martes, 11 de enero de 2011

MARTIRIO DE SAN POLICARPO, OBISPO DE ESMIRNA


"Entre los principales monumentos de la sagrada antigüedad que han llegado hasta nosotros, de los primeros tiempos de la Iglesia, con toda justicia debe contarse aquella egregia carta que sobre el martirio del bienaventurado Policarpo escribió la Iglesia de Esmirna, a la que él había presidido. En tanta estima tuvo esta carta Eusebio de Cesárea, que consideró necesario insertar la mayor parte de ella en su Historia (IV, 15), a fin de que, caso de perderse las copias que entonces corrían, se hallaran en su obra los capítulos principales del martirio de tan gran varón. Mas la Providencia divina ha querido que poseyéramos íntegra esa epístola, que, sacada de los manuscritos, han publicado pocos años ha los eruditísimos varones Usher de Almach, en Londres, y Juan Bautista Cotelier, en París, en texto griego y latino, por no citar los suplementos que Henrique Valesio añadió en las notas a la Historia de Eusebio. Mas la versión usheriana tiene sobre todas las otras la ventaja de ser la más antigua, como que fué compuesta no mucho después de los tiempos de Eusebio, y Usher cree ser la misma que en otro tiempo se leía en la Iglesia de las Galias, como refiere Gregorio, obispo de Tours, en su De gloria martyrum (1. I, c. 81); de ahí que no hayamos dudado en preferirla a cualquier otra, después de compararla con dos códices, uno de la biblioteca colbertina y otro del monasterio pratellense (San Juan de los Prados, en París)." Este proemio de Dom Ruinart justifica, sin duda, la inclusión en este lugar de la versión latina del Martyrium Polycarpi, cuyo texto original quedó impreso en los Padres Apostólicos (p. 672 ss.), como es vieja tradición hacerlo. Notemos aquí sólo dos cosas. La versión latina, ante todo, que Usher y Ruinart dan por antiquísima, es más bien ya una paráfrasis, y ni se atiene siempre al texto griego ni lo entiende siempre debidamente. En todo caso, queda siempre muy por bajo del original, mal que sufrimos todos los trujimanes. Leído, en fin, el Martyrium Polycarpi seguidamente al rescripto de Adriano, del que le separan unos veinticinco años, se ve claro, primero, el verdadero y limitado alcance literal de tal edicto: el año 155, en el estadio de Esmirna, San Policarpo es condenado sólo por confesarse cristiano. Luego el serlo sigue constituyendo delito bastante para la sentencia de muerte. Esta sentencia no la pronuncia el procónsul Estado Cuadrado, sino la plebe con su gritería. Lo cual demuestra cómo ante la efervescencia popular (a la que no era ajeno el odio judío), los edictos o rescriptos imperiales, los de Adriano como los de Antonino Pío, no pasaban de letra muerta. Antonino Pío, en efecto, bajo cuyo imperio sufre el martirio el obispo de Esmirna, escribió a varias ciudades, entre ellas Larisa, Tesalónica y Atenas, y al Concejo general griego de Acaya, que en modo alguno se consintieran tumultos por motivo de los cristianos. Los tumultos, sin embargo se producían, y los representantes del poder no sentían muy graves remordimientos en acallar los aullidos de la fiera popular con carne y sangre cristianas. La calumnia estaba dando sus peores frutos. Por los días del Pío Antonino, que regía el Imperio, escribía San Justino esta terrible página sobre la situación de los cristianos:
"Es evidente que no hay nadie capaz de aterrorizarnos ni someternos a servidumbre a los que por todo lo ancho de la tierra creemos en Jesús. Cierto que se nos decapita, se nos crucifica, se nos arroja a las fieras, se nos atormenta con cárceles, fuego y todo otro género de suplicios, por no renegar de nuestra fe; pero cuantos más tormentos se nos infligen, más crece el número de los que creen y dan culto a Dios por el nombre de Jesús. Sucédenos como con la viña que se poda tras la vendímia para que broten otros sarmientos más vigorosos y fructíferos, pues viña plantada por Dios y por Jesús Salvador es su pueblo..."
Bello testimonio del temple cristiano de aquellos días, pero dura situación de unos hombres sobre los que, a despecho de la buena voluntad de los gobernantes, la muerte se hubiera convertido en pesadilla atroz de cada instante, si la fe no la transfigurara en la más gloriosa victoria.
