la regia corona, y que el primero de los príncipes del rey lleve la brida de su caballo y, paseándole por la plaza de la ciudad, vaya pregonando ante él: Así se hace con aquel a quien el rey quiere honrar (Est. VI, 6-9). Estas cinco cosas deben hacerse con el hombre a quien el rey quiere honrar. El Señor Jesús, rey potentísimo, hizo estas cinco cosas con magnificencia en la persona de San Juan Evangelista. Por esta causa escogí el tema que dice: Era un gran varón ante su Señor y gozaba de su favor. Dividimos el tema en las cinco partes susodichas. Digamos algo de cada una de ellas.
     Referente a lo primero, se dice que el hombre a quien el rey quiere homar ha de ser vestido con la vestidura del rey. Yo os digo que San Juan vistió la indumentaria regia, de la misma calidad que la de Cristo. Veamos cómo.
     La humanidad que Cristo tomó en el seno de la Virgen se llama vestidura. Porque así como el vestido cubre el cuerpo para ocultar la carne, así dice la Escritura de Cristo: Existiendo en forma de Dios, se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres, y hallado en la condición de hombre (Phil. II, 6-7). Del mismo paño, es decir, de la misma carne fué revestido San Juan. Imaginaos que de una misma pieza de tela preciosa, por ejemplo, de escarlata, se viste el rey y el soldado: la vestidura del rey se hace de un extremo, y la del soldado del otro. Así aconteció con el Rey (Cristo) y con el soldado (Juan). La pieza de tela preciosa era Santa Ana, la cual, como una pieza de tela, tenía dos extremos, es decir, dos hijas. La primera, cabeza principal, fué la Virgen María; la última, María Salomé. Del primer extremo, es decir, de la Virgen María, se vistió Cristo. Del último fué vestido Juan. He aquí cómo gozó del primer favor del Rey, pues fué hermano de Jesucristo por especial parentesco con la Virgen María. Cuando Cristo Rey, el día de viernes santo, llegó a la batalla, cabalgando sobre la cruz, dijo a la Virgen su Madre, señalando a Juan: Mujer, he ahí a tu hijo; no sólo sobrino, sino hijo. Y a Juan dijo: He ahí a tu madre, y no sólo a tu pariente. Desde aquella hora la recibió el discípulo como suya, es decir, como a madre (lo. XIX, 27).
     Esta singularidad de nadie se lee. Pues la Virgen María le llamaba hijo, como si hubiera sido vestido del mismo paño que Cristo. Y Juan la llamaba madre. Viendo el apóstol su honor, cantaba gozosamente esta copla: Gozoso me gozaré en el Señor, y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salud y me envolvió en manto de justicia (Is. 61, 10). Distingamos en esta frase cuatro cláusulas, dando a cada una su valor.
     La primera, gozoso. Gozoso de la consanguinidad con Cristo: porque fué vestido de la misma pieza de tela. Segunda: Me gozaré de ser hijo de la Virgen María. Tercera: Saltará mi alma en mi Dios, porque me vistió con vestidura de salud, es decir, de Jesús, que en hebreo quiere decir salud. Vestiduras. de consanguinidad y fraternidad con Jesús. Cuarta: En manto de justicia, es decir, de penitencia, por la que se gozaba San Juan más que por su vestidura, aun siendo el primer primo de Cristo. La penitencia se llama justicia, pues en ella se hace justicia: con el corazón, teniendo contrición de los pecados, y por la boca, mortificándose; con los oídos, escuchando a los predicadores; contra la gula, absteniéndose de las cenas, de la comida y de la bebida; con las manos, restituyendo lo robado y elevándolas en la oración; con los ojos, derramando lágrimas y gimiendo en la oración; con el cuerpo, disciplinándose y afligiendo la carne. Por eso dice el salmo: He hecho justicia y derecho; no me dejes en manos ae los que me calumnian (Ps. 118, 121).
