lunes, 25 de marzo de 2013

EL MANDATO

Mandatum novum do vobis: ut diligatis invicem sicut dilexi vos». 
Juan XIII, 34.

     Es en las proximidades de la muerte donde los grandes hombres encuentran las palabras más profundas y sinceras de la vida; esas palabras que, arrancadas ya de todos los compromisos y ligaduras del tiempo, encierran la verdad serena e inmutable de lo eterno.
     En esta sinceridad y verdad; Cristo ha pronunciado una palabra nueva, una palabra vida, una palabra ardiente, una palabra incendiariamente exigente y esencial; una palabra auténticamente suya que condensaba obligatoriamente a Cristo y al Cristianismo, al Evangelio y la Cruz, a la Redención y la Iglesia. Una palabra que Cristo llama nueva, y además de nueva, única, necesaria, imprescindible: la palabra amor.
     Y así, a pocas horas del patíbulo; pocos momentos antes del asalto de Getsemaní; poco antes de recibir en su rostro una bofetada y los esputos de unas gargantas blasfemas; horas antes de sentir desgarrada su carne por los trallazos de una soldadesca brutal; Cristo dijo: Os doy un
nuevo mandamiento: que os améis mutuamente como yo oh he amado.
     Es nececesario preguntarnos si el mandamiento nuevo de Cristo es realmente, después de XXI siglos de Cristianismo. Me refiero especificamente a la repercusión humana del mandamiento.
     La pregunta es gravísima. Porque... si al oir el mandamiento de Cristo en este siglo sentimos la extrañeza de la novedad, sin tener conciencia de la madurez dos veces milenaria del mandamiento; si desconociendo la densidad teológica de ese mandamiento nuevo, caemos en la sorpresa de su para nosotros novedad humana; sin más transcendencia que cualquier otra frase dicha en la antigüedad por cualquier filósofo; si el mandamiento nuevo fuese para nosotros nuevo, con la novedad de lo desconocido; entonces hemos de preguntarnos si los cristianos hemos fracasado; si veinte siglos de cristianismo no habrán quedado reducidos a una soñada ilusión; si hemos falsificado a Cristo, si hemos adulterado su mensaje, si hemos hecho imposible su redención.
     Porque si Dios es amor, si Cristo nos ha sido dado por amor, si la Cruz fué obra del amor, y el mandamiento del amor se nos hace nuevo, hoy, se nos hace cosa nueva, hoy; es señal de que nuestro cristianismo es señal de un cristianismo-farsa, un cristianismo de maquillaje y de bambalina teatrera. Es la hora de aplicarnos cruda y fríamente como cristianos, lo que el ardiente y por sus hermanos abrasado Pablo, decía de los que no fundamentaban su fe en la resurrección de Cristo: sois los más desgraciados de todos los hombres.
     Todo era nuevo con Cristo, y el Cristianismo se presentaba en el mundo como una novedad absoluta.
     Cristo traía una restauración y total y radical de algo que, por parte del hombre, se había perdido de una manera absoluta; Cristo traía la posibilidad de superación del pecado, por un perdón nuevo y a la vez escandaloso para el corazón duro y frío del judaismo; Cristo traía la renovación del hombre, por la nueva creación de un reino específica e integralmente montado sobre la gracia, que había de dar la maravilla de la nueva creatura, del hombre nuevo o, hablando más precisamente, había de abrir la nueva tierra y el nuevo cielo, cerrados hasta la redención de Cristo. Esta novedad de Cristo, hirió vivamente la mente de los trasmisores de la revelación: todo ha sido hecho nuevo, nos dice San Pablo (Gal. VI,5); San Lucas nos habla de la nueva alianza (XXII, 20) y San Marcos nos habla de la doctrina nueva (I, 27). Y el mismo Cristo, expresando con una vigorosa imagen su obra y su doctrina nos habla del vino nuevo, que no debe meterse en odres viejos.
     Todo era novedad en Cristo, y esa novedad no podia encuadrarse en estructuras viejas.
     Pues bien. En medio de esta catarata de realidades nuevas, en las que Cristo quería anegar al mundo; nos hallamos con una realidad nueva y un mandamiento nuevo: nos hallamos con un amor absolutamente nuevo.
     Y al hablar de este amor nuevo, de este mandamiento nuevo, no se trata de una nueva doctrina o una nueva elucubración filosófica sobre el amor. Se trata rigurosamente de un mandato exigente, imperativo, inaplazable.
     Cuando Cristo impone su mandamiento nuevo, lo que nos impone es un modo de vida. Al hablar Cristo de un amor nuevo, no habla de la luminosidad fría de un pensamiento inútil e ingenioso; sino de una pulsación vital al contacto de algo que era desconocido en los tiempos de la vida temporal de Cristo, y que, repetida e inútilmente, tuvo que explicar, cuando sus desconcertados oyentes le preguntaban: ¿y quién es mi prójimo?
