miércoles, 11 de septiembre de 2013

Sermón de San Vicente Ferrer en la Fiesta de Santiago Apostol

Tema: Crece para templo santo en el Señor 
(Eph. II, 21). 
     1. Como breve declaración del texto e introducción a la materia, hay que tener en cuenta que la sagrada Escritura habla repetidas veces señalando la diferencia que hay entre la vida de los justos y la de los malos: la de los buenos siempre crece y aumenta; la de los malos siempre disminuye. Dice la Escritura: La senda de los justos [la vía estrecha de penitencia, de temor de Dios y devoción] es como luz de aurora, que va en aumento hasta ser pleno día. Al contrario, el camino del impío es tiniebla y no ve dónde tropieza (Prov. IV 18-19). Como luz de aurora, que desde que comienza crece continuamente y resplandece más a la hora de prima que al principio de la aurora; y en la hora de tercia, más que en prima, y así progresivamente. Lo mismo ocurre en la vida de los justos, que siempre crece. La razón de esta diferencia es que el justo está en gracia de Dios (ésta es la luz), y cuanto obra y delibera —los pensamientos de su corazón, las palabras de su boca, las obras del cuerpo y aun las obras naturales—, todo es meritorio. Sobre los pensamientos y otras obras internas, no hay duda que son meritorias, si se hacen en estado de gracia. La dificultad está en las obras naturales, como el comer y el dormir: comen y duermen para mejor servir a Dios; ríen para poder llorar. Todo es meritorio, todo hace elevarse a Dios. La persona que está en gracia siempre asciende; es mejor hoy que ayer, y mañana mejor que hoy. El Apóstol señala la razón: Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman (Rom. VIII, 28). Aun los pecados pasados, como dice la Glosa. Razón: porque cuando el justo considera los pecados pretéritos, se hace más humilde y tiene ocasión de merecer. Los pecadores no ascienden, es más, descienden de pecado en pecado. Dice San Gregorio: "El pecado que no se borra por la penitencia, por su mismo peso lleva pronto a otro pecado" (Moral., 1. 26, c. 9). Esta es la diferencia entre les buenos y los malos. Por lo mismo, queriendo mostraros la vida santa y perfecta de Santiago, escogí un tema sobre el crecimiento, para declarar cómo vivió en este mundo: Crece para templo santo en el Señor. Y ya hemos entrado en materia.
     2. Y hallo que Santiago creció en tres grados: discípulo apostólico, legado evangélico, habitante del cielo.
     Son tres saltos por los que subió al cielo, y los tres se señalan con mucha sutileza en el tema: el primero, en la primera palabra; el segundo, en la segunda, y el último, en la tercera.
     3. En primer lugar, digo que Santiago creció y fué hecho discípulo apostólico, aunque antes de serlo ya era santo. Lo señala el tema, cuando dice: Creció para templo. Según la teología, la persona que está en gracia es templo del Señor, porque el Espíritu Santo mora en él, y no hay mayor honor y utilidad que tener por huésped al rey y papa Jesús. Dice el Apóstol: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Cor. III, 16). Escuchad ahora cómo llegó Santiago a ser discípulo apostólico. Era hermano de Juan e hijo de Zebedeo. Estando cierto día a la orilla del mar de Galilea, pasó por allí el Señor y los llamó: Jóvenes, venid y seguidme. Tanta fué la fuerza de estas palabras que fueron iluminados en el entendimiento e inflamados en el corazón, y de repente, abandonando las redes y a su padre, le siguieron (Mt. IV, 22). Así fué convertido de pescador en discípulo de Cristo.
     4. Santiago, cuando se llegó a Cristo, dejó las redes y a su padre. Nos da ejemplo a nosotros, religiosos, pues hemos de seguir a Cristo, dejando las redes, es decir, lo que retenemos, según la etimología de la palabra. Estas retenciones son los negocios y ocupaciones mundanas, que impiden que los religiosos, clérigos y laicos puedan seguir a Cristo. Pongamos un caso práctico para los religiosos. El mayor lazo que tiene el diablo para cazar a los religiosos son los negocios, mezclarlos en algunos negocios, que hacen abandonar la predicación, bajo pretexto de tratar la paz, o de componer matrimonios, etc. O con el pretexto de hacer visitas para adquirir amistades, o el deseo de recibir embajadas de los grandes señores. Hay muchos que comienzan con gran fervor la vida santa y la predicación, con muy buena intención; pero el diablo les enreda en los lazos apuntados, que, aun siendo cosas buenas, hacen abandonar lo mejor, que es la predicación, oficio principal en la Iglesia de Dios. Los apóstoles evitaban estos lazos y predicaban a los infieles