sábado, 13 de abril de 2013

La Santísima Virgen

     Como hijo, no puedes olvidar a tu madre; como cristiano no puedes olvidar a María, Madre de Cristo y madre de tu salvación, según la fe.
     Tu protectora en los días de tu infancia, será aún tu protectora —si lo quieres— en los días más peligrosos de tu juventud.
     No creas, oh joven, que se trata aquí de una devoción de niñas, vano alimento de sueños místicos, indignos de una razón que se despierta.
     La razón se une a la fe para hacerte entender que la Madre del hijo de Dios es poderosa en el cielo, y el corazón se une a la razón para hacerte entender que Ella es buena y compasiva con nosotros.
     En verdad te digo, que muchos que han sido tentados como tú y tal vez más que tú, han sido salvados por Ella.
     Frecuenta sus altares, porta sus insignias, implórala siempre.
     Ella te alejará de toda clase de peligros que amenazan tu juventud, o si tu debilidad quiere que sucumbas, te obtendrá de Dios las lágrimas santas que purifican y regeneran.
     Gracias a Ella, nunca será desesperada tu vida, porque nada puede ser desesperado con la certeza de semejante protección.
     Ella será la estrella de tu mañana, el astro de tu mediodía, la antorcha de tu última tarde; Ella será el muro de bronce que te defenderá contra los ataques del enemigo; será la mano generosa que consuela y levanta; socorro poderoso durante la vida, puerta del cielo a la hora de la muerte.
     Porque, hijo mío, cualesquiera que hayan sido nuestros extravíos y nuestras faltas, desde que la Madre de Jesucristo coloca en la balanza eterna una sola gota de amor, la balanza se inclina del lado de la misericordia y Dios nos pone entre sus escogidos.

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