viernes, 28 de enero de 2011

LA EDUCACIÓN DEL NIÑO

Discurso de Pío XII a la Acción Católica,
4 de septiembre de 1949.

Nuestro espíritu ve las filas innumerables de adolescentes, que como capullos se abren a las primeras luces del alba. Prodigioso y encantador, es este pulular de juventud, de una generación que parece sin embargo condenada a extinguirse; juventud nueva y temblorosa en su frescura y en su vigor, con los ojos fijos en el porvenir, con el impulso hacia unas metas más altas, resuelta a mejorar el pasado y a asegurar conquistas más sólidas y de mayor precio, en el camino del hombre sobre la tierra. De esta irrefrenable y perenne corriente hacia la perfección humana, avivada y guiada por la Providencia Divina, los educadores son los modeladores y los responsables más directos, asociados a la misma Prividencia, para realizar sus designios. De ellos depende en gran parte si la corriente de la civilización avanza o retrocede, si su ímpetu se refuerza o languidece de inercia, si se dirige directamente hacia la desembocadura, o si al contrario se detiene al menos momentáneamente en rodeos o peor, en meandros palúdicos y malsanos.
Nosotros mismos, Vicario por Divina disposición y por consiguiente, investido con los mismos oficios de Aquel que sobre la tierra gustó de ser llamado "Maestro", Nosotros mismos, Nos incluímos en el número de aquellos que representan con diferente medida la mano de la Providencia para conducir al hombre a su término.
¿No es tal vez esta Nuestra Sede una cátedra? ¿Nuestro oficio principal no es el magisterio? El Divino Maestro y fundador de la Iglesia ¿no dio a Pedro y a sus Apóstoles el principio fundamental: enseñad, haced discípulos?
Nosotros Nos sentimos y somos educadores de almas; escuela sublime es en lugar no secundario, la Iglesia, así como gran parte del oficio sacerdotal que consiste en enseñar y en educar. No podía ser de otra manera en el nuevo orden instituido por Cristo, fundado sobre las relaciones de la paternidad de Dios, del cual deriva toda otra paternidad en el cielo y en la tierra y de la cual, en Cristo y por Cristo, emana Nuestra paternidad hacia todas las almas. Ahora bien, quien es padre, es por eso mismo educador, como lo explica luminosamente el Doctor Angélico, tal derecho pedagógico primordial, no se apoya sobre otro título sino, sobre el de la paternidad.
La responsabilidad de la que participamos juntos, es inmensa, aunque en diverso grado, pero en campos no alejados: la responsabilidad de las almas, de la civilización, del mejoramiento y de la felicidad del hombre, sobre la tierra y en los cielos.
Si en este momento, hemos llevado el discurso a un terreno más extenso como es el de la educación, lo hemos hecho con el pensamiento de superar, al menos en teoría, la doctrina errónea que separaba la formación del intelecto, de la formación del corazón. Debemos deplorar que en los últimos años se han sobrepasado las normas y los límites de la justa interpretación, de la norma que identifica al didáctico y al educador, a la escuela y a la vida. A la escuela se le reconoce el poderoso valor formativo de las conciencias; en algunos Estados, regímenes y movimientos políticos, han escogido uno de los medios más eficaces para ganar a su causa una multitud de adeptos de los cuales tienen necesidad para triunfar en determinados aspectos de la vida. Con una táctica tan astuta como desleal y con fines contrarios a los fines naturales de la educación, algunos de estos movimientos de los siglos pasado y presente, han pretendido substraer a la escuela de la égida de las instituciones que tenían sobre el Estado, un derecho primordial —la familia y la Iglesia— y han pretendido o pretenden posesionarse exclusivamente de ella, imponiendo un monopolio que ofende gravemente una de las libertades fundamentales humanas.
Pero esta Sede de Pedro, vigilante del bien de las almas y del verdadero progreso, así como no abdicó nunca en el pasado de este derecho por otra parte admirablemente y en todo tiempo ejercitado por medio de sus instituciones, que en alguna época fueron las únicas en dedicarse a la educación, tampoco abdicará en el futuro, ni por esperanzas de ventajas terrenales, ni por temor a persecuciones. La Sede de San Pedro, no consentirá jamás que sean destituidas del ejército efectivo de su derecho nato, ni la Iglesia que lo tiene por mandato Divino, ni la familia que lo reinvindica por ley natural.
Los fieles de todo el mundo son testigos de la firmeza de esta Sede Apostólica, que propugna la libertad de la escuela en la variedad de países, circuntancias y hombres. Para la escuela al mismo tiempo que para el culto y para la santidad del matrimonio, ella no ha dudado nunca en afrontar cualquier dificultad y peligro, con la tranquila conciencia de quien sirve a una causa justa, santa, querida por Dios, y con la certeza de hacer un servicio inestimable a la misma sociedad civil.
