jueves, 23 de enero de 2014

ALEGRIA

     Circula por ciertos sectores un concepto equivocado del hogar cristiano, que ellos suponen ha de ser hosco, de perfil duro, de ambiente oscuro, cerrado a cal y canto al exterior.
     Nada más lejos de la verdad que este concepto absurdo. El hogar cristiano ha de ser un hogar alegre, luminoso, con las ventanas bien abiertas para que penetre el sol y la luz juguetee por todos sus rincones.
     No ha de ser, desde luego, el hogar una sección de la calle, lugar de tránsito de todas las personas y todos los acontecimientos, indefenso a las inclemencias de los elementos y a la curiosidad de los transeúntes, donde con la lluvia se hace barro y con la sequía abunda el polvo.
     El hogar ha de ser algo recatado y recoleto, que su alma es el amor y éste gusta plegarse sobre sí mismo, encerrando en un círculo aparte del resto a aquellos a quienes ama. Pero a la vez ventilado y luminoso, que el amor, si es cristiano, place elevarse y volar, y en su propio circulo no olvidarse de los demás.
     Por eso el hogar cristiano ha de tener grandes ventanales para que el sol le invada por todas partes; pero suficientemente defendidos para que no penetre el barro de la calle ni los miasmas de los focos de infección. La puerta ha de estar de par en par, abierta a las influencias benéficas; pero con un buen portero que no deje entrar influencias malsanas.
     El oficio de porteros, celosos defensores de los valores espirituales hogareños, corresponde principalmente a los padres. Ser luz que inunde de alegría todo el hogar, es en gran parte misión de la hija.
     Ya se dijo esto en y conviene insistir, aun cuando se escandalicen los equivocados que conciben la religión como un ininterrumpido canto del Miserere.
     No, no es ésa la realidad. En nuestra Santa Iglesia Católica se canta mucho el Miserere, el De Profundis y el Dies Irae; pero se canta mucho más el Alleluya, el Gloria y el Te Deum.
     Tu postura en la casa es la de ángel del hogar.
     Abre el Evangelio; ¿qué hace el ángel? En Belén entona el Gloria y en Jerusalén el Alleluya.
     Tú también has de cantar: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.»
     «Gloria a Dios en las alturas», cantarás con brío, desarrollando una sólida vida de piedad. Sin Dios, nada. «Y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad». añadirás, cumpliendo tus deberes hogareños en la forma aquí estudiada.
     Pero, como en Belén, como en la misa que lo repite, el canto ha de ir envuelto en un halo resplandeciente de alegría que todo lo penetra y todo lo llena.
    Y has de cantar el Alleluya. Junto al sepulcro glorioso de Jesús lo cantó el ángel, señalando a los hombres el camino de la resurrección. Hubo allí luces sobrenaturales en competición con la solar, vestes blanquísimas rebasando la albura de la nieve. Era la aurora de un nuevo día, tan espléndido y maravilloso, que, al contemplarlo la Iglesia en su liturgia, nos invita a alegrarnos y regocijarnos en él.
     Como el ángel, tú que lo eres de tu hogar, has de cantar muchas veces, al lado de los tuyos, la resurrección a una vida de mayor espiritualidad. Irradiarás luz de alegría, vestirás de pureza, que es la blancura correspondiente a tu misión, y al contemplarte tus familiares, se contagiarán de ti, y se alegrarán y regocijarán de cara al amanecer eterno. ¿No hemos quedado en que tú eres luz de amanecer?
     Me preguntas si no has de recordar muchas veces la cruenta pasión redentora. Claro que sí, pero desde tu punto de vista de ángel.
     ¿No ves cómo el sábado santo, el diácono entona la angélica y canta en tono de gloria la pasión para pregonar la resurrección?
     Sobre un candelera monumental enciende un cirio de gran tamaño, cuya cera forma la cruz, clavando en ella cinco granos de incienso.
     Cruz con vestigio de cinco llagas, pero radiante de luz y perfumada de rico aroma.
     Serás austera e impondrás austeridad, llevarás en ti la cruz y con ella lo centrarás todo; pero iluminando con luz de Pascua, que es gozo y alegría, y perfumando con el aroma balsámico de un gozo y placer sereno y sobrenatural.
     La alegría no es precisamente una virtud, sino su consecuencia y su compañera inseparable.
     Al fin y al cabo, ¿qué es la alegría sino la satisfacción que experimenta el alma al sentirse buena?
     Has obrado bien, y espontáneamente experimentas en tu interior una sensación de gusto y placer, una satisfacción sutil que invade todo tu ser. Eso es la alegría.
     ¡Qué diferencia entre ella y esa otra falsa, que consiste en una excitación morbosa del sistema nervioso con estímulos de sensaciones agradables y aturdimiento de la inteligencia para que no piense, sepultando, bajo el barullo del constante movimiento, los pensamientos y sensaciones desagradables!
     Esta falsa alegría supone imperfección, atrofia, mengua, limitación; la otra, la verdadera, la virtuosa, supone plétora y, como consecuencia, intensa satisfacción; aquélla degrada, ésta sublima; aquélla es excitante y arrastra al barullo y continua. trepidación, ésta es sedante y conduce a la paz; aquélla no logra llenar el vacío, y sólo trata de anestesiar; ésta satisface, sacia.
     Si caes, entona el Miserere; si te abruma tu miseria, recita el De Profundis; si el peligro de prevaricar te acecha, recuerda el Dies irae; pero inmediatamente levántate y a todo pulmón canta el Gloria, el Alleluya, y, reconociendo las misericordias divinas, el Te Deum.
     Deja a un lado a la que juzga que no puede ser virtuosa si no es adoptando posturas de retraída, ademanes de apocada, gestos de tristezas, miradas lánguidas de alma en pena y palabras quejumbrosas.
     Canta en tu hogar la alegría de la virtud; sonríe, derrama optimismo, alienta esperanzas, levanta los ánimos, canta... No repito esta palabra ahora en sentido metafórico; canta como cantaba con sus monjas Teresa de Jesús.
     De ella escribía la Madre Ana de San Bartolomé: «No era amiga de gente triste, ni lo era ella, ni quería que los que iban en su compañía lo fuesen. Decía: «Dios me libre de santos encapotados».
     Canta; debes ser el ruiseñor de la casa. No; esta frase no es exacta. Hemos quedado en que eres el ángel de tu hogar.
Canonigo Emilio Enciso Viana
LA MUCHAHCHA EN EL HOGAR

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