sábado, 2 de marzo de 2013

De cómo ejerce la Santísima Virgen sus funciones maternales, actualmente

     Triple causalidad: causalidad eficiente, causalidad de impetración, causalidad de mérito.—Respuestas a algunas objeciones. 

     I. Puesto que pertenece a la Santísima Virgen, en su calidad de Madre de los hombres, el perfeccionar en nosotros, después su Hijo, nuestro ser de hijos de Dios; puesto que Dios ha hecho de Ella el canal universal de las gracias que tienden a este fin, importa averiguar de qué modo ejerce sus funciones maternales; en otros términos: ¿cuál es su acción en la distribución de las gracias? A fin de proceder con orden, comencemos por hacer algunas observaciones.
     Y lo primero, es cosa manifiesta que la esfera de acción y de influencia de María no puede extenderse más allá de las cosas que tocan a la salvación de los hombres, porque Ella no es su Madre sino para concurrir, ya a la producción, ya a la conservación, ya al perfeccionamiento de su vida sobrenatural y divina. ¿No deberemos, pues, esperar ningún beneficio temporal de su bondad y de su poder? Si esto fuera así, ¿por qué nos hablarían tan a menudo de beneficios de esta índole obtenidos de Dios gracias a su intercesión? ¿Por qué el mismo Evangelio nos la hubiera mostrado, no sin misterio, rogando a su Hijo que viniese en ayuda de los esposos de Caná y haciendo que trocase el agua en vino, lo que fué su primer milagro? Finalmente, ¿por qué la Iglesia, nuestra regla y nuestro modelo, pide a Dios, por los méritos de María, no sólo favores espirituales, sino también bienes propios de la vida presente, la salud, el temporal propio para las buenas cosechas y otras mil cosas del mismo género?
     A estas preguntas no hay más que una respuesta: Sí, ciertamente; los bienes temporales nos vienen también de Dios por María; pero a condición de que se refieran al fin sobrenatural, es decir, a gloria de Dios y a la salvación de las almas. Doquiera que falte esta condición, María no interviene ni puede intervenir; eso no entra en su oficio de Madre. De igual manera, el alma de Jesucristo, cualquiera que sea el poder que haya recibido como instrumento del Verbo, al que está unida personalmente, no podría hacer ningún milagro que no sea ordenable, mediatamente por lo menos, a los fines de la Encarnación (
S. Thom.. 3 p., q. 13, a. 2). Y he aquí por qué, dicho sea de paso, hay muchas oraciones constantes y confiadas que no parecen ser escuchadas por la Madre de Dios; es que se le pide lo que Ella misma no puede, por su misión, ni querer, ni hacer, ni conseguir de Dios, para los que la suplican (Lo cual no quiere decir, sin embargo, que estas oraciones no sean de algún modo escuchadas).
     Otra observación hay que hacer sobre la manera con que la bienaventurada Virgen ayuda a sus hijos, en el orden de la gracia y de la salvación.
     La teología católica distingue tres maneras y como tres vías principales por las que los beneficios sobrenaturales descienden de Dios sobre nosotros. Hablamos aquí de la aplicación de los frutos de la Redención que se hace en el curso de los siglos, porque ya sabemos cómo y en qué medida la Madre del Salvador ha tomado parte por sí misma en la redención del mundo, es decir, en la preparación del tesoro de las gracias que la bondad divina derrama de continuo sobre las almas para santificarlas. Hay lo que llamamos causalidad eficiente: hay causalidad de intercesión o de impenetración, y hay causalidad de merecimiento.
     Demos algunos ejemplos en los que pueda verse en qué se diferencian unos de otros estos tres modos de causalidad. Si pensamos, si hablamos, si caminamos, somos causa eficiente de estos actos, porque provienen de la actividad que desarrollamos para producirlos. Seríamos su causa primera si no recibiéramos de Dios ni el poder de obrar, ni la cooperación necesaria para usar de él. No siendo causa primera, somos al menos causa principal, porque poseemos en nosotros la facultad permanente de ejercer estas operaciones. El pincel del artista y la pluma del escritor son también causas eficientes; mas en lugar de ser las causas principales del libro o del cuadro que revelan a los ojos los pensamientos del pintor o del autor, no son el uno y el otro sino meros instrumentos. Así que nadie pensará jamás en atribuirles el mérito de las obras de arte o de ciencia en las que hayan concurrido. Muy bien se sabe que obrando por sí mismos, o manejados por otras manos ofrecería por sí solo un ejemplo de ello, si supusiéramos su virtud de escribir o de pintar no les sale de adentro, sino que está en la inteligencia que de tales instrumentos se vale.
     Después de lo que hemos dicho repetidas veces, sería caer en redundancias inútiles el querer explicar la causalidad del mérito. Por lo demás, el ejemplo que citábamos ahora mismo no nos hubiera producido nada semejante; tan cierto es que el pintor que hace un cuadro o el sabio que escribe un libro se proponen adquirir, al hacerlos, un legítimo derecho a alguna recompensa equivalente al valor de sus obras, porque en cierta manera se llega a ser causa de lo que se merece en retorno de un trabajo.
