martes, 26 de marzo de 2013

TRATADO DE LA VIDA ESPIRITUAL (3)

CAPITULO V
Después de esta purificación, el alma se une a Dios 

     De todo lo dicho se engendrará en tu alma aquella virtud que es madre, origen y fuerte guarda de las demás virtudes: la humildad, que abre los ojos interiores para contemplar y conocer a Dios, y limpia el corazón de todo pensamiento inútil, ocioso y vano. Porque entretanto que el hombre entra consigo en cuentas de su imperfección, abatiéndose a sí mismo, reprendiéndose, abominándose, considerando su bajeza y rigurosamente descomplaciéndose, pensando de sí éstas y semejantes cosas, y teniéndose verdaderamente por tal, de tal manera anda ocupado en estos negocios, que tanto le importan, que con ellos todo otro inútil pensamiento echa de sí. Y mientras el alma que antes gustaba de ver, oír y entretenerse, da de mano a todo lo del mundo, echándolo a las espaldas y olvidándolo, empieza a volver sobre sí, y con un modo maravilloso torna en su propio conocimiento y así va acercándose a la justicia original y a la pureza de los ángeles.
     Entretanto, pues, que hace reflexión sobre sí, tiende la vista de la contemplación a mayor perfección, y edifica en sí una escala por la cual sube a contemplar los espíritus angélicos y celestiales. Con la consideración de los cuales enciende su corazón y lo aficiona a los bienes del cielo, menospreciando los temporales, mirándolos de lejos como falsos y engañosos.
     De aquí empieza a arder en su alma una perfecta caridad, que como un poderoso fuego consume toda la escoria del hombre interior. Y si así ocupa la caridad y posee toda el alma, no dejará puerta en ella ni resquicio abierto por donde entre la vanidad. Y es de ver que ya de aquí adelante todo lo que dice y hace procede de lo que dicta esta virtud, y por sus leyes se rige y gobierna. Por donde con seguridad podrá este tal predicar sin daño suyo ni ajeno y sin peligro alguno de vanagloria. Pues ello es así (como ya dije) que no puede entrar vanidad alguna estando tomada toda la posada.
     ¿Por ventura puédele quedar ya rastro de afición de algún provecho temporal, a quien todo lo restante del mundo tiene en tan poco que lo precia como a estiércol abominable? ¿Y el apetito de humanas alabanzas, podrá entrar en su corazón, considerándose vil basura delante de Dios, miserable, abominable y finalmente inclinado a toda suerte de pecado, que fácilmente, caería si Dios por su misericordia continuamente no lo tuviese de su mano poderosa y conservase en su divina gracia? ¿Cómo será posible ensoberbecerse de obra alguna buena, quien claramente ve que no puede hacerla virtuosa, si cada hora y momento el divino poder con auxilio sobrenatural no le alienta y mueve y, aun en su manera, no le fuerza y apremia a ello? ¿De qué suerte se podrá atribuir a sí propio eso bueno que hiciere, como si de sus propias fuerzas saliese, quien no una, sino infinitas veces ha experimentado tenerlas muy flacas, corto el poder y mucha imposibilidad en todo género de buenas obras, y no sólo en las heroicas y dificultosas, empero en las más pequeñas y fáciles; particularmente echando él de ver tantas veces, que no ha podido hacerlas cuando quería, y cuando (digámoslo asi) no las ha querido hacer, ni en ello imaginaba, se ha visto súbitamente mover allá en lo interior con un fervor de espíritu admirable para hacer con facilidad lo que antes (aun haciéndose muy grande fuerza) no podía?
     Y permite Dios que esta imposibilidad domine mucho tiempo en el hombre para que aprenda a humillarse y jamás se atreva a presumir de sí vanamente ni gloriarse; antes bien, atribuya al Señor todo lo bueno que en sí viere, y esto no sólo de costumbre, mas de todo corazón. Como aquel que, enseñado de la propia experiencia, claramente echa de ver que, no sólo bien obrar, pero ni aun pronunciar puede Jesús con la boca sin particular favor del Espíritu Santo, y si para ello no le diere poder el que dice de Sí: Sin mí no sois poderosos de hacer cosa alguna. Por lo cual, dando ya en la cuenta, reconozca con todas las fuerzas de su alma a Dios por poderoso, y diga: Señor, Vos sois el que obráis en nosotros todas nuestras buenas obras. Y con el real profeta David, levante la voz diciendo: No a nosotros. Señor, no a nosotros, mas a vuestro nombre se rindan las alabanzas y se dé la gloria. Ya este tal no tiene por qué temer la vanagloria, pues que ya la verdadera gloria de nuestro Señor y celo del bien de las almas ocupa del todo la suya y de sus entrañas se enseñorea y hace firme presa.
     He aquí ya en una breve suma y con breves palabras, he traído las cosas que para alcanzar la perfección de su vida al hombre son necesarias, si quiere procurar la salud de su alma con grande provecho suyo y sin peligro alguno.

