sábado, 16 de octubre de 2010

LA SALVACION DE LOS NIÑOS

Por iniciativa del Comité Episcopal, escribí este capítulo dedicado a los niños, con motivo de la importantísima "Carta Apostólica" que dirigió nuestro Santísimo Padre Pío XI, a los Prelados mexicanos, con fecha 28 de marzo del año en curso, la que versa sobre la situación religiosa.
Este capítulo está dividido en tres partes:
Primera parte.—El aprecio, que debemos tener de los niños.
Segunda parte.—Lo que exigen de nosotros, los niños, para su formación.
Tercera parte.—Los males que debemos evitar, para que los niños tengan perfecta formación.

PRIMERA PARTE
EL APRECIO QUE DEBEMOS TENER DE LOS NIÑOS
Cuando Dios Nuestro Señor creó al hombre en el Paraíso terrenal, quiso que, en aquellos momentos solemnísimos, repercutieran en todos los ámbitos del mundo, los sentimientos de infinita alegría que desde le eternidad concibió, al determinar traer a la existencia, a un ser tan privilegiado; y dejando el Señor el laconismo de que se valiera para hacer el mundo sensible, exclamó: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", ser de indescriptible grandeza, al que le dio una alma espiritual, capaz de desarrollar en él los tres grados de la vida, para que vegetara y creciera como vegetan y crecen las flores de los campos, sintiera como sienten las aves del cielo, y volando en alas del pensamiento pudiera penetrar en los grandes arcanos de la verdad, ideales que, fecundando en lo íntimo del corazón, habrían de impulsarle hacia el amor, hacia la caridad ardiente que da la vida espiritual al individuo, a los hogares, a la sociedad y a todas las naciones.
Con cuánta razón dijo el Santo Concilio de Trento: "El hombre es un compendio del universo'. Allí se incuba desde el grado más insignificante de la vida, como es la que disfrutan las pequeñitas plantas al ser sustentadas por la madre tierra, hasta aquella asombrosa vitalidad engendrada en el alma, mediante la luz de la verdad, la que descorriendo el velo de la ignorancia que cubre la inteligencia del hombre, le coloca en el anchuroso campo de la ciencia y la sabiduría, sublimes alas que han de transportarle hasta lo infinito.
Estos elementos tan perfectos traídos a la existencia, mediante el poder infinito de Dios, y que publican su gloria, en el universo todo, son los que constituyen a los niños, porción escogida de Nuestro Redentor Divino.
Se ve, con toda claridad, que el valor del niño es inestimable, por encontrarse colocado muy por encima del mundo sensible, de tal manera que la tierra al ostentar sus enormes riquezas, el oro, los diamantes contenidos en su seno, sus plantas, flores y frutos, sus inmensos mares donde se albergan millones de peces, la suave atmósfera que le rodea, donde extienden sus alas tan innumerables como variadas aves, unida toda ella, con tan preciosos elementos, a los voluminosos astros que, en número casi infinito, giran en el firmamento, apenas forman un pequeño destello, una insignificante sombra de lo que es el alma que informa a un pequeñuelo, aunque esté su cuerpo cubierto con pobres y sucios harapos, y sea objeto del desprecio de los hombres.
Mas si el niño es tan apreciable por los elementos físicos y naturales que le constituyen, ¿quién será capaz de concebir lo que es la grandeza de su espíritu, cuando Dios infinitamente misericordioso, movido por su ardiente caridad, le toma entre sus brazos para inundarlo con los dones sobrenaturales de la gracia?
Penetremos, con todas las fuerzas de nuestra inteligencia, dentro de la perfección cristiana que ha informado a los Santos, durante el tiempo que vivieron en este mundo, y así podremos estimar lo que son los dones sobrenaturales que, como copiosa lluvia, vienen del cielo para engrandecer al hombre desde su más tierna infancia.
De ello dan testimonio los millones de mártires, quienes fortalecidos por tan extraordinarios tesoros, sintieron, enmedio de los más crueles sufrimientos, inefables alegrías, al sacrificar su vida, con la sonrisa en los labios por amor al que muriera clavado en la Cruz para salvarnos.
Confirman igualmente esta verdad, los innumerables Santos que han pasado por el mundo, enriquecidos por tan heroicas virtudes.
¿Quién no se asombra al estudiar las vidas de San Luis Gonzaga, San Juan Berchmans, San Estanislao de Kotzka, quienes llevando su alma dentro del saco de corrupción que llamamos cuerpo, brillaron, de un modo extraordinario, por su pureza angelical?
¿Podremos estimar, como es debido, las heroicas virtudes que adornaron a Santa Teresita del Niño Jesús, desde que era pequeñita, haciéndola aparecer como un astro de grande magnitud, en el inmenso campo del espíritu?
¿Quién será capaz de apreciar los innumerables bienes que han adornado el alma de aquellos santos misioneros que, en número casi infinito, miraron con desprecio las ilusiones medidas por el tiempo, y dejando a sus padres, a su patria y los bienes de este mundo, se lanzaron a lugares lejanos y desconocidos, para sacrificar su vida, en bien de las ovejas descarriadas?
Si son tan hermosas las estrellas que brillan en el firmamento, más hermosas son aún las virtudes sobrenaturales que se forman en el alma, mediante la ardiente caridad de Dios.
