martes, 9 de abril de 2013

La misericordia de la Virgen.

     Cómo esta misericordia brota naturalmente de su amor. Del título de Madre de Misericordia, y de las razones en que se funda. Doctrina consoladora de los Doctores y de los Santos.

     I. Tal es el amor de María para con los hombres. ¿Qué diremos de su misericordia? Los Santos no se cansan de exaltarla y bendecirla. Parece a menudo que olvidan todas las demás perfecciones de la Santísima Virgen para celebrar únicamente esta amabilísima cualidad de su Madre. ¿Y quién podrá extrañarlo? ¿Hay algo más dulce, más caro y más confortador para el corazón de los miserables, que por tales se tenían y tales somos nosotros, que la misericordiosa ternura de la Reina del Cielo? Hablad de la gloria, de la grandeza con que la ha coronado su Hijo, de los privilegios sin número y sin nombre que le ha prodigado con tanta liberalidad, nos regocijamos de ello, porque Ella es nuestra Madre.
     Pero decidnos que, en medio de esta grandeza y de esa gloria, alimenta un ardiente amor a los hombres, y éste será un nuevo motivo de alegría, porque es dulce ser amado por una madre y por tal madre. Y, sin embargo, esta alegría no está exenta de inquietud: nuestros pecados e ingratitudes para con su Hijo pueden ser causa de que nos destierre de su corazón. Mas, si oímos decir que es compasiva y misericordiosa, tanto como amante y glorificada, esto, por encima de todo, será lo que nos conmueva, nos aliente y nos encante.
     Ahora bien; imposible es dudarlo: la Santísima Virgen es misericordiosa. Para convencernos de ello bástanos recordar su amor y nuestra miseria. En efecto, ¿qué es la misericordia? "Es —dice San Agustín—, la compasión que siente nuestro corazón por la miseria ajena, compasión que nos impulsa a prestarle asistencia en la medida de nuestra posibilidad" (
Misericordia est alienae miseriae compassio in corde nostro qua utique si possimus subvenire compellimur (S. August., De Civit Dei, t. IX, c. 5, P. L., XLI, 261).
     Seguramente, si María necesita miserables que reclamen su compasión y miserias que aliviar, este valle de lágrimas puede proveerla con abundancia de los unos y de las otras. ¿Qué somos, sobre todo en el orden espiritual, sino la misma indigencia, y qué podemos ofrecer a sus ojos sino millares de motivos de piedad, añadidos a nuestra nativa pobreza? Por tanto, nada falta del lado de la miseria. Nada tampoco podrá faltar del lado de la compasión. Porque, en presencia de las miserias, la compasión nace del amor y se mide por él. Es, en efecto, propio del amor el estimar como suyos los bienes y los males ajenos, porque el amor es un principio unitivo; tanto, que el amor se transforma naturalmente en compasión cuando ve sufrir a los que ama (
S. Thom.. 2-2, q. 30, a. 2). Si, pues, la Virgen sacratísima es toda amor para nosotros, forzoso es que sea también toda misericordia, puesto que no somos a sus ojos sino un triste compuesto de miserias.
     Santo Tomás, de quien hemos tomado este análisis, señala todavía otras causas de las cuales recibe la misericordia nuevos acrecentamientos. Es la primera una alianza más estrecha con aquellos que la miseria o la desgracia ha castigado. Una es la compasión que nos inspira un padre o una madre, y otra la que nos mueve por las penas de un extraño. En la segunda, la experiencia que hayamos tenido de los males que solicitan nuestra compasión. De aquí resulta, con un sentimiento más vivo de esos males, no sé qué simpatía que nos predispone naturalmente a tomar parte en las penas que fueron nuestras, con el fin de endulzar su amargura y de aligerar su peso. Esto es lo que San Pablo explica tan magistralmente cuando escribe de Jesucristo, en su carta a los hebreos: "No tenemos Pontífice que no sepa compadecerse de nuestras enfermedades, porque ha sido probado en todo, a semejanza nuestra, salvo en el pecado. Vayamos, pues, confiados al trono de la gracia, a fin de hallar misericordia y de encontrarla en un socorro oportuno" (
Hebr.. IV,. 15-16). Y más adelante, en la mísma epístola: "Como los niños han participado de la carne y la sangre, él también se ha revestido de ellas... Porque ha debido ser en todo semejante a sus hermanos, para llegar a ser cerca de Dios un Pontífice misericordioso y fiel, para expiar los pecados del pueblo. En efecto; por lo mismo que ha soportado el sufrimiento y la prueba, es poderoso para socorrer a los que están probados" (Ibid., II, 14, 17, 18).
     ¿Comprendéis los consejos de Dios? Su amor a los hombres le inclina eternamente hacia ellos, para arrancarlos de su miseria. Por eso, según el testimonio de la Iglesia, la misericordia, una misericordia incansable, es su cualidad propia (
Psalm. CX, 4; CII, 8; CXI, v. 4, etc.). Más aún, nos atrevemos a decirlo: mientras permanece en el seno de su infinita bienaventuranza, su misericordia, por grande que sea, no es completa. Falta no sé qué de tierno y compasivo que no puede tener su origen sino en una unión más íntima con los miserables, y que no tiene su complemento sino en un ser capaz de sentir. ¿Qué hará nuestro Dios para que su misericordia sea completa, de tal modo que brille a nuestros ojos con sin igual destello, y que de ella no podamos dudar? Lo que el Apóstol acaba de decirnos: tomará nuestra naturaleza con todas sus miserias y, si no puede sernos semejante en el pecado, el mayor de los males, porque es Santo, y la Santidad misma, a lo menos se revestirá de su apariencia, en cuanto pueda, para llevar su justa pena. Así, Dios, hecho hombre, fué misericordioso durante su vida mortal; así lo es todavía sentado a la diestra del Padre, con esta diferencia, sin embargo, que los sentimientos de compasión que por nuestros defectos encierra en su corazón y también por nuestras imperfecciones y miserias, no están ya, como lo estaban entonces, mezclados con angustias y tristezas.