     El tercer género de causalidad no necesita tampoco largas explicaciones para ser comprendido. Usar de su influjo cerca de una persona rica y poderosa para inclinarla a socorrer a un desgraciado, es, de seguro, ser la causa de las larguezas que le son hechas a éste, y tanto más cuanto, el influjo que las determine esté apoyado sobre títulos más sólidos y sean mayores los derechos con los cuales se haga la petición. Sentadas estas premisas, preguntemonos hasta dónde alcanza la causalidad de María con respecto a los dones celestiales.

     II. Y, ante todo, ¿es su causalidad eficiente? Si se trata de la gracia por excelencia, es decir, de la gracia santificante y de las virtudes infusas, manifiestamente María no es ni puede ser causa eficiente, y no ya causa primera, sino ni siquiera causa principal. ¿Cómo podría serlo, puesto que la santa humanidad misma del Salvador no tiene tal privilegio? Verdad tan incontestable, que los Padres (Vease La Grace et la gloire, II, n. c. 5. n. 3, t. I, pp. 130 y sigs), en sus controversias con los herejes del IV y V siglos; por ejemplo, San Atanasio, San Gregorio Nazianzeno, San Basilio, San Cirilo de Alejandría, demuestran la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, apoyándose en el principio de que son uno y otro autores de la gracia y que en propiedad les pertenece el transformar las almas en la imagen de Dios.
     "Necesariamente sólo Dios puede deificar al hombre, haciéndole participar por semejanza de su naturaleza divina, así como es preciso ser fuego para abrasar", enseña en este punto el Angel de las Escuelas (
S. Thom., I, 2, q. 112, a. I in corp.).
     En cuanto a esos otros dones, sobrenaturales también por su substancia, pero diferentes de las gracias habituales y permanentes, hablamos de las ilustraciones de la inteligencia y de los atractivos divinos, sin los cuales ningún pecador podría disponerse al beneficio de la justificación; toda causalidad creada no está excluida de ellos. Puesto que son en nosotros operaciones vitales, es preciso que procedan también de nosotros. Mas es cierto que el mismo que los produce no puede ser su causa con sola la energía de sus facultades naturales. Es preciso que el Espíritu Santo, por medio de una acción especial, eleve esas potencias a la altura de los actos que deben producir (
Hemos dicho en otra parte de qué manera se hace esta elevación en las almas no justificadas. Véase Grace et Gloire, apéndice II), y esto es una obra que sólo pertenece a Él (Conc. Trident., ses. VI, can. 3, 4, etc.). Ninguna criatura puede penetrar en el santuario de un espíritu; todo ser que no sea Dios, por noble y poderoso que fuere, permanece necesariamente en sus afueras. Con mayor razón, no le es dado el llevar a él con su actividad propia el suplemento de orden superior esencialmente requerido para la producción de actos sobrenaturales y divinos. Por tanto, María no es en nosotros causa principal de este género de gracias, así como tampoco lo es de los dones habituales, fundamento y principio de la filiación divina.
     Es cosa sabida que Dios ha querido valerse de agentes creados en la santificación de los hombres, el cuerpo de Jesucristo, por ejemplo, en el sacramento del altar, y en los otros, de elementos sensibles, como el agua y el aceite; mas no los ha hecho ni podía hacerlos causas eficientes principales: son simplemente instrumentos que llevan el mandato y la virtud de Dios hasta las almas, para santificarlas o perfeccionarlas en la gracia.
     La Santísima Virgen, si no es causa principal, ¿no tendrá, por lo menos, en la producción de la gracia ese género de causalidad que conviene a los instrumentos de que acabamos de hablar? He aquí la solución que da sobre este punto el gran teólogo Francisco Suárez, en sus hermosas consideraciones sobre los privilegios de la Madre de Dios:
     "Es una cosa inaudita que la bienaventurada Virgen sea un instrumento de Cristo en la producción de la gracia; de otro modo, podría decirse también que se sirve de Ella como de instrumento para la consagración de su cuerpo y de su sangre en la acción del sacrificio, lo que sería pura herejía. Por tanto, Ella no es de ninguna manera causa eficiente de la gracia, principalmente si se hace referencia a una ley regular y constante. Sin embargo, si alguien pretendiera que, en casos excepcionales y por manera de milagro, Ella ha sido escogida para ser el instrumento propiamente dicho de una santificación particular, como la de Juan Bautista o de otro cualquiera, sería por lo menos afirmar una cosa incierta; pero no por eso merecería censura" (
De mysteriis vitae Christi, D. 23 ; S. § Dicendum primo), de la cual sería digno el que transformara este caso extraordinario en regla común.
     Hasta aquí no hemos considerado más que las gracias estrictamente dichas: gracia habitual, con sus anejos, y gracias actuales pertenecientes por su naturaleza al mismo orden que los dones santificantes.