El martirio de San Policarpo, como ya se indicó, tuvo lugar el 23 de febrero del año 155.

Martirio de San Policarpo según la versión antigua latina.

I. La Iglesia de Dios que está en Esmirna a la Iglesia de Dios establecida en Filomelio y a todas las santas Iglesias católicas doquiera establecidas:
Que la misericordia, la paz y la caridad de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo se multiplique en todos vosotros.
Os escribimos, hermanos, acerca de los mártires y, señaladamente, del bienaventurado Policarpo, quien, por el sello de su fe, calmó la persecución del enemigo. Y, en efecto, todo lo pasado fué predicho por el Señor según su Evangelio, en que nos muestra qué hayamos nosotros de seguir. En él vemos cómo consintió ser entregado y ser clavado en la cruz, por la que había de libertarnos. Así, pues, Él quiso que fuéramos imitadores suyos y Él fué el primer justo que por celeste virtud se sometió al arbitrio de los injustos; con lo que señaló el camino a los que habían de seguirle. Ofreciósenos, como Señor piadoso, en ejemplo a sus siervos, para que nadie le tuviera por amo pesado. Él fué el primero en sufrir, lo que mandó soportar a los otros, y de tal modo nos formó y enseñó a todos que no busquemos salvarnos sólo a nosotros mismos, sino también tratemos de que se salven por nosotros cada uno de nuestros hermanos.
II. En efecto, los bienaventurados martirios procuran a los que los sufren los reinos celestes, y, despreciado todo lo de acá: riquezas, honores, familia, el martirio es la consumación plena de la corona. ¿Pues qué obsequio digno de tan piadoso Señor pueden rendirle sus siervos, cuando consta que fué más lo que el Señor sufrió por sus siervos que cuanto pueden éstos sufrir por Él? De ahí la conveniencia de narraros con temor, una vez bien informados nosotros, los trofeos fieles de la devoción de cada uno de los soldados de Cristo, tal como consta que se alcanzaron: qué amor a Dios los abrasaba, con qué paciencia lo sufrieron todo. Pues ¿quién no se llenará de admiración de que les fueran dulces los azotes de los terribles látigos, gratas las llamas bajo el caballete, amable la espada del verdugo, suaves los tormentos de hoguera crepitante? Corríales la sangre por ambos costados y, descubiertas sus entrañas, estaban de manifiesto todos los miembros internos, de suerte que el pueblo mismo que los rodeaba en corro lloraba ante el horror de tanta crueldad y no podía contemplar sin lágrimas lo mismo que él había querido se hiciera. Sin embargo, los mártires que sufrían no exhalaban un gemido, ni la fuerza del dolor lograba arrancarles un quejido; antes bien, pues cada tormento era de buena gana aceptado, todos los soportaban con paciencia. Y en efecto, presente con ellos el Señor, aceptada tan fiel oblación de sus siervos, no sólo los encendía en el amor de la vida eterna, sino que templaba la violencia de aquel dolor de manera que el sufrimiento del cuerpo no quebrantara la resistencia del alma. Y es que el Señor conversaba con ellos y Él era espectador y fortalecedor de sus ánimos, y con su presencia moderaba los sufrimientos y les prometia, si perseveraban hasta lo último, los imperios de la celeste corona. De ahí aquel desprecio del juez, de ahi su gloriosa paciencia. Deseaban, en efecto, desnudarse de esta luz y pasar, por mandato del Señor, a las claras y eternas mansiones de la salud. Anteponían lo verdadero a lo falso, lo celestial a lo terreno, lo sempiterno a lo perecedero. Pues se preparaban, por el tormento de una hora, gozo que por ninguna vejez perecería.
III. El diablo, cierto, inventó mil maquinaciones; mas la gracia de Nuestro Señor Jesucristo vino, contra todas ellas, como defensora fiel de sus siervos. Y en efecto, Germánico, fortisimo él y con toda su alma devoto a Dios, apagó con poder de su virtud los ánimos de los incrédulos. Condenado a las fieras, el procónsul, movido a compasión, trataba de persuadirle que pensara al menos en su edad, caso que todos los demás bienes suyos le parecieran despreciables; mas él desdeñó la compasión de su enemigo y rechazó el perdón que le ofrecía el injusto. Por lo cual, él mismo azuzaba contra sí a la fiera, pues tenía prisa por desnudarse de la mancha de este mundo o verse libré de iniquidad. Ante este espectáculo, todo el vulgo, presa de estupor, no se cansaba de admirar el ánimo de los cristianos, y luego se oyeron gritos de: "¡Tormento a los culpables! ¡Búsquese a Policarpo!"