     De manera que la misericordia de Cristo glorificado ocupa en algún modo el término medio entre la misericordia de los hombres y la misericordia divina. Está libre, como ésta, de toda impresión contristadora, mas conoce experimentalmente, como aquélla, las miserias que alivia y conserva, en el fondo del Corazón de Jesús, los sentimientos humanos de piedad con que estas mismas miserias le conmovieron antes tan profundamente.
     Tal es ahora la misericordia de la Virgen en el cielo; es una compasión fundada sobre la comunidad de naturaleza y de sufrimientos; una compasión que no por estar exenta de dolores, deja de acudir con menos presteza a librarnos de nuestros males.
     Hemos dicho: una compasión que ya no está mezclada de dolor y esto es lo que leímos en San Bernardo, y esto es lo que nos repetirá pronto el canciller Gerson. Quien de ello quisiera deducir que María no es, en verdad, misericordiosa, comprendería mal lo que forma la esencia de la misericordia y de la compasión. Según el doctor Angélico, nuestra misericordia está formada de dos elementos: es el primero un sentimiento de pena y de pena sensible, a la vista de las miserias ajenas, y después un movimiento afectuoso del corazón, que inclina a socorrer esa miseria, como se haría con la propia. El primer sentimiento, si permanece solo, no es más que una compasión estéril. En cuanto al segundo, es, por decirlo con entera verdad, lo que constituye la virtud de la misericordia: amar a un desgraciado y venir en su ayuda con afecto desinteresado. He aquí cómo Dios puede ser misericordioso y cómo lo es, efectivamente: "Misericordioso, dice Santo Tomás, con una misericordia que no está en Él, en estado de pasión, propiamente dicha, sino en el de efecto; de tal manera, sin embargo, que este estado procede del afecto de la voluntad, ex ajjectu voluntatis" (
S. Thom., in IV Sentent. D. 46 q. 1. a. 1; col. 1, p., q. 21, a. 3), porque socorrer a un miserable sin hacerlo de corazón y por amor de él, no es compasión, ni misericordia, sino egoísmo, indiferencia o cálculo. En el cielo, nuestro Señor y su Madre tienen este sentimiento y algo más. ¿Qué más? Lo que nuestra piedad toma del elemento sensible de nuestro ser, pero depurado, transformado, desligado de toda impresión dolorosa. Así, uno y otra existen como nosotros en carne, pero en carne capaz de recibir emociones agradables, incapaz de sentir los sufrimientos que afligen a la nuestra (Notemos aquí la diferencia que señala Santo Tomás entre la misericordia y la bondad divina. La misericordia comprende la bondad, mas le añade un elemento más: porque va directamente no sólo a derramar el bien, lo que es propio de la bondad, sino sobre todo a librar del mal (In IV Sevt.., 1. c. sol. 2)).

     II. Un título en el que se resumen esta creencia y esta doctrina es el de Madre de misericordia, Mater misericordiae. Madre de misricordia, María lo es, ante todo, porque nos ha dado al Salvador. Jesucristo, Hijo eterno de Dios, fué eternamente con él Padre de misericordias. Mas al recibir de María su santa humanidad, es cuando ha llegado a ser misericordioso en toda la extensión del sentido que puede tener esta palabra. Ella, al darle a luz, le ha revestido de misericordia. El autor del sermón de la Asunción, en las obras de San Jerónimo, asegura que Jesucristo, naciendo de una Madre Virgen, ha tomado de Ella la misericordia y la mansedumbre, como dos frutos de esta tierra virginal (Ep. ad Paul et Eustach., n. 9, in Mantissa. op. S. Hieron., P. L., XXX, 131). Oveja racional, en Ella y por Ella el Verbo se ha hecho cordero.
     ¿Deseáis sobre el mismo tema otra imagen llena de gracia? Leed este pasaje de San Bernardo: "El Hijo de Dios era una abeja que habitaba entre los lirios, y se nutría de su jugo en la florida mansión de los ángeles. Ahora bien; la abeja divina ha bajado, en un vuelo rápido, a la pequeña ciudad de Nazaret, es decir, a la ciudad de las flores, según la significación de esta palabra, y hallando allí al lirio embalsamado de la perpetua virginidad de María, se ha deslizado en su seno para unirse a Ella toda entera. La celestial abeja tenía la miel y también el agujón, pues el profeta, al cantar su misericordia, exalta también su justicia" (
Psalm. C. 1). Mas, viniendo a nosotros por María, no ha conservado sino la miel, descuidando su aguijón, es decir, la misericordia sin los rigores de la justicia. Por eso, cuando los Apóstoles pidieron a Jesús que consumiera con fuego una ciudad que no le había recibido, Él les respondió: "El Hijo del hombre no ha venido a juzgar al mundo, sino a salvarle" (Luc., IX. 54 y sigs.). "Vedlo: nuestra abeja ya no tenía aguijón. Se mostraba así despojada cuando, en medio de tantos tratamientos indignos, ejercía la misericordia y no el juicio" (San Bern., De Advent. Dom., serm. 2, n. 2, P. L.. CLXXXIII, 42).
