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sábado, 18 de febrero de 2012

La Honestidad

     Esta virtud humana, hijo mío, es el fundamento necesario de toda vida seria, útil y grande. No hay elevación posible del corazón ni de la voluntad sin esta fuerte base.
     Como la fe tiene por base la razón, así la religión se apoya en la probidad. Destruid la naturaleza, y destruiréis la gracia; pervertid la razón, y destruiréis la fe. Del mismo modo, quitar la probidad, y desaparecerá la religión. (Bourdalone. La Religión y la Probidad). Por consiguiente, la probidad y la honradez son una misma cosa.
     Tu fe te obliga, pues, a ser un hombre honrado. Si no fueres honrado, no tendrías de religión más que la máscara. "Afectar la religión sin cuidado de la honestidad, es querer burlarse de la fe y de los hombres y de Dios".
     Has nacido, hijo mío, en un siglo en que esta principal virtud es injuriosamente violada por la mayoría de los hombres. Juntamente con el temor de Dios, tus contemporáneos han perdido todo escrúpulo y cometen las injusticias más asquerosas con la tranquila audacia de la inconsciencia.
     Un comerciante que no te roba un centavo de tu bolsillo, te hurtará treinta sin vacilar en el objeto que te vende; otro que se creería deshonrado si falsificara su mercancía, te engañará tranquilamente en el peso y la medida.
     Este rico que ama el lujo, compra y no paga; aquel hace esperar a los obreros durante muchos días su legítimo salario. Ese político y aquel financiero, que el mundo respeta y adula, hacen millones de pesos en las sombras de negocios sospechosos.
     ¿Qué digo? Este amigo que se dice y se cree honrado, te pide dinero prestado, o simplemente libros, y olvida devolvértelos.
     Así, una cruel experiencia ha demostrado esto: "Cuanto más la religión pierde su imperio sobre las almas, más desciende la probidad, y en cada cristiano que reniega de su fe, hay un hombre honrado que desaparece. Las épocas devastadas por la incredulidad, son igualmente aquellas en que los escándalos por la falta de honradez estallan más grandes y numerosos".
     No te dejes impresionar por el mal ejemplo, no te dejes llevar por la corriente. Si la honradez desaparece de la tierra, debería hallar un último refugio en el corazón del cristiano.
     Eleva tu ideal, hijo mío, no serás honrado si no tienes más que la honradez del mundo. El mundo se contenta con lo exterior y con las apariencias: la verdadera honradez está en el corazón.
     No vayas a confundir, pues, al honrado hombre y al hombre honrado; son distintos. "El uno es el hombre íntegro, el otro es el hombre de estilo, de fama; el uno es la conciencia fiel e inflexible, el otro es la simpatía exterior y el afán de agradar; éste profesa el culto de las precauciones y de las fórmulas, aquél tiene el respeto de la justicia, del deber y del derecho". (J. Ribet. Honradez ante todo)
     El hombre honrado no se permite jamás "ni la mentira que lesiona los intereses de otro, ni las debilidades que empañan la virtud delicada y frágil, ni las deshonestidades que hieren la equidad". (Ribet. Obra citada)
     El hombre honrado es sincero con los demás y consigo mismo; aborrece la perversidad como las puertas del infierno y no hace nada para ahogar en su alma la voz de los justos escrúpulos.
     El hombre honrado no camina a su meta más que por las vías permitidas, reprimiendo sus apetitos y sus instintos; no tiene más que una mira: la infalible conciencia que es en nosotros la voz de Dios.
     El hombre honrado, en fin, desde que conoce su deber llega a ser su esclavo y le sacrifica todo, hasta lo que posee de más querido, porque su vida, como su conciencia, está sometida absolutamente a las estrictas reglas del bien.
    Tal es el retrato del hombre honrado, hijo mío; ojalá sea el tuyo: toda virtud te será fácil desde luego; es fácil llegar a ser santo cuando ya se es justo.

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