IV. Entonces un cristiano, por nombre Quinto, natural de Frigia, que había casualmente venido de su patria, apresuradamente, por su pronta voluntad de sufrir el martirio, se presentó muy confiado al sanguinario juez. Mas la flaqueza venció a la voluntad. Pues apenas se soltaron las fieras, aterrado a su sola vista, empezó a no querer lo que había querido, y, pasándose al bando del diablo, aprobó lo mismo que había venido a combatir. Así, pues, a éste logró el procónsul, con muchos halagos, persuadirle a sacrificar. De ahí que no debenos alabar a aquellos hermanos que se ofrecen espontáneamente, sino a los que, hallados en sus escondrijos, le muestran más bien constantes en el martirio. Así, en afecto, nos lo confirma la palabra evangélica y nos lo persuade este ejemplo, en que vemos que cedió el espontáneo y venció el forzado.
V. De ahí que Policarpo, varón de eximia prudencia y sólido consejo, oídas estas cosas, buscó un escondíte. Y no es que por cobardía de alma huyera el sufrir, sino que lo difería. Y así, andando por varias ciudades, no haciendo caso de los que le exhortaban a que se diera más prisa para burlar de algún modo a los que le buscaban, él se detenía aún más tiempo. Por fin, tuvo por bien retirarse a un campo próximo a la ciudad. Allá, dándose día y noche, sin interrupción alguna, a la oración, imploraba el auxilio de Dios para ser más fuerte en el suplicio. Y fué así que, tres días antes de su prendimiento, recibió por revelación un signo. Veía la almohada de su cabeza rodeada por todas partes de llamas. Despertado el santísimo viejo, apenas hubo sacado sus pesados miembros del lecho, dijo a los que con él estaban: "Tengo que ser quemado vivo."
VI. He aquí que casualmente se había trasladado a otro campo, cuando de pronto se presentaron sus perseguidores. Mas como no pudieran dar con él, prendieron a dos chiquillos, y azotando a uno de ellos, por confesión suya se descubrió dónde se ocultaba. Y es que no podía estar oculto aquel a quien estaba llamando el martirio mismo. Sus traicionadores domésticos, el Irenarca y Herodes, tenían prisa por llevarle cuanto antes a la arena, para que él, por su parte, consumado su martirio, fuera compañero de Cristo, y sus traicionadores, a ejemplo de Judas, recibieran la pena merecida. Teniendo, pues, al chiquillo, antes del sábado, a la hora misma de la cena, salieron los esbirros en busca de Policarpo, con todo un escuadrón de caballería armado de todas sus armas, como si fueran a prender, no a un siervo de Cristo, sino a un salteador de caminos. Halláronle, ya de noche, escondido en el piso superior. Aun le hubiera sido posible pasarse a otra casa de campo; pero, cansado ya, prefirió presentarse que no seguir oculto, diciendo: "Cúmplase la voluntad de Dios. Mientras Él quiso, yo diferí; mas cuando lo mandó, lo deseé." Vistos, pues, sus perseguidores, bajó y tuvo con ellos un razonamiento, cual podía aquella edad o cual la gracia celeste del Espíritu le infundiera.
VII. Como admiraran, a sus años, tanta velocidad de pies y tanta agilidad de miembros, pues para darle alcance habían necesitado de toda la rapidez posible, él nada respondió a su estupor, sino que al punto mandó se les sirviera de comer y se les pusiera la mesa. Y al hacer esto, se atenía al magisterio del divino mandamiento, pues está escrito que hemos de dar de comer y beber a nuestros enemigos. Entonces les rogó le concedieran una hora, en que pudiera orar y cumplir a Dios los votos debidos de sus plegarias. Concedido el permiso, fervorosamente pedía que se cumpliese el don y precepto de Dios. Por dos horas continuas duró aquella oración, ante el estupor de los que la oyeron y, lo que parece mayor victoria, de sus propios enemigos.
