miércoles, 12 de enero de 2011

LOS DEBERES DEL MARIDO Y DE LA ESPOSA


La responsabilidad del hombre frente a la mujer y a los hijos, nace en primer lugar de los deberes hacia sus vidas, las cuales son para él, lo más significativo de su profesión, de su arte o de su oficio. Con el trabajo profesional él debe procurar a los suyos las necesidades cotidianas y los medios necesarios para sostenerse y vestirse convenientemente. Su familia debe sentirse feliz y tranquila, bajo la protección que le ofrece la laboriosa actividad de la mano del hombre.
En condiciones bien diferentes, se halla el hombre que no tiene familia a la cual sostener. Probablemente se encuentra ante sí, con empresas arriesgadas, que lo alientan con esperanzas de elevadas ganancias, pero que fácilmente pueden conducir a la ruina por senderos insospechados. Los sueños de fortuna ilusionan el pensamiento, más que satisfacen las ambiciones; la moderación del corazón y de sus sueños, es virtud que nunca perjudica, porque es hija de la prudencia. Por esto, el hombre casado, aunque no hayan otras dificultades de orden moral, no debe pasar los límites debidos, límites impuestos por la obligación que tiene, de no exponer sin motivos gravísimos la tranquila subsistencia necesaria de la mujer y de los hijos, venidos al mundo o todavía por venir. Otra cosa sería, si, sin su culpa o cooperación por circunstancias independientes de su voluntad o de su poder, se pusiese en peligro la felicidad de la familia, como suele suceder en las épocas de grandes disturbios políticos y sociales, que derraman por el mundo la miseria y la muerte.
Pero siempre es conveniente que él al hacer o dejar de hacer, al emprender u osar, se pregunte a sí mismo: ¿Puedo asumir esta responsabilidad, frente a la familia?
El hombre casado está sujeto por vínculos morales, no sólo con la familia, sino también con la sociedad. Para él son vínculos la fidelidad en el ejercicio de SU profesión, de su arte o de su oficio. La eficacia sobre la cual sus superiores pueden apoyarse incondicionalmente; la corrección y la integridad de su conducta y acciones, que le conceden la confianza de cuantos tratan con él: tales vínculos, ¿no son tal vez eminentes virtudes sociales? ¿Y no constituyen estas virtudes tan bellas, el mural de la defensa de la felicidad doméstica, de la existencia pacífica de la familia, cuya seguridad según la ley de Dios, es el deber primordial de un padre cristiano?
Podernos agregar, porque el honor y el decoro de la mujer es la estima y la virtud pública del marido, que el hombre por diferencia a ella, tiene que aplicarse a sobresalir entre sus iguales de profesión. Toda mujer desea poder estar orgullosa del compañero de su vida, ¿No es pues alabable, el marido que por sentimiento noble y afecto hacia la mujer, se esfuerza por hacer lo mejor de lo mejor en sus actividades, y de cumplir y obtener todo lo que sea notable y de más agrado?
El elevarse digna y honestamente en la sociedad por medio de la profesión y el trabajo, es un honor y un consuelo para la mujer y para los hijos, ya que el orgullo de los hijos es el padre; el hombre tampoco ha de olvidar cuánto debe a la felicidad de la convivencia doméstica, si él demuestra en toda circunstancia, tanto en su ánimo como en el trato externo y en las palabras, diferencia y estima hacia la mujer, madre de sus hijos. La mujer no es solamente el sol, sino también el santuario de la familia, el refugio de los pequeños, la que guía los pasos a los mayorcitos, el consuelo de sus afanes, la aclaración de sus dudas, la fe de su futuro.
Patrona de la dulzura, ella es la patrona de la casa. Que no suceda nunca, como suele decirse que las parejas de personas casadas se distingan de las no casadas, por los modos indiferentes, menos considerados, y el modo descortés con el cual el hombre trata a la mujer. No; el comportamiento entero del marido hacia la mujer, debe estar acompañado de aquel carácter natural, noble y digna cordialidad, como conviene a los hombres de temperamento íntegro y de espíritu temeroso de Dios; a los hombres que con su intelecto saben ponderar el precio inestimable que una conducta virtuosa y amable entre los cónyuges, tiene para la educación de la prole. Poned el ejemplo del padre ante los hijos: será para ellos un vigoroso estímulo para mirar a la madre, y al padre mismo, con respeto, veneración y amor.