     Se trata de un amor que además de imponérsenos como mandato absoluto: ¡amaros!; se da como distintivo único del Cristianismo: ¡y así conocerán que sois mis discípulos!
     Un amor concreto, vital, imperativo, exigente; un amor que descubre la novedad cristiana de un ser que se llama prójimo; un amor necesario y absoluto, para la realización total del reino de Cristo, tanto en el tiempo como en la eternidad.
     Cristo, que sabía amar y que sabía llorar porque amaba, se refería a esa fuerza emotiva en la que radica la efectividad dinámica de la vida, y que emocionado recordaba Juan, el discípulo amado, en aquella inagotable y humanísima expresión: con mis manos toqué y apreté al Verbo.
     Pero nos hallamos con la dolorosa realidad de que la palabra más bella y la más exquisita del lenguaje divino, es la más prostituida del lenguaje. Y por eso... ¡es difícil hablar del amor!
     Y es difícil hablar del amor porque un real materialismo circundante; un concepto de la vida vacío, insensato y libertino; una exaltación múltiple y obsesiva de todas las posibilidades de la carne, desde la simple belleza hasta la complejidad del sexo; el desbordamiento Inundante de un feminismo oscuro y equívoco, que exalta lo menos femenino de la mujer hasta el aburrimiento y el fastidio; la monstruosidad de la degradación masculina que está hirviendo en la gusanera infecta de una aterradora equivocidad sexual; un mercantilismo obsceno que ha convertido el amor en la ciénaga de todos los guangueos sordos e inconfesables...; todo esto, repito, ha prostituido y arrastrado por todos los lodazales la palabra más bella, más limpia, más creadora y más divina del lenguaje humano.
     Es difícil hablar del amor y más difícil aún comprender el mandamiento nuevo, porque hemos perdido la noción de prójimo, el gran descubrimiento del Evangelio; hemos helado en nuestro corazón, o como se llame ya eso que antes llamábamos corazón, el calor vital del amor, convirtiéndole en nido de víboras.
     No comprendemos el mandamiento del amor mutuo, del amor al prójimo, porque criminalmente no pensamos más que en la destrucción; hemos polarizado nuestro avance técnico hacia el aniquilamiento y la muerte; medimos la paz no por las posibilidades de una creadora y fecunda convivencia humana, sino por el número de bombas terroríficamente aniquiladoras que poseemos.
     No comprendemos el mandamiento del amor, porque los horrores pasados, la desolación presente y el terror a un futuro siniestro y sombrío, que además se nos presenta fatalmente inevitable; nos ha hundido en un cerrado y cruel egoísmo, enemigo radical de todo amor. Llevamos dentro de nosotros un corazón angustiado y pavorosamente temeroso, que se ha convertido en un yermo calcinado y estéril, al que es imposible pedir la flor jugosa y fresca del amor.
     No comprendemos el mandamiento del amor, porque nosotros que odiamos tan maravillosamente bien; ni sabemos lo que es el perdón, ni sabemos perdonar. Cristianos rijosos y egoístas, destilamos a lo más una "caridad" biliosa y mercantilizada, que no es sino una de las formas más diabólicas del odio; no comprendemos las ciegas generosidades del amor, porque nos hemos encenagado en una "justicia" dura y fría, que sería mejor llamarla lo que es: venganza. Y... no sabemos perdonar, porque no sabemos amar: mercantilizamos el perdón, cobramos el perdón, condicionamos el perdón por un egoísmo sucio y asqueroso que nos corroe las entrañas, e incluso sentimos el placer sádico de no querer perdonar, como sentimos el monstruoso placer de odiar, de matarnos... Algunas veces, ¡vergüenza y condena de nuestro cristianismo!, usamos el perdón como una de las maneras más finas de humillar a nuestro prójimo...
     No comprendemos el mandamiento total y sin excepciones del amor al prójimo, porque por ciertos convencionalismos oscuros no fáciles de comprender y difíciles de explicar, y de los que casi siempre no somos plenamente conscientes; hemos corregido la plana a Dios, arrancando de la base de la fe el amor, desmontando el orden establecido por el mismo Dios, olvidando gravemente lo que El mismo inequívocamente dijo: el primer mandamiento de la Ley es amar a Dios; pero el segundo muy parecido al primero, es amar al prójimo; y en esto están condensados la Ley y los Profetas. Este es un punto doloroso pero realísimo, que plantea la crisis... de nuestra ascética, de nuestra fe, de la autenticidad de nuestro Cristianismo.
