sábado, 8 de enero de 2011

EL HOMBRE TAMBIÉN ES CARNE

MEDIOS PARA FORTALECER EL CARACTER
Agentes externos
El deporte no es sólo pasatiempo

El deporte es uno de los medios que tenemos a nuestro alcance para desarrollar tanto nuestras fuerzas corporales, en el fortalecimiento y agilidad de nuestros músculos, como virtudes espirituales en el afianzamiento de la voluntad.
Etimológicamente significa fin del trabajo y comienzo del recreo. Tiene por consiguiente un fin social, de unión entre los que pertenecen a un mismo club. Es algo más que un pasatiempo; es una actividad humana que nos ha de perfeccionar.
«Una parte del deber, es descansar del deber» (Tagore).
En él todas las fuerzas físicas y morales se preparan para ulteriores actividades: cuando el gatito juega con el ovillo de hilo, se entrena para saltar sobre el ratón.
Hombres de inteligencia lo enjuician como actividad de provecho.
Platón lo considera como una forma de reforzar el valor y reprimir la concupiscencia.
Aristóteles lo aconseja a los jóvenes como fuente de bienestar, fuerza y educación del espíritu.
Cicerón, Séneca y Plutarco, ven en él un medio para fortificar el cuerpo al servicio del alma, templando el carácter ante la dificultad, siempre que se eviten los excesos. El deporte acostumbra a los jóvenes a no ceder al cansancio, dolor o miedo.
Pío XII lo estima «como escuela de energía y dominio de sí mismo».
San Pablo, a pesar de ser israelita, es un admirador del deporte. De él saca sus comparaciones para las elevadas enseñanzas ascéticas. El atleta que entrenado gana el premio, es el que corre sin desfallecer hasta la meta, y que para alcanzar la victoria lleva una vida metódica y llena de abstenciones: sueño medido, lecho duro, sufrimiento de hambre y sed, de cansancio, de frío, austeridad de costumbres, todo para obtener una corona corruptible. El mismo se compara a este corredor, que con el pensamiento en la meta, corre no al acaso, sino juiciosamente sin mirar hacia atrás.
San Clemente Alejandrino opina que hay que mejorar las actividades sicológicas y morales con la gimnasia y el baño.
San Agustín cree aptos los ejercicios corporales para dominar la sensualidad.
Santo Tomás, cristianizando el concepto greco-romano, lo encuentra como un razonable descanso, que no se ha de buscar en sí mismo, sino para mejor trabajar.
«Llevad, dice Pío XII, en medio del pueblo su benéfica corriente, a fin de que florezca cada día más la salud física y síquica, y se vigoricen los cuerpos al servicio del espíritu.»
San Juan Bosco impone la gimnasia como obligatoria por su experiencia personal.
El deporte tiene dos objetivos: dominar la naturaleza, como el alpinismo, o superar al contrincante, como el fútbol.
Para conseguir el primer objetivo, el deportista, ejercitando sus músculos, se enfrenta con ventiscas gélidas, arduas subidas por el placer de contemplar un panorama, y respirar aires más puros.
Exige un cuerpo fuerte, y con él se educa el ánimo para la resistencia, se ejercita el valor, la abnegación, la prudencia y eleva el espíritu por la contemplación de la obra de Dios.

Evita la ociosidad
Dice Pío XII: «es un antídoto eficaz contra la molicie y la vida cómoda».
El joven desocupado y desligado de una obligación, prepara el terreno para las desviaciones, mientras con una actividad deportiva, va perfeccionando sus cualidades innatas.
No es acertado ponerse como ideal único el desarrollo de las fuerzas del cuerpo. Es preferible la resistencia al músculo. Hay musculosos que se agotan con un trabajo inicial. Es mejor gozar de la salud del alambre.
Sobre el vigor corporal, hay que buscar la fortaleza del alma.
«La juventud, dice Pío XI, debe amar el deporte; es provechoso para el alma y para el cuerpo.»
En el juego se adiestran las facultades físicas, intelectuales y morales, en forma más libre y espontánea.