En los países, en los cuales la libertad de enseñanza, está garantizada por leyes justas, corresponde a los maestros saberse valer efectivamente, exigiendo la aplicación concreta.
Si es una buena regla atesorar los sistemas y los métodos adquiridos por la experiencia, es necesario sin embargo examinarlos con cuidado antes de aceptarlos, sobre todo las teorías y los usos de las escuelas pedagógicas modernas.
No siempre los éxitos, tal vez conseguidos en países que por índole de población y grado de instrucción son diferentes al vuestro, dan suficiente garantía de que las doctrinas se puedan aplicar con carácter general.
La escuela no puede compararse con un laboratorio químico, en el cual el riesgo de echar a perder substancias más o menos costosas, está compensado con la probabilidad de un descubrimiento; en la escuela para cada alma está en juego la salvación o la ruina. Por tanto, las innovaciones que se juzguen oportunas, referentes a la selección de medios y direcciones pedagógicas secundarias, debe quedar supeditada al fin y a los medios substanciales, los cuales siempre serán los mismos, como siempre es idéntico al fin último de la educación, su sujeto, su autor principal e inspirador, que es Dios Nuestro Señor.
Los educadores tienen su inspiración de la paternidad, cuyo término es generar seres semejantes a sí y con estos preceptos formará a sus alumnos también, con el ejemplo de su vida. En el caso contrario, su obra será como dice San Agustín, "vendedora de palabras" en lugar de modeladora de almas. Las mismas enseñanzas morales, rozarán solamente los espíritus si no van acompañadas de actos. La exposición de la disciplina meramente escolástica, no será completamente asimilada por los jóvenes, si no brota de los labios del Maestro como una viva expresión personal: ni el latín, ni el griego, ni la historia, ni la filosofía, serán escuchados por los alumnos con verdadero provecho, cuando son presentados sin entusiasmo, como cosas extrañas a la vida y al interés de quien lo enseña.
Educadores de hoy, que del pasado traéis normas seguras, ¿qué ideal de hombre debéis preparar para el futuro? Lo encontraréis fundamentalmente delineado en el perfecto cristiano. Al decir perfecto cristiano, aludimos al cristiano de hoy, hombre de su tiempo, conocedor de todos los progresos soportados por la ciencia y por la técnica, ciudadano que no es extraño a la vida que se desarrolla actualmente, sobre esta su tierra. El mundo no podrá arrepentirse cuando un número siempre mayor de tales cristianos, se introduzca en todos los órdenes de la vida pública y privada.
Corresponde en gran parte a los Maestros preparar esta benéfica misión, dirigiendo los espíritus de sus discípulos hacia el descubrimiento de las energías inagotables del cristianismo en la obra del mejoramiento y de la renovación de los pueblos.
Nuestros tiempos requieren que las mentes de los alumnos, se vuelvan hacia un sentido de justicia más efectiva, sacudiendo la tendencia innata de considerarse una casta privilegiada, y el temor de la vida de trabajo.
Se deben sentir y ser trabajadores hoy mismo, en el cumplimiento constante de sus deberes escolares, como deberán sentirse mañana en los puestos directivos de la sociedad. Es muy cierto que en los pueblos atormentados por el flagelo de los sin-trabajo, las dificultades surgen no tanto por falta de buena voluntad, sino por falta de trabajo; es por consiguiente indispensable, que los maestros inculquen a sus discípulos la laboriosidad, y que se acostumbren, al severo trabajo del intelecto y de labor manual, para soportar la dureza y la necesidad, a fin de gozar de los derechos de la vida asociada, con el mismo título que los trabajadores obreros. Es tiempo de ampliar sus miras sobre un mundo menos lleno de partidos recíprocamente envidiosos, de nacionalismos exagerados, y de ansias de hegemonía, por las cuales han sufrido tanto las generaciones presentes. Que se abra la nueva juventud a la respiración de la catolicidad y sienta la atracción de aquella caridad universal, que abarca todos los pueblos en un único Señor. La conciencia de la propia personalidad y por consiguiente el mayor tesoro de la libertad; la crítica sana, pero al mismo tiempo el sentido de la humildad cristiana, de la sujeción justa a las leyes y al deber de solidaridad; religiosos, honestos, cultos, abiertos y laboriosos: así quisiéramos que salieran de las escuelas los jóvenes.

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