miércoles, 12 de enero de 2011

Lo que hizo San Vicente Ferrer para que se acabase el cisma


Electo que fué Clemente, luego despachó por legado suyo a don Pedro de Luna, aragonés, para que atrajese a su obediencia todos los que pudiese. Y entonces, viniendo este cardenal a Valencia, fué lo que arriba dijimos, que tomó por compañero a San Vicente. Tras esto, a cabo de once años y medio que era Papa, se murió Urbano VI y en su lugar eligieron los cardenales de Roma a Bonifacio IX, al cual duró el pontificado poco menos de quince años y viviendo él murió en Avignon Clemente VII y tras él fué electo don Pedro de Luna, con tal condición que fuese obligado a renunciar al pontificado siempre que Bonifacio o los sucesores hiciesen otro tanto. Con este pacto aceptó el oficio, y se llamó Benedicto Treceno en el año 1394, por el mes de septiembre. Durante su pontificado murió Bonifacio IX y sucedióle Inocencio VII, cuya vida no fué muy larga porque pasados dos años se murió en Roma. Después de él fué sublimado en la silla de San Pedro Gregorio XII, hombre más docto y santo que venturoso, en lo que en este mundo llamamos buena ventura. Hizo este Pontífice cardenal al bienaventurado varón fray Juan, dominico. Andando, pues, Gregorio, en el tercer año de su pontificado y Benedicto en el quinceno de su pretensión, ciertos cardenales de las dos obediencias que se habían juntado en Pisa en el año 1409, hartos ya de ver dos competidores en el pontificado, pensando remediar la Iglesia, por quitar que no hubiese dos que que se llamasen pontífices, hicieron otro; y así hubo tres de allí en adelante. El Papa o antipapa, "que la verdad Dios la sabe y nosotros la sabremos también en el otro mundo", recién electo fué un buen hombre y docto fraile de San Francisco, cretense o candióte, que todo es uno. Pretendiendo él servir a Nuestro Señor en ello, consintió en la elección y llamóse Alejandro V. Pero no hicieron mucho caso de su promoción Gregorio ni Benedicto, porque no tuvieron el ayuntamiento de Pisa por muy canónico. Y así después de él, hizo Gregorio nueve cardenales; y Benedicto, once, y entre ellos a un padre cartujo, y un francisco y un canónigo regular. Tampoco curaron del mesmo ayuntamiento San Vicente Ferrer y San Antonino, entrambos canonizados: porque el primero se mantuvo con Benedicto, y el segundo con Gregorio. También vi yo en poder de Jeronimo Zurita, un libro bien cumplido del padre don Bonifacio. General de los cartujos, donde dice que fué el mesmo se halló en este negocio de Pisa y que no se procedió en él conforme a derecho, y reprende grandemente por algunos respectos a Pedro de Candía, y finalmente refiere que su hermano fray Vicente siempre tuvo por ninguna la congregación pisana. Murió Alejandro al cabo de diez meses y sucedióle Juan XXIII.
Pues como en el mundo hubiese en aquella sazón muchos santos (de los cuales era uno San Vicente) que se dolían grandemente del daño y escándalo de la Iglesia Santa Madre nuestra y cada día importunaban a Dios en sus oraciones que quisiese ya atajar tantos males, fue Él servido por su infinita misericordia mandar a los vientos de las pretensiones que parasen un poco y se fuese amansando poco a poco la tormenta que se había levantado contra la navecilla de San Pedro. Y fué así que el año de 1414 el papa Juan XXIII, condescendiendo a los ruegos del muy cristiano emperador Segismundo, se fué a Constanza, ciudad puesta en la ribera del Rin, y allí celebró Concilio general, el cual aprobó después Gregorio XII enviando allá por su legado al cardenal fray Juan, dominico. En este Concilio renunció el derecho que tenía al pontificado Juan XXIII, y Gregorio hizo lo mesmo y aun de mejor gana, porque era muy buen cristiano. Y por tanto, para elegir un pontífice cual entonces a la Iglesia convenia, solamente faltaba que Benedicto renunciase. Para suplicarle esto los conciliares le enviaron sus embajadores acá en España donde él residía. Mas temiéndose el emperador Segismundo que Benedicto no quería hacer lo que el Concilio le rogaba, él en persona quiso venir hasta Perpiñán para suplicárselo. Verdad es que antes de venir a Perpiñán pidió por sus embajadores a Benedicto que se fuese a ver con él a Niza o Saboya, y si no quería pasar el río Varo ni entrar en Italia, a lo menos que se llegase hasta Marsella; pero esto fué muchos meses antes que Segismundo saliese de Constanza. Hallaron los embajadores de Segismundo a Benedicto juntamente con el rey den Fernando de Aragón, acá en nuestro reino, en Morella, en el año 1414. Y por aquellos mesmos dias llegó allí San Vicente, y la villa gastó con él y con su compañía hartos ducados, como consta por memorias de la mesma villa.