Pero la cooperación del hombre para la felicidad del hogar doméstico, no puede ser restringida a la deferencia y consideración hacia la compañera de su vida; debe avanzarse a ver, apreciar, reconocer la obra y los esfuerzos de aquélla, que silenciosa y asidua, se dedica a hacer la morada común, más confortable, más agradable y más alegre. ¡Con cuan amorosa dedicación, aquella joven mujer ha dispuesto todo para festejar, tan alegremente como se lo permiten las circunstancias, el aniversario del día en el cual ante el altar ella se unió a aquél que debía ser el compañero de su vida y de su felicidad y que de un momento a otro entrará en la casa al llegar de la oficina! Mirad aquella mesa; delicadas flores la embellecen y la alegran. La cena ha sido preparada por ella con todo cuidado; ha escogido lo que tenía mejor, y lo que más le agrada a él. Pero, he aqui que el hombre, encadenado por largas horas de trabajo, más cansado tal vez que de ordinario, nervioso por contrariedades imprevistas, regresa más tarde de lo acostumbrado, preocupado por otros pensamientos: las afectuosas palabras que lo reciben, caen en el vacío y lo dejan mudo: con la mesa arreglada con tanto amor, parece no acordarse de nada: sólo mira y observa que aquel plato, también arreglado para darle gusto, ha estado demasiado tiempo en el fuego, y se queja, sin pensar que la causa ha sido su propio retardo. Come con premura ya que debe como él dice, salir inmediatamente después de la comida. Apenas terminada, la pobre mujercita que había soñado con el goce de una dulce tarde transcurrida en su compañía, llena de recuerdos renovados, se encuentra sola en la sala desierta: son necesarias toda su fe y su valor, para reprimir las lágrimas que brotan a sus ojos.
Una escena semejante es raro que falte en el curso de la vida. Un principio proclamado por el gran filósofo Aristóteles, es que lo que uno es en sí mismo, tal le parece el fin que tiene que cumplir; en otros términos, que las cosas aparecen al hombre convenientes o no, según sus disposiciones naturales o las pasiones por las cuales se haya movido. Y vosotros veis, como las pasiones aún inocentes, los negocios y los acontecimientos, igual que los defectos hacen cambiar las ideas y las tendencias, olvidar las conveniencias, rehusar y no cuidarse de amabilidades y placeres. Sin duda, el marido podrá hacer valer como excusa el cansancio de una jornada de trabajo intenso, el cual lo fatiga más que los disgustos y las contrariedades. ¿Pero cree él o piensa que su mujer, no siente nunca cansancio ni sufre molestias? El amor verdadero y profundo, en uno y en otra, deberá hacer que se muestren más fuertes que el cansancio y el aburrimiento, más fuertes que los acontecimientos y la adversidad cotidiana, más fuertes que los cambios del tiempo y de las estaciones, más fuertes que la variación de los humores personales y la sorpresa de desgracias imprevistas. Conviene dominarse a sí mismos, no menos que a los eventos exteriores, sin ceder ni dejarse dominar por ellos. Conviene saber obtener de la fuente del amor recíproco, el sonreír, el agradecer, el expresar afecciones y cortesías; devolver gozos, a quienes os dan penas.
¡Oh hombres! cuando regresáis a casa, donde la conversación y el descanso restaurarán vuestras fuerzas, no estéis inclinados a ver y a buscar los pequeños defectos, inevitables en toda obra humana; mirad más bien a todo ese bien, por poco que sea, el cual os ha sido ofrecido como fruto de vuestros esfuerzos penosos, de vigilias, por la afectuosa acogida femenina para hacer de vuestra morada familiar, aunque modesta, un pequeño paraíso de felicidad y de alegría. No os concretéis a considerar tanto bien y a amarlo, no solamente en el fondo de vuestro pensamiento y de vuestro corazón, no: hacedlo aparecer y sentir abiertamente, a aquella que no ha evitado ningún trabajo para procurarlo y para quien la mejor y más dulce recompensa, será esa sonrisa amable, esa palabra agradable, esa mirada atenta y complaciente, en la cual ella comprenderá todo vuestro gradecimiento. (1)
A la mujer le ha sido dada por Dios la misión sagrada y dolorosa, pero también productora de gozo purísimo, de la maternidad, y a la madre está sobre cualquier otro, confiada la educación primera del pequeño en el comenzar de su vida.
Es cierto e indudable, que para la felicidad de un hogar doméstico la mujer puede más que el hombre. Al marido corresponden las primeras partes para asegurar la subsistencia y el futuro de las personas y de la casa; para las determinaciones que se refieren a él y a sus hijos para el futuro. A la mujer corresponden mil particulares diligencias, imponderables, cotidianas atenciones y cuidados, que son los elementos de la atmósfera interna de una familia y, según que actúen correctamente, o por el contrario se alteren o falten, la hacen sana, fresca, confortable, o pesada, viciada, irrespirable.
