viernes, 12 de abril de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (4)

TRATADO I 
VISION GENERAL
 PARTE I 
LA MISA A TRAVES DE LOS SIGLOS
3. De San Hipólito a la ramificación de las liturgias
Carácter de San Hipólito
     29. El escrito de que ahora nos ocupamos fué conocido desde muy antiguo con el nombre de Ordenaciones eclesiásticas egipcias. Pero solamente en los últimos decenios se ha podido probar que su autor en realidad es el presbítero romano San Hipólito, el hábil escritor que al principio del siglo III se enfrentó con los papas San Ceferino (+ 217) y San Calixto (+ 222), llegando a oponerse a este último como antipapa: pero, con todo, murió mártir en paz con la Iglesia (+ 235), según lo atestigua su culto en Roma con la fiesta el 13 de agosto. 
     San Hipólito quería, como representante de la tendencia conservadora, reunir en él todo lo que como tradición apostólica se debía conservar de las instituciones de la vida eclesiástica. Su origen hemos de ponerlo en el año 215, es decir, antes de la ruptura con las autoridades eclesiásticas, que tuvo lugar con ocasión de la subida al trono pontificio de San Calixto. La escisión subsiguiente, junto con la circunstancia de haber sido redactado este escrito en griego, nos explican por qué la Tradición apostólica, lo mismo que la mayoría de los escritos de San Hipólito, vinieron a caer en Occidente casi por completo en el olvido. En cambio, en Oriente, lo mismo en Egipto que en Siria, precisamente porque ofrecían tradiciones apostólicas y venían de Roma, ejercieron un influjo enorme, y por esto se han conservado, no precisamente en su texto original, a excepción de unos pocos trozos, sino en traducción copta, árabe, etíope y, en parte, siria. También tenemos interesantes fragmentos de una antigua traducción latina, que se ha conservado en una colección de normas jurídicas orientales (E. Hauler, Didascaliae apostolorum fragmenta Veronensia, 101-121). Para nosotros este documento es la fuente más importante para el conocimiento de la vida eclesiástica de la Roma del siglo III. 


Su anáfora
     30. El escrito comienza con algunas disposiciones para la consagración episcopal. El recién ordenado es saludado con una aclamación. A continuación los diáconos traen la ofrenda. El obispo pone con todos los presbíteros las manos sobre el don y comienza la acción de gracias:
     Dominus vobiscum. Et cum spiritu tuo. Sursum corda. Habemus ad Dominum. Gratias agamus Domino. Dignum et iustum est. Et sic iam prosequatur.
     Gratias tibi referimus, Deus, per dilectum puerum tuum Iesum Christum, quem in ultimis temporibus misisti nobis salvatorem et redemptorem et angelum voluntatis tuae. Qui est Verbum tuum inseparabile, per quem omnia fecisti et bene placitum tibi fuit. Misisti de cáelo in matricem Virginis, quique in útero habitus incarnatus est et Filius tibi ostensus est ex Spiritu Sancto et Virgine natus. Qui voluntatem tuam complens et populum sanctum tibi adquirens extendit manus cum pateretur, ut a passione liberaret eos qui in te crediderunt. Qui cumque traderetur voluntariae passioni ut mortem solvat et vincula diaboli dirumpat et infernum calcet et iustos inluminet et terminum figat et resurrectionem manifestet, accipiens panem gratias tibi agens dixit: Accipite, mandúcate: hoc est corpus meum, quod pro vobis confringetur. Similiter et calicem dicens: Hic est sanguis meus qui pro vobis effunditur. Quando hoc facitis, meam commemorationem facitis. Memores igitur mortis et resurrectionis eius offerimus tibi panem et calicem gratias tibi agentes quia nos dignos habuisti adstare coram te et tibi ministrare. El petimus ut mittas Spiritum tuum Sanctum in oblationem sanctae Ecclesiae. In unum congregans des ómnibus qui percipiunt sanctis in repletionem Spiritus Sancti ad confirmationem fidei in vertíate, ut te laudemus et glorificemus per puerum tuum Iesum Christum, per quem tibi gloria et honor Patri et Filio cum Sancto Spiritu in sancta Ecclesia tua et nunc et in saecula saeculorum. Amen (Hausler, 106 s. Dix 7-9)