Determinóse el rey de ir a donde el emperador quería y llevar consigo al Benedicto, y con esta resolución despachó otros embajadores y él se partió para tener cortes a los catalanes en Montblanc: y Benedicto se vino a Valencia para aderezar su ida. Después de algunos días que Benedicto era entrado en Valencia, vino también el rey a tener en ella las fiestas de Navidad del mesmo año. Pero sobrevínole una indisposición y por achaque de una agua que bebió llegó casi a lo extremo; y asi las visitas que se habían concertado para Marsella o Niza o Saona, se hubieron de reducir a Narbona y Perpiñán. Pasado todo el invierno y la primavera, partieron con harto trabajo de Valencia el rey y Benedicto, porque eran dias caniculares y muy calurosos y el rey no había convalecido perfectamente. Dejando, pues, muchas demandas y respuestas que en esto hubo, se concertaron las visitas para Perpiñán. Por esta ocasión se hallaron allí juntos muy grandes señores. Sin Benedicto y sus cardenales y obispos y los demás curiales estuvo allí el rey don Fernando con sus hijos y tres reinas que venían en su compañía. Esto es: doña Leonor, su mujer, que pasados algunos años se hizo monja dominica en el ilustre monasterio de Santa María de las Dueñas: en Medina del Campo, y allí vivió y murió santamente; y también doña Margarita, viuda que quedaba del rey don Martin, la cual depués se retrajo en el monasterio de Valldoncellas, de la Orden de San Bernardo; y doña Violante, viuda del rey don Juan I de Aragón. Hallóse allí, ni más ni menos, el emperador Segismundo, el cual traía consigo hartas personas de cuenta, como el gran conde de Hungría, llamado Nicolao de Grecia, y al arzobispo de Torsentora y otros obispos, y un rey moro que venia cautivo del emperador. Allende de estos, se hallaron allí los padres embajadores del Concilio de Constanza, los cuales (según consta por la sesión XVI del mesmo Concilio) fueron el arzobispo de Tours, el obispo de Genova, el obispo Adriense y el Ripense con algunos doctores teólogos, canonistas y legistas. ítem los embajadores del rey de Francia, que eran el maestre de Rodas y el arzobispo de Reims, y Tolosa, el de Carcasona y el preboste de París, con tres doctores de su Universidad. De parte del rey de Inglaterra, el obispo Vucestre y otros doctores famosos. Del reino de Hungría, el canciller mayor y algunos maestros. De Navarra, el protonctario y el conde de Cortes. Sin éstos, acudieron a la junta el conde de Armenach y el vizconde de Saona y el duque Luis de Bria, que era polaco. Pues del reino de Castilla no faltaron personas de lustre; a lo menos sabemos que se halló allí don Pablo, obispo de Burgos, el que hizo las adiciones sobre Lira y el escrutinio de las escrituras.
Hase dado tan particular relación de estos señores y prelados y doctores para que se entienda la autoridad que San Vicente tenía entonces en la Iglesia, pues no fueron bastantes tantas hachas encendidas juntas a oscurecer el resplandor de este lucer. Viendo los sobredichos príncipes y doctores cuánto les haría al caso la presencia de San Vicente, enviáronle a rogar se viniese para ellos a entender en el negocio y capitulaciones de la unión, que tanto importaba para el sosiego y bien común de la cristiandad. Fué allá el Santo, y no obstante que estaban allí tantos príncipes, le recibieron con grande fiesta y regocijo los cónsules y la gente de Perpiñán. Pasó grandes trabajos aquellos días el buen padre yendo y viniendo de Perpiñán a Narbona y de Narbona a Perpiñán para concertarlos a todos. Que según se colige del proceso, también en Narbona había junta de prelados. Y teníanle tanto respeto, que con ser tan graves e importantes los negocios por los cuales estaban detenidos y repartidos en aquellos lugares, predicando él en Narbona, unos diecisiete prelados, entre arzobispos y obispos, se iban a oírle. También en Perpiñán le tenían hecho un cadalso o corredor muy alto, adonde él cantaba la misa, en la cual no se servía de la capilla del Papa ni del rey, sino de sus propios cantores, que (como dije arriba) siempre traía en su compañía.