Entre las paredes domésticas la acción de la esposa, debe ser siempre la obra de la mujer fuerte, exaltada tanto en la Divina Escritura: de la mujer a quien se une el corazón de su esposo y que le devolverá un bien y no un mal para todos los días de su vida.
¿No es tal vez una verdad antigua y siempre nueva —verdad que radica en las mismas condiciones físicas de la vida de la mujer, verdad inexorablemente proclamada no sólo por las experiencias de los siglos más remotos, sino también por las épocas más recientes de industrias devoradoras, de reivindicaciones de igualdad, de desvíos "deportivos"— que la mujer hace el hogar y lo tiene a su cuidado, y que el hombre no podrá nunca suplirla? Es la misión que la naturaleza y la unión con el hombre, le han impuesto para el bien de la sociedad misma. Desviadla, atraedla fuera de los lugares de la familia con el aliciente de una de las muchas causas que se aducen para vencerla; veréis a la mujer descuidar su hogar; sin este fuego, el aire de la casa se enfriará, el hogar cesará prácticamente de existir, se convertirá en un precario refugio de algunas horas; el centro de la vida diaria desaparecerá, para el marido, para ella misma, para los hijos.
Se quiera o no, para quienes, hombre o mujer, están casados y resueltos juntamente a permanecer fieles a los deberes de su condición, el hermoso edificio de la felicidad, no puede alzarse sino sobre el fundamente estable de la vida de familia. Pero ¿dónde encontrar la verdadera vida de familia sin un hogar, sin un centro visible, que una esta vida, que la recoja, que la arraigue, que la mantenga, que la profundice, que la desarrolle y la embellezca? No digáis que materialmente el hogar existe desde el día en que las dos manos se unieron y los dos recién casados hicieron vida común bajo un mismo techo, en su morada, en su habitación, amplia o estrecha, rica o pobre. No; no basta el hogar material para el edificio espiritual, y hacer surgir del fuego terrenal, la llama viva y vivificante de la nueva familia. No será la obra de un día, especialmente si se mora no en un hogar preparado por las generaciones presentes, sino —como sucede hoy frecuentemente al menos en la ciudad— en un domicilio transitorio simplemente alquilado. ¿Quién creará entonces, poco a poco, de día en día el verdadero hogar espiritual, si no la obra de aquella que se ha convertido en una "ama de casa", de aquella a la cual se apega el corazón del esposo? Que el marido es obrero, agricultor, profesionista, hombre de letras o de ciencias, artista, empleado o funcionario, es inevitable que la acción sea por él ejercida durante la mayor parte del tiempo fuera de casa, o que en la casa se confine largas horas en el silencio de su estudio huyendo a la vida de familia. Para él el hogar domestico será el lugar, donde, al terminar el trabajo cotidiano restaurará sus fuerzas físicas y morales con el reposo, en la calma, en el gozo íntimo. Para la mujer, al contrario, este hogar será el reducto regular y el nido de su obra principal, de aquella obra que, de mano en mano hará de aquel retiro, por pobre que sea, una casa quieta y una convivencia tranquila, que se embellecerá no con muebles o con objetos de casa, sin estilo ni marca personal, sin expresión propia, sino sólo con los recuerdos que han dejado sus trazos sobre los muebles o que cuelgan de las paredes, como marcos de la vida vivida juntos en los gustos, en los pensamientos, en los goces, en las penas comunes, huellas y signos tal vez visibles, tal vez imperceptibles, pero de los cuales con el paso del tiempo el hogar material, tendrá un alma.
Pero el alma de todo será la mano y el arte femenino, con que la esposa hará atrayente cualquier rincón de la casa, aunque sólo fuese con su vigilancia, con el orden y la limpieza, con tener listas todas las cosas en el momento requerido. Alimento, para consuelo de la fatiga, cama para el reposo. A la mujer, más que al hombre, Dios le ha concedido el don, con el sentido de la gracia y de la amabilidad, de hacer ligeras y agradables las cosas más simples, precisamente porque ella, formada a semejanza del hombre, y como ayuda para constituir con él la familia, nació para infundir la amabilidad y la dulzura en el hogar de su marido, y hace que la vida en común se afirme fecunda y florezca en su desarrollo real.