     31. Sigue una observación que dice: «Cuando alguno trae aceite, y lo mismo cuando trae queso o aceitunas, récese sobre estas cosas una acción de gracias semejante»; y, como ejemplo, sigue una breve fórmula de bendición (Un fragmento de este texto lo encontramos hoy en el Pontificale romanum entre las oraciones de la consagración de los santos óleos después del canon de la misa del Jueves Santo; cf. J. A. Jungmann, Beobachtungen zum Fortleben von Hippolyts «Apostolischer Uberlieferung»: ZkTh 53 (1929) 579-585. Las oraciones para la comunión que siguen en el texto egipcio ya no son de San Hipólito). A las disposiciones sobre las otras órdenes y oficios eclesiásticos siguen algunas prescripciones sobre el catecumenado y el bautismo, y a continuación, lo mismo que en San Justino, se vuelve a hablar de la misa. Pero en este sitio se observa solamente que la participación de los neófitos en la función religiosa de la comunidad comienza con la oración común y el ósculo de paz de antes de la ofrenda (Dix, 39 s; Hauler, lll s.) Además, se dan instrucciones sobre una costumbre ya mencionada de la misa del bautismo, de ofrecer a los neófitos, además del sacramento de la Eucaristía, una copa con leche y miel y otra con agua.


Un modelo entre muchos:
características

     32. Sería un error querer ver en este texto de la Eucaristía de San Hipólito sencillamente la misa romana del siglo III, porque tal concepción no corresponde al estadio de evolución litúrgica en la época de San Hipólito, en la que no podemos contar con un texto fijo para la liturgia de la misa, sino únicamente con un molde que el celebrante debía llenar con palabras de inspiración propia, como lo atestiguan noticias anteriores (Did.. 10. 7 (Ruiz Bueno. 88); San Justino. Apol.. I, 67. Véase el texto citado en los nn. 19s.). San Hipólito quiere que se considere su texto sólo como un modelo, e insiste expresamente en el derecho del celebrante a formar libremente sus textos (Véase la nota después de las oraciones para la consagración (Dix. 19): «No es necesario que el obispo diga precisamente estas palabras, que dimos en el texto, como si las tuviera que saber de memoria para dar gracias a Dios. Al contrario, cada uno debe orar según su propia capacidad. Si puede recitar una oración larga y solemne, está bien; pero si. al contrario, quisiera decir una oración según un formulario fijo, nadie se lo puede prohibir. Lo único que se exige es que su oración sea buena y ortodoxa». Cf. también J. Lebreton en Fliche-Martin. Histoire de l'Eglise, II (1935) 70. nota 3. Es significativo para la evolución posterior que el texto árabe y etiópico omitan e. o. el «no» del principio: «Es del todo necesario...»), derecho que siguió en vigor aún por bastante tiempo (Tenemos, p. ej.. tal creación libre del texto (que no equivale a improvisación, sino que puede, como un buen sermón, estar compuesto cuidadosamente de antemano y fijado por escrito) en un prefacio del Leoniano. compuesto el año 538 (o tal vez 558). cuando coincidía, o por lo menos caía muy cerca del Jueves Santo, el aniversario de la ordenación del papá; véase Baumstark, Missale Romanum, 32s. En España puede probarse el derecho de la libre creación del texto todavía para el siglo VII (P. Sejourné, S. Isidore de Séville /París 1929/ 175). Por lo general, se introducen y se prescriben textos fijos en el siglo IV. Sobre los comienzos de los libros litúrgicos consúltese Fortescue. The Mass. 113ss. Con la aparición de libros litúrgicos no se introdujo en seguida la costumbre de leer en ellos los textos, sino que éstos habían de aprenderse de memoria, conforme lo supone San Hipólito (cf. la nota anterior) recitarse también de memoria, lo cual no resultaba demasiado difícil en las liturgias orientales, que tenían formularios invariables. Del Occidente poseemos testimonios de que se leia el texto en un libro por San Gregorio de Tours (+ 594) (Hist. Franc., II, 22: PL 71. 217s); Sidonio (+ 489) recitaba todo bien, aun cuando se le había quitado su libellus (Vitae patrum, c. 16: PL 71, 1075). Cf. Eisenhofer. I. 59s.). De este derecho hizo uso también San Hipólito. En su formularlo repiten con frecuencia pensamientos y expresiones favoritas, conocidas de otros escritos suyos (Elfers, 50-54. prueba sólo para la oración eucaristica seis casos. La expresión Verbum inseparabile se dirige contra la acusación de que San Hipólito introdujo una separación entre Dios y su Verbo. La expresión llamativa extendit manus tiene su explicación en San Hipólito (De antichristo, c. 61): «En las persecuciones no queda a la Iglesia otro recurso que extender las dos alas de la gran águila que es su fe en Jesucristo, quien extendió ambas manos en el árbol santo..., y llama a todos que creen en él a que se acerquen, para protegerlos como un pájaro a sus crías». Otro fragmento de San Hipólito explica la expresión enigmática ut terminum figat: Cristo queria dar una enseñanza a los justos sobre la fecha de la resurrección general (Elfers, 54). También la doxología final, por lo menos la particularidad de nombrar las tres personas divinas con sus nombres propios, probablemente es exclusiva de San Hipólito. Cf R. H. Connolly. The eucharistic prayer of Hippolitus: «Journal of Theol. Studies», 39 (1938) 350-369). Aun considerada en su conjunto, la oración eucaristica de San Hipólito no representa más que un modelo de las que se usaban en su tiempo, de ningún modo el único que entonces estuviera en vigor (Este tipo de la Eucaristía de San Hipólito no tiene nada que ver con el de Lietzmann, quien le opone otra forma originaria de la Eucaristía, sin cáliz; cf. la nota 22 del n. 25). Llama mucho la atención el que falten en ella por completo aquellas largas teorías de ideas tomadas del Antiguo Testamento, que en la mayor parte de los textos posteriores ocupan un espacio considerable, y se suponen, con razón, como los restos de una tradición antiquísima de la sinagoga. Tampoco se menciona la obra de la creación ni la historia precristiana de nuestra salvación, como es costumbre en las liturgias griegas posteriores; incluso falta el Sanctus con su correspondiente introducción. El objeto de la acción de gracias es exclusivamente la obra de la redención, a la que mediante una frase hábil queda orgánicamente incorporado el relato de la institución. De este modo, la oración impresiona como gran armonía, pretendida evidentemente por San Hipólito, en manifiesta antítesis con una forma anterior en la que la estructura se ve algo resquebrajada. Pudo haber nacido este tipo de la circunstancia de que la función eucaristica, al separarse del ágape nocturno, se unió al culto dominical matutino ya existente, en el que pervivía el culto sinagogal de la mañana del sábado, ya aludido, y que se componía, por una parte, de lecciones, y por otra, de la acción de gracias por la creación y la dirección misericordiosa del pueblo elegido. En él se introducían también los coros angélicos y se usaba el trisagio de la visión de Isaías (Así Baumstark. Liturgie comparée, 54-56, refiriéndose a la carta de San Clemente, c. 24 (léase c. 34). Acerca de la oración eucaristica de San Hipólito, véase Arnold, Der Ursprung des christlichen Abendmahles, 164-166).