     Estamos en la solemne sinceridad de un Jueves Santo, en la que no caben ni equívocos ni subterfugios; pero que nos obliga a comparar seriamente el sencillo y absoluto esquemalismo del amor mandado por Cristo, con la complejidad oscura e indirecta de nuestra caridad tecnificada.
     La técnica ha invadido la caridad, y dudo que una caridad arrancada a fuerza de incentivos egoístas, sea la caridad cristiana, la imperada por Cristo, la que es la señal de un verdadero cristianismo.
     Se ha dicho, y muy certeramente, que Cristo al ver que los cristianos no se mueven por las virtudes puras, que cada vez pesan menos en la motivación de sus actos; se sirve de medios divinamente diabólicos, es decir, les pone delante el señuelo de un egoísmo, para que por egoísmo hagan lo que de otra manera no harían.
     Sospecho vehementemente que la caridad tecnificada no brota de un corazón enamorado, sino que es uno de los medios divinamente diabólicos, que son un sucedáneo de la virtud, pero no son la virtud misma.
     Yo no vitupero las llamadas tómbolas de caridad, pero no puedo llamar verdadera caridad la que se hace con la esperanza de un premio. El amor no se cobra nunca. Y si se cobra será cualquier cosa, la mas de las veces será una cosa inconfesable; pero jamás será amor.
     Bien están las rifas benéficas... Todo eso está muy bien, pero todo eso constituye un sucedáneo del amor; todo ello es un sistema tecnificado de medios divinamente diabólicos...
     El cristianismo ha ido cambiando la caridad y el amor, por una fría filantropía. Quien no sabe acudir y socorrer al prójimo con amor, y sólo sabe dejar el óbolo gélido y anónimo en la fría mano desconocida que ofrece una papeleta de tómbola o rifa benéfica, ¿cumple exactamente con el precepto del amor, del amor, del amor predicado por Cristo en las ardientes horas previas a su muerte? Una caridad que espera un premio, ¿será la caridad que se abate hasta besar unos piés sucios y polvorientos?
     No; no digo que esos medios, estén mal, aunque sean un mal menor y necesario. Pero, aun admitiendo que en la vida moderna es imprescindible encauzar la caridad y facilitarla; mucho me temo que la caridad tiznada de egoísmo, no sea la caridad auténticamente cristiana; mucho me temo incluso, que no exista la caridad, y sí el placer del simple juego aleatorio...
     En cualquier hipótesis es doloroso pensar que el cristiano en estas horas terribles del mundo, no piensa en el amor como redención del hombre; no reflexiona en lo exencial de un Cristianismo, sostén de un mundo en crisis... por falta de amor. Y el cristianismo, por una ley misteriosa pero realísima, cuando no siente la caridad y el amor en el sentido verdadero de Cristo, cae en el más monstruoso de los egoísmos. El cristiano no tiene capacidad humana para mantenerse en la frialdad opaca e inexpresiva de una pura filantropía naturalista y pagana: el cristiano jamás puede ser ya un pagano, porque o es superior al pagano, si es buen cristiano, o es inferior al pagano, si es mal cristiano. El pagano puede ser un no degradado; pero un mal cristiano siempre será un ser desgraciado... ¡Terrible consecuencia de nuestra realidad cristiana!

* * *
     Mas... en estas horas emotivas y profundas, meditemos entrañablemente toda la colosal novedad del amor exigido por Cristo a los cristianos.
     Cristo nos habló de su paz, contraponiéndola a la paz del mundo; se trataba de una paz suya, tan original y tan nueva, que era absolutamente ajena a todas las posibilidades de la tierra: ¡esta paz no puede dárosla el mundo!
     Paralelamente al imponernos el imperativo del amor, habla Cristo de su amor, pero a la vez asimilable y copiable por el hombre, ya que nuestro amor ha de ser esencialmente como el suyo, aunque no tan perfecto: ¡amaros como Yo os he amado!
     Por eso; si se nos impone un amor como el de Cristo, y por lo tanto ajeno a todas las posibilidades del mundo; podemos asegurar que se trata de un amor exquisitamente nuevo; un amor base radical e insustituible del Cristianismo; un amor en el que se fragua la renovación universal de todas las cosas: ¡todo lo hago nuevo!
     Ya adivináis que este nuevo amor no es un elemental y sensiblero sentimentalismo. Es verdad, y una emocionante verdad, que Cristo y el Cristianismo consuelan al hombre en sus horas dolorosas. Pero ni el Cristianismo ni Cristo están hechos para las crisis de salón; sería blasfemo confundirlos con unas sales aromáticas, sedantes de un sistema nervioso llorón y emotivo. No puede consistir el nuevo amor predicado por Cristo a pocas horas y a pocos metros del patíbulo, en un remedio sentimentalista.