     Respecto al segundo grado de honor, dice el tema: El varón a quien el rey quiere honrar debe cabalgar sobre el caballo de la caballeriza real. Juan recibió este honor de parte de Cristo. Montó el caballo de Cristo, con su montura, freno y espuelas. Si alguien objeta que Cristo no montó a caballo, sino en un asno, y sólo cuando tuvo necesidad, le responderé que en la Escritura, cuando se compara el cuerpo con el espíritu, se le llama caballo. Razón: porque así como el soldado rige el caballo, así nuestro cuerpo debe regirse por el espíritu que sobre él cabalga, caminando de frente hacia las buenas obras, o frenando por la templanza, a derecha e izquierda.
     En este caballo cabalgó San Juan. Supo regir su cuerpo con el freno de la abstinencia y con las espuelas, pues nunca cayó de la montura de la virginidad. De este caballo real puede entenderse lo que el mismo Juan escribe: He aquí un caballo blanco [el cuerpo de San Juan], y el que lo montaba se llamaba fiel, verídico (Apoc. 19, 11). La fidelidad corresponde al corazón, pues nunca deseó la deshonestidad en su corazón; y fué veraz, porque nunca perdió su virginidad de obra.
     Si alguien dice que este privilegio no fué exclusivo de Juan, pues otros muchos fueron vírgenes, le diré que en el paraíso y en este mundo hay muchos que son vírgenes. Pero creo que no lo son en el mismo grado que Juan, ya que nadie guardó la virginidad como él. Siendo de veintisiete años se desposó, e hizo el convite nupcial, al cual asistió Cristo con su Madre, la Virgen María, y, según San Jerónimo, fué cuando Cristo convirtió el agua en vino. Terminado el convite, por la tarde, la esposa quizá estuviese ya en su habitación, tal vez en el lecho. ¿Qué pensáis vosotros, esposos? Vosotros, que pasáis por carnales, de pies a cabeza. Entonces Cristo lo llamó y le dijo: Ven conmigo; quiero que seas religioso (pues, según Santo Tomás, 2-2, q.88, los apóstoles hacían los tres votos de castidad, pobreza y obediencia). E inmediatamente, alcanzado el permiso de su esposa, Juan siguió a Cristo. Su esposa pudo casarse con otro varón. De donde se sigue que los desposados pueden separarse para entrar en religión. El Señor esperó este momento para llamarlo: ni antes del desposorio, ni antes del convite, sino cuando el lobo quería devorar la oveja. Por eso dice San Jerónimo en el prólogo al evangelio de Juan: Este es Juan evangelista, uno [singular] entre los discípulos del Señor. Siendo virgen, fué elegido por Dios; al cual llamó el Señor en las nupcias, cuando iba a consumarlas.
     Aplicación moral: Juan el pescador tenía veintisiete años y llegó virgen al matrimonio. Si hoy hubiera uno como él, no encontraría esposa. Obedeció al instante a Cristo y abandonó a la esposa. El Señor no manda abandonar a las esposas, sino preservarse de las inmundicias, y que os conforméis con vuestras esposas, blanca o negra, joven o vieja, sana o enferma; es una carga del matrimonio. Los que no están casados, vivan castamente, según el consejo de Tobías: Guárdate, hijo mío, de toda fornicación y no cometas el crimen de apartarte de tu esposa (Tob. 4, 12).
     Respecto al tercer grado de honor, se dice: El varón al que el rey quiere honrar, debe ceñir su cabeza con la corona real. La corona que ciñó Cristo hombre el día de su concepción fué la sabiduría perfecta, porque la sabiduría reside en la cabeza, como la corona. Decimos vulgarmente que el sabio tiene buena cabeza. La corona de Cristo tuvo cuatro puntas, cuatro flores, como las coronas reales: delante, la ciencia de la Trinidad, habida en su concepción, ya que no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre contemplaba la Trinidad, como los bienaventurados en el cielo. Veía al Padre, engendrador, y al Hijo, engendrado, y la espiración de ambos, el Espíritu Santo. Detrás, tuvo la ciencia y conocimiento de todas las creaturas y de todas las cosas pretéritas y futuras, de todos los pensamientos de los corazones. A la derecha, tuvo el conocimiento de la gloria del paraíso, porque en el instante de su concepción vió abierto el libro de la predestinación, y supo quiénes se salvarían y la causa de su salvación. A la izquierda, tuvo conocimiento de las penas del infierno, de todos los condenados y de las causas de su condenación, porque tenía delante el libro de la presciencia.