     Pero hay otros beneficios ordenados menos próxima y estrictamente a la salvación del hombre. ¿Necesitamos recordar, acaso, la acción de los santos ángeles, de esos "espíritus enviados de Dios para prestar el socorro de su ministerio a los que deben recoger la herencia de la salvación?" (
Hebr., II, 14). ¿Quién dirá todo lo que debemos a estos príncipes de la corte celestial, llegados a ser por la caridad de nuestro Dueño común y la suya propia nuestros guías, nuestros protectores y nuestros guardianes? Su benéfica acción nos rodea y sigue por doquier (Psalm., XC, 11); invisibles, ellos están siempre presentes para apartar los peligros, contrarrestando la influencia de las potencias infernales, encarnizadas en nuestra pérdida, preparando a sus protegidos las ocasiones de obrar bien.
     Y su acción no se ejerce sólo a nuestro alrededor. Aun cuando las entradas del santuario íntimo del alma les estén vedadas, como a toda otra criatura de Dios, pueden, sin embargo, hacer penetrar allí su benéfica influencia. Si el hombre, con ayuda de signos sensibles, tiene poder para obrar tan poderosamente sobre el hombre, que puede comunicarle sus ideas y sus criterios, para conmoverle, persuadirle o arrastrarle, el ángel tiene, por su naturaleza, un poder incomparablemente mayor. Nuestras facultades orgánicas, los sentidos exteriores, la imaginación, la sensibilidad, le están abiertos. Él puede excitar y determinar sus actos, y gracias a las relaciones íntimas entre estos actos y las operaciones espirituales del alma, alcanzar a éstas por medio de aquéllos (
S. Thom., I p, q. III, a. I, sqq.).
     Por ahí sobre todo son posibles y temibles los ataques del demonio. La ambición, por sí sola, es ya para nosotros una causa de combates, y, con demasiada frecuencia, de caídas también; ¡pero cuánto más peligrosa llega a ser cuando el espíritu del mal, obrando sobre el hombre exterior, le empuja y le excita, a fin de que sus arrebatos obscurezcan en nosotros el sentido del deber y paralicen la voluntad!. Desgraciados los que se entregan a esta tiranía de las pasiones; desgraciado todo el hombre mortal si la Providencia, que vela sobre sus criaturas, dejara a los espíritus malos ejercitar contra nosotros todo su poder.
     Ahora bien; lo que pueden los ángeles caídos en orden a nuestra perdición, lo pueden los buenos en orden a nuestra salvación.
     Les pertenece, pues, y con razón doblada, el obrar sobre nuestros órganos y el llegar a nuestras potencias espirituales por la mediación de las facultades sensibles. Y no debemos temer que su poder sea inferior a las fuerzas del enemigo. De una y de otra parte hay la misma naturaleza espiritual, y el amor de los unos por nosotros iguala, por lo menos, al odio de los otros contra la imagen de Dios, que constituye nuestra gloria. Por fin, y sobre todo, la misma providencia, que pone límites al ejercicio del poder diabólico, añade redoblada energía a la acción de los ángeles destinados a nuestra guarda.
     Por tanto, volviendo ya al objeto de que estas sucintas consideraciones parecen habernos apartado, la bienaventurada Virgen es la soberana del cielo, y muy especialmente la Reina de los Angeles. Y éste no es un título vano. Como Reina, ejerce las funciones de tal, y los espíritus angélicos, por la voluntad de su Rey, están a sus órdenes. Luego debemos y podemos creerlo: es Ella, después de Dios, la que los envía a la tierra, que es también su reino, y acerca de los hombres, que también son, no sólo sus súbditos, sino sus hijos, luego lo que obran a nuestro alrededor, en nosotros y sobre nosotros, Ella es la que lo hace por ellos, como por medio de ministros jubilosamente sometidos a su dirección. Ella es, pues, con toda verdad, la causa eficiente, mediata al menos, de los bienes que ellos nos alcanzan; no porque Ella dé a sus enviados el poder que despliegan en nuestro favor, sino porque usa de él en provecho de los hombres y para gloria de Dios.
     ¿Es esto sólo lo que María puede hacer por nosotros en este orden de causalidad? Me repugna creerlo. Lo hemos visto en la primera parte de esta obra: María, con mayor excelencia que cualquier otro santo, recibió en herencia el carisma de los milagros. Ahora bien; este poder no lo tuvo sólo por el tiempo de su vida mortal, y no se podría pretender, haciendo injuria a su Hijo, que le haya despojado de él el día de su entrada en la gloria. Sería también un mentís demasiado escandaloso a tantos hechos prodigiosos de que los anales de la Iglesia y las vidas de los Santos nos han conservado la memoria. María, pues, nos ayuda con milagros.
     Antes de investigar si hay en ello el ejercicio de una causalidad eficiente para María, personal e inmediata, conviene hacer una distinción importante. Es ésta: que los milagros son de dos clases. Hay milagros de primer orden, milagros estrictamente dichos, que ora por sus efectos, ora por el modo con que se operan, sobrepasan toda actividad creada; tales son, por ejemplo, la resurrección de los muertos o la formación instantánea de un órgano. Hay milagros de segundo orden, como sería una curación que agentes naturales pudieran absolutamente producir, mas sólo con la condición de ser aplicados con arte superior y más poderoso que el arte humano.