     No. En el mandamiento divino del amor se encerraban dos novedades estrictas: una profudamente humana; otra sublimemente divina. Ambas novedades abarcaban al hombre en su totalidad, para hacerlo totalitariamente cristiano.
     En el aspecto humano, el amor que imponía Cristo a sus discípulos y en ellos a todos los hombres, no puede confundirse simplemente con el sentimiento de humanidad, ese sentimiento que anida en el fondo de todo corazón honrado y de toda conciencia sana. Ese sentimiento era conocido ya por el paganismo.
     El amor impuesto por Cristo tenía otras dimensiones, tenía otras leyes, tenía otra finalidad, tenía otro origen.
     Humana y socialmente plantaba en medio del mundo novísimo concepto de prójimo, creando por medio de ese amor y por encima de todas las diferencias humanas, la conciencia de una hermandad universal.
     Si el concepto de Dios-Padre era una de las grandes novedades del Evangelio, otra de las grandes novedades del Evangelio fue la revelación del hombre-hermano, y en esta gran novedad se fundaba el mandamiento nuevo. Pero, ¿quién es mi hermano? le preguntaron atónicos a Cristo...
     La pregunta trascendental acusaba un doloroso estado de conciencia. No solo para el paganismo, sino para el mismo judaismo, el sentimiento de humanidad, el amor, estaba limitado y restringido a la raza y al culto. El prójimo no existía fuera de la religión, del culto, de la nación. Cristo venía a romper estas limitaciones, nacidas de la pequeñez y dureza del corazón humano, imponiendo un amor que impregnado del espíritu viviente de la ejemplaridad de Cristo, nos hiciese ver en el hombre al prójimo, sin distinciones de raza, de virtud, de vicio, de cultura; sin distinción de clases y niveles sociales; sin distinción de sexo, de inteligencia o de libertad. Un amor que nos hiciese ver en todo ser humano un real o posible hijo adoptivo de Dios; un amor que nos polarizase a todos en Dios, como fin supremo, infinito, inevitable...
     Cristo nos imponía un amor que llevaba en la entraña viva la ley insobornable del desinterés, del sufrimiento y hasta de la muerte si fuese necesaria por el prójimo: ¡amaros como Yo os amo¡... Y a las pocas horas daba su vida por nosotros en un patíbulo. Cristo nos pedía un amor universalista y sin quiebras, en el que habían de caber aun aquellos que no habían de profesar la misma fe en Cristo, como vigorosamente parafraseó San Pablo: "Jesús, el Maestro, nos amó antes de que fuésemos dignos de ser amados, estando aún sumidos en las tinieblas de las sombras de la muerte" (Ef. II, 4, 5).
     Quizá nuestro minúsculo corazón humano, no entiende este amor de Cristo; este pequeño corazón que se sacia en cicaterías y que se ahoga con una simple emoción volatinera; está muy lejos de comprender un amor tan total, que lleva en su entraña viva el sacrificio y aun la muerte. Y, vuelvo a repetir mientras este amor no sea la vértebra esencial del Cristianismo; mientras este amor no se convierta en la razón esencial y total de nuestra fe; mientras este amor no sea una realidad palpitante y angustiosamente exigente en nuestra vida y nuestra sociedad cristianas; nuestro Cristianismo no será el auténtico, nuestro Cristianismo será una farsa triste y trágica, que desaparecerá barrido por cualquier otra fuerza que se presente con la máscara de cualquier filantropía. ¿Es por esto por lo que estamos dando pruebas de esterilidad, de impotencia, de incapacidad casi total? ¿Esgrimimos un Cristianismo vital y cordial, obsesivo y apasionado, contra los frentes poderosos que nos acosan, o nos contentamos con la admiración fría e inútil de una bella doctrina que fué, pero que ya no nos dice nada en el mundo de hoy? ¿Estamos convencidos de que el Cristianismo no es una doctrina sino una vida, y como vida ha de tener, como centro motor, un corazón poderoso y poderoso y ardiente?
     El amor, si no es una realidad concreta y palpable, no es amor ; como no son amor las teorías, las poesías y las bellas concepciones sobre el amor.
     Cristo se propuso a sí mismo como modelo concreto y viviente, y todo el Evangelio chorrea este amor apasionado, ardiente, incondicionado, en todas las circunstancias y en todos los ejemplos posibles. Magdalena, Zaqueo, la adúltera, la samaritana, Pedro... ¡Un amor que todo lo funde desde el adulterio hasta el perjurio, desde la prostitución hasta la mancebía y el concubinato! ¡Un amor que sabe llamar amigo a Judas, que defiende a una prostituta, que acaricia a un niño y llora conmovido por las lágrimas de una pobre viuda! ¡Un amor que sabe llorar por su patria y por la muerte de un amigo, que se compadece ante el hambre de las masas que le siguen, que se mezcla con los pobres y los leprosos, que dialoga con los ladrones, que defienden a los pecadores y que come con ellos aunque le cueste la amargura de la murmuración viperina! ¡Un amor que sabe arrodillarse a los piés de sus discípulos, para lavárselos y besárselos! ¡Un amor sin empeños, ni conveniencias sociales, ni ridiculas exigencias del buen nombre...!