Todas estas obras de extraordinaria grandeza, se incubaron en la época de la niñez y muchas de ellas se perfeccionaron, cuando el niño aun no había salido de aquella dichosa edad de la santa inocencia. De donde se desprende que la edad de la niñez, es el fundamento de las demás edades del hombre, por lo que todos los bienes del orden sobrenatural que adornan a los santos, enaltecen y demuestran la gran importancia del niño.
Como el árbol corpulento que aparece en lo alto de la montaña, tuvo su base en una pequeñita planta acabada de brotar de la tierra, así el hombre con todas sus perfecciones, aun las sobrenaturales, halla su fundamento en la niñez, porción escogida y predilecta del Corazón de Jesucristo.
Es, pues, el niño un arsenal de preciosísimas virtudes, las que nacen cuando aparecen en él los primeros rayos de la luz de la razón, y van creciendo a medida que pasan los días de su existencia.
Entre todos los dones que forman el más ameno jardín en el alma del niño, hay una flor que, cuando llega a su pleno desarrollo, toca con sus pétalos las bóvedas del cielo y embriaga con su perfume al mismo Dios. Esta flor es la virtud santa de la caridad, la que al informar al niño, hizo exclamar a Dios, diciendo: "Dioses sois".
¡Caridad! dulce nombre que abre ante los ojos de mi alma un horizonte de infinita grandeza, de tal manera que mientras más lo estudio, más se aleja de mí, por la debilidad de mi pobre inteligencia.
¿Pudiera acaso mi alma, brotada del abismo de la nada, asimilar con toda perfección el ideal de lo infinito?, pues infinito es el Hacedor Supremo y El fue quien dijo: "Dios es caridad". Por lo que el mismo lenguaje con todas sus riquezas e importantes recursos, aparece impotente para descifrar lo que es aquella colosal virtud, la que se derrama sobre el alma del niño, como un torrente, de la misma manera que las nubes envían su copiosa lluvia para vivificar a las plantas y florecitas que cubren nuestros campos. Y así como el sol, al aparecer en el Oriente, alegra con su luz y su calor a los millones de seres sensibles que buscan con ansiedad la conservación de su vida, la caridad penetra en los corazones de los niños, para convertirlos en volcanes de amor ardiente, vida inapreciable que les prepara la entrada triunfal a las mansiones eternales de la gloria, donde serán envueltos en el oleaje de las infinitas perfecciones y gozos de Dios, como son envueltos los peces en las tibias aguas del inmenso océano.
Niños: Cuán grandes sois en las apreciaciones que Dios hace de vosotros, allá en los arcanos de su infinita sabiduría. Lleváis en vuestro ser una alma espiritual capaz de conocer y amar; vuestros pensamientos pasan más allá de los espacios interplanetarios, para penetrar en los abismos de lo infinito vuestros amores forman el fundamento, la férrea base, donde descansa la heroica perfección de los grandes santos; esa misma caridad es la que os llevará hasta lo más alto de los cielos para uniros, de la manera más íntima, con Dios Nuestro Señor.
Por todas estas consideraciones, los que tenemos en nuestras manos vuestra formación, por disposición de Dios, seremos cuidadosísimos en atenderos, con todas las fuerzas del alma, aunque para ello fuere necesario sacrificar nuestra vida por tan augusta causa.

SEGUNDA PARTE
LO QUE EXIGEN DE NOSOTROS LOS NIÑOS, PARA SU FORMACIÓN
Bien pudiera Dios Nuestro Señor, haberse constituido, desde la eternidad, en una suprema fuente, para que de ella se originaran, en el curso del tiempo, todos los dones necesarios que las admirables obras de sus manos habrían de exigir para llegar a su plena y perfecta formación, sin que mediara, en lo más mínimo, la intervención de las criaturas; como acontece tratándose de la prolongación de nuestra existencia, hecho extraordinario, que, por exigir una potencialidad infinita, ya que es infinita la distancia que media entre la nada y el ser, de un modo exclusivo compete a Dios, porque sólo El tiene un poder ilimitado.
Mas quiso Dios, de acuerdo con los altos designios de su infinita sabiduría, no hacer por Sí mismo lo que puede hacer mediante las causas segundas; por lo que determinó que sus criaturas cooperasen con El, en aquellas obras que permiten la intervención de un poder limitado; y así, aunque el Supremo Hacedor, quien hizo todas las cosas de la nada, está capacitado, del modo más perfecto, para alimentar a las plantas y flores del campo, a las aves del cielo y a todos los demás seres que disfrutan de la vida sensible, dispuso que la tierra, convertida en madre, les proporcionara los elementos que los vivifican, en una forma tan necesaria, que si la tierra se negara a alimentar a tantos millones de seres que de ella se sustentan, quedarían desiertos los campos al desaparecer sus hermosas flores deshechas por la muerte. Perecerían los corpulentos árboles que cubren las montañas. Ya no cruzarían las aves el anchuroso espacio, ni se escucharían sus melodiosos cantos, porque habrían perdido su existencia, y la misma humanidad tendría que declinar a la tumba.
