miércoles, 17 de abril de 2013

Magisterio infalible

     En la constitución orgánica de la Iglesia existe un magisterio vivo, indeficiente, instituido por el mismo Divino Fundador, al cual está encomendado el depósito de la divina revelación y la predicación y la enseñanza de la doctrina auténtica, que para la salvación del mundo brotó de los labios del Hijo de Dios.
     Indicamos ya que la expresa promesa, que Jesucristo hizo a sus Apóstoles, en los momentos supremos en que les dió la misión de difundir el Evangelio por todos los confines de la tierra, de estar con ellos hasta la consumación de los siglos, implica una garantía para todos los creyentes de la verdad indeficiente del magisterio de la Iglesia. Esta garantía es el don de la infalibilidad.
     Las palabras de la Sagrada Escritura, en boca de Dios: «Yo estaré contigo», «Yo estaré con vosotros», siempre significan auxilio y ayuda de Dios, para la realización perfecta de la misión confiada a las personas a quienes Dios dice esas palabras. Así, por eiemplo, leemos semejantes palabras en relación a la misión divina que el Señor confió a Abraham, a Jacob, a la Virgen Santísima, a San Pablo, etc. Por tanto, cuando Cristo dice a sus Apóstoles que El estará con ellos hasta la consumación de los siglos, precisamente para que prediquen su doctrina, les garantiza el éxito de la misión, es decir, les garantiza que ellos predicarán siempre la verdadera doctrina suya, y que los hombres la entenderán así. Esto es la infalibilidad.
     Esta palabra nos coloca de nuevo en la materia que indicamos al principiar el artículo anterior. Pero, para evitar sofismas y confusiones, para tener ideas claras, definamos ante todo el alcance y la significación exacta de la palabra infalibilidad, según queremos aplicarla al magisterio de la Iglesia. Porque no hay quizá dogma alguno en la religión católica que haya sido con tanta frecuencia tan mal comprendido y que haya ocasionado tanta oposición de parte de los impugnadores de nuestra fe, como el dogma que proclama la infalibilidad del magisterio de la Iglesia. Y se entiende: cómo que ésta es la piedra fundamental del edificio de nuestra fe!
     Infalibilidad no significa en manera alguna una nueva y divina revelación, una sobrenatural inspiración, como la que recibieron los primeros apóstoles y evangelistas, cuyos escritos son recibidos y aceptados como una revelación de la palabra de Dios. El depósito de las verdades reveladas, que quedó cerrado con la muerte del último de aquellos apóstoles y evangelistas, no puede ser aumentado, ni adulterado en lo más mínimo, por las enseñanzas de la Iglesia. La Iglesia de hoy debe enseñar lo que aquellos primeros evangelizadores enseñaron, por prescripción de Cristo.
     Infalibilidad tampoco significa impecabilidad. Los hombres de la Iglesia, cualquiera que sea su rango y condición, como humanos y frágiles, pueden pecar y de hecho muchas veces han pecado; pero, sus debilidades y miserias en nada contradicen el don de la infalibilidad, que el magisterio de su Iglesia prometió Jesucristo.
     Infalibilidad tampoco significa un conocimiento exacto y verdadero de todas las ciencias y de todas las materias que caen bajo el estudio y la investigación especulativa o práctica de los hombres. El magisterio de la Iglesia no abarca estas ciencias, estos conocimientos meramente racionales y humanos, ya que el Divino Maestro vino tan sólo a enseñarnos los misterios del Reino de los cielos. San Pedro y San Juan y todo el Colegio Apostólico, si se hubiera puesto a enseñar matemáticas o filosofía o el arte de la pesca, hubiera podido equivocarse, como cualquier mortal, porque la enseñanza de estas cosas no estaba comprendida en su misión, ni para esta clase de magisterio tenían prometida la asistencia de Jesucristo y del Espíritu Santo.
     Infalibilidad, pues, significa, en el caso presente, la inmunidad del error en la enseñanza de la doctrina y de la moral de Jesucristo, que garantiza el magisterio oficial de la Iglesia por el auxilio sobrenatural y continuo de Dios. Es una infalibilidad meramente didáctica, propia solamente del magisterio oficial de la Iglesia, y además participada, pues es un don y una gracia que Dios concede a este magisterio; no en beneficio particular de los hombres que ejercen este magisterio oficial, sino en beneficio de todos los creyentes, para la incolumidad y preservación de la Iglesia.
     Así, pues, la infalibilidad didáctica, como explicaremos más adelante, con más detenimiento, no presupone una nuava revelación, y de suyo ni siquiera exige una acción propiamsnte milagrosa, ni excluye el trabajo de la investigación científica. Es simple y sencillamente una preservación de todo error en la comprensión, en la conservación, en la enseñanza oficial y aún en la misma investigación, encaminada a esta enseñanza oficial.