     Después de este texto de San Bernardo, séanos permitido transcribir un pensamiento no
menos delicado de un siervo de María, el P. Binet, de la Compañía de Jesús: "Cuando Dios, según los rabinos, quiso aparecer lleno de majestad, hizo los cielos cuajados de estrellas y se adorno con ellos como con una regia vestidura. Se introdujo en las flores y los aromas cuando quiso demostrar su dulzura, y para dar prueba de su riqueza penetró en el seno de la tierra y allí pulimentó el oro y la plata. Para hacer temblar al Universo con el pensamiento de su justicia, habitó entre nubes tormentosas y desde allí despidió sus centellas. Mas cuando quiso ejecutar los estupendos milagros de sus grandes misericordias se escondió en el corazón de Nuestra Señora, y éste es propiamente el lugar de sus maravillas" (Marie chet d'aeuvre de Dieu, I part., c. 1, 5)

     Madre de misericordia, porque nos ha dado en su parto virginal al autor de la misericordia. María lo es también, porque ella misma no existe sino para un fin de misericordia. Hablamos sobre todo de esa misericordia que compadece a los desgraciados culpables y trabaja por salvarlos del mayor de los males: del pecado.
     Ya lo hemos demostrado: Dios ha creado a esta Virgen bienaventurada para los pecadores, de tal modo, que no hubiera existido si no hubiera habido pecadores. Ella es la Reina de los ángeles y, sin embargo, no es a los ángeles a quienes Dios se la ha dado, sino a los pecadores. Quitad el pecado, no hay redención; sin redención no hay Redentor, y sin Redentor no hay Madre del Redentor. Así, pues, una vez más, es a los pecadores a quienes Ella debe su existencia; desgraciados, porque son pecadores; felices, porque han dado ocasión para un bien tan grande.
     ¿Es, pues, sorprendente que se incline hacia ellos con toda la impetuosidad de su amor, o mejor, no sería ir directamente contra su destino si les rehusara socorro y piedad? Admiramos en los Santos una tendencia que les es como natural, a llorar todas las miserias de sus hermanos, y, sobre todo, las miserias morales, y no comprenderíamos, tras tantos ejemplos, una santidad que no estuviera pronta a todos los sacrificios para ayudarlos y salvarlos. Ahora bien; esto, que sería inconcebible en los demás Santos de Dios, lo sería muchísimo más tratándose de María. ¿Por qué razón? Porque no han sido criados expresamente, como Ella lo ha sido, para la obra de la misericordia; porque no son, como Ella, por obra y gracias de Dios, Madre de miserables; porque el peso de su existencia no les lleva, como a Ella, hacia los pecadores, y no para rechazarlos y condenarlos, sino para librarlos de sus cadenas y arrojarlos, libres y puros, en brazos de su Hijo, su Padre y su Dios. Mostradnos al Salvador de los hombres rechazando a los pecadores, cerrándoles sus brazos y su corazón, y os concederemos entonces que su Madre sea insensible a sus miserias. Mas, pues los ha amado tanto, que derramó por ellos hasta la última gota de su sangre, preciso es que Ella sea también toda amor para ellos, puesto que vino, predestinada como Él, por el mismo designio eterno, para salvación de los pecadores; porque, para decirlo de nuevo, "ha sido hecha Madre de Dios por la misericordia: María jacta est Mater Dei propter misericordiam" (
Ricard. a S. Victore, In cantic. cantic., P. II, C. 39, P. L„ CXCVI, 518 En esta misma obra es donde puede leerse esta alabanza de la bondad misericordiosa de María: "Cuíus ubera adeo pietato replentur, ut alicuius notitia miseriae tacta. lac fundant misericordiae, nec, possit miserias scire et non subvenire" (Ibid., c. 23, p 475)). 

     ¡Qué consideraciones tan conmovedoras les inspiró este título! Fácil sería extraer de sus obras otras páginas semejantes. Tal, entre otras, es esta invocación tan filial y tan vehemente, dirigida por San Anselmo a nuestra común Madre: "Entre los temores que me asaltan y el terror que me hiela, ¡oh, clementísima Soberana!, ¿qué medianera invocaré con más fervor que aquella cuyas entrañas han llevado la reconciliación al mundo? ¿Cuál será la intercesora que alcanzará fácilmente el perdón de un criminal como yo, sino la oración de aquella que ha alimentado con su leche al vengador universal de todos los crímenes y al autor misericordioso del perdón? Así como, ¡oh, Señora bienaventurada!, nos es imposible olvidar esos méritos tan gloriosos para Vos y para nosotros tan preciosos, así, ¡oh, Virgen llena de suavidad!, no es creíble que cerréis vuestro corazón a los desgraciados que os imploran.