Es disciplina del alma
Para expansionar nuestra alma también necesitamos de nuestros semejantes. Dando y recibiendo alegría se unen los corazones. El juego ha de ser el orígen de un bienestar común, como el agua de un mismo pozo, es origen de la lozanía de las diversas flores de un jardín.
En el juego muestras tu interés por vencer dificultades, y hasta las buscas por el placer de superarlas. Así el juego no es sólo recreo, sino corrección de la blandura que lleva en sí todo carácter. Si sólo lo consideras como pasatiempo, será alimento de tu ligereza.
Es una forma de ascética, porque curtiendo el cuerpo en la dificultad, también se templa el espíritu para lo arduo, porque existe una influencia recíproca entre el espíritu y la carne. La voluntad que ha vencido la inercia y el egoísmo natural en el juego, ha dado algunos pasos en el vencimiento de sus pasiones. El deporte es una defensa contra los gérmenes morbosos de inactividad que minan nuestras energías.
En nuestro organismo agotado o influenciado por agentes externos aumentan su eco las tentaciones y cavilaciones. El ejercicio físico como la espita abierta de los gases reprimidos, establecen el equilibrio.
A Jesucristo le acometió el demonio, cuando despues de cuarenta días de ayunos y trabajos internos, lo encontró físicamente acabado.
En el deporte encontramos una de las ocasiones más propicias para acrecentar la nobleza de espíritu. Sus reglas y libertades dan ocasión para conocer lo que puedes llegar a ser en la vida en relación con tus semejantes.
Si tus compañeros quebrantan las reglas de juego, lo juzgas con severidad, porque tú has sido la víctima. Mide tu proceder con la misma exactitud. Procura aborrecer el fraude y la trampa, y sobre todo detesta el que adquirido el hábito del juego sucio, pase a ser norma de conducta en tu vida futura.
Si el fin del deporte eres tú mismo, o el triunfo de tus fuerzas, no aprenderás a respetar los derechos ajenos. Si para ello es necesario que entren en juego la astucia y el engaño, si se da cabida al resentimiento y a la ira, entonces es mejor que no exista el deporte.
Pío XII lo concibe «como una emulación caballeresca y cortés que eleva los espíritus por encima de las minucias de los engaños, de la vanidad recelosa y vengativa. La lucha con los rivales es respetuosa, el disgusto por las alternantes desilusiones indulgente, y en ningún caso que mueva a la violencia».
El estimar en el deporte tu honor personal, no es razón para abusar de los débiles. Si el juego es una escuela donde has de aprender a ejercitar el honor, nunca ganará tu honor si manchas el de tu compañero.
El espíritu de emulación se ha de aplicar también en el juego. La meta no puede ser humillar al contrincante, sino rendir el máximo de energía y saber ser el modelo de vencer y ser vencido. Hay más honor en el espíritu de deportividad, que en la llegada a la meta.
Tendrás espíritu deportivo, si la victoria no ha conseguido ensoberbecerte, ni la derrota abatirte; si no guardas rencor contra el vencedor, y eres noble con el vencido. Entonces el juego fue para ti una escuela de formación y unión. Por el contrario, si te complaces en aplastar más al vencido, y abrigas deseos de venganza contra el vencedor, fomentas un raquitismo prematuro en tu alma, anuncio de una vida de desajustes sociales. Tu alma no sabe amalgamarse con las otras.
En los juegos olímpicos de Inglaterra, un corredor español perdió su clasificación por detenerse en su carrera ventajosa en levantar a un contrincante caído, mientras los demás corredores seguían impetérritos su marcha. Ya que no el jurado, los espectadores le ovacionaron con delirio.

Escuela de nobleza
«El deporte es una escuela de lealtad, de valor, de sufrimiento y fraternidad», dice Pío XII. Asi se formará la moral de tu conciencia, sin acudir a subterfugios, juego limpio sin despechos, violencias o trampas. Competir sin reñir; sin egoísmo acaparador del juego en perjuicio del éxito común.
Cuerpo y alma constituyen el ser humano, pero el alma es quien nos hace hombres. Ella es la que ha de prevalecer en toda contingencia. Lo contrario es considerarse un lujoso caballo de carrera, que con su cabeza erguida, pasos airosos, muestra su hermosa estampa animal.
El cuerpo para el hombre ha de ser una solicitud, no una preocupación. El juego por lo tanto no puede ser para ti actividad por actividad. No es esto lo que constituye la actividad deportiva.
Frena tu ambición, y no te entregues al deporte más de lo que pueden tus posibilidades. No pretendas superar rápidamente una marca superior a tus fuerzas, se agotarán tus nervios, y entonces no sólo dejará de serte útil, sino que se convertirá en nocivo.
Busca la perfección de tu cuerpo que salió perfecto de las manos de Dios, y prepáralo para el trabajo.

Es afán de superación
El juego es afán de dominación. Sólo el enfermo no siente ansias de dominar el exterior, dando rienda suelta a sus iniciativas.
El joven que no juega, se hará, generalmente hablando, la vida difícil. No sabrá vencer las dificultades.
Con una voluntad sin tensión no harás nada de provecho.
Ante la derrota, levanta tu alma, y propon un generoso desquite. No seas de esos corazones que se desinflan y pliegan sobre si mismos ante los primeros reveses.
El Duque de Wellington dijo un día contemplando el campo de deportes de su juventud: «En este campo se ganó la batalla de Waterloo.»
En el deporte comenzamos a no asustarnos de sudor ni de la fatiga.
En el deporte se ejercita y desarrolla casi la totalidad de la persona: la inteligencia, porque se han de resolver casos imprevistos, prontitud en percibir, memoria en retener un reglamento, y rapidez para reaccionar conforme a sus reglas; prudencia en la recta ordenación de los casos que se han de resolver; valentía en el riesgo al lanzar todas sus fuerzas sin exponerse; justicia sometiéndose al juicio del director del juego, y reconociendo el mérito del adversario;
la fortaleza reprimiendo el miedo y moderando la audacia ante las dificultades; la castidad porque conserva la plena eficiencia física, calma los nervios y aplaca la sensualidad; la sociabilidad evitando la introversión, porque saliendo de sí, se libera de los propios problemas, dejando de ser rumiante de ideas obsesivas.