Este cuadro pavoroso que haría de la tierra un vasto cementerio, nos esclarece, con vivísimos colores, lo que acontecerá a la humanidad si nos descuidamos en procurar la formación de los niños, ya que Dios Nuestro Señor, de la misma manera que hizo de la tierra una gran fuente para dar la vida a innumerables seres vegetales y sensibles, dispuso que la sociedad humana tomara a su cargo la formación de los niños, sus hijos predilectos, en una forma tan firme y decisiva, que ellos dependen de nosotros, como la flor del campo depende de la planta que le da la vida.
Se ve, por lo tanto, con toda claridad, cuan grande y sagrado es el derecho que tienen los niños, de exigir a la sociedad humana los elementos necesarios para su formación material, intelectual y moral; sobre todo si tomamos en cuenta el principio antes citado: "Dios no hará por Sí mismo lo que puede hacer mediante las cosas creadas".

COOPERACIÓN NUESTRA PARA FORMAR A LOS NIÑOS EN EL ORDEN MATERIAL
La clase elevada de la sociedad, y lo mismo pudiéramos decir de la clase media, disponen, con facilidad, de todos los medios que son indispensables para el sustento de sus niños, así como el vestido y las habitaciones más o menos confortables. Mas tratándose de las familias que pudiéramos llamar de ínfima clase, las que forman una gran parte de la humanidad, en no pocas ocasiones carecen aun de lo más necesario, para remediar las necesidades de sus pequeñuelos.
Nunca olvidaré un cuadro macabro que apareció ante mis ojos, cuando, a las altas horas de la noche, fui llamado para suministrar los Santos Sacramentos a un moribundo.
Penetré en una desvencijada alcoba sin poder encontrar al enfermo, porque no había luz para deshacer las tinieblas que reinaban en la mísera mazmorra.
Entre tanto que la persona que me acompañaba salió a buscar una luz, para que yo pudiera cumplir con mis deberes sacerdotales, se escuchaban las voces de pequeños niños, que decían entre sollozos: Mamá, danos pan, tenemos hambre. Cuando la luz iluminó aquella pobre habitación, mis ojos descubrieron el cadáver de una mujer que había muerto hacía pocos instantes; pues el cuerpo aún no estaba rígido, teniendo a su lado tres hijos que continuaban gimiendo bajo el peso de la miseria, y sobre su pecho a un pequeñito que en vano pretendía sacar el alimento de la mujer quien poco antes había sido su madre.
Y cuántas veces, a las altas horas de la noche, contemplamos en las avenidas de nuestra gran Metrópoli, los montones de infelices niños, encimados unos sobre otros, para defenderse, en lo posible, del crudo frío producido por la escarcha, después de haber carecido, durante el día, de un mendrugo de pan para saciar el hambre, entre tanto que los perros se encuentran albergados en magníficas casetas construidas en las azoteas de los suntuosos palacios, teniendo a su disposición los alimentos en abundancia.
No sabemos amar, si nuestros corazones no se estremecen al palpar que tantos infelices niños, hermanos nuestros e hijos predilectos de nuestro Divino Redentor, se encuentran subyugados por el peso de las más grandes amarguras, aconteciendo, no pocas veces, que mientras se multiplican casi hasta lo infinito tan enormes penas que pesan sobre ellos, los que poseen las riquezas del mundo, derrochan cuantiosas sumas en las casas malditas de la prostitución y en halagar sus torcidas pasiones, contemplando, en los cines y teatros, aquellas escenas asquerosas que destruyen la paz de la conciencia.
Todos estos vergonzosos y deplorables acontecimientos, forman las pruebas más claras que la luz, para demostrarnos, que si nosotros no atendemos a los niños en sus necesidades materiales, muchos de ellos serán víctimas de la muerte y no pocos quedarán indispuestos para su formación intelectual y moral, preparándose así la ruina de la futura sociedad humana.
He aquí por qué nuestro Redentor Divino, quien ha tenido siempre sus delicias en estar con nosotros y, sobre todo, con los niños, dirigiendo una mirada tierna y cariñosa hacia sus amados sacerdotes, dejó escritas estas significativas palabras: no llevéis con vosotros, sino una túnica y un calzado, palabras que revelan hasta donde llega su deseo ferviente de que seamos como El, tesoros de inmensa caridad, para que el banco de nuestros ahorros materiales, se constituya, de un modo especial, en pro de los niños desvalidos.
¡Oh bendito desprendimiento sacerdotal de las cosas terrenas; cómo engendras los hechos heroicos de la férrea caridad cristiana; cómo transportas al sacerdote caritativo hasta lo más alto de los cielos!
Tengan muy presente los depositarios de las riquezas materiales, que Dios las puso en sus manos, para que, conforme a la Ley santísima, hagan de ellas el uso que les corresponde; y que están obligados, no sólo por caridad, sino por estricta justicia, a remediar las necesidades extremas de los pobres, muy especialmente de los niños; por lo que si no cumplen con este deber tan sagrado, dominados por la avaricia y el egoísmo, su dinero y todos sus grandes tesoros materiales, tan sólo les servirán para provocar la ira tremenda de Dios, quien, en el último día de los tiempos, en el momento de pronunciar su solemne juicio, les dirá: "Id, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve desnudo y no m vestisteis.

