jueves, 14 de mayo de 2015

TESTIMONIO DE LA LUZ

     "El era antorcha ardiente y luciente".
     Estas palabras de Cristo son una cascada de luz sobre la figura de su Precursor.
     Antorcha. Heraldo de la luz, dio testimonio de Cristo. Llamarada que surge en el desierto como una columna de espiritual iluminación.
     Ardiente. Quemó su vida en el holocausto de una misión exigente y suprema. Se disminuyó, desapareció, para que medrara el Cordero de Dios.
     Luciente. Así fue su vida, su doctrina, su  muerte. Alumbrar almas, pregonar la verdad entre los plebeyos y los poderosos, adoctrinar discípulos para entregárselos, gozosamente, al Maestro. Decir: "no es lícito" a los prepotentes desenfrenados. Y acabar, en la oscuridad de un calabozo, a los caprichos de una liviana danzarina.
     Pero esa antorcha que pareció extinguirse en el calabozo sombrío, dejó un reguero de ejemplaridad que no se puede apagar.
     Ser antorcha de Dios. ¡Arder! ¡Lucir!
     Juan Bautista fue el primer predicador del Nuevo Testamento. Y la medida de todos los demás...
     Hay dos maneras de atraer a los hombres a Dios: el milagro y la santidad de vida.
     Juan Bautista solo alzó, de frente a su auditorio, su vida austera y heroicamente virtuosa.
     Y las muchedumbres fueron al desierto, mas para verlo que para oírlo. Lo descollante en él era su vida, su testimonio, mas que su palabra. Fulget jejunio, dijo de él el Crisóstomo. Es decir: resplandeció por su incomparable austeridad. Y nos dejó, con el martirio, el ejemplo de la lealtad a la verdad y al deber. Fue antorcha. Ardió, lució. Se consumió.
     "De la mayor parte de los hombres -escribe el P. Faber- puede decirse que carecen mas bien de calor que de luz, o en otros términos, que en la práctica quedan muy inferiores a sus creencias. Sin embargo, hay una multitud de almas buenas, nobles y sensibles, a quienes más bien falta luz que calor. Si supieran algo más acerca de Dios, de si mismas, de sus relaciones con Dios, le servirían mejor y le amarían mucho mas".
     El mundo de hoy necesita luz y calor. Verdad y amor. Necesita la eficacia de los testigos de la luz, de los que se convierten en vida las enseñanzas del Evangelio. El mundo, cansado de la bellas palabras y las reiteradas exhortaciones, cree tan solo al testimonio de la vida.
     Oh, Cristo: yo necesito tu luz y tu calor.
     Para mí y para mis hermanos.
     Tengo en el alma tinieblas y frío. Como las de Egipto; como las del Viernes Santo a la hora de tu muerte. Esas tinieblas que nacen de la ignorancia, de la obstinación, de la pasión, del pecado.
     Me han hablado doctoralmente los sabios del mundo.
     ¡Qué fatuo chisporroteo el de esas lumbreras!.
     ¡Qué estéril, caótica y peligrosa la ciencia del mundo! Desde que he leído sus disertaciones y sus "ensayos", ellos y yo caminamos más a oscuras aun...
     Palpamos nuestra noche larga y terrible.
     Señor: yo llevo el alma encogida y agarrotada de frío. Hay misterios de tu vida que debieran tenerme el alma en ascuas: Encarnación, Eucaristía, Pasión. ¡Dios-Hombre! ¡Dios-Pan! ¡Dios-Víctima!
     Pero yo sigo buscando el fuego en el arrimo de las criaturas y sigo teniendo el corazón como un témpano...
     Tú dijiste: ¡Yo soy la luz del mundo! alúmbrame y deslúmbrame de una vez para siempre.
     Tú dijiste: Fuego vine a traer, ¿y qué quiere sino que arda? Incéndiame el corazón, Señor, como incendiaste el de Pablo, el de Catalina, el de Teresa de Jesús. Quiero ser antorcha de Cristo, ardiente y luciente. Antorcha que se consume, para que Tú subas y reines.
     ¡Antorcha que, al pasar, ilumine, abrase y de testimonio de Cristo y de la eficacia de su Evangelio!
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
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