     De un modo manifiesto, los primeros son exclusivamente obra de Dios. No menos que los demás Santos, María no puede físicamente ser su autora. Sin duda se ha verificado en el transcurso de los siglos una multitud de milagros, pertenecientes a la primera categoría, que se han atribuido con justicia a la benéfica influencia de su maternal amor. Pero si Ella era la causa de ellos, era por vía de intercesión. Ya hemos leído en Santo Tomás, hablando de esto, en conformidad con el Papa San Gregorio, que los Santos obran milagros propiamente dichos, ya por oración, ya por potencia (
De Potentia, 9, 6 a. 4). Pero esta doctrina no pugna contra lo que afirmábamos ahora mismo. En este último caso, en efecto, como lo ha explicado el Santo Doctor, no es por su propia virtud por la que operan los Santos (3 p„ q. 88, a. 4, ad 2). Toda su acción se reduce a llevar a las criaturas el mandato de Dios.
     Tratemos de aclarar esto por medio de un ejemplo. Lo tomaremos de los Actos de los Apóstoles.
     Mirad a San Pedro conducido ante el cadáver de aquella caritativa viuda de Joppé: "Tabita, grítale, levántate; y ella abrió los ojos, y, viendo a Pedro, se sentó, viva y sana, sobre su lecho" (
Act., IX, 40; col. II, 6 y sigs.). ¿Qué hace el Apóstol con su palabra? Aplica el mandamiento; es decir, el poder de Dios, que solamente puede dar la vida a aquel cuerpo inanimado. Esta es la acción que le corresponde. Mas -nota expresamente el libro de los Actos— Pedro había orado primero, y principalmente, gracias a esta oración, Dios dió eficacia a su palabra. En último término, por la oración obra la criatura ese género de milagros, y de este modo es como los obra la Santísima Virgen para bien de sus hijos.
     ¿Ha concurrido a menudo, como acabamos de leerlo del Príncipe de los Apóstoles, por medio de una acción presente y corporal a la aplicación del poder divino? Esta es una cuestión cuyo examen nos llevaría muy lejos, tanto más, cuanto que supondría resuelta otra cuestión no menos compleja: la de las apariciones personales de nuestra bienaventurada Madre. ¿Puede creerse que, desde las alturas del cielo y sin descender personalmente sobre nuestra tierra, Ella pueda, con un simple querer de su voluntad, aplicar así el poder divino, casi como el sacerdote que, por un privilegio inaudito, consagra a distancia? Este es otro problema cuya solución no toca dar aquí.
     Como quiera que sea, cuando se trate de milagros de segundo orden, es decir, de efectos maravillosos que pueden resultar del empleo de las fuerzas de la naturaleza, imposible para nuestra debilidad, pero realizable por espíritus superiores o por seres en posesión de la gloria (
S. Thom., 1 p„ q. 110, a. 4 ; de Potentia, q. 6, a. 3), nada impide que la bienaventurada Virgen los produzca, o inmediatamente por sí misma, o mediatamente por el ministerio de los ángeles, no siendo tales efectos de los que reclamen un poder superior a toda actividad creada. Mas de cualquier manera que se explique la intervención de la Madre de Dios, sería necesario estar ciego para no ver su corazón y su mano en un número siempre creciente de hechos extraordina-i ios, atestiguados por irrecusables testimonios, y cuando arribemos un día, como lo esperamos de su caridad maternal, a la mansión de la luz, sin duda admiraremos maravillas que nuestro estado presente apenas nos deja sospechar (Cfr. Suarez, De mysteriis vitae Christi. D. 23, s. I. Unde ulterius).

     III. Esto no obstante, y para decirlo una vez más, no es ahí donde debe buscarse la cooperación más común de la Virgen a la efusión de las gracias que nos vienen de la divina liberalidad, sino en su intercesión, en sus plegarias; intercesión y plegarias por medio de las cuales inclina constantemente el corazón de su Hijo a aplicarnos los frutos de su sangre, y a la misericordia del Padre a derramar en nuestras almas los dones del Espíritu Santo. Por lo cual los Santos, cuando hablan del poder por el que esta bendita Virgen es el canal de las gracias y la causa actual de nuestro nacimiento y crecimiento, en el orden de la vida divina, la llaman omnipotencia suplicante. De ahí procede también que los Padres, queriendo dar a entender lo que es María, después de su bienaventurado Tránsito, nos la muestran universalmente en un acto de oración. Y esto también es lo que nos dicen, de un modo tácito, pero elocuente, la mayor parte de las pinturas de la Madre de Dios, encontradas en las Catacumbas. Su actitud mirando al cielo es una actitud de suplicante, de Orante.