Y cuando el Señor, en su bondad, haya dado a la esposa la dignidad de madre, el llanto del recién nacido no turbará ni destruirá la felicidad del hogar; sino por el contrario lo aumentará y lo sublimará con aquella aureola divina, donde resplandecen los ángeles celestes y de donde desciende un rayo de vida, que vence a la naturaleza y regenera a los hijos de Dios, e hijos de los hombres. ¡He aquí la santidad del tálamo conyugal! ¡He aquí la elevación de la maternidad cristiana! He aquí la salvación de la mujer casada! Ya que la mujer, proclama el gran apóstol San Pablo, se salvará en su misión de madre, es necesario que permanezca con modestia en la fe y en la caridad y en la santidad. Ahora bien, vosotros comprenderéis como "la piedad es útil a todo, teniendo promesa de vida presente y futura", y siendo, como explica San Ambrosio, el fundamento de todas las virtudes. Una cuna consagra a la madre de familia; y más cunas la santifican y glorifican ante el marido y los hijos, así como ante la Iglesia y a la patria. ¡Tontas, ignorantes de sí e infelices, aquellas madres que se lamentan cuando un nuevo hijo se aprieta contra su pecho y pide alimento de la fuente de su seno! ¡Enemigo de la felicidad del hogar doméstico el lamento causado por la bendición de Dios, que lo circunda y acrecenta! El heroísmo de la maternidad es la gloria de la esposa cristiana: en a desolación de su casa, si está sin el gozo de un angelito, su soledad se convierte en oración e invocación al cielo, sus lágrimas se unen con el llanto de Ana, que a la puerta del tembló suplicaba al Señor el don de su Samuel (2).
Sí; la esposa y madre es el sol de la familia. Es el sol con su generosidad y su dedicación, con su constante prontitud, con su delicada vigilancia, para proveer todo lo que es necesario para el marido y los hijos. En torno de sí, ella difunde luz y calor; y se suele decir que un matrimonio es bienaventurado, cuando cada uno de los cónyuges trata de hacer feliz no a sí mismo, sino a la otra parte. Éste noble sentimiento e intención aunque concerniendo a los dos, es sin embargo virtud primordial de la mujer, la cual nace con palpitaciones de madre, y con un corazón en el seno. Ese seno que recibe amarguras, y que no quiere dar sino gozos; que recibe humillaciones y que no devuelve sino dignidad y respeto; al igual gue el sol que alegra la mañana nublada o adorna con sus rayos, las nubes en su ocaso.
La esposa es el sol de la familia, con la claridad de su mirada y con la ternura de su palabra; mirada y palabra que penetran dulcemente en el alma, que doblegan y enternecen, transportándola fuera del tumulto de las pasiones y que llaman al hombre, a la alegría del bien y de la conversación familiar, al terminar una larga jornada de continuo y tal vez penoso trabajo, profesional o campestre, o después de negocios imperiosos del comercio o de la industria. Sus ojos y sus labios arrojan una luz y un acento, que tienen los mil fulgores de una lámpara, los mil efectos de un sonido. Son lámparas y sonidos que salen del corazón de la madre, que crean y vivifican el paraíso de la niñez e irradian siempre bondad y suavidad, aun cuando amonesta y reprende porque son los espíritus juveniles, que más fuerte sienten, más íntima y profundamente acogen los dictámenes del amor.
La esposa es el sol de la familia, con su naturaleza candida, con su digna simplicidad, y con su decoro honesto y cristiano. Tanto en el recogimiento y en la rectitud del espíritu como en la sutil armonía de su compostura y de su vestido, de su acogida reservada y afectuosa. Sentimientos tenues, elegantes gestos de cara, silencios ingenuos, un movimiento condescendiente de la cabeza, le dan la gracia de una flor, que abre su corola para recibir y reflejar los colores del sol. ¡Si vosotros supieseis qué profundos sentimientos de afecto y agradecimiento suscita tal imagen de esposa y de madre, en el corazón del padre de familia y de los hijos! ¡Oh ángeles que custodiáis su casa y escucháis su oración, esparcid perfumes celestes en ese hogar de cristiana felicidad!