     Cristo fué coronado con esta corona en el momento de su concepción, cuando la Virgen, asintiendo a las palabras del ángel, dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase, en mí según tu palabra (Lc. 1, 38). Al decir esta última palabra quedó formado el cuerpo de Cristo y se le infundió el alma, dotada de estos cuatro grados de ciencia. Sobre esta corona dice la Escritura: Salid, hijas de Sión, a ver al rey Salomón con la diadema de que le coronó su madre el día de sus bodas, el día de la alegría de su corazón (Cant. 3, 11). Notemos la expresión "Hijas de Sión", por la que se refiere a las almas contemplativas. Salid y ved al rey Salomón, a Cristo. Es norma, entre los judíos y entre nuestros doctores, que en el Cantar de los Cantares, cuando se habla de Salomón, del amado o del esposo, se ha de interpretar que se habla de Cristo. Con la diadema de que le coronó su madre. Por parte de su madre le pertenecía, por derecho, el reino de David; no por parte de su padre, pues en cuanto hombre no tuvo padre. En el día de su desposorio, es decir, en el día en que asumió la humanidad en la unidad de supuesto. Pues así como el varón y la mujer no son dos, sino una carne (por tanto, lo que Dios unió, no lo separe el hombre, Mt. 19, 6), del mismo modo la humanidad y la divinidad en Cristo subsisten en una misma persona. Y en el día de la alegría de su corazón, es decir, de la ciencia que tuvo desde el primer instante de su concepción.
     San Juan evangelista fué coronado con esta corona de sabiduría en la noche de la pasión, más que los demás apóstoles. San Juan, sentado, dormía durante la última cena. Viéndolo Cristo, le dijo: Juan, ¿duermes? Reclina tu cabeza aquí. Y entonces reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, lo cual no lo hubiera hecho el Maestro si no lo quisiera coronar en la cena sobre su pecho. Entonces recibió la corona de sabiduría. Por eso dice la Iglesia en su oficio: "Bebió el agua pura del evangelio de la fuente sagrada del pecho del Señor". En aquel instante le fué impuesta la corona real, con sus cuatro flores. Por delante, el conocimiento de Dios: por ella compuso Juan el evangelio. Detrás, el conocimiento de todas las creaturas. A la derecha, el conocimiento de la gloria y de los predestinados: por eso escribió su primera epístola canónica. A la izquierda, conocimiento de los condenados: por ello escribió la segunda y tercera epístolas canónicas. Por tanto, podemos decir de él: Corona de oro sobre su cabeza, grabada con el signo de la santidad (Eccli. 45, 14).
     Corona de oro. Yo encuentro que hay cuatro coronas: de plomo, de hierro, de plata y de oro. La corona de plomo es la doctrina y escritos de los poetas, pues son negros como el plomo. De ellos dice Cato en los Morales: "Aunque canten cosas admirables, no hay que dar crédito a los poetas". Por tanto, dad de lado a esta corona de plomo, aunque raras veces podéis serviros de ella, como hizo San Pablo. La corona de hierro es la ciencia filosófica. Pues así como el hierro es fuerte, del mismo modo la filosofía construye fuertes razones y argumentos. Por tanto aunque podamos servirnos de ella como de esclava de la teología en muchas ocasiones, sin embargo, no lo hemos de hacer para fundamentar la fe, ya que nos induciría a error y nos condenaríamos. Por eso nos previene San Pablo: Mirad que nadie os engañe con filosofías vanas y falaces (Col. 2, 8). La corona de plata es la retórica. Pues así como la plata hace buen sonido, del mismo modo la retórica tiene buen sonido, grato al oído: Tantarantán, tantarantán, tintirintín... De esta corona dice el Apóstol: Me envió Cristo a evangelizar no con artificiosas palabras, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo (1 Cor. 1, 17). La corona de oro es la sagrada teología, la Biblia y los escritos de los doctores aprobados por la Iglesia. A éste se refiere la Escritura cuando dice: Corona de oro sobre su cabeza.
