viernes, 1 de marzo de 2013

ENCUENTRO CON EL JEFE DE LOS GUARDIAS DE HIERRO RUMANOS

Revista Claves
Enero 1993
     Los barrotes de la prisión, a través de los cuales hemos visto el sol tantas veces.
      (Cornelio a Julius Evola al entregarle el símbolo de la Guardia de Hierro).
Bucarest, Marzo de 1938
     Rápidamente nuestro automóvil deja tras él esta cosa curiosa que es el Bucarest del centro: un conjunto de pequeños rascacielos y de edificios muy modernos, esencialmente de tipo «funcional», con unos escaparates y unas tiendas de estilo entre el parisino y el americano, siendo el único elemento exótico los frecuentes sombreros de astrakán de los agentes y de los burgueses.
     Llegamos a la estación del norte, tomamos una polvorienta carretera provincial flanqueada de pequeños edificios del tipo de aquellos de la antigua Viena, que conduce en línea recta hacia la campiña. Tras una media hora larga, el coche tuerse bruscamente hacia la izquierda, toma un camino campestre, se detiene frente a un edificio casi aislado entre los campos: es la llamada «Mansión Verde», residencia del jefe de los «Guardias de Hierro» rumanos.
     «La hemos construido con nuestras propias manos», nos dicen con cierto orgullo los legionarios que nos acompañan. Intelectuales y artesanos se han asociado para levantar la residencia de su jefe, casi con el sentido de un símbolo y de un rito. El estilo de la construcción es rumano: por los dos lados se prolonga por una especie de pórtico, subimos al primer piso. Viene a nuestro encuentro un hombre joven, alto y esbelto, en ropa deportiva, con un rostro abierto y que da inmediatamente una impresión de nobleza, de fuerza y de lealtad. Es justamente Corneliu Zelea Codreanu, jefe de la Guardia de Hierro.
     Su tipo es específicamente ario-romano: parece una reparación del antiguo mundo ario-itálico. Mientras sus ojos gris-azulado expresan la dureza y la fría voluntad propias de los jefes, tiene simultáneamente, en el conjunto de la expresión, una nota particular de idealismo, de interioridad, de fuerza, de comprensión humana.
     Incluso su forma de conversar es característica: antes de responder parece absorberse en sí mismo, alejarse, para después, de pronto, comenzar a hablar, expresándose con una precisión casi geométrica, en frases bien articuladas y orgánicas. «Después de que toda una falange de periodistas, de todas las naciones y colores, que no saben preguntarse sobre otra cosa que de aquello que está unido a la política más contingente, esta es la primera vez, y lo noto con satisfacción», dice Codreanu, «que viene a mí alguien que se interesa, ante todo, por el alma, por el núcleo espiritual de mi movimiento. He encontrado una fórmula para contentar a estos periodistas y decirles algo más que nada, a saber: nacionalismo constructivo».
     «El hombre se compone de un organismo, es decir, de una forma organizada, después de fuerzas vitales, después de un alma. Se puede decir lo mismo para un pueblo.
     «Y la construcción nacional de un Estado, bien que ella tome naturalmente estos tres elementos, puede experimentar principalmente, no obstante, y por razones de cualificación diversas y de herencia diferente, los movimientos de uno de estos tres elementos.
     «Según mi opinión, en el movimiento fascista predomina el elemento Estado que corresponde al de la forma organizada. Aquí se habla la potencia formadora de la Roma antigua, maestra del derecho y de las organizaciones políticas, de las cuales Italia es la heredera más pura.
    «En el nacional-socialismo está, por el contrario, puesto de relieve aquello que se refiere a las fuerzas vitales: la raza, el instinto de la raza, el elemento étnico-nacional.
     «En el movimiento legionario Rumano, el acento está puesto sobre todo en aquello que, en un organismo, corresponde al elemento alma: sobre el aspecto espiritual y religioso.
     «De ahí vienen las características de los diferentes movimientos nacionales, visto que al final comprenden los tres elementos y no niegan ninguno de ellos.
     El carácter específico de nuestro movimiento nos viene de una lejana herencia. Ya Herodoto llamaba a nuestros padres: «los Dacios inmortales».
     «Nuestros ancestros geto-tracios tenían fe, antes incluso del cristianismo, en la inmortalidad e indestructibilidad del alma, lo cual demuestra su orientación hacia la espiritualidad. La colonización romana ha añadido a este elemento el espíritu romano de organización y de forma. Todos los siglos siguientes han disgregado nuestro pueblo y lo han hecho miserable. Pero de la misma forma que en un caballo enfermo y postrado se puede reconocer la nobleza de su raza, igualmente se puede reconocer también en el pueblo rumano de ayer y de hoy los elementos latentes de esta doble herencia.
     «Y es esta herencia la que el movimiento legionario quiere despertar», continúa Codreanu. «El parte del espíritu: quiere crear un hombre espiritualmente nuevo, una vez realizada esta tarea como 'movimiento', el despertamiento de la segunda herencia nos espera, es decir, el de la fuerza romana políticamente formadora. Así, el espíritu y la religión son para nosotros el punto de partida, el 'nacionalismo constructivo' es el punto de llegada, una simple consecuencia».
     «La ética simultáneamente ascética y heroica de la Guardia de Hierro consiste en reunir uno y otro punto».
     