VIII. Terminada, en fin, su oración, y habiendo hecho en ella mención de todos, conocidos y desconocidos, buenos y malos, y señaladamente de todos los católicos que se congregan por cada lugar de la Iglesia, llegó la hora y tiempo de recibir la corona de la justicia que había guardado. Montado en un asno, al acercarse a la ciudad, un sábado mayor, se encontró con el Irenarca Herodes y su padre Nicetas. Estos le invitaron a subir a su coche, para vencer, al menos por obsequio, al que no podía ser vencido por pena alguna de dolor. Sentados a su lado, con taimado e insistente discurso, trataban de arrancarle alguna palabra profana, y así le decían: "¿Qué mal hay en decir: "¡Señor César!", y sacrificar?" Y todo lo demás que, por instigación del diablo, se suele en estos casos sugerir. Refrenóse Policarpo por un poco de tiempo la lengua, oyendo pacientemente todo lo que se le decía; por fin, indignado, respondió que por nada del mundo se movería a semejante cosa, ni por fuego ni por hierro, ni por dolor de apretadas cadenas, ni por hambre, ni por destierro, ni por azotes. Irritados entonces ellos, mientras iba el carro a toda velocidad, echaron abajo a Policarpo, de suerte que se hirió en una parte de las pantorrillas. Sin embargo, con tal velocidad corría por la arena, que no parecía sentir dolor alguno del cuerpo.
IX. Apenas hubo entrado en la arena, sonó una voz del cielo que gritaba: "¡Policarpo, ten valor!" Esta voz la oyeron los cristianos que estaban en la arena; de los demás, no la oyó nadie. Así, pues, presentado ante el procónsul, confesó a Dios de todo corazón y despreció los sanguinarios mandatos del juez. El procónsul trataba de hacerle pronunciar alguna blasfemia, y le decía: "Piensa al menos en esa tu edad, si es que desprecias todo lo demás que hay en ti. Tu vejez no ha de resistir los tormentos que espantan a los jóvenes. Debes jurar por el César y por la fortuna del César; además, arrepentirte y decir: "¡Mueran los impíos!" Entonces Policarpo, con la boca medio cerrada y como si no fuera suya y hablara por palabra ajena, casi con la garganta cerrada, miró a todo el pueblo de la arena, impío o profano; arrancándose de lo íntimo del corazón un suspiro, mirando la majestad del cielo, dijo: "¡Mueran los impíos!" Entonces el procónsul, insistiendo más, le dijo: "Jura por la fortuna del César, y puedes quedar en libertad, y desprecia a Cristo." Entonces dijo Policarpo: "Voy a entrar en el año ochenta y seis de mi edad, y siempre aprobé y serví a su nombre, jamás recibí daño de Él, sino que me salvó siempre; ¿cómo puedo odiar a quien he dado culto, a quien tuve por bueno, a quien siempre deseé me favoreciera, a mi Emperador, al Salvador de salud y gloria, perseguidor de los malos y vengador de los justos?"
X. Como el procónsul le dijera que había de jurar por la fortuna del César, díjole Policarpo: "¿A qué me fuerzas a jurar por el César? ¿Es que no conoces acaso mi profesión? Pues abiertamente me declaro cristiano. Y cuanto más tú te irrites, más me alegro yo. Tú, si quieres saber la razón de esta ley, dame un día en qué empieces a oír o aprender." Respondióle el procónsul: "Convence al pueblo." Policarpo dijo: "A ti tengo por cosa muy digna darte satisfacción y demostrarte quee aprobamos y obedecemos lo que mandares, a condición que no mandes nada injusto. Pues estamos enseñados a satisfacer a las potestades que proceden de la ordenación de Dios y obedecer a sus mandatos; mas a ésos, los tengo por indignos de juzgar y no los considero aptos para una persuasión. Por lo tanto, justo es que yo obedezca al juez y no al pueblo." Respondió el procónsul: "Tengo fieras terribles a las que te voy a arrojar, que te despedacen, si te empeñas en no cambiar de sentir." Respondió él: "Que sobre mí se cebe la sangrienta rabia de los leones o lo que, como juez cruel, puedas hallar de más doloroso; yo me gloriaré en mis sufrimientos y saltaré de gozo en mis llagas, y mediré mis méritos por el peso de mis dolores. Cuantos mayores tormentos sufriere, mayor premio he de recibir. Tengo preparado el ánimo para lo inferior; pues de lo bajo nos levantamos a lo sumo." Respondió el procónsul: "Si con nueva presunción desprecias las mordeduras de las fieras, te abrasaré en una hoguera." Entonces Policarpo: "Me amenazas —dijo—con un fuego que arde por espacio de una hora y luego se enfría; y es que ignoras los tormentos del juicio venidero y del fuego eterno contra los impíos. Mas ¿a qué entretener tu voluntad con largo discurso? Haz conmigo lo que piensas, y si el caso ofrece algún otro cualquier linaje de tormento, vételo a buscar."
