jueves, 5 de febrero de 2015

LOS LIBROS, COFRES MÍSTICOS.

     Un libro bueno es el mejor compañero en este viaje que llaman vida. Presto siempre a su lenguaje sin ruido, a sus confidencias veraces y sinceras, brinda al ánimo el gozo simultáneo de su silencio y su locuacidad.
     Festín del alma es la lectura; manjar insustituible para la nutrición del espíritu. Al niño le abre horizontes nuevos; al joven le pone lastre en el corazón y en la mente; al anciano mismo, tan cursado en el gran libro de la vida y de las experiencias, le reserva solaz, hallazgos peregrinos y sorpresas no soñadas.
     En el camino de la perfección, a que todos estamos llamados, el libro es consejero y pajecillo de hacha.
     El gusto por la lectura, en personas que de veras emprenden el santificarse, es un regalo de Dios, es una gracia.
     “En igualdad de circunstancias —escribió el P. Faber—, el que comienza su vida espiritual con afición a la lectura, simplifica en alto grado las dificultades ordinarias y tiene mayores probabilidades de aprovechar y perseverar”.
     La razón es clara; la lectura en debidas condiciones —metódica, serena, reposada— regula y canaliza el discurrir, nos comunica paulatinamente, con dádivas de luz no advertidas, la capacidad de pensar, que es una disposición valiosa para la vida del espíritu.
     “Dióme la vida —atestigua Santa Teresa— haber quedado amiga de buenos libros...”
     Tú también, y más que otros, joven universitario, intelectual insatisfecho, debes huir cada día, siquiera por unos instantes, de ese tráfago mundanal que tiene aturdida tu alma, y refugiarte a la paz y al magisterio de los libros buenos, que dicen palabras de verdad y de eternidad...
     ¿Cuáles son las ventajas de la lectura espiritual?
     Ella alimenta la oración, santifica el tiempo, aguza y abastece la inteligencia, ensancha el criterio, matiza y enriquece la conversación y es alivio de atribulados del cuerpo o del espíritu.
     Alimenta la oración. Pábulo y aceite de la oración llamaron a la lectura los antiguos. San Bernardo y después San Juan de la Cruz glosan de esta manera el buscad y hallaréis del Maestro. Buscad leyendo y hallaréis meditando. Lee tú, con ojos penetrantes, y ahonda, hasta que salte, en copioso y gozoso alumbramiento, un manantial de aguas vivas...
     Santifica el tiempo. Este nuestro, en que vivimos, despliega ante el alma la policromíade sus fascinaciones cambiantes y la reclama con voces halagadoras y sugestivas.
     Huyamos, tal cual vez, de ese vértigo de lo exterior, de esa pirotecnia fatua que el mal enciende para deslumbrarnos, y aquietemos el alma en el remanso tranquilo de unas páginas que pongan olvido del mundo y presencias de cielo y de eternidad. Así se alimentará la llamita de adentro, se conservará el calor intimo, quedarán sofocadas tentaciones y divagaciones.
     Aguza la inteligencia. Cuando el libro no se convierte en pasatiempo, estudio o simple erudición que agoste la frescura del espíritu, sirve de manera maravillosa para avivar lumbres, enriquecer de experiencias y documentos, enfocar a una luz nueva los motivos del bien obrar, multiplicarlos y remozar su eficacia. Bourdaloue dice que el libro supera, por muchos conceptos, a la palabra viva. Nos acompaña a cualquier parte, repite, se detiene donde queremos...
     Ensancha el criterio. A medida que se va ampliando el círculo de los conocimientos, la visión del espíritu abarca más, se descubren cielos nuevos y tierras nuevas. Al compás de la buena lectura —como si una alborada amable se alzase en el alma—, huyen y se desvanecen las ideas pequeñas y mezquinas, las envidietas y suspicacias, lo vanidoso y lo superficial. Como el viajar ensancha el criterio, así también la lectura, que es un viaje por el país encantado o por la tierra prometida de los libros selectos.
     La misma conversación de los aficionados a lecturas serias, y sobre todo espirituales, se hace menos malévola y ofensiva, porque el pensar y el hablar llevan ya consigo un peso y un lastre de ideas altas y ajuiciadas. No en vano se frecuenta el trato de los príncipes y maestros del espíritu.
     ¡Qué presto se conoce en sus conversaciones al que airea la mente con libros buenos y al que vive encerrado en la penumbra de su mundillo interior, sin ventanas a las ideas altas y luminosas...
     Acércate, pues, al magisterio de los libros buenos y santos con espíritu de fe. A lo mejor, entre sus páginas, está esperándote un rayo del cielo. El libro bueno es un vehículo de mensajes divinos, de luces y llamadas superiores. Por algo San Agustín consideraba al libro como cartas amorosas de Dios...
R. P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

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