     Poco importa que haya sido representada más de una vez en otras actitudes; por ejemplo, sentada, con la corona en la cabeza, ornada de manto real y cerca de Jesús, o bien embriagada de casto ardor e inclinada sobre el corazón de su Amado, que la atrae y la sostiene, o, finalmente, vuelta hacia los hombres e inclinándose para bendecirlos. Estas diversas actitudes no indican nada que sea incompatible con la primera. Pues de otra suerte habría que decir que hay contradicción cuando las Escrituras nos presentan a Jesucristo, ya sentado a la diestra del Padre, ya de pie, sea para contemplar a sus mártires y elegidos en sus combates, sea para intervenir en favor nuestro ante el trono de Dios. Los Santos Padres nos enseñan que es preciso ver en estas distintas formas una expresión sensibles de las funciones que convienen a Cristo resucitado, y esta explicación basta para dar la clave de las múltiples actitudes atribuidas a la Madre de Dios. Mas, ¿por qué no añadir que todas convienen a su grande oficio de Orante? Mostrárnosla en el aparato de su gloria, es indicarnos su poder de intercesión; cuando la vemos cerca del Corazón de Jesús, nos parece escucharla que le suplica que tenga piedad de los hombres, por los cuales ese Corazón fué en otro tiempo traspasado. Si se vuelve hacia nosotros, es para conocer todas nuestras miserias, oír nuestros gemidos, o, mejor dicho aún, para derramar sobre nosotros las bendiciones que nos han conseguido sus plegarias.
     A la causalidad de impetración se suma la causalidad de merecimientos, y no porque la Santísima Virgen pueda ahora adquirir algún mérito, por muy perfecto que sea su amor y por muy santas que sean todas sus obras. En el cielo está el término y no la vía. Se llevan allá los méritos de la tierra, pero no se les aumenta. Si, pues, los méritos de la Virgen atraen sobre nosotros las bendiciones celestiales, se lo debemos únicamente a los que presentó ante el trono de su Hijo, cuando se, dignó llamarla a participar de su gloria. Por otra parte, pasa con la causalidad meritoria como con la causalidad eficiente. No debe ser separada de la causalidad de, intercesión.
     Para mejor comprender esta verdad, consideremos primero al Hijo en su papel de Mediador cerca del Padre. Según el sentir de algunos teólogos, Jesucristo, después que se ha despojado de nuestra mortalidad, no ora ya con oración formal. "Ha entrado en el cielo, no para hacer oficio de suplicante, sino para comparecer ahora por nosotros delante de la faz de Dios" (
Hebr.. IX, 24). Está allí, "con su misma sangre, la sangre del Cordero inmaculado" (Hebr., 12; I Pt., 1, 19), que grita con más elocuencia que la de Abel (Ibid., XII. 24), con las señales gloriosas de las heridas recibidas por la salud de los hombres y la gloria de su Padre; es decir, con sus méritos infinitos, y esta misma presencia constituye toda su oración. ¿Qué otra cosa se necesita más que ésta comparecencia para conmover el corazón del Padre e inducirle a colmarnos de sus gracias?
     Ciertamente, es preciso confesarlo, Dios no puede permanecer indiferente ante tal espectáculo. Mas por muy eficaz que sea este género de oración, no basta a nuestro Salvador. Por tanto, el Apóstol nos lo muestra "viviendo siempre para interceder por nosotros" (
Ibid., VIII, 25). Lo que ha engañado a algunos teólogos, de los que hablábamos hace poco, es el lenguaje de algunos Padres, en el que la oración aparece como la función propia de Jesucristo mientras vivió en carne mortal. Mas, aparte de que estos Padres son en corto número, pronto se nota, fijándose más en sus palabras, que su posición no es más que aparente. Lo que ellos niegan no es el ejercicio formal de la oración, sino una manera de orar que supondría inferioridad en la persona misma de Cristo, y no solamente en una de sus naturalezas; es una oración que se dirigiría únicamente a la divina misericordia, como si el Sacerdote Eterno no hubiera sobreabundantemente adquirido con sus méritos los beneficios que reclama para sus miembros; una oración en la que, como lo hizo aquí abajo, Él invocará a su Padre, no sólo para nosotros, sino también para Sí mismo; sería, finalmente, una oración incompatible con el estado presente de su humanidad glorificada, oración acompañada de lágrimas y sollozos (Hebr., V. 7), de humildes y dolorosas postraciones (Luc., XXII. 14). He aquí, según los diferentes contextos, la oración que no conviene ya a Jesucristo triunfante. Y, digámoslo aunque sólo sea de paso, por eso la Iglesia pide a Jesucristo no que ore por nosotros, sino que tenga piedad de nosotros, queriendo, con esta diferencia de fórmulas, exclüir de la oración del Salvador todas las imperfecciones inherentes a las de las simples criaturas. Mas, ¿qué será lo que impida que Nuestro Señor exprese a su Padre los deseos que le acucian de que sean concedidas a los hombres las gracias tan a su costa adquiridas? ¿No es preciso, por otra parte, que Él exponga lo que su presencia, con todos sus méritos, no basta a decir, qué beneficios pide y para quién? Ahora bien; esto mismo, ¿no es ya una oración formal?