XI. Mientras Policarpo así hablaba, un resplandor de gracia celeste penetró su rostro y su sentido, de suerte que el mismo procónsul estaba espantado. Entonces, a voz de pregonero, se proclamó por tres veces en la arena: "Policarpo ha confesado que siempre ha sido cristiano."
Furioso de ira, todo el pueblo de judíos y gentiles que habitaban en Esmirna vociferó entonces: "Éste es el maestro del Asia, el padre de los cristianos, el destructor obstinado de nuestros dioses y violador de nuestros templos, el que enseñaba que no debían ofrecérseles sacrificios y adorarse las imágenes de los dioses. Por fia ha alcanzado lo que deseaba." Pedían al asiarca Felipe que le soltara un león furioso; mas él respondió que no tenía poder para ello, una vez terminado el tiempo del espectáculo. Entonces, por común y unánime consentímiento de todos, sentenciaron que Policarpo fuera quemado vivo. Y es que tenía que cumplirse lo que él antes predijera. Orando, pues, al Dios omnipotente, volviendo su rostro venerable a los suyos, dijo: "Ya veis cómo es el mismo martirio que yo había profetizado."
XII. Entonces el pueblo voló a los baños y talleres a buscar leña y sarmientos, y más que nadie los judíos. Preparada por este medio la hoguera, Policarpo se desató el ceñidor y se quitó el manto, y se preparaba tambien a desatarse las sandalias, cosa que no solía hacer él, pues los fieles varones deseaban tocar su cuerpo para besar sus miembros. Porque ya antes de llegar al combate del martirio, redundaba por la plenitud de su buena conciencia. Puestos, pues, en medio los instrumentos que se acostumbra para quemar a un reo, querían también atarle al hierro, conforme a su costumbre y ley. "Dejadme así—dijo él—, pues el que me dio él querer me dará también el poder y hará tolerable a un voluntad el fuego ardiente." Así, pues, no le ató nada al hierro, sino que, ligadas las manos a la espalda, como consagrado a los altares, traspasó el umbral del martirio presente. Entonces, mirando a los astros y al cielo, dijo: "Dios de los ángeles, Dios de los arcángeles, resurrección nuestra, perdón del pecado, rector de los elementos todos y de toda habitación, protector de todo el linaje de los justos que viven en tu presencia: yo te bendigo sirviéndote, por haberme tenido por digno de recibir mi parte y corona del martirio, principio del cáliz, por medio de Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo, a fin de que, cumplido el sacrificio de este día, reciba las promesas de tu verdad. Por eso te bendigo en todas las cosas y me glorío por medio de Jesucristo, eterno Pontífice omnipotente. Por el cual a ti, junto con Él mismo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en lo futuro, por los siglos de los siglos. Amén."
XIII. Terminada, pues, la oración y prendido fuego a la hoguera, levantándose la llama hasta el cielo, se produjo repentinamente la novedad de un milagro, que vieron aquellos que tenía ordenado el mandamiento celeste para que pudieran contar a los demás lo sucedido. Apareció, en efecto, un arco curvado en sus lados, con ambas puntas un tanto dilatadas, imitando las velas de una nave, el cual cubría con suave abrazo el cuerpo del mártir, a fin de que la llama no atacara a ningún santo miembro. En cuanto al cuerpo mismo, como grato pan cociéndose o fundición de oro y plata que brilla con hermoso color, recreaba la vista de todos. Además, un olor como de incienso y mirra o de algún otro ungüento precioso, alejaba todo el mal olor del incendio.