     Cristianos, aquí no hay ni filosofías, ni doctrinas, ni exquisiteces conceptuales, ni poesía sobre el amor. Aquí hay un amor-vida, concreto, real, humanísimo. Si a Cristo le preguntasen qué cosa es el amor, como dentro de pocas horas le preguntarán qué cosa es la verdad, Cristo respondería: ¡el amor soy yo en mis obras!
     San Juan, el apóstol que más vivencialmente sintió el amor vivido y predicado por Cristo, y que nos ha transmitido su mandamiento de amor, hace este comentario del texto del Maestro: 

     "Quien no ama permanece en la muerte. Quien odia a su hermano es un homicida y no tiene en sí la vida eterna. En esto hemos conocido el amor que El dió su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes en este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra sus entrañas, ¿como mora en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad..." (1, 3, 13-18).
     "Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor. El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos... Si de esa manera nos amó Dios, también debemos amarnos unos a otros..." (id. 4, 7-12).
     Las palabras del Apóstol sugieren incidentalmente el problema que me atrevo a apellidar filantropía pauperista, que va resultando una monstruosa caricatura del verdadero amor cristiano; caricatura nacida del influjo de las corrientes socialistas y marxistas, o dicho más claramente y sin atenuaciones vergonzantes: nacida del miedo a futuras revoluciones.
     No puedo ver un verdadero amor cristiano que se funda en un miedo material y concreto, casi animal; no puedo ver el amor cristiano en una actitud que con rara frecuencia parte del insulto, más o menos velado, a las clases directoras; no puedo ver el amor cristiano, al menos el predicado por Cristo, en una actitud no raras veces sorda y peligrosamente equivoca.
     Con frecuencia en la historia han sido los pobres el parapeto, tras el cual se escondieron fines oscuros e inconfesables. Judas fué el primero en echar mano del método pauperista ante el derroche de un frasco de colonia, derramado, como él decía, inútilmente sobre la cabeza de Cristo; y el frenazo de Cristo fue claro y contundente. Es un pasaje del Evangelio que, como también otros, ocultamos cuidadosamente, sobre todo en estos tiempos de caridades no fáciles de comprender, al menos desde un punto de vista limpiamente cristiano. El amor cristiano es un amor al hombre, al prójimo, sin políticas, sin partidismos, sin redentismos, sin sociologías baratas y equívocas. Es un amor entrañable al hombre por Cristo y en Cristo. Dejo pendiente en vuestras almas un doloroso problema; y lo llamo doloroso, porque estamos a pique de crear con una sociología imprecisa y naturalista, un corrosivo sucedáneo del Evangelio.

 * * *
     Pero el mandamiento nuevo de Cristo, el mandamiento de que nos amásemos mutuamente como El nos amó, encierra una novedad más esencial y profunda.
     Por la revelación sabemos que el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Dentro de la creación visible ningún otro ser lleva en sí esta imagen divina. Por lo tanto si el hombre como individuo es una reproducción imperfecta, pero verdadera, en su procesión del Hijo por parte del Padre en el Espíritu Santo; ese individuo como miembro de la comunidad humana es a la vez un reflejo de la comunidad trinitaria de Dios, dentro de la esfera del mundo creado. Y por eso el ser humano ha de hacer verdadero su necesario encuentro con Dios, reflejándole en su necesario encuentro con los hombres, con el prójimo. Según la teología, la vida trinitaria de Dios es el prototipo, solo imperfectamente imitable, de todas las relaciones personales, tanto de las del hombre con Dios, como de las del hombre con sus semejantes. El concepto de prójimo, como objeto del amor nuevo, se revela como una realísima novedad, al descubrirnos la revelación su raíz divina; pues nace de una raíz divina y no de una raíz filantrópica, sentimentalista, sociológica.
     El pecado al irrumpir violentamente en el individuo y en la comunidad humana, ha perturbado este sistema de relaciones, haciendo imposible su realización plena. Por eso el pecado va intrínsecamente contra el amor.
     El pecado irrumpe de manera primordial en el terreno donde el hombre, imagen de Dios, ha de representar plásticamente el misterio central de la revelación cristiana, es decir, en la vida comunitaria de los hombres, vida que siendo en sí misma pluripersonal, une a todos los individuos con el único y exclusivo vínculo del amor. Esta es la gran novedad del nuevo amor mandado por Cristo, creador de una comunidad humana en la que todos los miembros han de tener... cor unum et anima una! Pero..., ¿verdad que ante este sublime ideal humano-divino de convivencia humana y cristiana, siente uno el escalofriante temor de hallarnos a sorprendente lejanía de un Cristianismo real, concreto, auténtico?