 Tres tipos de anáforas
     33. Paralelo a este tipo estrictamente cristológico de San Hipólito y al otro ampliado con elementos sinagogales, debió de formarse muy pronto un tercer modelo, consistente en una acción de gracias, o mejor dicho, de alabanza, en el que los pensamientos de la teología cristiana quedaban revestidos de expresiones tomadas de la filosofía helenista. En él se expresaba la inaccesible grandeza de Dios por medio de una acumulacion de atributos negativos, formados generalmente con el «alfa privativo»: Dios increado, inescrutable, inefable, incomprensible para todo ser creado (Tal es la invocación inicial de la anáfora de Serapión (Quasten. Mon., 59s). Cf. Th. Schermann, Die allgemeine Kirchenordnung, frühchristliche Liturgien und kirchliche Uberlieferung. II (Paderborn 1915), 462-465), o también se recorría la creación con acentuado sentimiento de la naturaleza, tan en boga entonces, alabando el poderío y la sabiduría de Dios (San Justino menciona ya la gratitud por la creación como tema de la oración eucaristica. Uno de los primeros ejemplos de una meditación piadosa de las maravillas de la creatura puede verse en San Clemente de Roma. Ad Corinth., c. 20 (Ruiz Bueno, 197) Cf. O. Casel. Das Gedáchtnis des Herrn in der altchristlichen Liturgie; «Ecclesia Orans», 2 (Friburgo 1918) 15ss 31ss.).
     Se entiende que estos modelos nunca se dieron perfectamente separados entre si ni en una forma pura, puesto que los elementos cristianos y cristológicos podían ser atenuados pero nunca excluidos
(Schermann 469s, distingue entre los diversos tipos de acciones de gracias, además del judaico, helenista y cristológico, también el trinitario, pero no piensa precisamente en la liturgia de la misa. Sin embargo, por lo que se refiere a ésta, con más motivo deberíamos hablar de un esquema cristológico-trinitario, porque la obra de la salvación, que en la oración eucaristica es objeto de las alabanzas, no se describe solamente en sus principios, cuando es obra de Cristo, sino también en sus efectos, dentro de la Iglesia y sus miembros, que han de atribuirse al Espíritu Santo. Esta descripción, continuada hasta la santificación de los hombres, se encuentra ya en San Hipólito cuando pide la plenitud del Espíritu Santo. Como norma, hallamos la mención del Espíritu Santo, y con esto la mención sucesiva de las tres personas divinas, que se manifiestan en la obra de nuestra santificación, en la epiclesis de las liturgias orientales a partir del siglo IV. W. H. Frere (The anaphora or great eucharistic prayer. An eirenical study ín liturgical history [Londres 1938] espec. 19ss 90ss l66ss) encuentra en tal anáfora la forma Ideal de la oración eucaristica, que con esto logra la misma estructura que el símbolo). Con todo, definen los componentes que se agrupaban en la oración eucarística o también las tendencias divergentes, que diversificaban mucho esta oración, hasta que un dictamen de la autoridad y la imposición de un texto auténtico puso fin a esta evolución personalista. En los documentos de la liturgia de la misa que se conservan del siglo IV, al lado del crecimiento orgánico de las formas y usos litúrgicos encontraremos también las manifestacionet concretas de los modelos mencionados.