     "Bien sabe el mundo y nosotros, pecadores del mundo, no permitiremos que se ignore; sabemos, digo, ¡oh, Señora nuestra!, quién es el Hijo del hombre, descendido para salvar lo que estaba muerto (L
uc., XIX, 10), y de qué Madre es Hijo. ¡Cómo! Soberana mía, Madre de mi esperanza, ¿olvidaréis, por indignación contra mí, el misterio tan misericordiosamente anunciado, tan felizmente predicado en el mundo y tan amorosamente abrazado. ¡Qué! ¿El bondadoso Hijo del hombre habría venido libre voluntariamente a salvar a lo que estaba perdido, y la Madre de Dios podría cerrar su oído a los gritos de los que estaban perdidos? ¿El bondadoso Hijo del hombre habría venido a convidar al pecador a penintencia (Luc., V. 32), y su buena Madre desdeñaría al penitente que invoca? ¡Cómo! Ese Dios tan bueno, ese hombre, que era la misma dulzura; ese misericordioso Hijo del Padre de las misericordias, ese compasivo Hijo del Hombre, ¿habría descendido del Cielo en busca del pecador extraviado, y Vos, su buena Madre, Vos, la Madre poderosa fie Dios, rechazaríais al desgraciado que os implora?" (San Anselm. Cant., Or. 51 ad B. Ai. V., P. L., CLIX, 950-951).
     En tales términos resume el Santo Arzobispo de Cantorbery, haciéndolas entrar en su oración, las principales razones que demuestran cuán grande es la misericordia de María.
     Algún tiempo después, San Bernardo, gran servidor, como aquél, de la Reina del Cielo, hablaba en los mismos divinos términos de la misericordia de María, cuando le decía, por ejemplo: "¡Oh, Virgen bienaventurada!: que calle sobre vuestra misericordia aquel que recuerde haberos invocado alguna vez en sus necesidades, sin que le hayáis asistido. Por eso nosotros, vuestros siervecillos, nos regocijamos con Vos de vuestras demás virtudes, mas de ésta es a nosotros mismos a quien felicitamos. Alabamos vuetra virginidad, admiramos vuestra humildad; no obstante, la misericordia tiene mayores atractivos para los desgraciados; les es más cara y más amable; la recuerdan más a menudo, la invocan con mayor frecuencia, porque ella ha sido la que ha alcanzado la reparación del mundo y la salvación universal.
     "¿Quién, pues, ¡oh, Virgen bendita!, quién serás capaz de medir jamás la longitud y la anchura, la altura y la profundidad de vuestra misericordia? Por su largueza, asistirá hasta el fin de los días a todos los que la imploran. Por su anchura, se extiende hasta los confines de la tierra. Su altura sube hasta la ciudad de arriba, para reparar sus pérdidas, y su profundidad desciende hasta los abismos, para libertar a aquellos que estaban sentados en las tinieblas y en las sombras de la muerte, porque por Vos el cielo ha sido llenado, el infierno vaciado, las ruinas de la celestial Jerusalén reparadas y la vida divina devuelta a los miserables, en los que había quedado muerta por el pecado" (
San Bernard. De Assumpt. B. V. serm. 4. n. S. P. L., CLXXXIII.428 y sigs.).
     Así prueba San Bernardo la misericordia de María por sus afectos. Aún la saca a luz más afortunadamente, por medio del Evangelio, en un texto universalmente conocido de aquellos que rezan el Oficio de la Iglesia: "¿Por qué temer la humana flaqueza acercarse a María? Nada hay en Ella de austero ni de terrible: es dulce, ofrece a todos su lana y su leche. Hojead las páginas del Evangelio con toda diligencia, y si allí encontraseis citada como de María una sola palabra dura, un solo reproche cruel, cualquier señal, finalmente, que traduzca la más ligera indignación, os permitiré entonces que tengáis su bondad por dudosa y que temáis su presencia. Mas, si hallaseis, como hallaréis, en efecto, que todo en Ella está lleno de gracia y de piedad, de compasión y de misericordia, dad gracias a Aquel que, en su benignidad, os ha provisto de una medianera que en nada puede seros sospechosa, y que tiene de par en par abierto para todos el seno bendito de su misericordia?" (
San Bernard., Serm. de Xll praerogat. B. V., n. 2, P. L., CLXXXIII, 430)
     Perdónesenos que en una materia tan soberanamente consoladora para nosotros insertemos todavía algunos párrafos más, tomados de la Retórica divina, obra compuesta por el célebre Guillermo de Auvernia, Obispo de París: "Bien sé —decía a María este sabio Obispo—, bien sé que no tenéis por importuna a la multitud de los pecadores que os invocan. Al contrario, toda vuestra alegría consiste en orar por los miserables y en asistir con vuestra intercesión, siempre eficaz y siempre bien acogida, a los que están en peligro de perderse. Porque vos sabéis, ¡oh, dulcísima Madre de Dios!, mejor que todos los hombres y que todos los ángeles, cuánto importa a vuestro benditísimo Hijo nuestra salvación y cuánto le impulsa a salvarnos su misericordia. Vos sabéis también qué gloria le reporta la salvación de un pecador. Por eso, puesto que amáis la gloria de vuestro Hijo más que todas las criaturas juntas, no puedo dudar de que su reconciliación con Él no sea para Vos cara e inmensamente deseable..." (
Guliem. Alvern., ep. París. De Rethorica divina, c. 18. t. I. op., pp. 357 y 358).