Este prodigio lo vieron los mismos pecadores, de suerte que se dieron a pensar que el cuerpo era incombustible; de abí que dieron orden al encargado de la hoguera que se preparara a hundir un puñal en el santo cuerpo, que se había demostrado, aun para ellos, ser santo. Hecho esto, he aquí que, de repente, entre una oleada de sangre que brotaba, salió una paloma del cuerpo, y al punto se extinguió por la sangre el incendio. Entonces todo el pueblo quedó estupefacto y todos tuvieron la prueba de la diferencia que va de los justos a los injustos, y qué era lo mejor, si bien el vulgo no quiso seguir lo que, sin duda, conoció ser lo mejor. Tal fué el combate del martirio cumplido por Policarpo, obispo de Esmirna. Cuantas cosas le fueron reveladas, se cumplieron siempre.
XIV. Mas el diablo, que es siempre enemigo de los justos, como viera la fuerza del martirio y la grandeza de la pasión, su vida entera irreprensible y el mayor mérito de su muerte, excogitó modo para que no pudieran los nuestros retirar el cuerpo del mártir, por más que había muchos que deseaban tener parte en sus santos despojos. Sugirió, en efecto, a Nicetas, padre de Herodes y hermano de Alce, que fuera a hablar al procónsul en el sentido de que no entregara las reliquias a ningún cristiano, asegurándole que lo abandonarían todo para dirigir su oración a éste solo. Así hablaban por sugestión de los judíos, cuando lo querían sacar de la hoguera, por ignorar que los cristianos jamás podemos abandonar a Cristo, que por nuestros pecados se dignó padecer tanto, ni dirigir a ningún otro nuestras oraciones. Porque a éste le adoramos y damos culto como a Hijo de Dios, y a sus mártires los abrazamos con honor y de buena gana como a discípulos fieles y abnegados soldados, a par que rogamos se nos conceda ser también nosotros compañeros y condiscípulos de ellos. Vista, pues, la disputa que sosteníamos con los judíos, el centurión mandó poner el cuerpo en medio (y lo hizo quemar). Nosotros recogimos sus huesos, como oro y perlas preciosas, y les dimos sepultura. Luego celebramos alegremente nuestra reunión, como mandó el Señor, para celebrar el día natalicio de su martirio.
XV. Así se desenvolvieron los hechos respecto al bienaventurado Policarpo, que sufrió el martirio en Esmirna juntamente con otros doce cristianos de Filadelfia; él, sin embargo, se llevó la palma entre todos por el culto que se le tributa. Y, en efecto, sufrió un martirio excelso, y todavía es llamado maestro por el pueblo. Todos hemos de desear seguirle, conforme al ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, quien venció la persecución de un gobernante injusto y, ahuyentada la muerte de nuestros pecados, recibió la corona de la incorrupción. Con los Apóstoles y todos los justos, bendigamos alegremente a Dios Padre omnipotente y a nuestro Señor Jesucristo, Salvador de nuestras almas, gobernador de nuestro cuerpo y pastor de toda la Iglesia católica, y al Espíritu Santo, por quien lo conocemos todo. Nos habíais pedido vosotros varias veces que os comunicáramos lo pasado con el bienaventurado Policarpo, y nosotros os lo anunciamos por medio de nuestro hermano Marciano. Una vez que estéis enterados, comunicadlo, a vuestra vez, a todos por cartas, a fin de que en todas partes sea bendecido el Señor por la elección de sus siervos. Porque poderoso es para salvarnos también a nosotros por nuestro Salvador y Señor nuestro Jesucristo. Por el cual es a Él y con Él gloria, honor, poder, grandeza, por los siglos de los siglos. Amén.
Saludad a todos los santos. Los que con nosotros están os saludan todos. Evaristo, el escribiente, os saluda con toda su familia.
XVI. El martirio de San Policarpo fué en el mes de abril, siete dias antes de las calendas de mayo (25 de abril), un sábado mayor, a la hora octava. Fué prendido por Herodes, siendo pontífice Filipo de Trales y procónsul Estacio Cuadrato. Gracias a nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria, honor, grandeza, trono sempiterno, de generación en generación. Amén.
XVII. Esta copia la sacó Gayo, que trató con Ireneo, de las obras del propio Ireneo, discípulo que fué de Policarpo. Yo, Sócrates, lo tomé de los manuscritos de Gayo. Yo, Pionio, busqué y copié los citados manuscritos y los transcribí, por revelación que me hizo el bienaventurado Policarpo, según anuncié a los demás desde el tiempo en que trabajó con los escogidos, para que también a mi me recoja el Señor Jesucristo en el reino de los cielos, con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
ACTAS DE LOS MARTIRES

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