     Y, a la verdad, esto solo bastaría al hombre de buen juicio y que ha alcanzado alguna luz en la vida espiritual y en ella está algún tanto ejercitado. Porque de la doctrina que he traído se puede servir como de principios ciertos de la vida perfecta, y sacar de ellos otros muchos santos ejercicios de obras más perfectas. Porque guardando perfectamente estas tres cosas, es a saber, la pobreza voluntaria, el silencio y el ejercicio interior del entendimiento, juzgará con facilidad cómo se ha de haber en otros cualesquier actos exteriores. Empero porque no pueden entender todos fácilmente lo que hasta aquí se ha tratado con brevedad, por haberse dicho sumariamente, de aquí adelante en los capítulos que se siguieren me alargaré algo más acerca de los particulares actos de cada una de las virtudes.

CAPITULO VI 
Más fácilmente y más presto se alcanza la perfección 
por un fiel maestro, que por sí propio

     Es mucho de notar que el siervo de Dios, si tuviese un maestro que le instruyese o enseñase, por el consejo y orden del cual se rigiese y cuya obediencia, así en cosas grandes como pequeñas, con rigor siguiese, con mayor facilidad y en más breve tiempo podría llegar a la perfección, que si él propio se quisiese aprovechar a sí, aunque para esto tenga el mejor y más agudo entendimiento y los mejores y más espirituales libros, adonde leyendo, eche de ver de molde pintada la fábrica maravillosa y edificio hermoso de todas las virtudes. Y más digo, que Cristo, sin el cual no somos poderosos de hacer cosa alguna buena, jamás en tal caso concederá su gracia y favor al que tiene quien le pueda instruir y guiar y lo menosprecia o hace poco caso de aprovecharse de tal guía, creyendo que harto suficientemente puede valerse a sí, y por sí solo puede rastrear y hallar lo que para su salvación le conviene.
     A la verdad, el camino de la obediencia es camino real y trillado, el cual lleva a los hombres con grande seguridad a las cumbres de la escalera de la perfección, en la cual está apoyado el Señor. Este camino siguieron todos aquellos santos padres del yermo; y todos los que en breve tiempo alcanzaron grande perfección, por esta senda caminaron. Si ya Dios por Sí mismo no enseñó a algunos, por particular privilegio y favor de su gracia, faltando exteriormente quien les enseñase, después de haberlo buscado. Porque entonces la piedad divina por si misma suple la falta de maestro exterior, en los que con humilde corazón y deseosos de aprovechar, a su Majestad divina se llegan.
     Pero, miserables de nosotros, que habernos llegado a un tiempo tal, que apenas se halla nadie que enseñe a los demás la vida perfecta, antes bien, si un alma se quiere dar a Dios y emprender su servicio, hallará infinitos que de tal buen propósito la aparten, y casi ninguno que la anime y aliente.
     Así, conviene mucho que el tal acuda de todo corazón a Dios y humildemente le pida su favor con continuas oraciones y mucha instancia, y se ponga todo en sus manos, resignándose en ellas, para que con aquellas entrañas benignísimas le recoja como a huérfano y sin padre, que no dejará de hacerlo Aquel que nadie quiere que perezca, antes entrañablemente desea se salven todos y vengan en conocimiento de la verdad. Así que contigo hablo que, con mucho fervor de espiritu y muy de corazón, deseas hallar a Dios y aventajarte en la perfección, para después poder aprovechar a las almas de tus prójimos. A ti encamino mis palabras, que con corazón sencillo y no fingido te llegas a Dios y quieres penetrar lo íntimo y secreto de las virtudes. Y, finalmente, por el camino de la humildad deseas llegar a la gloria de la Majestad.


CAPITULO VII
De la observancia regular y guarda de la obediencia

     Echados ya los firmes fundamentos de pobreza y silencio en el edificio espiritual, se debe el siervo de Dios preparar primeramente para guardar en todo y por todo cuanto pudiere el camino de la obediencia. Es a saber, en lo que toca a su regla, constituciones, rúbricas, así del ordinario como de otros libros, y en todo lugar y tiempo, tanto dentro de su convento como fuera de él, en el refectorio, dormitorio y coro; en las inclinaciones y postraciones, levantándose y estando de pie. Asimismo, debe saber muy por menudo y guardar todas las ordenaciones de nuestros padres cuanto le fuere posible, considerandosiempre aquellas palabras de Cristo, que dice: Quien a vosotros oye, a mí me oye; y quien a vosotros tiene en poco, a mí me menosprecia.
     Después de lo cual, trabaje en tener totalmente sujeto su cuerpo al servicio de Cristo Jesús. De tal suerte que todos sus movimientos y acciones corporales anden acompañadas con toda honestidad de costumbres y sean conformes a la disciplina regular. Porque de otra manera jamás podrás apartar tu alma de las cosas ilícitas y desordenadas, si primero no te desvelas en sujetar tu cuerpo al yugo de la disciplina, apartándolo no sólo de cualquier obra no debida, empero de todo movimiento descompuesto y liviano.

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