     "Ahora bien; prosigue el Obispo de París, insistiendo sobre el oficio de Mediadora; ¿qué se os puede pedir mejor que el que cumpláis vuestra misión? ¿Qué cosa hay más digna de una madre que el promover la gloria de su Hijo? ¿Más digno de Vos, que el ejercitar la función por la cual sois Madre de Dios? Habéis sido elevada a esta muy eminente dignidad para el mismo fin para el cual el Hijo de Dios se ha hecho vuestro Hijo, es decir, para salvar a los pecadores y reconciliaros, con su Padre, porque Dios estaba en Jesucristo para reconciliar al mundo... Puesto que para esto vino al mundo vuestro Hijo, es muy justo que Vos, ¡oh, dulcísima Madre de Dios!, os apliquéis con extremada diligencia a aquello para lo que os fueron conferidos la dicha y la gloria de ser Madre de Dios, Reina y maestra del mundo... Tanto más, cuanto que si es permitido hablar así, debéis a los pecadores todo lo que forma vuestra gloria y aun vuestra divina maternidad, porque por causa de ellos se os han dado todas estas cosas.
     "Por tanto, sin duda, les debéis los socorros que necesitan. Y estos socorros que nos debéis no los rehusaréis a mí, miserable; Vos añadiréis aún nuevos favores, concediéndome aún más de lo que debéis... ¿Se engañará la Iglesia de los Santos cuando os llama su abogada y el refugio de los miserables? No quiera Dios que la Madre de Dios, después de haber dado al mundo la fuente de toda misericordia, rehuse jamás el socorro de su misericordia al mayor de los miserables... En vano gritaremos, si Vos calláis; nuestras palabras serán tenidas por nada delante de vuestro Hijo, si vuestra voz no apoya nuestras plegarias. Así, pues, ¡oh, gloriosa Madre de Dios!, que las entrañas de vuestras benigna misericordia se conmuevan en favor nuestro; esa misericordia incomparablemente mayor que todos mis vicios y todos mis pecados ...
     "Os suplico que no miréis a mis pecados que, lo confieso, me hacen indigno del socorro de vuestra piedad, de toda mirada de misericordia. Pues no es justo que os pongáis de parte de la justicia contra mí o contra cualquier otra persona: eso sería combatir por la justicia contra la misericordia; esa misericordia, digo, a la cual sois ciertamente deudora de cuanta gracias tenéis, de toda la gloria que en Vos brilla y sobre todas las cosas, de vuestra dignidad de Madre de Dios. Por tanto, no quiera Dios que os pongáis del lado de la justicia, ¡oh, benignísima Madre! Ella no os obliga a oponeros en manera alguna a la misericordia de vuestro bendito Hijo, de quien os han venido todos vuestros privilegios; menos aún a vuestra propia misericordia, que es vuestra gloria sobre todos vuestros demás bienes. Por vuestra misericordia es, en efecto, por la que aparecéis sobre todo como Madre de Dios, principalmente a los ojos de los pecadores y de los miserables, a los que conseguís el perdón y la gloria. Ninguna otra criatura, en efecto, más que su madre, podría impetrar de vuestro Hijo bendito tantas y tan grandes gracias. En lo cual, de seguro, os honra, no como a sierva, aunque lo seáis, sino como a su muy verdadera Madre" (
Guliem. Alvern., Ibidem. Podrán leer también sobre el mismo asunto consideraciones piadosísimas en Ricardo de San Lorenzo, De Laudibus B. M. V., 1. IV, c. 22. Opp. Alberti Magni, t. XX, pp. 137-139).
     No hemos hablado sino de autores occidentales, lo que no quiere decir que sus hermanos de Oriente hayan tenido diversos sentimientos sobre la misericordiosa bondad de la Madre de Dios. Sus cantos litúrgicos, a falta de otro testimonio, bastarían para tener por errónea semejante sospecha. ¿Acaso no pueden leerse en sus Meneas oraciones como las siguientes?: "¡Oh, Vos, únicamente amada por Dios, sois un abismo rebosante de misericordia para con los hombres. Por esta misericordia insondable, absolved mis pecados y purificadme de las manchas provocadas por mi irreflexión. Libre así de los males causados por mis negligencias, celebraré perpetuamente vuestras grandezas y vuestras bondades" (
Ex Men., 11 apríl in Vesper. de S. Mart. Antipat., Pietas Mariana Grascor., aut. P. Wangnerech, p. I. n. 337).
     San José, el Confesor, es más expresivo aún, si es posible, que lo que acaba de leerse, en esta humilde oración que hace a María: "Heme aquí hundido en un abismo de pecados... Ruégoos que me deis el arrepentimiento con el perdón de mis culpas. Llénense todos de estupefacción contemplando en mí los efectos de vuestra sobreabundante misericordia, el océano sin fondo de vuestra clemencia, los tesoros infinitos de vuestra benignidad" (
Ibid. 13 april, post od. 3, de S Martino Papa, n. 340, col. n. 346, 347, etc.).
     Es, pues, muy cierto que la Madre de Dios, nuestra Madre, es por excelencia Madre de misericordia. Madre de misericordia, porque ha sido exclusivamente creada para cooeparar a la misericordia que nos salva; Madre de misericordia, porque en Ella y por Ella la misericordia, hasta entonces oculta en el seno de Dios, se ha revestido de nuestra naturaleza a fin de tomar con ella el que ha sido exclusivamente creada para cooperar a la misericordia, porque tiene todo lo que constituye la misericordia, el amor, la compasión, la voluntad de ayudarnos en nuestras miserias; Madre de misericordia, porque es, por naturaleza y por temperamento, como una emanación de la misericordia eterna; Madre de misericordia, finalmente, porque, según antigua y piadosa tradición, la misma Virgen hubiese adoptado con respecto a sus hijos este bendito título de Madre de misericordia que le da la Santa Iglesia.