     Grabada con el signo de la santidad. Porque la corona de sabiduría que es la teología no tiene fuerza si no está sellada con la señal de la santidad, de la buena vida. Por ejemplo, si se recibe en esta villa una carta muy bien escrita, ordenada y pulcra en su decir, pero no está en ella el sello, ¿qué diríais de tal carta? Evidentemente, la contemplaríais y os deleitaríais leyéndola por su forma pulcra; mas no tendríais fe en ella, porque falta el sello por el que le dais fe. Lo mismo ocurre con la predicación, pues aunque esté muy bien ordenada y avalada con muchas autoridades, si no está sellada con el sello de la buena vida, no le dais fe; más bien diréis: ¡Oh, qué locuaz!, ¡qué bien predica!
     Como San Juan llevaba buena vida, se dice de él: Sellada con el signo de santidad. Por eso mereció esta corona de sabiduría, cumpliéndose en él la profecía del salmo: Lo has coronado de gloria y de honor; le diste el señorío sobre las obras de tus manos (Ps. 8, 6-7). Porque poseyendo en su alma la corona de sabiduría, la manifestaba al exterior por el signo de santidad y buena vida.
     Muchos llevan hoy la corona de la sabiduría, pero no está sellada con el signo de santidad, sino con el signo de vanidad. Tienen gran ciencia, pero mala conciencia. Llevan la corona de la sabiduría en la cabeza, adornada con cuatro flores: delante, la ciencia que tienen sobre Dios: leen, disputan acerca de sus atributos, relaciones y sobre los nombres divinos. Mas no tienen el sello de santidad, porque no tienen sabor de devoción. Detrás, la ciencia de las creaturas: disputan de las influencias de las constelaciones y cuerpos celestes; pero les falta él sello de santidad, que es el desprecio de las creaturas corruptibles, con las que mancillan su saber. A la derecha, por la ciencia de la gloria celestial, de los que se salvan y las obras por las que se salvan: predican, disputan, arguyen sobre los órdenes de ángeles y los grados de gloria; pero su sabiduría no tiene el sello de santidad, porque no se preparan con una vida buena para llegar a la gloria, ni la desean ardientemente. A la izquierda, la ciencia que tienen del infierno, por la que disputan sobre las penas de los condenados; mas su sabiduría no está sellada con el signo de santidad, y así, no evitan los pecados para no descender al infierno.
     Por lo que al cuarto grado de honor se refiere, dice el texto: Al varón a quien el rey quiere honrar ha de tenerle el caballo el primer príncipe real. Cristo concedió este honor a San Juan. Entre los ángeles el príncipe mayor en la curia de Cristo, en todo lo referente a los hombres, es Miguel: He aquí a Miguel, uno de los príncipes supremos (Dan. 10, 13). Este príncipe sujetó el caballo a Juan, es decir, sujetó su cuerpo, para que no fuera presa de tormentos en la hora de la muerte, siendo así que los demás apóstoles murieron en tormentos. Pero Juan ni siquiera murió en el tormento del aceite hirviendo, en el que lo sumergió el emperador Domiciano, porque predicaba el nombre de Cristo; y eso que era ya anciano. Tampoco murió en el destierro, cautivo en el desierto. Ni le dañó el veneno que le procuró Aristodemo, príncipe de los ídolos. Razón: porque el príncipe mayor de la curia de Cristo sujetó y condujo su caballo. De él se cumplió la profecía que dice: Tú eres mi siervo; si atraviesas las aguas [cuando eras conducido al destierro de Patmos], yo seré contigo y no te sumergirán las olas: si pasas por el fuego [el tormento del aceite], no te quemarás y las llamas no te consumirán (Is. 43, 2).