     El Doctor Angélico ha resumido en pocas palabras, muy substanciosas, estas dos maneras de oración: "Él intercede por nosotros, primeramente presentando ante su Padre la humanidad que ha tomado (y entregado) por nosotros; además, exponiendo el deseo que su alma santísima tiene de nuestra salvación" (
Comment. in ep ad Rom., e. VII, lect. 4).     Ahora bien; lo que ha dicho de Cristo Santo Tomás lo enseña de los elegidos del cielo: "Los Santos oran por nosotros de dos maneras: En primer lugar, por medio de una oración expresa, cuando dirigen sus votos por nosotros a la divina clemencia; en segundo lugar, por medio de una oración interpretativa, fundada sobre sus méritos, que, siempre presentes ante la faz de Dios, no son sólo para ellos un título de gloria, sino que son también para nosotros como otros tantos sufragios y tácitas plegarias, así como la sangre de Jesucristo, derramada por nosotros, pide gracias en favor nuestro" (in Sentent. IV., D. 45, q. 3, a. 3).
     Si distinguimos estas dos maneras de oración, guardémonos de separarlas, porque en el fondo no hay dos formas de oración, sino dos elementos constitutivos de la misma oración; es decir, lo que constituye la plegaria y lo que la hace poderosa delante de Dios. Por lo cual la Iglesia cuida de reunir estas dos cosas cuando se apoya sobre los sufragios de los Santos: "Os pedimos, Dios Todopoderoso, que por los sacramentos que acabamos de recibir, con el socorro de los méritos y de las oraciones del bienaventurado Joaquín, padre de la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, participemos de vuestra gracia en el tiempo y de vuestra gloria en la eternidad" (
Missae S. Joachim. Postcom.). Y en otra parte: "Que por las oraciones y los méritos de la bienaventurada María, siempre Virgen, y de todos los Santos, el Señor nos conduzca al reino de los cielos" (Oficio parvo de la Virgen).
     La creencia en esta unión de los méritos y de las oraciones en la unidad de una misma intercesión no es cosa nueva en el seno de la Iglesia: testimonio de ello es el Panegírico de las Santas mártires Bernicia, Prodoscia y Donnina, pronunciado por San Juan Crisóstomo: "No es bastante —predicaba a los fieles— el haber venido cerca de estos bienaventurados restos, en el día de su fiesta; volvamos otros días a suplicar a estas tres mártires de Jesucristo que sean nuestras intercesoras cerca de Dios, porque tienen gran crédito, más aún después de su muerte que durante su vida. Llevando ahora los estigmas de Cristo, ellas pueden, al mostrárselos, obtenerlo todo del Rey. Y puesto que gozan cerce de Él de tal poder y tienen con Él tan íntima amistad, ¿podemos dudar que si las ponemos de nuestra parte, con frecuentes visitas, no logremos por su asistencia plena misericordia ante el trono de Dios?" (
Or. panegyr. in SS. Bernicen, etc., n. 7, P. G. t. L., 600).     Tal es, pues, el gran medio por el que la Madre de Dios, hecha Madre nuestra, atrae sobre nosotros las bendiciones celestiales y los tesoros de la vida sobrenatural, o, lo que viene a ser lo mismo, concurre a la aplicación de los méritos de Jesucristo: su oración, mas un oración apoyada primariamente en los méritos de su Hijo y secundariamente en sus propios méritos.
     Ahora bien; cuando decimos méritos, no nos referimos sólo a los méritos propiamente dichos, sino también a todo lo que puede hacer a un suplicante digno de ser atendido. Bajo este punto de vista, la maternidad divina, con todos los privilegios de gracia y de gloria de que es el centro y el manantial, entra por sí misma en el orden del merecimiento. ¿No es, en efecto, justo que la Madre de Dios sea escuchada de su Hijo; la Hija de Dios, de su Padre; la Esposa de Dios del Espíritu Santo, su Real Esposo?
     Muchos autores han hablado del poder que da a la oración de María el mérito de su maternidad. Ninguno lo ha hecho más afortunadamente que Arnaldo de Bonneval, en este texto que ya hemos recordado: "De aquí en adelante el hombre puede acercarse a Dios con confianza, puesto que tiene de su parte al Hijo por Mediador cerca del Padre, y a la Madre por Mediadora cerca del Hijo. El Hijo enseña al Padre, con su costado abierto, sus heridas, y la Madre presenta al Hijo con las entrañas que le albergaron, los pechos que le nutrieron. No puede haber repulsa allí donde con
curren y ruegan unidos con más elocuencia que cualquiera lengua, las señales de la clemencia y las insignias de la caridad" (Ernald. Canut., Trocí, de Laudibus B. V. M., P. L., t. CLXXXIX, 1726). 


     IV. Antes de cerrar este capítulo, resolvamos algunas dificultades. Son del género de las que el protestantismo opone a nuestra confianza en la invocación de los Santos, y muy especialmente de la Santísima Virgen María.