     Esto es lo que nos enseña San Anselmo en una de sus más con movedoras plegarias a María: "Recuerdo —le dice—, y es dulce para mí el recordarlo, cómo un día deseosa de daros a conocer a los desgraciados como su único apoyo, habéis revelado vuestro memorable nombre a uno de vuestros siervos, que tocaba a su fin. Os dignasteis presentaros a él en medio de sus angustias. ¿Me reconoces? —le dijisteis—, y como contestase con voz temblorosa que no os conocía, Vos Señora nuestra, en vuestra bondad, le dijisteis con voz dulce y cariñosa: "Pues bien; yo soy la Madre de la misericordia." Nosotros, pues, tan miserables y tan infortunados, ¿junto a quién mejor iremos a gemir nuestras calamidades y miserias y que junto a Vos, puesto que sois, con toda certeza y verdad, la Madre de misericordia? Madre santa, Madre única, Madre inmaculada, Madre de misericordia, de indulgencia y de ternura, abrid los brazos de vuestra bondad compasiva y recibid en ellos a este muerto por el pecado".
     San Anselm., Orat. 49, P. L., CLVIII, 947 y sigs. El mismo hecho se relata en el hermoso tratado sobre la Concepción de la bienaventurada Virgen María (n. 36, P. L. CLIX, 316), y quizá es ésta una de las razones por las cuales este libro se atribuyó antiguamente a San Anselmo. Se encuentra también este mismo relato en el tratado de la Encarnación (c. II, P. L., CLXXX, 37), compuesto por Hermann, abad de San Martín de Tournai. Henmann lo cita como tomado de San Anselmo. Este, sin embargo, no es su primer narrador. Donde, según creemos, aparece por vez primera es en la Vida de San Odón, segundo abad de Cluny, escrita por su discípulo el monje Juan. Léese en esta Vida que un día, pasando el santo por una comarca infectada de bandidos, se encontró con un joven perteneciente a una de aquellas partidas de bandoleros. El joven, conmovido hasta las entrañas por el aspecto bondadoso del abate Odón, se arrojó de pronto a sus pies, suplicando con amargas lágrimas que se apiadase de él... Odón, cuando se hubo enterado de la triste profesión del joven, le dijo: "Id, corregios, primero de vuestras malas costumbres, y después pensaréis en abrazar la vida monástica." "Yo —contestó el ladrón—, puesto que me desecháis, vuelvo a mi vida de perdición, mas Dios os pedirá cuenta de mi aíma." El santo, lleno de misericordiosa piedad, le admitió en el monasterio. Después de algunos años de una vida de obediencia y de oración, el nuevo monje cayó gravemente enfermo. Antes de entregar su alma a Dios llamó al santo abad, su padre, para hacerle una última confidencia y recibir el perdón supremo. La confesión era de dos faltas: había dado su túnica y, además, había tomado al cillerero una cuerda de crin: la túnica, para cubrir la desnudez de un pobre; la cuerda, habíase con ella ceñido el cuerpo en castigo de su gula, mas tan estrechamente, que no se le pudo quitar sin arrancarle a la vez trozos de la carne. Después el moribundo añadió: "Esta noche, padre mío, he sido como arrebatado en visión al cielo. Una señora de una majestad y una hermosura sin iguales se ha presentado ante mí y me ha dicho: "¿Me reconoces?" "No, señora", le contesté. Ella replicó: "Soy la Madre de Misericordia." Y yo le dije: "Señora, ¿qué queréis que haga?" Y me contestó: "Dentro de tres días vendrás aquí a tal hora." Y el ladrón penitente murió en el día y en la hora predicha. Y desde este momento nuestro Padre —añade el narrador— tomó la costumbre de llamar a la bienaventurada Virgen con el
nombre de Madre de Misericordia" (Vista S. Odonis, abbat. Cluniae secundi, a Joanne monacho. n. 20, I». L., CXXXIII. 71 y sigs.).
     Si hubiéramos de creer otras piadosas tradiciones, la bienaventurada Virgen se hubiera dignado más de una vez tomar este mismo título de Madre o de Reina de Misericordia para con sus fieles siervos. Teodoro de Appoldia cuenta del bienaventurado Santo Domingo que, después de haber pasado, según su costumbre, una parte de la noche en piadosas vigilias, en la iglesia de su Orden, en Santa Sabina, entró en el dormitorio donde los frailes descansaban y se recogió a un rincón a orar. Alzando los ojos, vió ante sí tres doncellas de admirable hermosura, mas la de en medio superaba en belleza, incomparablemente, a las otras dos. Una de éstas llevaba en la mano un vaso muy rico, lleno de agua bendita, y su compañera ostentaba un hisopo. Y la Reina, pasando con sus dos acompañantes a través del dormitorio, rociaba a les frailes y hacía sobre cada uno de ellos la señal de la cruz. Entonces, el bienaventurado Domingo, alzándose de donde estaba orando, se adelantó hasta la Reina, junto al sitio en que estaba suspendida la lámpara, y cayendo a sus pies, le dijo: "Ruégoos, Señora, que digáis a vuestro siervo quién sois..." Y la Reina le respondió: "Yo soy la Reina de Misericordia a quien invocáis todos los días piadosamente después de vísperas. Y cuando cantáis: Eía, ergo, advocata nostra..., me prosterno ante mi Hijo, orando por la confirmación de vuestra Orden." Y Domingo, lleno de filial confianza: "¿Quiénes son —preguntó— las dos vírgenes que os acompañan ?" "Cecilia y Catalina" —respondió María—. Hemos tomado este episodio del P. Paciuchelli, O. P. (Exercitationes dormitantis animae. . . ad diligendam SS. Deiparam. Excitatio XI in Salve Regina, p. 369, c. 1). y él mismo indica al lector que vea la Vida de Santo Domingo, por Teodorico (lib. II, c. 13), o los Anales de los Padres Predicadores, por Bzovius y Malvenda, ad. a. 1218. Se encuentra también este relato en el Acta Sanctorum, 14 august, Vida de Santo Domingo, § 13, p. 583.