     Más aún: el Evangelio es terminante y claro al afirmar que el amor que el hombre debe a Dios, ha de dárselo por medio del amor del hombre a su prójimo. El mandato de Cristo no dice ¡amadme!, sino ¡amaros!. Y cuando en el Evangelio se habla separadamente del amor a Dios, se añade immediatamente: ¡y amarás al prójimo como a tí mismo! ¡ No existe separación en esta expresión dual del mismo esencial amor!.
     El amor a Dios ni es verdadero ni merece crédito si no está representado al mismo tiempo en la dimensión intrahumana del hombre con el hombre, del individuo con su prójimo, como elementos de la comunidad humana, la imagen comunitaria de la Trinidad.
     No; no es lo mismo amar a Dios y amar al prójimo; es verdad. Pero el mismo Dios nos dijo que estos dos amores se parecían mucho, y además nos aseguró que eran inseparables: ¡lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos a mí me lo hicisteis! (Mt. XXV, 46); si alguno dijere: amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve (I J. IV , 26).     La intuición arcangélica de San Juan, nos revela una novedad esencial del mandamiento nuevo, y que dejo en los horizontes luminosos de vuestra alma cristiana, pues rebasan los límites específicos y psicológicos de una tarde de Jueves Santo: el amor como vía de cognoscibilidad de Dios; el amor supliendo la ceguedad humana con relación a lo divino, pero por la ingerencia misteriosa de una vida divina que acusa vivencialmente la presencia vital de Dios en nosotros: A Dios jamás le vió nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros y su amor es en nosotros perfecto. Conocemos que permanecemos en El y El en nosotros en que nos dió su Espíritu. Y añade estas asombrosas palabras: por el amor como es El, así somos nosotros en este mundo (I J. IV, 12-17); el amor nos diosifica.
     Y... ¡qué necesidad tenemos de esa diosificación, nosotros hijos de la ira y del odio! ¡nosotros los que destilamos angustia, indigencia y desesperanza! ¡nosotros los devorados por un amor bestial de cada hombre a sí mismo, de cada pueblo a sí mismo, de cada raza a sí misma! ¡nosotros los hijos de las furias, que hemos llenado la tierra de fuego, de humo, de sangre, de sepulcros, de osamentas!
     ¡Qué triste tener que recluirse en un templo en una desolada tarde de un Jueves Santo, para oir hablar del amor, algo así como si fuera una poesía lejana, un ideal soñado e irrealizable, uno de los temas obligados e intranscendentes de una corriente Semana Santa!
     ¿A qué nos suenan las palabras de Cristo a nosotros que a fuerza de negros egoísmos hemos centuplicado los odios, las codicias, las esclavitudes? ¿A qué suenan las palabras de un Cristo que exije que nos amemos, a nosotros que nos roemos mutuamente en odios irreprimibles de los pequeños contra los grandes, de los pobres contra los ricos, de los grupos ambiciosos contra los grupos decadentes, de los pueblos poderosos contra los pueblos subyugados, de los descontentos contra los contentos ?
     ¿A qué suenan esas palabras ¡amaros mutuamente, en eso conocerán que sois mis discípulos!, en estos años en que el linaje humano, corroído por todas las ambiciones, ha llegado al delirio de todas las fiebres y a la locura de todos los rencores? ¿Qué significa esa hermandad universal exigida por Cristo en estos fúnebres momentos de la raza humana, convertida en un rebaño de fieras malamente contenidas por el látigo y la fuerza? ¿Qué significa el divino y generoso descubrimiento del prójimo, ese reflejo de Dios en el mundo, en una tristísima circunstancia espiritual en la que el hombre, como ser social, es definido por nuestros filósofos como lobo, como zorro, como animal de presa?
     En este momento de la raza humana, en que todo resuena a derrumbamientos colosales ¿qué significa una palabra que además de divina, es profundísimamente humana, que nos pide amor, comprensión, ternura, que quiere convertir en vergel este desolado y árido desierto, por el que corren enloquecidas almas de acero y corazones de hierro?
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en pedir amor al hombre, y tienes que arrancar solitario hacia el patíbulo, casi sin posibilidad de que tu mensaje sea comprendido!
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en pedir amor a unos seres adormecidos en la borrachera siniestra de todos los venenos, dominados por el repugnante sadismo de saciarse en la muerte de sus hermanos!