NECESIDAD DE LA FORMULACIÓN INTELECTUAL Y MORAL DEL NIÑO
Tomando en cuenta la doctrina que acabo de exponer, se ve, de un modo claro, cuan grande es la obra de caridad que practica el hombre ayudando a los niños pobres, en relación con sus necesidades materiales, dándoles los alimentos, vestidos, facilitándoles los medios necesarios para curarse de sus enfermedades y albergue honesto, y en lo posible, confortable, cuando carezcan de él.
Esta obra de extraordinaria caridad, es de un valor inestimable, y atrae innumerables bendiciones del cielo sobre aquellos que la ponen en práctica; pero aparece pequeña e insignificante, comparada con la importancia que lleva consigo la educación del alma humana, cuyo valor se eleva casi hasta lo infinito, pues entre tanto que el cuerpo del hombre fue formado de la vil materia, la que recibe tantas transformaciones medidas por el tiempo, el alma del hombre, al salir de las manos de Dios, apareció en el cielo del pensamiento, como un astro de grande magnitud, constituida por una naturaleza espiritual que busca la verdad inmutable y eterna y engendra el amor que tanto la enaltece, hasta unirla íntimamente con su Dios en el orden sobrenatural, como lo demostramos ya en la primera parte de este estudio.
Bien pudo Dios Nuestro Señor, desde el principio del mundo, educar el alma del niño por Sí mismo, de la misma manera que le dio la existencia, o haberla encomendado a los ángeles del cielo; pero su voluntad santísima dispuso que fuéramos nosotros los encargados de dar cumplimiento a tan altísima misión, por lo que si debemos atender a los niños en su vida corporal con verdadero esmero, por un motivo casi infinitamente mayor estamos obligados a hacerlo, tratándose de su formación espiritual; conclusión que aparece con mayor firmeza ante nosotros, si fijamos nuestras miradas en la imposibilidad que lleva consigo el niño para educarse a sí mismo; pues como necesitó del alimento de la madre cuando ésta le dió a luz, con mayor razón exige nuestra ayuda tenaz y constante para conseguir el pan espiritual del alma.

IMPERIOSA NECESIDAD DE LA LUZ DEL EVANGELIO EN EL NIÑO
La luz del Evangelio es la copiosa lluvia que debe caer sobre las almas de los niños, para que se produzcan en ellas los tesoros abundantes de la gracia sobrenatural, obra extraordinaria que encomendó nuestro Redentor Divino a los sacerdotes que habían de venir al mundo en el curso de los tiempos.
El centro de las actividades de la Iglesia, de un modo especialísimo, está formado por el Vicario de Jesucristo, los Obispos y los sacerdotes. A nosotros dirigió Nuestro Señor Jesucristo aquellas expresiones llenas de inmenso amor y de ardiente celo: "Vosotros sois la luz del mundo"; por lo que así como el sol alumbra a la tierra y da luz a nuestros ojos para que podamos disfrutar de las bellezas que encierra dentro de sí, nosotros, los eclesiásticos, somos los designados por Dios para llevar la luz del Evangelio a la inteligencia de todos los hombres; pero especialmente de los niños, sin la cual el alma queda envuelta en las horribles sombras de la ignorancia, o lo que peor es, de los funestos errores que tan grandes males han producido durante todos los tiempos, en las generaciones humanas.
Por lo tanto, el buen sacerdote debe tener cuidado muy especial en dar, periódicamente a los niños, conferencias y misiones sobre los temas más importantes del Santo Evangelio, para que a medida que se desarrolle su naturaleza corpórea, crezcan más y más en sus almas aquellas luces celestiales venidas de los labios de Jesucristo Nuestro Redentor, que han delineado el camino que conduce al hombre hacia la perfección cristiana.
Esta conferencias y misiones deben darse en una forma sencilla y adaptadas a la inteligencia del niño, de lo cual se desprende que esta imperiosa necesidad no se remedia con la explicación del Evangelio que el sacerdote hace en favor del pueblo. Los niños colocados en condiciones especiales reclaman sus derechos de predilección, fundados en aquellas dulces expresiones de Nuestro Señor Jesucristo: "El que acogiere a un niño en nombre mío, a mí me acoge".
Uno de los secretos más importantes para evangelizar a los niños, es que el sacerdote se caracterice por la constancia tenaz en aplicar los medios que conducen a tan importante fin, pues basta que aquella misión santa se interrumpa, aunque sea por poco tiempo, para que el príncipe de las tinieblas, aprovechando la inexperiencia de los niños, siembre la cizaña en aquellos inocentes corazones, para alejarlos de la palabra de Dios y de la práctica de los santos sacramentos, preparando de este modo su ruina espiritual.
Como el sol, con una constancia que asombra, no deja pasar un día sin bañar con su luz y su calor a las plantas y flores que son sustentadas por la tierra, cumpliendo así con la misión que Dios le encomendara, desde que lo puso en lo alto del firmamento; el sacerdote, sol de la verdad, debe esforzarse en no interrumpir su acción evangélica en favor de los niños.