     San Alfonso de Ligorio, en sus Glorias de María, trae también una aparición de la Santísima Virgen a un fraile llamado Leodato, perteneciente a la familia dominicana, en que esta divina Madre, interrogada sobre su nombre, respondió, como al ladrón convertido: "Yo soy la Madre de Misericordia." Los Anales de los Padres Predicadores dicen que dijo: "Yo soy la Madre de Dios".   
     Recordamos también haber leído algo parecido en las Revelaciones de Santa Brígida: "Yo soy la Reina del Cielo y la Madre en Misericordia, le decía María un día: "yo soy la alegría do los justos y la puerta que da acceso a los pecadores cerca de Dios. No hay nadie, por maldito que esté, a quien falte mi misericordia, mientras viva sobre la tierra..., nadie, a menos que sea un réprobo, hay que no pueda, invocándome, volver a Dios y hallar misericordia" (Revel, 1. VI, c. 10). Y después: "Todo el mundo me apellida Madre de Misericordia, y en verdad la misericordia de mi Hijo me ha hecho misericordiosa. Por eso, desgraciado para siempre aquel que pudiéndola hacer con tanta facilidad, no viene a la misericordia" (íbid., 1. II, c. 23).
     Acabamos con este último rasgo. Se halla en la colocación de ejemplos inserta por San Alfonso al final de las Glorias de María, con el número 33. Un estudiante había aprendido de su maestro a repetir a menudo a la Santísima Virgen: "Dios te salve. Madre de Misericordia". A la hora de su muerte, la bienaventurada María presentóse a él y le dijo: "Hijo mío, ¿no me conoces? Yo soy esa Madre de Misericordia a quien has saludado tantas veces". Al oír estas palabras el piadoso niño, extendiendo los brazos hacia ella, y con el rostro iluminado por celestial sonrisa, expiró dulcemente.
     En todos estos relatos la bienaventurada Virgen es la que se da a sí misma el título de Madre de Misericordia He aquí ahora una piadosa aparición en la que Jesucristo le confirma la propiedad de este bendito nombre. Santa Brígida cuenta de sí misma que vió una vez a la Madre de Dios solicitando de su Hijo varias gracias para un desventurado bandido, el que, a pesar de sus crímenes, había conservado algún temor de los juicios de Dios. Y Jesucristo le respondía: "Bendita seáis vos. Madre amadísima... Vuestras palabras son para mí más dulces que el más delicioso vino; ellas me son agradables por encima de cuanto pueda imaginarse... Bendita sea vuestra boca, benditos vuestros labios, de donde procede y sale toda misericordia para con los infortunados pecadores. Con justicia os llaman Madre de Misericordia. Vos lo sois en verdad: porque no desecháis miseria alguna e inclináis mi corazón a la piedad. Pedid, pues, cuanto queráis; ni vuestra raridad ni vuestros anhelos se verán frustrados". Ibid., Revelat. S. Brigittae, L. VI, c. 23, t. II, p. 38 (Romae, 1628).
     Estos hechos, estas visiones, ¿son todos auténticos? Lo ignoramos, aunque no tengamos razón positiva para rechazarlos. En todo caso, tantos ejemplos y muchos otros que podrían sacarse indefinidamente de una multitud de colecciones, prueban al menos esta verdad muy cierta: que siempre y en todas partes ha sido tan grande y tan profunda la creencia en la potente y misericordiosa bondad de María, que los testimonios más extraordinarios de esa bondad parecían naturales y corrientes. Lo que decimos de los hechos que conciernen a la misericordia de la bienaventurada Virgen, podríamos decirlo de otros muchos en los que brillan sus demás atributos maternales. Legendarios o reales, son todos una demostración del poder y de la ternura infinita cuya acción nos revelan, puesto que no hubieran sido ni relatados con tanta universalidad ni con tanta sencillez aceptados, si no fuera María para nosotros, sus hijos, para nosotros pecadores, la Madreque ellos nos representan. 

     Lo que Job, el antiguo patriarca de Idumea, decía de sí mismo Maria pudo apropiárselo mil veces con más razón: "La misericordia crece conmigo desde mi infancia; conmigo salió del seno de mi madre (Job., XXXI. 18). Y esta misericordia no la ha dejado tras de sí al elevarse a la mansión de la gloria. ¿Qué puede negaros de ahora en adelante la Madre de la misericordia, después que ha consentido en entregar a su propio Hijo para librarnos de nuestra miseria? ¿Qué será aquello que no nos conceda en la eternidad de su bienaveturanza, después de habernos dado tanto en los días de su aflicción? ¿Se ha despojado de nuestras miserias o de su misericordia? No tiene ya, es verdad, compasión mezclada de tristeza; mas conserva la compasión libre del corazón, la compasión pródiga en socorro." Así se hace hablar a Gerson en sus comentarios al Magníficat.