     ¿Cómo, dicen los herejes, podría apoyar la Virgen su oración en sus propios méritos, puesto que, según vosotros, ya no hay méritos para los elegidos del cielo, y aun suponiendo que los haya, no sería hacer injuria a los de Cristo el ofrecer los de María para alcanzar los beneficios de Dios?
     Santo Tomás había previsto la primera parte de esta objeción; podemos, pues, transcribir su respuesta, que es decisiva: "Aunque los Santos no estén ya en estado de merecer, a partir de su entrada en la patria celestial... (
El Santo dice más explícitamente en otra parte: "A partir del momento en que la muerte los ha retirado del estado de viadores."), ellos, no obstante, han merecido durante su vida el que sus oraciones sean escuchadas después de su muerte. Por otra parte, uno es el valor meritorio de la plegaria y otra su fuerza de impetración. El mérito consiste en una cierta ecuación entre el acto y lo que él reivindica a título de recompensa, mientras que la fuerza impetratoria de la oración se apoya sobre la liberalidad de aquel cerca del cual se intercede. Así, pues, aun cuando los Santos no estén ya en estado de merecer, no dejan por eso de estar en estado de orar y de verse atendidos en sus plegarias" (in IV Sent., D. 45, q. 3, a. 3, ad. 4). Fijémonos en la primera parte de la solución, porque de ella es de la que necesitamos, puesto que se trata de una oración fundada en el merecimiento.
     Mas, se dirá, ¿por qué hablar de los méritos anteriores? ¿Acaso no han recibido de Dios su justa recompensa en una gloria personal adecuada a su número y a su grado correspondiente? Si, pues, la oración de María debe apoyarse en el mérito para tener un título para ser escuchada, es necesario recurrir a méritos adquiridos en el cielo: éstos son los únicos que pueden aspirar a una nueva recompensa.
     La solución dada por Santo Tomás basta ampliamente para disipar esta dificultad. Sea, responderemos con él; estos méritos han recibido su recompensa, en cuanto que son méritos propiamente dichos; mas todo acto meritorio es, además, una impetración y una satisfacción, y en la gloria no caduca ni la una ni la otra.
     Añadamos, y esta es la principal respuesta, que los Santos han recibido, en efecto, el premio de sus méritos; mas esta misma recompensa implica, para ellos, el estar unidos con la amistad más estrecha e indisoluble a Dios, y, por consiguiente, también el privilegio de conseguir de Dios todo lo que le pidan. Quitad esta eficacia a sus oraciones, y su bienaventuranza ya no es completa, y, por consiguiente, falta algo a la recompensa que han merecido. He aquí, como ejemplo, a un general cuyo valor ha consolidado el trono de su rey. ¿Habrá obtenido el premio debido a sus servicios si el príncipe se persuade de que hace bastante con pagarle el sueldo que reclama su graduación y no atiende a las recomendaciones que le dirija en favor de sus compañeros de armas o de sus hijos? ¿Y podrá creerse que Nuestro Señor encontrará suficientemente recompensada a María porque Ella ocupe el grado de visión beatífica que corresponde a sus méritos, y no se considerará obligado a atender sus plegarias y oraciones en favor de sus hijos de la tierra? Sería esto forjarse una idea muy rara de la bienaventuranza celestial y del amor de Jesucristo para con su Madre.
     Vengamos a la otra parte de la objeción. Si los Santos, decís, apoyan sobre sus propios merecimientos las oraciones que dirigen en favor nuestro a la divina misericordia, con ello hacen ultraje a los méritos de Jesucristo. Es esto, o no tomarlos en cuenta, o tenerlos por insuficientes.
     Decid también entonces que San Pablo ultrajaba la redención de Cristo, cuando decía: "Cumplo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Jesucristo para su cuerpo, que es la Iglesia" (
Col., I, 24). Insensatos, que no veis que estos méritos de los Santos están fundidos en los méritos de Cristo, y que si la oración se apoya sobre ellos, es para ir hacia el manantial de todas las gracias por los méritos de Cristo. Así, pues, lejos de ser una injuria hecha a estos méritos infinitos, la oración de los Santos y sus méritos constituye mi glorificación: ellos los manifiestan, los realzan, como las causas segundas son la glorificación de la causa primera. Bien mirado todo, Dios, cuando escucha las oraciones y atiende a los méritos de los Santos, concede la gracia a su mismo Hijo, Nuestro Señor, porque aquellos méritos y oraciones no tienen a sus ojos valor, sino en tanto en cuanto se lo prestan los méritos de Cristo, que son su principio y su remate (Concil. Trident., sess. 6», cap. 16, et can. 33).     Una objeción final, que va menos contra la intercesión de la Virgen y de los Santos que contra la manera con que nosotros los católicos reclamamos esta intercesión: es que los invocamos, no como a intercesores cerca de Dios, sino como a causas principales; es decir, como autores de los beneficios que, según nuestra propia doctrina, tienen a Dios por único principio. Ved, por ejemplo, estas oraciones de la Iglesia a la Virgen: Quebrad las cadenas de los culpables, devolved la luz a los ciegos, apartad de nosotros todos los males y pedid todos los bienes, etc., etc.