In corpore sano
En una ciudad alemana se exhibían en un escaparate dos fotografías. Una de jóvenes atletas: torso desnudo, músculos en tensión y fuertes, cabeza erguida, con un semblante expansivo rebosante de salud y vida. La otra presentaba a unos niños de primera comunión saliendo de la iglesia: cabeza baja, caritas delgadas, espaldas encorvadas, pasos vacilantes, sin gracia ni juventud.
Gracias a Dios ésta no es la doctrina de la Iglesia. Ella sabe completar la obra de Dios, Creador de todas las cosas visibles. El Génesis nos presenta a Dios, escultor del cuerpo humano en toda su esbeltez. «Nada más a propósito, dice San Juan Crisóstomo, para hacernos alabar la habilidad del soberano Artista, que el arte inefable que aparece en la creación de nuestros cuerpos.»
«Jamás la Iglesia ha condenado, dice Pío XII, los ejercicios físicos en lo que tienen de natural, sano y útil.»
«El deporte, continúa el mismo Papa, no debe mandar ni dominar, sino servir y ayudar. Es su oficio y en ello encuentra su justificación. Cultiva la dignidad y armonía del cuerpo humano, desarrollando en él la salud, la agilidad y la gracia. Hay que valerse de la agilidad de los miembros obtenida mediante la educación física, para conseguir la prontitud y la ductilidad de espíritu. Dios ha destinado al cuerpo a florecer aquí en la tierra, para abrirse luego inmortal en la gloria.»
Ningún miembro lleva el estigma del mal. Todos y cada uno figuran en los planes del Creador. El hombre es la obra más perfecta de sus creaciones visibles: instrumento y tabernáculo del alma está destinado a la resurrección eterna. Es la ayuda del espíritu en sus grandes empresas, como la heroicidad y las elevaciones espirituales.
La mayor perversidad del hombre no se alberga en los miembros del cuerpo, sino en la flaqueza de la voluntad.
Jesús recibió de la Virgen un cuerpo tan armonioso y perfecto, que según estudios médicos hechos sobre la Sábana Santa de Turín, para clasificar a Cristo dentro de la especie humana, habría que establecer una nueva categoría para El, por su grado de perfección.
«Glorificad y llevad a Dios en vuestros cuerpos», dice San Pablo.
El hombre es templo del Espíritu Santo: no hay doctrina sobre la tierra que haya exaltado tanto el cuerpo humano como la de la Iglesia. Ha llegado a sobrenaturalizarlo, porque rechaza la idea de que el cuerpo humano no pase de ser un hermoso animal, que juega, retoza y disfruta de la vida bestialmente, casi estúpidamente, careciendo de toda influencia espiritual y sin dominio de los instintos carnales.
El abuso nos lleva al culto pagano de la materia.
«El espíritu es el que vivifica, la carne no vale nada.»
Dice Eurípides: "En África hay muchos tipos malos, los peores son los atletas.» Y Shakespeare: «Es glorioso tener las fuerzas de un gigante, pero no es honroso utilizarlas como un gigante".
El atleta profesional tiene el peligro de inutilizarse para la vida real, al no saberse adaptar a otra actividad distinta que el deporte. No se aviene sino al ejercicio de sus músculos, y éstos sólo le exigen determinados entrenamientos. No pueden acoplarse a los quehaceres ordinarios de los demás.
La razón del deporte, según Pío XII, es para cumplir mejor con vuestro trabajo, o realizar vuestros estudios con más frescura y fervor. «La idea cristiana, dice en otro sitio, es ajena a la locura orgullosa que no se detiene en arruinar con daño loco, las fuerzas y la salud del deportista.»