     Preguntamos a Codreanu cuál es la relación de la espiritualidad de su movimiento con la religión cristiana ortodoxa. He aquí su respuesta: «En general, nosotros tendemos a vivificar, bajo la forma de una conciencia nacional y de una experiencia vivida, aquello que, en esta religión, demasiado a menudo está momificado y ha devenido en el tradicionalismo de un clero somnoliento. Además, nos encontramos en circunstancias favorables por el hecho de que es extraño a nuestra religión, nacionalmente articulada, el dualismo entre fe y política, y de que ella puede proporcionarnos unos elementos éticos y espirituales sin imponerse como una entidad, no obstante, política.
     «De nuestra religión, el movimiento de guardias de hierro toma después una idea fundamental: la de la totalidad. Este es la superación positiva de todo internacionalismo y de todo universalismo abstracto y racionalista. La idea ecuménica es la de una «societas» como unidad de vida, como organismo viviente, como un «vivir» conjunto, no solamente con nuestro pueblo, sino también con nuestros muertos y con Dios. La actualización de una idea semejante bajo la forma de una experiencia efectiva es el centro de nuestro movimiento; política, partido, cultura, etcétera, no son para nosotros sino consecuencias y derivaciones».
     «Debemos revivificar esta realidad central, y renovar por esta vía al hombre rumano, para actuar luego y construir también la nación y el Estado. Para nosotros un punto particular es que la presencia de los muertos de la nación total no es abstracta sino real: de nuestros muertos y sobre todo de nuestros héroes. No podemos separarnos de ellos; como fuerzas liberadas de la condición humana, ellos penetran y sostienen nuestra más alta vida.
     «Los legionarios se reúnen periódicamente en pequeños grupos, llamados 'nidos'. Estas reuniones cumplen unos ritos especiales. Aquél por el que se abre cada reunión es la llamada a todos nuestros camaradas caídos, al cual los participantes responden con un ¡presente! Pero esto no es para nosotros una simple ceremonia y una alegría sino, por el contrario, una evocación.
     «Nosotros distinguimos al individuo, la nación y la espiritualidad trascendente», continúa Codreanu, «y en la vocación heroica consideramos lo que conduce de uno a otro elemento de los mencionados, hasta una unidad superior. Negamos bajo todas sus formas el principio de la utilidad bruta y materialista: no solamente en el plano del individuo, sino también en el de la nación. Más allá de la nación, nosotros reconocemos principios eternos e inmutables, en nombre de los cuales se debe estar presto al combate, a morir y a subordinarlo todo, con al menos la misma decisión que en nombre de nuestro derecho a vivir y a defender nuestra vida».
     «La verdad y el honor son, por ejemplo, principios metafísicos, que nosotros ponemos por encima de nuestra nación».
     «Hemos mostrado que el carácter ascético de los guardias de hierro no es genérico, sino también concreto y, por así decir, práctico. Por ejemplo, está en vigor la regla del ayuno: tres días por semana, 800 mil hombres aproximadamente practican el denominado 'ayuno negro', es decir, la abstinencia de toda clase de alimento, bebida y tabaco. Igualmente la oración tiene una parte importante en el movimiento. Además para el cuerpo de asalto especial que lleva el nombre de los dos jefes legionarios caídos en España, Motza y Marín, está en vigor la regla del celibato».
     Preguntamos a Codreanu acerca del sentido preciso de todo esto. Parece concentrarse un momento, después responde. «Hay dos aspectos, para clasificar los cuales hay que tener presente en el espíritu el dualismo del ser humano, compuesto de un elemento material naturalista y de un elemento espiritual. Cuando el primero domina al segundo es el «infierno». Todo equilibrio entre los dos es una cosa precaria y contingente. Sólo el dominio absoluto del espíritu sobre el cuerpo es la condición normal y la premisa de toda fuerza verdadera, de todo verdadero heroísmo.
     «El ayuno es practicado por todos porque favorece a una tal condición, debilita las ataduras corporales, estimula la autoliberación y la autoa-firmación de la voluntad pura, y cuando a esto se añade la oración, pedimos que las fuerzas de lo alto se unan a las nuestras y nos sostengan invisiblemente, lo cual conduce a un segundo aspecto: es una superstición pensar que en cada combate sólo las fuerzas materiales y simplemente humanas son decisivas; entran en juego por el contrario, igualmente fuerzas invisibles, espirituales, al menos tan eficaces como las primeras. Somos conscientes de la positividad y de la importancia de estas fuerzas.
     «Es por esto por lo que damos al movimiento legionario un carácter ascético preciso.
     «En las antiguas órdenes caballerescas también estaba en vigor el principio de la castidad. Subrayo de todos modos, que entre nosotros se restringe a los cuerpos de asalto, sobre la base de una justificación práctica, es decir, que para aquél que debe volcarse enteramente a la lucha y no temer la muerte no deberán existir impedimentos familiares. Por otra parte, se permanece en este cuerpo solamente hasta los treinta años cumplidos. Pero, en todo caso, permanece siempre una posición de principio: hay de un lado aquellos que no conocen sino la 'vida' y que no buscan por consecuencia sino la prosperidad, la riqueza, el bienestar, la opulencia; del otro lado hay aquellos que aspiran a algo más que la vida, a la gloria y a la victoria en una lucha tanto exterior como interior. Los guardias de hierro pertenecen a esta segunda categoría».
     «Y su ascetismo guerrero se contempla con una última norma: con el voto de pobreza al que está obligada la élite de los jefes del movimiento, por los preceptos de renunciamiento al lujo, a las diversiones sin contenido, a los pasatiempos llamados mundanos, en suma, por la invitación a un verdadero cambio de vida que hacemos a cada legionario
».

     El Legionario sólo teme a Dios, al pecado y cuando sus fuerzas físicas y espirituales vengan a menos..." (Cornelio Zelea Codreanu).

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