Tengamos muy presente que en la época de la niñez se incuba la futura sociedad humana. Como es el niño, es el joven; como es el joven, es el anciano; como son las causas, son los efectos: "un abismo llama a otro mismo". ¿Queréis, pues, destruir el ateísmo, la blasfemia, la multitud de errores que pululan por todas partes? ¿queréis acabar con el crimen y con los depravados vicios? evangelizad al niño con tenacidad y constancia, y así la humanidad estará siempre en paz e irá por el camino de la verdad que nos conduce al cielo.
Sacerdotes: si nosotros no trabajamos con todo empeño, con verdadero heroísmo por evangelizar al niño, podremos llegar a ser muy ilustrados y conocedores de los más profundos principios de la ciencia, grandes artistas, la admiración de los intelectuales, con motivo de nuestras dotes oratorias; pero estaremos lejos, muy lejos de ser verdaderos discípulos de Jesucristo. El campesino que no labra la tierra, no es agricultor; el sacerdote que no evangeliza a los niños, no merece llevar tan honroso título y me atrevo a decirlo: de hecho, no es sacerdote.

ENSEÑANZA DE LA DOCTRINA CRISTIANA A LOS NIÑOS.
Por la infinita misericordia de Dios, con ligeras interrupciones, las misiones han sido mi ocupación favorita, durante los treinta y siete años que llevo de ejercer mi ministerio eclesiástico; y en todas ellas he dado la preferencia a enseñar la Doctrina Cristiana a los niños, encontrando, mediante una experiencia tan larga, que la Catequesis debe llenar tres necesidades substanciales: grabar en la inteligencia literalmente la fórmula del catecismo, que contenga respuestas breves, muy claras; explicarlas hasta ponerlas al alcance de los niños, e infiltrar en sus corazones aquellos santos principios pura que los practiquen.
Sin el aprendizaje de la fórmula, aunque los niños entiendan de pronto el contenido de las explicaciones que escuchan de los labios del catequista, se hacen víctimas de peligrosas confusiones que destruyen la fijeza de las ideas religiosas, lo que no acontece teniendo el niño arraigada en la memoria la fórmula donde se contienen los temas explicados.
Si prescindimos de la explicación, el niño no entiende aquella doctrina santa.
Si conoce la fórmula y la entiende, pero el catequista no consiguió que la doctrina penetrara en el corazón del niño, éste no la estimará ni la pondrá en práctica.
El lugar por excelencia para la enseñanza del Catecismo, es la Iglesia; aquel lugar santo donde Nuestro Señor Jesucristo está tan cerca de nosotros; por lo que es un error de grande trascendencia suplir aquél recinto sagrado, con otros lugares, bajo, el pretexto de que los niños son inquietos y no guardan, a Jesucristo Sacramentado, las atenciones que le prodigan los demás fieles.
Obrar de esta manera, es contrariar a nuestro Divino Salvador, quien siempre manifestó, acá en el mundo, su especial predilección por los niños. Recordemos aquel pasaje del Evangelio cuando los Apóstoles pretendieron retirar a los niños, del Templo; Jesucristo les dijo: "Dejad a los niños que se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos".
La enseñanza de la Doctrina Cristiana en la Iglesia, debe ser atendida directamente por el Párroco, y cuando éste esté imposibilitado para ello, en lo posible procurará ser sustituido por un sacerdote. Los Catequistas prestan una ayuda importantísima al Párroco; pero éste no debe declinar la dirección inmediata de tan importante obra en favor de los legos. El Párroco que no atiende personalmente la enseñanza de la Doctrina Cristiana en la Iglesia, no es buen discípulo de nuestro Divino Redentor.
Aprovechando el Párroco la cooperación de los Catequistas que él está obligado a formar con grande esmero, procurará que no haya en su Parroquia un poblado, por pequeño que sea, sin un Centro Catequístico; y en las poblaciones grandes establecerá un Centro para cada cuadra, a donde acudirán los niños de la comarca, convocados por los catequistas, una vez por semana; teniendo cuidado de no elegir los días dedicados a la enseñanza en las Iglesias.
En cada cuadra tendrá el Párroco un Celador fervoroso quien le rendirá el informe mensual sobre el progreso catequístico. El Párroco se esforzará por visitar aquellos Centros, siquiera dos veces al año, para impulsarlos y darles mayor vitalidad cristiana.
Finalmente, se esforzará el Párroco en fomentar LA ASOCIACION DEL CATECISMO PRIVADO, la que se formará por los padres de familia y sus hijos, teniendo como obligación funjir como Superior en cada casa, convocar a todos los miembros de la familia, incluyendo a los sirvientes si los hay, para que en el día y hora más oportuna, estudien el Catecismo una vez por semana, durante diez o quince minutos como máximum. Para este estudio, es del todo necesario que el Catecismo sea muy breve.
Cada socio rezará una vez al día el Ave María por la prosperidad de la Catequesis y hará con este mismo fin, dos comuniones al año.
Como el fin principal de LA ASOCIACION DEL CATECISMO PRIVADO tiene por objeto que se estudie el catecismo de la Doctrina Cristiana en cada casa, los frutos son extraordinarios, si el Párroco la atiende con verdadero celo apostólico, porque cada hogar se convierte en un Centro Catequístico.