Acudían a sus sermones el emperador y el rey don Fernando y el príncipe don Alonso, que le sucedió después en el reino. Persuadíales él que apretasen de veras el negocio de la unión de la Iglesia, y sus palabras hicieron en ellos grande impresión para este efecto. Especialmente el emperador procuró de persuadir a Benedicto que se apiadase de la Santa Madre Iglesia, que tan afligida andaba, y que de bueno a bueno aprobase el Concilio de Constanza y renunciase el derecho que tenía (si le tenía empero) al pontificado. Respondióle Benedicto al emperador con buenas palabras, pero generales y de cumplimiento; y a la postre se declaró en no querer hacer cosa a derechas, porque no era del temple de León IX. que renunció llanamente al pontificado, aunque después hicieron que otra vez le aceptase; ni menos era que la condición de Celestino V, que por volverse a su monasterio le renunció del todo, sin que bastasen los ruegos de todo el mundo a estorbarle su deseo. También el glorioso padre San Vicente rogó tan encarecidamente como pudo al Benedicto que hiciese lo que el emperador le pedía. Pero viendo que a él y a todos los demás los llevaba en palabras, hizo una cosa digna de eterna memoria, la cual refiere el abad Guaberto. Subióse en un pulpito y dijo públicamente que aunque Benedicto fuese Papa, como pretendía serlo, estaba obligado en conciencia a renunciar el oficio y dejarle en manos de la Iglesia y del Concilio general que la representaba, pues que en fin había duda razonable si lo era; y de ser él Papa, solamente se seguía bien propio del mesmo y de la renunciación resultaría gran bien a toda la Iglesia, porque se acabaría una cisma tan enmarañado que no se había podido resolver con grandes disputas de personas doctísimas. También le advirtió al Benedicto que si renunciaba a la dignidad papal, todo el mundo se lo agradecería y se le tendría de allí adelante grande respeto, y su memoria en los siglos venideros sería en bendición; y cuando no, que todos le desampararían y dejarían solo. Que no era razón dañar a toda la Iglesia sólo por mantenerle a él en sus faustos y pretensiones.
Mas Benedicto estaba tan ajeno de rendirse a cosa ninguna menos que ser Papa, que antes se determinó de romper con San Vicente y con sus propios cardenales y con el rey y emperador y con la Iglesia y con el Dios omnipotente, que venir en lo que el Santo le aconsejaba. Y como sea verdad lo que San Gregorio dice que con las mismas armas castiga Dios a los pecadores con que ellos le ofendieron; pues Benedicto, por mantener su honra y punto, no quiso renunciar la dignidad, proveyó Dios justamente que por sólo retenerla viniese a ser deshonrado y abatido y aun aborrecido de todo el mundo. Si renunciara, se quedara cardenal rico y honrado, como lo fué en tiempo de Gregorio XI, que por sus letras y virtudes (de las cuales entonces era muy adornado) le dio el capelo, y el Concilio de Constanza le agradeciera su buena obra, y después de su muerte Dios recibiera su alma en el cielo, y la Iglesia su cuerpo en sagrado, y todos los historiadores celebraran su fama y virtudes. Mas como él quiso echar por un camino tan singular, menospreciando las voces de toda la Iglesia, que casi de rodillas le pedía misericordia, castigóle Dios con el abatimiento y deshonra que su ambición postrera merecía. Porque, de allí adelante, San Vicente en todos sus sermones predicaba contra su dureza y porfía, y encargaba a todo el mundo que no le obedeciese y que en todo se sometiesen al Concilio de Constanza que contra el Benedicto procedía. Como lo refiere Gerson en el tomo I de sus obras, en el tratado 22 4.