     Presupuesto el origen y el fin divino y sobrenatural de la Iglesia, su constitución interna y el medio humano en el cual se desenvuelve, el don de la infalibilidad es tan lógico, es tan evidente, que no sabríamos cómo explicar sin él, ni la vida, ni la conservación, ni el florecimiento fecundo y santificador de la Iglesia de Cristo. Sólo la verdad es fecunda, sólo la verded es consistente, porque sólo la verdad es inmutable y eterna. El error engendra siempre, de una manera fatal e inevitable, la desintegración, el caos, la ruina, la muerte. ¿Cómo podría Jesucristo exigirnos, bajo pena de eterna condenación, creer lo que sus testigos nos enseñan, si ellos en su magisterio oficial pudieran equivocarse?
     Las enseñanzas del magisterio de la Iglesia no son disquisiciones filosóficas, ni argumentaciones o disputaciones teológicas, ni disertaciones académicas; son el testimonio de la doctrina revelada, que los hombres deben aceptar para salvarse. No hay que confundir el magisterio de la Iglesia con las escuelas filosóficas o teológicas, que dentro de la Iglesia han florecido, ni con las predicaciones particulares de los sacerdotes, de los Obispos y aún del mismo Papa, cuando no habla ex catedra, en su carácter de Maestro Universal y Oficial de la Iglesia.
     Vienen aquí muy bien las profundas palabras de Eminentísimo Cardenal Manning, uno de los adalides de la infalibilidad pontificia en el Concilio Vaticano-. «Todo conocimiento debe ser "definido".... ¿Por ventura no es así en toda clase de conocimientos? ¿Qué pensaría un matemático de un diagrama que no estuviese definido? ¿Qué sería de la historia que no estuviese definida? La historia que no fuese el registro y atestación de los hechos definidos y concretos, tal como sucedieron y pasaron, sería a lo más una mitología, una fábula, una rapsodia.... ¿Qué serían las leyes morales, si no fuesen inmutables, definidas? Una ley no definida jamás puede engendrar una obligación.
     «Y lo que sucede en los conocimientos humanos, pasa también y con más razón en los conocimientos divinos. Si hay un conocimiento que haya sido con más precisión y estricta claridad definido es el conocimiento que Dios nos ha revelado de sí mismo. Es ciertamente un conocimiento "finito", porque el hombre no puede comprender a Dios, pero es un conocimiento perfectamente "definido". (The Grounds of Faith, pág. 5 y 6).
     La divina revelación, el depósito de todas las verdades que Dios encomendó al magisterio de la Iglesia, para que lo enseñase íntegro, incontaminado a todas las gentes, es, pues, el conjunto de verdades perfectamente inmutables y fecundísimas, que constituyen los dogmas indeficientes de nuestra fe católica y que son fielmente enseñadas por el magisterio infalible de la Iglesia.
     De aquí se sigue, pues, con lógica consecuencia, que siendo los dogmas del depósito de la divina revelación y los principios invariables de la moral cristiana, verdades perfectamente definidas, deben ser definidamente enseñadas; de aquí se sigue también, que el magisterio de la Iglesia, (prescindiendo por ahora de investigar dónde resida), debe estar en el presente y en el porvenir, sobrenaturalmente preservado contra el error, a donde naturalmente se desvía la humana fragilidad, para poder enseñar siempre la misma e inmutable doctrina de Jesucristo.
     Ya más adelante veremos cómo la evolución dogmática que en la historia de la Iglesia encontramos, no ha venido a adulterar en lo más mínimo el depósito de la divina revelación.
     Aquí sólo debemos insistir en esta argumentación: el magisterio de la Iglesia tiene que ser infalible, para que se conserve incontaminada la doctrina de Jesucristo, para que la Iglesia y su obra santificadora persevere. Creer en la infalibilidad del magisterio de la Iglesia no significa otra cosa que creer en su origen y vida divina; creer que Jesucristo es, como verdadero Hijo de Dios, omnipotente y veracísimo, y creer, por consiguiente que, según sus promesas fidelísimas, dió al magisterio de su Iglesia el don necesario para enseñar a todas las gentes y hasta la consumación de los siglos las mismas verdades definidas y precisas, en su verdadero y recóndito sentido, que Dios había revelado para salud de los hombres.
     En el artículo siguiente, nos detendremos a considerar otras claras promesas y otras palabras inefables de Jesucristo, que garantizan para el magisterio eclesiástico la infalibilidad didáctica.

Joaquín Sáenz y Arriaga. S. J.

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