¿Pero qué sucede si la familia queda privada de este sol? ¿Sí la esposa de continuo y en cada circunstancia, aún en las relaciones más íntimas no duda en hacer sentir cuántos sacrificios le cuesta la vida conyugal? ¿Dónde está su dulzura amorosa, cuando una excesiva dureza en la educación, una no dominada excitabilidad y una frialdad, irradia de su mirada y de su palabra, sofocando en los hijos el sentimiento de encontrar alegría y feliz consuelo cerca de la madre, cuando ella no hace más que turbar tristemente y amargar con voz áspera, con lamentos y reproches, la convivencia en el círculo de la familia? ¿Dónde está la generosa delicadeza y el amor tierno, cuando ella, en vez de crear con natural simplicidad una atmósfera de agradable tranquilidad en la morada doméstica, toma aires inquietos, nerviosos y exigentes de señora a la moda? ¿Es tal vez esto difundir los rayos solares vivificantes y benévolos, o más bien helar con glacial viento de tramontana el jardincito de la familia? ¿Quién se maravillará entonces si el hombre no encontrando en ese hogar lo que le atrae, lo retiene y lo conforta, se aleje de él lo más que pueda, provocando también un alejamiento de la mujer, de la madre, cuando la desaparición de la mujer no haya preparado la del marido; el uno y el otro yéndose asi a buscar a otro lado— con gran peligro espiritual y con daño de la unión familiar— la quietud, el reposo, el placer, que no les concede la propia casa? En tal estado de cosas, los que sufren más son más desventurados, son sin duda alguna los hijos.
He aquí, ¡oh esposas! a dónde puede llegar vuestra parte de responsabilidad en la concordia de la felicidad doméstica. Si vuestro marido con su trabajo espera procurar y establecer la vida de vuestro hogar, toca a vosotras y a vuestra acogida, el procurar el bienestar conveniente y asegurar la pacífica serenidad común a vuestras dos vidas. Esto es para vosotros no sólo un oficio de naturaleza, sino también un deber religioso, una obligación de virtud cristiana, por cuyo vigor y actos, creceréis en el amor y en la gracia de Dios.
"Pero —tal vez dirá alguna de vosotras: de este modo se nos pide una vida de sacrificio" Sí; vuestra vida es una vida de sacrificio, pero no solamente de sacrificio. ¿Creéis vosotras pues que en cualquier lado se puede gozar de una verdadera y sólida felicidad, sin tener que conquistarla con algunas privaciones y renuncias? ¿Que en algún rincón del mundo se encuentre la plena y perfecta beatitud del paraíso terrenal? ¿Y pensáis que vuestro marido no tiene que hacer también sacrificios, y tal vez mucho más graves, para procurar un pan honrado y seguro a la familia? Precisamente, estos mutuos sacrificios soportados juntos y con ventajas comunes, dan al amor conyugal y a la felicidad de la familia, su cordialidad y estabilidad, su profundidad santa, y su nobleza exquisita, que imprime el respeto mutuo de los cónyuges y exalta él afecto y el agradecimiento de los hijos. Si el sacrificio materno es más agudo y doloroso, la virtud de lo Alto lo amortigua. De su sacrificio, la mujer aprende a compadecer los dolores de los demás. El amor por la felicidad de su casa, no la restringe en sí; el amor de Dios, que la levanta con su sacrificio por encima de sí misma, le abre el corazón a la piedad y la santifica.
"Pero —se objetará aún—la estructura moderna social, obrera, industrial y profesional, obliga a un gran número de mujeres aún casadas, a salir fuera de la familia y a entrar en el campo de trabajo y de la vida pública". Nosotros no lo ignoramos, amadas hijas. Que tal condición de cosas, para una joven casada, constituya un ideal social, es muy dudoso. Sin embargo, hay que tener en cuenta un hecho: la Providencia siempre vigilante en el gobierno de la humanidad, ha insertado en el espíritu de la familia cristiana, fuerzas superiores que sirvan para mitigar y vencer la dureza de un estado social semejante, y para evitar los peligros que indudablemente se esconden. ¿No habéis observado cómo el sacrificio de una madre, la cual por motivos especiales, debe además de sus deberes domésticos afanarse para proveer con duro trabajo cotidiano a la nutrición de la familia, no sólo conserva sino que alimenta y acrecenta en los hijos la veneración y el amor hacia ella, y obtiene un agradecimiento más fuerte por sus angustias y fatigas, si el sentimiento religioso y la fe en Dios constituyen el fundamento de la vida familiar? Si tal es el caso de vuestro matrimonio, a la confianza en Dios, el cual ayuda a quien le teme y sirve, agregad en las horas y en los días que podréis dar enteramente a vuestros amados, con redoblado amor, el cuidado, no sólo de asegurar a la vida de familia el mínimo indispensable, sino haced que procedan de vosotras en el corazón del marido y de los hijos, rayos luminosos de sol, que confortan, fomentan y fecundan, aún en las horas de separación exterior, la coordinación espiritual del hogar (3).
Pío XII


1 Discurso a los Esposos, 8 de abril de 1942.
2 Discurso a las Mujeres de Acción Católica. 2.3 de octubre de 1941.
3 Discurso a los Esposos, 25 de febrero de 1944.

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