     Auténtico o no este texto en todas sus partes, de lo cual no hemos podido cerciorarnos, el pensamiento que expresa es de una realidad muy propia para aumentar nuestra confianza en esta Madre tan misericordiosa. Así como apareció en nuestra tierra para ser en ella instrumento de las divinas misericordias, así igualmente subió al cielo para continuar cerca de Dios su ministerio de misericordia. Acaece con ella como con Cristo, Señor nuestro. Si Jesucristo ha vuelto a su Padre, como Él mismo nos lo enseña, no es sino para defender nuestros intereses, para enviarnos el Espíritu consolador, para prepararnos un lugar en su reino, ser nuestro perpetuo abogado para con el Padre, viviente siempre para siempre interceder por nosotros (
Joan., XIV, 2; XVI, 17; I Joan., II, 1; Hebr., VII, 25, etc.).
     He aquí lo que la Iglesia y los Santos quieren que pensemos de la dichosísima Virgen. Ya en los capítulos anteriores oíamos a los Padres griegos afirmar en sus discursos y en sus plegarias que este es el fin genuino de su Asunción (
Primera parte, 1. VIII, c. 2, t. I, pp. 495 y sigs.). Sería fácil multiplicar las pruebas. Escuchad mejor esta oración que los sacerdotes deben rezar en el Santo Sacrificio, en la Vigilia de la Asunción de María: "Que por la oración de la Madre de Dios sean aceptos a vuestra clemencia, ¡oh, Señor!, los votos que os ofrecemos, porque la habéis transportado de este mundo para que interceda con toda confianza cerca de Vos por nuestros pecados." De suerte que el triunfo de nuestra Madre y su cargo de Abogada misericordiosa van a la par y se compenetran. Es Reina del cielo, mas es para que sea aún más Madre de Misericordia. La Iglesia de Cristo no lo olvida ni con mucho; se atreve a recordárselo a su Esposo, a la vez que lo trae a la memoria de sus hijos: Ut pro nostris peccatis apud Te fiducialitjer intercedat, "a fin de que interceda confiadamente cerca de Vos por nuestros pecados", le dice. Y nuestros Santos y nuestros Doctores lo repiten como Ella. La tierra —predicaba San Bernardo— ha hecho al cielo, en la Asunción de María, el más hermoso de los presentes. Mas también Ella, trocada en celestial, hará a la tierra regalos. ¿Y cómo no ha de darlos, si no ha de faltarle ni el poder ni la voluntad? ¿No es Ella la Reina del cielo y la Reina misericordiosa? ¿Qué digo? ¿No es Ella la Madre del Hijo único de Dios? Nada seguramente demuestra mejor la inmensidad de su poder de su bondad, como no sea que el Hijo de Dios deje de honrar a su Madre, o que las entrañas en las que la caridad, que es Dios, ha reposado corporalménte durante nueve meses, no se haya transformado en afecto de misericrodia y caridad. Mas, ¿quién podrá creerlo?" (San Bernard., Serm. in Assumpt., I, n. 2, P. L., CLXXXIII, 415). Hacia la misma época, otro autor eclesiástico, que se cree sea Echberto, abad de Schunau, oraba así a la Santísima Virgen: "¡Oh, grande! ¡Oh, bondadosa! ¡Oh, amabilísima María! No podéis ser nombrada sin caldear nuestro corazón, ni traída al pensamiento sin despertar sentimientos afectuosos en los que os aman. Apenas habéis franqueado las puertas de nuestra memoria, cuando ya nos embalsama la dulzura de que estáis divinamente impregnada. Os seguimos, pues, ¡oh, Señora nuestra!, gritándoos desde el fondo de nuestro corazón: Ayudadnos, haced cesar nuestro oprobio. ¿Quién nos librará de nuestros males? ¿La gracia de vuestro Hijo, nuestro Salvador?... Mas. ¿quién es, como Vos, capaz de enternecerle y hacer que se lamente de nuestras miserias? Vos, que reposáis ahora en los misteriosos brazos de ese Hijo muy amado, en el eterno mediodía; Vos, que gozáis de sus coloquios más familiares con un corazón que se desborda en la plenitud de la alegría" (Ad. B. Virginem, sermo panegiric, P. L., CLXXXIV, 1013 y sigs.).     Lejos, pues, de que la ausencia haya paralizado su misericordia, la ha hecho en el cielo más activa y más eficaz: "Porque —dice a este respecto León XIII— es imposible expresar todo lo que su protección ha recibido de amplitud y de virtud, cuando fué elevada junto a su Hijo hasta el pináculo de la gloria, reclamado por su dignidad de madre y por el esplendor de sus méritos. Desde entonces es, sobre todo, cuando Ella nos asiste y vela sobre nosotros como una madre" (León XIII, Encicl. Adtiutricem populi), tanto más cuanto que su felicidad misma, contrastando de manera tan viva con nuestras penas, aumenta más y más la compasión maternal de que está penetrada.

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