Abatiéronle a Benedicto sus cardenales también, pues, como dice Onofrio en la vida de él y de su negro sucesor Gil de Muñoz, todos se fueron al Concilio de Constanza y a la corte de Martín V y le desampararon, si no fueron dos. Afrentóle sin esto el rey don Fernando, que a consejo del mesmo San Vicente mandó con público pregón en sus reinos que nadie le obedeciese ni le llamase de allí adelante Papa. Y así, aborrecido de todo el mundo, se hubo de estar arrinconado en Peñíscola, lugar fuerte de nuestro reino y nación. Cuentan este caso muchos autores, pero en lo historia del rey don Juan se hallará más cumplidamente. Escríbese allí que viendo Benedicto que en Perpiñán le apretaban grandemente para que renunciase, cosa para él par de muerte, un miércoles, a 14 de octubre, anocheció y no amaneció, que dicen, porque se fué a Colibre, y de allí se hizo a la vela y se vino a Peñíscola, ya aborrido. Y como el rey y los otros príncipes que estaban en Perpiñán le enviasen a rogar que renunciase, respondió resueltamente que no quería. Enojado (y con gran razón, por cierto) el rey mandó juntar a todos los doctores y letrados que allí se hallaron para que viesen lo que en semejante caso se había de hacer, de suerte que no se errase en caso tan grave. Y aunque en el ayuntamiento se determinó que se le debía quitar la obediencia, era el rey tan temeroso de Dios y estaba tan satisfecho de la doctrina y bondad del maestro Vicente, que no hallándose aquel día el Santo allí, le envió el doctor Juán González de Acebedo, embajador del rey de Castilla, pidiéndole que quisiese ver la duda en que estaban y determinase lo hacedero. Respondió San Vicente que él era del mesmo parecer que todos los otros doctores, y que en consecuencia de ello no se había el rey de contentar con quitarle la obediencia en sus reinos, sino que lo habia de hacer saber a su cuñada doña Catalina, reina de Castilla y madre del rey don Juan II, para que fuese informada de lo que cumplía.
Este voto y parecer fué causa que, a los primeros días de enero del año 1416, el rey quitase la obediencia a don Pedro de Luna, y que no contento con eso se partiese para Castilla a tratar con los castellanos que hiciesen lo mesmo; porque tenía entendido que el arzobispo de Toledo, don Sancho de Roja, que era hechura del Benedicto, rogaba a la reina doña Catalina que se mantuviese en su obediencia. En esta santa empresa murió el rey don Fernando, antes de salir de Cataluña, en Igualada, y fué a recibir de manos de Dios el premio de la buena obra que a la Iglesia universal había hecho en desautorizar a Benedicto.
Sin esto, el emperador Segismundo le abatió, pues, de allí adelante, le tuvo y publicó por hombre cabezudo y perjuro, que en su elección habia jurado de renunciar llanamente el oficio, siempre que sus competidores hiciesen otro tanto, y después no quería hacer lo que debía.
Finalmente, la Iglesia católica le abatió mucho más, pues le privó del derecho que pretendía tener al pontificado (lo cual es lícito en tiempo de cismas dudosos) y le quitó toda la autoridad y oficios que tenía y le descomulgó y anatematizó como a miembro dañoso al cuerpo de la Iglesia y como a cismático y perjuro. Y lo peor es que murió descomulgado y estuvo pertinaz en su parecer. Y no llevaba apariencia que a la muerte se arrepintiese, que, cierto, si le pesara del daño y turbación de la Iglesia, inhabilitara a los dos cardenales que le quedaban, para que no osasen proceder más adelante en el cisma, y no vemos que lo hiciese; y así, en el año 1424, en el cual él falleció, sus dos cardenales eligieron un pontífice a un canónigo de Barcelona, natural de Teruel en Aragón, que se llamaba Gil de Muñoz. Aceptó Gil el cargo y llamóse Clemente VIII, y volvió a resucitar el cisma y pasar el negocio más adelante si con el favor de Dios no lo remediara el santo y legítimo papa Martín V, que siete años antes había sido elegido en el sacro Concilio de Constanza. Envió Martín por su legado a estos reinos un cardenal de la Orden de San Francisco, que había sido en tiempos pasados cardenal de Benedicto, y él supo tan bien negociar que, en el año 1429, el buen Gil o Egidio renunció lo que nunca tuvo, que fué el pontificado de Roma, y se contentó con ser de allí adelante obispo de Mallorca. A los dos cardenales viejos les sentenció a la cárcel perpetua el legado, y allí se les acabaron sus altos pensamientos con la vida. Este fin hubo aquella lamentable tragedia del cisma de Clemente VII, Benedicto XIII y Clemente VIII contra los romanos pontífices, la cual se comenzó en el año de 1378 y duró con grande apariencia por entrambas partes hasta el año de 1417. Y después, sin razón alguna, la mantuvieron Benedicto y su sucesor Clemente hasta el año de 1429. De manera que fué squisma dudosa treinta y nueve años, y clara otros once más. He querido alargarme tanto en esta materia porque muchos desean saber de raíz los negocios de don Pedro de Luna, cuya memoria está muy fresca por estas tierras, y también porque se entienda mejor la disculpa de San Vicente en lo que en esta materia algunos ignorantes le achacaban. Algunas otras cosas que pasaron entre este Santo y los padres del Concilio de Constanza se guardarán para adelante.

R.P. Fray Justiniano Antist O.P.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER
B.A.C.

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