Los padres y madres de familia que no secundan los esfuerzos de su Párroco para que los niños se instruyan en la doctrina cristiana, son criminales delante de Dios, porque con tan punible omisión hacen la ruina más completa de sus hijos, conduciéndolos poco a poco a la muerte que les priva de la vida sobrenatural del alma y predisponiéndolos así para la condenación eterna.

NECESIDAD DE FORMAR LA PIEDAD CRISTIANA EN EL ALMA DEL NIÑO.
Cuan dichosos son los hogares, cuando reina en ellos la piedad cristiana. Entonces es cuando la felicidad verdadera inunda a sus moradores unidos por el vínculo de la caridad que es difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo; y al arrullo suave de aquellas santas oraciones tantas veces repetidas por la buena madre con sus hijos, se prolongan los días de paz y de consuelo, en medio de las penalidades que agobian al hombre en este mundo.
Muchas veces encontré, con motivo de las misiones, a pecadores apartados por completo de Dios Nuestro Señor, de tal manera que después de haber predicado durante largos días la palabra de Dios, no lograba traerlos al camino del cielo; y cuando me parecía que todos mis esfuerzos habían fracasado, traía a su memoria el recuerdo de su infancia, cuando la madre cariñosa infiltrada de la caridad cristiana, les repetía una y mil veces los dulces nombre de Jesús y de María, signándoles con la señal de la cruz, entre tanto que rezaba con ellos aquellas santas y expresivas oraciones, las que aun después de pasados muchos años, dejan sus ecos en el interior del alma, y no pudiendo contener sus lágrimas, impresionados con aquellos preciosísimos recuerdos, caían de rodillas, acogiéndose a la misericordia de Dios, entre sollozos y profundos suspiros.
¡Oh padres y madres de familia; mirad todo lo que podéis hacer en favor de vuestros hijos, si en lugar de llevarles el paganismo con los modernos sistemas calcados en los caminos del placer mundano procuráis formar en ellos un espíritu piadoso, haciendo que en vuestros hogares se respire el suave perfume de las virtudes cristianas que engendran la verdadera paz en las familias las que después de endulzar nuestros sufrimientos en esta vida, nos preparan el camino para reunimos en el cielo con aquellos seres queridos que nos arrebató la muerte.
Si, por lo tanto, los padres de familia en verdad aman a sus hijos, deben despertar en ellos, desde sus más tiernos años, un espíritu piadoso, acostumbrándoles a encomendarse a Dios, a su Santísima Madre, a los Angeles y Santos del cielo, al Angel de la Guarda y al Santo de su nombre, tanto al despertar por la mañana, como al disponerse por la noche para entregarse al sueño.
Esta práctica tan laudable se hará en una forma muy breve para que nunca la abandonen los niños.
En aquellos buenos tiempos las Mamás cifraban sus delicias en estar con sus niños al despertar por la mañana; y por la noche poco antes de que se entregaran al sueño, para rezar con ellos sus oraciones acostumbradas, y jamás dejaban ni solo día de rezar el Santo Rosario con todos los miembros de la familia.
En los tiempos presentes no son pocos los padres de familia que abandonan, por la mañana, a sus hijos al cuidado de los sirvientes; y por la noche se ocupan tan sólo de disfrutar de los placeres y entretenimientos mundanos, en los cines, teatros, salones de baile, y en otros lugares que no me atrevo a nombrar, entre tanto que sus hijos se van desarrollando en un ambiente pagano, en medio de la abundancia de los elementos materiales; pero con sus almas hambrientas y cubiertas de asquerosos harapos, porque carecen en lo absoluto del pan espiritual que suministra la piedad cristiana.

LA SAGRADA EUCARISTIA ES LA FORTALEZA DEL NIÑO
Todas las fuentes de la gracia sobrenatural aparecen como obras gigantescas venidas de la bondad infinita de Dios, de tal manera que los dones sobrenaturales que de ellas se desprenden, sólo podremos apreciarlos en el cielo.
Mas hay una que supera a todas las demás, porque no sólo procede de Dios como autor sobrenatural, sino que encierra dentro de sí al Verbo Divino hecho hombre. Esta extraordinaria fuente es la Sagrada Eucaristía instituida por Nuestro Señor Jesucristo, cuando estaba ya próximo el momento en que había de morir clavado en una cruz, para partir, después de su Resurreción, lleno de gloria, hacia lo más alto de los cielos.
Aquel Padre amoroso no pudo consentir en dejarnos solos en este mundo; nos amaba con un amor infinito y conocía con toda perfección el áspero sendero de esta vida que habíamos de recorrer, regándolo con nuestras lágrimas, en medio de las más grandes penalidades y crueles amarguras. Y como el que ama tiende a identificarse con el ser amado, sobre todo en el campo del dolor, dispuesto a cumplir su palabra divina, quiso permanecer con nosotros hasta la consumación de los siglos.
La efervescencia de su amor al instituir la Sagrada Eucaristía, dice San Alfonso María de Ligorio, se convirtió en una verdadera locura, e impulsado por su infinita caridad, no contento con vivir en medio de nosotros, resolvió ser el alimento sobrenatural del alma.