     ¿Qué responderemos? Dos cosas: primero, que si hay crimen, este crimen no es sólo de la Iglesia Romana. Es necesario acusar de él aún más a las Iglesias de Oriente, porque estas maneras de expresarse son más frecuentes entre sus Doctores en sus escritos y en las oraciones litúrgicas suyas que en las nuestras. ¿Qué decimos? Es preciso remontar estas acusaciones hasta los Apóstoles. ¿No es San Pablo, en efecto, el que decía: "Honraré mi ministerio, esforzándome en excitar la emulación de los de mi sangre y salvando algunos de ellos?" (
Rom., XI, 14). Segundo, y con esto quedarán explicadas con toda sencillez estas fórmulas y otras semejantes, es que la naturaleza misma de las cosas nos advierte del sentido que pueden y deben tener.
     La Santísima Virgen y los Santos nos procuran las gracias de la salvación que les pedimos; pero es intercediendo por nosotros cerca de Jesucristo y de su Padre, y también es así como nosotros les suplicamos que nos las obtengan. Por lo demás, si más explicaciones fueran necesarias, se las hallaría a cada paso en las mismas invocaciones que se nos echan en cara: "Apartad de nosotros todos los males, pedid para nosotros todos los bienes", se dice en el himno a la Virgen que citábamos hace un instante. Rogad por nosotros, repite sin cesar la Iglesia.
     Leed el himno de Vísperas de la Fiesta de Todos los Santos. Allí encontraréis alternativamente estas dos formas de oración: la una, por la cual pedimos a los elegidos en el cielo las gracias que forman la santidad de la tierra y la gloria del cielo: "Antiqua cum praesentibus—Futura damma pellite...—Exules vocate nos in patriam...—Coelitum vocate nos in sedibus. Libradnos de los males presentes y de los antiguos; apartad los venideros. Llamad a los pobres desterrados a la patria, y haced que nos sentemos entre los bienaventurados."
     ¿Esto os escandaliza? Escuchad estas palabras del mismo himno: "Placare, Christe, servulis —Quibus Patris clementian— Tuae ad tribunal gratiae—Patrona Virgo postulat. ¡Oh, Cristo!, perdonad a los siervos por los cuales la Virgen, su patrona, implora la clemencia del Padre en vuestro tribunal de gracia." Y más aún: Apostoli cum Vatibus Apud severum judicem—Veris reorum fletibus—Exposcite indulgentian. Apóstoles y profetas, presentad delante del severo Juez las lágrimas de los culpables verdaderos, y solicitad indulgencia para ellos." Cosa singular, a María sobre todo, la Iglesia, en estas invocaciones, suplica que ore por sus hijos, y a los Profetas y a los Mártires pide directamente las gracias de la salvación, prueba manifiesta de que en su pensamiento la una y la otra de estas fórmulas encierran igual significado (
Véase 2° parte, 1. V, c. 2, t. II, pp. 242-245. Esta objeción fué ya resuelta por los griegos).
     Por lo demás, esta interpretación no es nueva. San Agustín la ha dado más de una vez. Hablando de los milagros, de esos milagros que son obra propia de la omnipotencia: "He aquí — dice— lo que hacen los mártires, o, mejor, lo que hace Dios por la oración y con la cooperación de los mártires" (
De civit., LXXXII, c. 10). Así lo entendemos también cuando pedimos a la Virgen una de esas curaciones morales y físicas que corresponden sólo al poder de Dios, y así es como el Autor de los Actos atribuye, ora a San Pedro, ora al Apóstol de las Gentes, las asombrosas maravillas que refiere (
Act., V. 12, sq.). Y también así, usando de un ejemplo familiar, daríamos gracias, como al autor de un beneficio, a Aquel cuyo favorable crédito nos lo hubiese alcanzado.
     He aquí, pues, cómo la amantísima y amabilísima Madre de los cristianos prosigue en nuestro favor su tarea maternal y cómo acaba de engendrarnos a la vida de Cristo.
     Nuestro estudio sobre este objeto estaría terminado, si no quedasen por resolver tres dificultades todavía, opuestas por el protestantismo y la incredulidad. María —nos dicen—, perdida en la visión de Dios, absorta en la contemplación de la soberana hermosura y en su amor, no tiene ya corazón para amarnos, indiferente como está a las cosas de la tierra, tanto más cuanto que nuestras rebeliones contra su Hijo nos hacen indignos de sus favores. María no tiene cerca de Dios ese poder que suponen sus panegiristas. Lo que Él le dijo en las bodas de Caná: "¿Qué hay de común entre tú y yo?", eso mismo le repetiría en el cielo, si Ella se atreviese a interceder por nosotros. Finalmente, María, aunque tuviera sobre su Hijo la autoridad que se supone, no podría interponerla en nuestro favor, sino de una manera general e indeterminada, porque ya no está entre nosotros para conocer nuestras necesidades. A resolver ampliamente estas objeciones, tan opuestas al oficio maternal de María, es a lo que vamos a dedicar los capítulos siguientes.

J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES.

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