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en encender un amor generoso y limpio como tu corazón divino, en unos corazones carcomidos por las drogas adormecedoras y afrodisíacas de una edad voluptuosa y fúnebre, que sepulta a sus hombres en los lupanares y las trincheras, que los anega en cataratas de alcohol, que los diezma con todos los vicios!
     ¿Qué significa, cristianos, en un triste Jueves Santo, la llamada angustiosa de Cristo, en un mundo que después de veinte siglos de Cristianismo, desconoce el misterio de la Cruz, desconoce el misterio del amor; que está encenagado en la idolatría de la fuerza, en la ambición del dinero, en el regodeo de la carne?
     ¿Qué significa el amor generoso y creador de Cristo para un mundo monstruoso burdel de todas las vergüenzas inconfesables, de todas las aberraciones más monstruosas; para un mundo montado sobre el adulterio, la bigamia y toda la gama de obscenidades, de las que solo es capaz, desgraciadamente, el hombre?
     ¡Pobre Cristo! ¡Temo que la suicida sordera a tu llamada redentora de amor, sea el último paso para la hora de todas las justicias! ¡Te hemos abandonado como un día tus discípulos; y tus dolores, tus azotes, los salivazos inmundos que cayeron sobre tu rostro, tu cruz... todo supimos convertirlo en comercio y en negocio, en turismo y en comparsa, en atracción folklórica y en tipismo regionalista! ¡Como ya no nos duele el corazón con tu dolor, es imposible que nos lo conmuevas con tu amor! ¡Si tu dolor lo hemos puesto al servicio de nuestro turismo y en definitiva de nuestras bolsas; el amor que nos pides no pasa de ser un bello episodio, emotivo y sentimental, de la tragedia de tu pasión, que hoy nos conmueve tanto como... cualquier tragedia de la antigüedad griega!

* * *
     Y, por encima de todo Cristo está inevitablemente ahí; su mandato exigente e imperativo, está en pie; su cruz, austera e insuprimible, está enhiesta sobre la tierra.
     No; no. No se trata de unas simples consideraciones, más o menos sentimentales, muy propias para ser predicadas en el embarullado silencio de un templo la tarde de un Jueves Santo. No; no se trata de la reclusión de una página del Evangelio, en un acto simplemente conmemorativo, entre las cuatro paredes de una iglesia.
     Se trata, ni más ni menos, de la salvación de la sociedad, de la salvación del mundo; se trata de estrellarse o no estrellarse contra Cristo, según la escalofriante profecía de Simeón; se trata de ser o no ser, y no solamente en la eternidad, sino en el tiempo, en la vida temporal, en el mundo. Se trata del dilema tremendo plantado en medio del mundo, e inexorablemente, por Cristo: ¡o conmigo o contra mí! Se trata de volver a Dios desde todos los abismos y todos los envilecimientos, de encontrar la senda del amor después de haber gustado las desolaciones de la muerte; o se trata de hacer nuestro, al borde de la desesperación más satánica que haya existido, el grito infernal del corazón más oscuro que haya alentado sobre la tierra: ¡somos los asesinos de Dios!
     ¿Creéis que es pura escenografía teatral ver a Cristo sobre el fondo sinistro del patíbulo, rodeado de todos los odios y todas las traiciones, gritar al mundo y a los hombres: ¡amaros!? ¿No recordáis que en la esencia de su Evangelio está la abolición del odio, la abolición del concepto de enemigo? "Habéis oído que fué dicho: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian, rogad por los que os ultrajan... A fin de que seáis imitadores de vuestro Padre que está en los cielos, que hace que su sol se levante sobre los malvados y sobre los buenos, y hace llover sobre los justos y sobre los injustos. Porque si amáis a los que os quieren, ¿qué mérito hay en ello? ¿No hacen eso también los gentiles? Y si acogéis únicamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de singular? ¿no hacen los paganos otro tanto?".
     ¡Palabras llanas, sencillas, desnudas, sin filosofía... que no acabamos de comprender! ¡Palabras con las que Cristo quería fundar su reino, su nuevo Reino, cimentado por encima de la Ley y la Guerra, en el Amor! ¡Palabras por que quiso transformarnos de bestias en santos por medio del amor! ¡Palabras por las que a todos los hombres, hermanos en la miseria, nos quiso transhumanizarnos, divinizarnos, y así, con nosotros, crear el nuevo Reino! ¡Amor de Dios al hombre; amor del hombre a Dios, al amigo, al enemigo!
     Pero fijaros bien, cristianos. Si este amor fuese imposible, sería imposible también nuestra salvación; si este amor fuese absurdo, Cristo sería la más monstruosa de las contradiciones y su Cruz el más insoluble de todos los problemas. Si ese amor fuese irrealizable entre los hombres, sería irrealizable el ideal de la sociedad cristiana; la historia humana se reduciría a una serie de milenios de probar y volver a probar el modo, de que una jauría de perros pudiesen convivir por algún tiempo unidos, aunque fuesen dominados por la fusta y el látigo. Si este amor fuese la vana ilusión de unas palabras vacías, el corazón humano sería el desierto más estéril, más triste y más calcinado de todos los desiertos, y nuestra alma la oquedad más gélida y tenebrosa de las imaginables.