La madre cariñosa se contenta con dar a su hijo el alimento que lleva dentro de sus pechos y estrecharle entre sus brazos; nuestro Divino Redentor al instituir la Sagrada Eucaristía, quiso ser nuestra vida sobrenatural y albergarnos en lo íntimo de su corazón, lo que le hizo exclamar diciendo:
"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida", "Este es el pan que descendió del cielo", "Yo soy el i nmino, la verdad y la vida".
Mas si la institución de la Sagrada Eucaristía fue obra del amor divino en favor de todos los hombres, de un modo especialísimo Jesucristo se quedó sacramentado, para nutrir con su cuerpo, con su preciosa sangre, su alma y su divinidad, a los inocentes niños quienes sienten la imperiosa necesidad de una gran fortaleza, la que está formada por la infinita vida que encierra dentro de sí el sacramento del Amor.
Este es el gran secreto para que el niño, en medio de las borrascas tremendas de la vida, pueda sostenerse firme en su fe y continuar luchando hasta llegar al cielo.
Sin este pan divino, los ejércitos infernales abrirán brecha en aquellas inocentes almas; apoderándose de su inteligencia y de su voluntad, producirán en ellas el mayor de los desastres.
Pretender, pues, formar buenos niños que hagan las delicias del hogar, piadosos y santos, robustecidos por las hermosas virtudes que forman la belleza del jardín del alma, sin hacerles participantes del banquete eucarístico, es tanto como querer que las flores cortadas de la planta que les da la vida conserven su frescura y su agradable aroma.
Por lo tanto, si Jesucristo Sacramentado pertenece de un modo especial a los niños, está fuera de toda duda que nosotros, los eclesiásticos, estamos obligados a procurar con verdadero empeño, que hagan su primera comunión cuando sean capaces de distinguir el pan del cielo del pan de la tierra, como dice el Santo Concilio de Trento, y que continúen comulgando todos los días o siquiera con frecuencia.
Las potestades del infierno, deseando a todo trance preparar la perdición de las futuras generaciones humanas, se aprovecharon de la soberbia de Jansenio quien revestido de aparente santidad y de una grande hipocresía, logró engañar no poco a los sacerdotes, para que retiraran a los niños de la frecuente comunión. Cuánto sufrió Santa Teresita del Niño Jesús, cuando después de haberse alimentado, por primera vez, con el Pan Eucarístico, al siguiente día no tuvo permiso de su confesor ni de sus Superiores, para comulgar.
Si los niños son irreflexivos, menos reverentes en las Iglesias, que las personas mayores y adolecen de los defectos propios de su edad, no son éstos, motivos justificados para que se les conduzca al cadalso alejándoles de la fuente de la vida sobrenatural. Mayores han sido nuestras miserias en el curso de nuestra existencia, y sin embargo, a medida que hemos palpado sus funestos efectos, con mayor ansiedad, acudimos a la fuente divina que sacia la sed que nos devora, para remediar nuestras necesidades espirituales.
Entre tanto, pues, que tengamos conciencia moral de que los niños están revestidos con la gracia santificante, alimentémosles con el Pan que sostuvo a millones de mártires, en medio de los más crueles suplicios, y que después de hacer tántos santos en la tierra, ha llenado el cielo de bienaventurados.

COMO DEBEN SER ORGANIZADAS LAS ESCUELAS PARA EL NIÑO
Otro de los medios, por cierto de suma importancia para educar al niño, es la enseñanza que se le suministra en las escuelas bien organizadas.
Allí es donde el niño nutre su inteligencia con los principios de la verdad, espléndida luz que dirige sus actos hacia el campo amplísimo de la voluntad, para que con tan importante estímulo brote de ella la caridad cristiana que forma las delicias del hogar y la paz de las naciones.
Es, por lo tanto, el alma del niño en las escuelas, un vastísimo campo espiritual, donde el maestro siembra y cultiva aquellas bellas plantas que con sus frutos forman el sostén de mil y mil generaciones humanas. En ese campo se forman los hombres de ciencia, los grandes artistas, los buenos hijos, los verdaderos patriotas y, sobre todo, los hombres de gran corazón quienes siempre están dispuestos, si fuere necesario, a sacrificar su vida, antes que volver sus espaldas al Dios de infinito amor, quien después de darnos la existencia nos ha colmado de innumerables beneficios.
Como los buenos ingenieros, al construir los suntuosos palacios de las grandes capitales se preocupan, en primer lugar, por establecer los sólidos cimientos donde han de basarse aquellos magníficos muros que los constituyen, los maestros que obran con cordura y apegados a la más estricta justicia, han de cimentar, del modo más perfecto, la obra colosal de la educación del niño, lo que se consigue grabando en el alma la idea de Dios, fuente que lleva consigo la luz suprema, la verdad, de donde se desprenden todos los principios que constituyen el verdadero progreso humano.
Estudiemos, aunque sea en una forma muy breve, el fundamento de este importantísimo ideal.