Ahora o nunca
Como analizamos el agua de una fuente, o examinamos la semilla de una planta, para conocer su naturaleza, así en la edad del desarrollo, buscamos la explicación de los defectos que encontramos en los adultos.
Porque si en la edad de la evolución reformamos los gérmenes, luego se cosecharán buenos frutos.
Ante un pelotón de ejecución padre e hijo esperan la muerte por instantes. El hijo se vuelve a su padre y entre insinuante y mordaz le lanza esta acusación: Padre, mira donde me has traído. Tú sabes que yo nunca quise ser tu compañero en el crimen. Un escalofrío corrió por las pocas personas que presenciaban la ejecución. El oficial que mandaba el piquete, con la voz de ¡fuego!, libró al padre de aquella angustia íntima y suprema.
Tú eres el padre de tus acciones. No enseñes a tu juventud un camino que no podrás luego desandar.
Entre los modales y aficiones del varón y los del adolescente, existe un claro paralelismo, como entre las facciones de un hombre formado, y su rostro cuando era niño.
Cuando seas hombre admirarán tus virtudes de hombre, pero éstas no serán posibles, si ahora no echas los fundamentos.
Al que admira un edificio, no se le ocurre alabar los cimientos sobre los que se apoyan la fábrica artistica; y sin embargo es la causa de que todo aquel orden se mantenga en pie.
Si a los treinta años deseas un bosque tupido, clava ahora los varales en tierra, para que en la blandura de la primavera de tu vida, rompan los primeros brotes, y en la virilidad con el calor estival de la lucha, tendrás una alameda verde y frondosa.
El árbol no se hace de repente, ni la espiga crece sin estaciones.
Los buenos se hacen malos, y los malos buenos: nadie nace sin defectos contra los que no tenga que luchar, y nadie tiene virtudes que no haya de defender.
Sólo los espíritus del cielo y los del infierno, han llegado a un estado definitivo, y no se transforman.
Si es necesario pasar a la otra orilla del río, es mejor hacerlo en su nacimiento. Luego el ímpetu y el caudal de la corriente, hacen imposible el vadearlo.
Si en una reguera de agua se abre un pequeño boquete, déjalo sin cerrar y se perderá por él toda la posibilidad de apagar la sed de tu terruño. Si has de tapar la vía de agua, hazlo antes que el boquete y la fuerza hagan inútil el intento.
Si has de subir a la cumbre, comienza cuando el declive está al alcance de tus fuerzas, y no cuando sobre tu cabeza se alce un corte vertical de roca resbaladiza: entonces la meta que es necesario conseguir, será un objetivo imposible.
Cuanto más lejos esté la base de la cumbre, tanto más suave será la pendiente, y cuanto más cerca, la cuesta será más pronunciada. Comienza en la infancia la subida, que has de tener vencida en la madurez.
Del momento actual, depende en gran parte la dirección de la historia futura: y de tus momentos actuales, tu historial de mañana.
El que no se aviene a la caída por primera vez, no caerá la segunda. Del pecado que se cometió en el origen de la Humanidad, tienen origen los demás pecados de los hombres. Y de tu primera caída, tuvo o tendrá lugar la segunda. Todo está en comenzar para seguir cayendo.
En un bosque creció un árbol gigantesco con bayas de belladona. Al pasar por debajo un niño preguntó a su madre:
—¿Por qué son las bayas tan venenosas?
—Porque lo son las raíces —le contestó.
Los primeros años de tu adolescencia han de proteger tus años de varón.
Antes que dejemos de ser maleables, antes que hayamos adquirido definitivas y perniciosas experiencias, que orienten nuestra vida hacia el mal, y le den la última forma, abramos nuestra alma a las saludables influencias.
El gusano que se come la fruta, tiene su origen en el germen que se puso en la primavera en el cáliz de la flor.
Es el tiempo de enderezarse, porque «el mancebo, según tomó su camino, no lo abandonará de viejo».
Para quitar una raya en una superficie de cera blanda, basta una ligera pasada. En el metal pulimentado, hay que bruñirlo de nuevo.
Como el hombre maduro no se presta fácilmente a la reeducación, es necesario que en la juventud crezca derecho.
Ahora es el tiempo de la sementera: cogerás lo bueno o malo que sembrares.
Los hábitos son para los hombres, lo que los cauces para los ríos: nunca salen de madre, sino en ocasiones excepcionales.
Un tallo verde fácilmente se endereza, pero cuando llega a fortalecerse, salta al intentar rectificarlo. También es difícil cambiar la vida de muchos años, y caminar de mayor por caminos no aprendidos.
El brote de la enredadera fácilmente se enrosca en espiral, y trepa por el soporte a respirar el aire puro. Pero si ha reptado entre las piedras y el fango del suelo, no se conseguirá enderezarla, sin desgarrar sus tejidos con peligro de muerte.
Si el potro se acostumbra a la brida, a la espuela y al jinete, luego los podrá soportar; de lo contrario, no sufrirá nada sobre sus lomos. Siempre será un potro de «rodeo» sufriendo continuamente la violencia sobre sus espaldas.
¿No será por esto por lo que dice el Espíritu Santo: «bueno es para el hombre acostumbrarse al yugo desde su juventud»?

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