para que se bautizaran. Éstos accedían, movidos por la devoción de los ministros del Señor. Sabéis que administrar el bautismo es una cosa buena, y, con todo, dice San Pablo: No me envió Cristo a bautizar, sino a evangelizar. Doy gracias a Dios de no haber bautizado a nadie entre vosotros (1 Cor. I, 17 y 14). Como si dijera: Doy gracias a Dios, porque a nadie maté. Y lo mismo acordaron los apóstoles: No es razonable que nosotros abandonemos el ministerio de la palabra de Dios para servir a las mesas (Act. VI, 2). Y tú, religioso, ¿te entrometes en los negocios temporales? ¡Deja las redes! A ti se refiere la Escritura cuando dice: Hijo mío, no te metas en muchos negocios; si fueres rico [contra el voto de pobreza], no estarás libre de pecado (Eccli. XI, 10). No te metas en muchos negocios; muchos son más de dos. Sólo dos cosas tiene que hacer el religioso: celebrar y predicar. Es lo que señala David cuando dice: Ofrézcanle sacrificios de alabanza [la misa, con el oficio divino, que tiene siete horas]; y, llenos de júbilo, anuncien sus obras, mediante la predicación (Ps. 106, 22), La predicación incluye el estudio. Si alguien pregunta: ¿Por qué no puedo tener riquezas? Le responderé: Porque si eres rico, no estarás libre de pecado.
     5. También se refiere a los clérigos, pues hay muchos que están trabados en los negocios y en las cosas de los señores; otros se hacen procuradores; otros, escuderos, y se agregan a las milicias; otros, mercaderes y usureros, etc. Contra los cuales dice el Apóstol: Nadie que milita en las filas de Dios se embaraza en los negocios de la vida para complacer al que le alistó como soldado (2 Tim. II, 4). El clérigo ha de ejercer tres oficios: celebrar, administrar los sacramentos y predicar. También hay muchos laicos presos en los lazos del diablo: muchos son mercaderes, y si no tuvieran parte en todas las mercancías, nada serían. Otros juristas, y se entrometen en todos los litigios. De ellos se dice vulgarmente: Oh, si no está él, nada se puede hacer. Vosotros tenéis vuestros negocios, pero los principales han de ser los de vuestra casa; dejad los negocios superfluos. Hubo un gran mercader, sutil en su oficio y enmarañado en sus negocios, al que dijo el Señor: Por la muchedumbre de tus contrataciones se llenaron tus estancias de violencia: y pecaste, y te arrojé del monte santo, y te eché de entre los hijos de Dios, ¡oh querube protector! (Ez. XXVIII, 16). A ejemplo, pues, de Santiago, dejemos las redes. De lo contrario nos dirá Cristo: Estad atentos, no sea que se emboten vuestros corazones por la crápula, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente venga sobre vosotros aquel día (Lc. XXI, 34).
     6. Digo, en segundo lugar, que Santiago creció de discípulo en legado evangélico, lo cual está indicado en el tema por la palabra santo. Aunque todos los canonizados son santos, los apóstoles lo son de una manera más excelente. Santificó a los que había llamado (Soph. 1, 7), es decir, a los apóstoles, que fueron los llamados especialmente. Cuando el Señor debía subir a los cielos, les llamó y les hizo legados evangélicos, diciendo: Id por el mundo universo y predicad el evangelio a toda criatura (Mc. XVI, 15). ¿Quién fué entre los apóstoles el primero que ejerció esta legación por el mundo? No fué Pedro, ni Andrés, ni Juan, sino Santiago. Pues quedando en Jerusalén los demás con la Virgen María, Santiago les pidió licencia y vino a España a predicar a Cristo, ya que Cristo les había dicho: Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra (Act. 1,8). Santiago vino a dar testimonio de Cristo en los confines de la tierra. Está clara, pues, su legación evangélica.
     8. Finalmente, digo que Santiago creció, y llegó a ser habitante del cielo, lo cual señala el tema, cuando dice: Creció en el Señor. ¿Quién es semejante a ti, pueblo mío, salvado por el Señor? (Deut. XXXIII, 29). Esto se refiere especialmente a los apóstoles. Así como Santiago fué el primer apóstol que ejerció la legación evangélica, así también fué el primero que entró en los cielos. Y se llama Santiago el Mayor, porque fué discípulo de Cristo antes que el otro Santiago, que tenia más edad; y también puede llamarse el Mayor entre los apóstoles, porque fué el primero que entró en el paraíso.
     Llegamos a su martirio. Viendo los judíos que no le podían derrotar en sus razonamientos, recurrieron a Herodes, el nuevo rey, el cual, para complacerlos, dió sentencia capital contra Santiago. Cuando era llevado al martirio curó un hidrópico, etc.

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