     En cuanto al quinto grado, dice: Y caminando por las plazas de la ciudad [con la corona en su cabeza y llevando el príncipe su caballo], clamará el pregonero: De este modo será honrado aquel a quien el rey quiere honrar.
     Dios concedió este honor a San Juan. La ciudad es el paraíso, del cual dice David: Cosas muy gloriosas se han dicho de ti. ciudad de Dios (Ps. 86, 3). Las anchas plazas son los órdenes de ángeles: La plaza de la ciudad era de oro puro, como vidrio transparente (Apoc. 21, 21). Veamos cómo el gran príncipe San Miguel clamó por las plazas de esta ciudad. Cuando San Juan tenía cien años, se le apareció Cristo invitándolo a la gloria. El apóstol, antes de su muerte hizo construir una fosa cuadrada en la iglesia, y la tierra que de allí extrajo la sacó fuera del sagrado recinto. Habiendo convocado al pueblo, predicó un gran sermón sobre el amor, diciendo: Hijitos, amaos mutuamente. Como no dijera otra cosa, el pueblo le preguntó: Padre, ¿te has olvidado de tus hermosas pláticas? Entonces respondió el apóstol que, habiendo de ausentarse, les decía estas últimas palabras para que las recordaran siempre. Porque si os amáis mutuamente no habrá entre vosotros riñas, discordias, malas voluntades, ni envidia de los honores, riquezas, oficios, etcétera. Y, terminado el sermón, en presencia del pueblo, entró en la fosa. Imaginaos el llanto de aquel pueblo por la ausencia de tal padre, que marchaba diciendo: "Invitado a tu convite, Señor Jesucristo, he aquí que vengo". Al instante descendió Cristo con los apóstoles y santos ángeles, circundados de tanta claridad que el pueblo no podía abrir sus ojos. Y Juan entregó su alma, sin el menor dolor, en las manos de Cristo. A este propósito dice San Jerónimo: "Tan libre estuvo de los dolores de la muerte, cuan ajeno a la corrupción de la carne" (Adversas Iovin., 1. 1).
     Cuando se disipó la claridad, llegóse el pueblo a la fosa y no encontró en ella sino un maná que brotaba de la tumba. ¡Oh!, dijeron algunos. Este era Dios, pues he ahí lo que hace su exhalación. Estaban en un error, porque este bullir de maná significaba que su doctrina evangélica corrió por el mundo entero. Otros pensaren que estaba en el paraíso terrestre para predicar contra el anticristo, a fin de que haya contra él tres testigos: uno de la ley natural, Enoc; otro de la ley escrita, Elias, y un tercero, Juan, de la ley de gracia. Mas esto es falso, ya que él mismo dice en el Apocalipsis (11, 3) que habrá sólo dos testigos que predicarán contra el anticristo: Elias y Enoc. ¿Dónde está San Juan? Aceptemos la doctrina y opinión de Santo Tomás, de la Orden de los frailes predicadores, el cual, en una apostilla sobre el evangelio de San Juan (c. 21, lect. 5), dice que, después que el apóstol murió y fué puesto en la tumba, resucitó y subió en cuerpo y alma al paraíso. Entró en el cielo pasando por las plazas, por en medio de los órdenes de ángeles, caminando en cuerpo y alma. El príncipe Miguel clamaba: De este modo será honrado aquel que el rey quiere honrar. Y con tal honor subió hasta el orden de los serafines, a los pies de nuestro Señor Jesucristo y de la Virgen María, donde tenía reservada su silla. Por ello puede decir: Cuando caminaba a las puertas de la ciudad, se alzaba mi silla en la plaza (Iob 29, 7), en la plaza superior. Esta es la razón por la cual dice el tema: Era un gran varón ante su Señor y gozaba de su favor.

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