Norma unificadora
     34. Aunque, a tono con lo dicho, no hemos de perder de vista que las oraciones litúrgicas, por lo menos en el siglo III, eran todavía flúidas y estaban a merced de la inspiración del celebrante. Sin embargo, hay muchos indicios de que existían en la Iglesia universal una cierta norma unificadora de las líneas generales, es decir, un conjunto formado por la costumbre, todavía bastante flexible, que consistía en disposiciones sobre la erección y organización de los templos, sobre el tiempo y forma del culto, distribución de los cargos y manera de empezar y terminar la oración, etc. El esquema fundamental de la oración eucarística es en todas partes el mismo: empieza invariablemente con un breve diálogo y termina con el Amen del pueblo. Cuando por el año 154 el obispo San Policarpo de Esmirna visitó al papa San Aniceto en Roma, éste le Invitó a celebrar la Eucaristía en la iglesia (Eusebio, Hist. eccl.., V, 24), lo que se consideraba como un homenaje para el obispo huésped, costumbre que en casos análogos se recomienda a los obispos por la Dídascalía siria del siglo III (Didascalia, II, 58, 3 (Funk, I, 168). Si el huésped por modestia no quiere aceptar, diga por lo menos las palabras sobre el cáliz. La redacción posterior en las Constit. apost., II, 58, 3 substituye estas últimas palabras por las siguientes: "Que rece por lo menos la bendición sobre el pueblo"). No se tenía miedo, por lo tanto, a influencias perturbadoras de liturgias extrañas. Esto mismo lo demuestra el hecho de que el formularlo litúrgico de San Hipólito, nacido en Roma, haya pasado al lejano Egipto y hasta Etiopía, donde se ha conservado hasta ahora con el nombre de anáfora de los apóstoles, y es la fórmula más corriente. A pesar de venir de tan lejos, se adaptó sin más a los usos propios del país. ¿No nos da todo esto derecho a hablar de una liturgia uniforme en el primer siglo, siquiera en un sentido amplio?  
     Fortescue, 51-57. En varias obras, F. Probsi (+ 1899), refiriéndose con menos acierto a la llamada «liturgia clementina» (véase más adelante, 39), defendió la idea de la una, sancta, catholica et apostólica liturgia. Si contra él Baumstark (Vom geschichtlichen Werden, 30) insiste en que la evolución histórica de la liturgia no arranca de una uniformidad primitiva para dar en una variedad cada vez mayor, sino, al contrario, de la multiplicidad de formas progresa hacia la uniformidad, tal afirmación se puede interpretar únicamente en el sentido de que al principio hubo gran variedad en los textos y otras particularidades, pero no en el plan de conjunto; cf. también la exposición de Baumstark en el 1. c., 29-33.


P. Jungmann, S. I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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