     ¡Qué mal comprendemos en estos años de odios irrefrenables, el amor a los enemigos, a los que nos odian! Les odiamos porque nos amamos a nosotros mismos en demasía; les odiamos porque somos egoístas; les odiamos porque casi siempre nos olvidamos que en nosotros, y no en ellos, está la causa de su odio. Les odiamos porque son perversos, olvidándonos que también nosotros lo somos; los odiamos porque nos roban aquello mismo que nosotros habíamos robado... ¡Amando a nuestros enemigos es como podremos imitar el amor de Dios a nosotros, sus enemigos!
     Cristo al predicar el mandamiento nuevo, al imponer sin excepciones el amor integral a los hombres, descubriendo al prójimo, y haciendo desaparecer al enemigo; ha invertido todos los valores de la historia humana, ha vuelto del revés todas las relaciones entre los hombres: cuando el hombre odie lo que hoy ama y ame lo que hoy odia; entonces el hombre será otro la sociedad humana será otra; será la real, la verdadera sociedad, posible familia y hogar de todos los hombres. Entonces será posible pensar en una felicidad humana y temporal, previa a la felicidad eterna; entonces será verdad que el Reino de los Cielos empezará en la tierra.
     Cristianos, dejo este llamamiento temblando en vuestras almas. Que estos momentos solemnes, no se reduzcan a un simple protocolo religioso, más o menos profundamente sentido; sino una llamada seria y sincera a la conciencia: a la conciencia individual y a la conciencia colectiva, porque somos no solo cristianos, sino sociedad cristiana en el mundo.
     Cristianos, demos una respuesta pública y explictamente al mundo, que sin saberlo busca desoladamente a Cristo. Este mundo febril y materializado, busca desesperadamente una oleada de amor, para salir de tanta podredumbre, de tana sedición, de tanto odio. Cristo mismo anda buscando un punto de apoyo para su nueva aparición, y es triste que su pueblo, el pueblo cristiano, no se lo dé. Hemos llegado a una segunda plenitud de los tiempos que, o se corona con el amor de una hermandad humana y de una realización total del amor pedido por Cristo, o nos hundimos para siempre en la más horrible y trágica de las hecatombes...
     "Hoy los más de los hombres no saben, no quieren hallarte, oh Cristo. Si no haces sentir tu mano sobre su cabeza y tu voz sobre sus corazones, seguirán buscándose tan solo a sí mismos, sin hallarse, porque nadie se posee si no te posee.
     Nosotros te rogamos, pues, oh Cristo; nosotros los renegados, nosotros los culpables; nosotros, los que aún nos acordamos de tí y nos esforzamos en vivir contigo, aunque siempre demasiado lejos de tí; nosotros, los últimos, los que fatigados, rendidos, regresamos de los periplos y los precipicios, te rogamos que vuelvas una vez más entre los hombres que te mataron, entre los hombres que siguen matándote, para darnos de nuevos a todos nosotros, asesinos en la oscuridad, la luz de la verdadera vida...
     ...¿Por qué no has de acudir al llamamiento de los miserables? ¿No dijiste haber venido para los enfermos más que para los sanos, por el que se perdió más que por los que quedaron? Pues ya ves que todos los hombres están apestados y febriles, y que cada uno de nosotros, buscándose a sí mismo, se ha extraviado y se ha perdido. Nunca como hoy ha sido tan necesario tu Mensaje, y nunca fué como hoy olvidado y menospreciado. El Reino de Satanás ha desplegado todo su poder, y la salvación que todos buscan a tientas no puede estar más que en tu Reino.
     El gran experimento se aproxima al fin. Los hombres, alejándose del Evangelio, han encontrado la desolación y la muerte... Ya no tenemos nosotros, los desesperados, sino la esperanza de que vuelvas. Si no vienes a despertar a los durmientes que yacen en la charca hedionda de nuestro infierno es señal de que el castigo te parece aún harto corto y ligero para nuestra traición y no quieres derogar el orden de tus leyes...
     Pero nosotros, los últimos, te esperamos todos los días, a pesar de nuestra indignidad y de todo imposible. Y todo el amor que podamos obtener de nuestros corazones desvastados será para tí, ¡oh Crucificado!, que fuiste atormentado por amor nuestro y ahora nos atormentas con el poderío de tu implacable amor..."
(Papini).


José Maria de Alejandro, S.J.
SERMONES DE SEMANA SANTA

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