Si damos una mirada penetrante sobre las aves que vuelan en el cielo y estudiamos su origen de un modo concienzudo, llegaremos a la conclusión cierta de que unas proceden de las otras; y aunque nos remontemos a los tiempos más antiguos, jamás encontraremos el ave que por sí misma haya venido a la existencia; porque así nos lo enseña la Historia de todos los tiempos, y porque es imposible que brote de la nada, un ser sin que medie otra causa que venza la distancia Infinita que hay entre la nada y las cosas existentes; de lo que se desprende que en el conjunto de todas las aves no hay una sola que explique su existencia; y sin embargo, las aves cruzan el espacio en número casi infinito; por lo tanto, hay un Ser, principio de la primera ave, y del mismo modo podremos argumentar tratándose de los peces de la mar así como de las innumerables especies de animales que están poblando la tierra y de todos los vegetales, desde la pequeña florecita del campo, hasta los frondosos y corpulentos árboles que cubren las elevadas montañas.
Si después aplicamos toda la vitalidad de nuestra inteligencia para contemplar el número casi infinito de astros, muchos de ellos tan voluminosos, que la tierra aparece pequeñita con sus nueve mil leguas de circunferencia. Unos se mueven, otros están fijos; pero todos ellos durante largos siglos, han formado parte de la gran máquina del universo, reinando en este admirable conjunto, el orden más perfecto, y sin embargo, aunque el sol envía sus torrenciales rayos de luz, sobre innumerables astros, no puede concebir el más ligero pensamiento, porque está formado de la vil materia, la que se encuentra muy por abajo de la naturaleza espiritual, principio del pensamiento; y lo mismo podemos asegurar de todos los demás astros.
¿Cómo podremos, pues, concebir esa perfecta organización de millones y millones de estrellas y de soles, sin palpar la existencia de un Dios que los gobierna?
Hablan con un lenguaje mudo, pero elocuentísimo, el sol, la luna y las estrellas, y aquellos ecos repercuten en todo el firmamento para decirnos; existe Dios. Cantan las aves en el cielo y sus melodiosos cantos nos dicen; existe Dios. Y las florecitas de los campos con sus vivísimos colores y su suave perfume, de nuevo repiten lo mismo: "existe un Dios Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas que en ellos se contienen"; "Los cielos cantan la gloria del Señor".
Y como la plenitud de los efectos se contiene, del modo más perfecto, dentro de las causas que los producen, se ve con toda claridad, que siendo Dios el principio de todas las cosas, por lo que no es limitado por nadie, Dios es la perfección infinita, la sabiduría sin límites, el Omnipotente, la fuente de la verdad que alimenta la ciencia de los ángeles y vence la ignorancia del hombre, cuando éste da cabida a los rayos luminosos que se desprenden de aquel sol divino.
Por tanto; si los maestros desean con toda sinceridad infiltrar en los niños la verdadera educación, están obligados a grabar en la inteligencia de sus discípulos ,como base fundamental de su formación, el ideal de un Dios Creador de todas las cosas y Supremo Principio del progreso humano.
¿Qué sería de la madre tierra si los inmensos mares ocultaran sus aguas, no dando su valioso contingente para que se formaran las nubes en el cielo? Ya no vendría sobre ella aquella copiosa lluvia que le da la fecundidad; morirían las flores del campo y con ellas las plantas a las que da vida, quedando el planeta que habitamos envuelto en la más horrible aridez. No se escucharía ya el suave murmullo de las aguas que antes corrían por los arrollos y los ríos alimentando a su paso las artísticas instalaciones establecidas por el hombre para producir el movimiento, fuente copiosa de la prosperidad material.
De la misma manera quedará reducida a despreciables cenizas, la enseñanza en las escuelas cuando sea despreciada la copiosa lluvia que se desprende del inmenso océano de la bondad infinita de Dios, sin la cual se secan las flores del alma al huir de ella la verdad, para ser sustituida por los funestos errores que alejan al niño de la verdadera ciencia, más lejos que el Oriente del Occidente y lo arrojan en el caos de la maldita soberbia humana y la más completa obscuridad.
Quitad a la tierra la luz del sol y sus bellezas quedarán envueltas en una obscura y tenebrosa noche. Quitad del niño la luz que se desprende de la Sabiduría infinita de Dios, y solo ostentará las horribles sombras que a su paso dejan las torcidas pasiones y los funestos vicios. La luz jamás será engendrada en las tinieblas, la vida nunca podrá sacarse de la muerte.
O se desarrolla la educación del niño, bajo la benéfica protección del Supremo Padre de la humanidad, o ésta se pierde en el abismo de la más enorme desgracia.
¡Benditos sean una y mil veces los eclesiásticos que de un modo especial y constante, dedican sus esfuerzos y sus recursos pecuniarios a fomentar las escuelas protegidas por la luz del Evangelio; que la protección infinita de Dios esté siempre sobre los maestros que secundan tan sublimes ideales.

DEBEMOS ESTABLECER LUGARES DE RECREO Y CENTROS CULTURALES PARA LOS NINOS
Es indudable que, mientras permanezcamos en este mundo, seremos combatidos en todos los momentos de nuestra vida, por los furiosos enemigos que a todo trance pretenden nuestra desgracia temporal y eterna.
Como nos acompaña la sombra producida por nuestro cuerpo adonde quiera que vayamos, así van con nosotros los enemigos del alma, dispuestos a combatirnos, en las plazas, en las calles, dentro de nuestra casa y donde quiera que nos encontremos.
Estas batallas las preparan nuestros enemigos, con mayor esmero, para combatir al niño, porque conocen perfectamente que el hombre, en esa edad, es más inexperto y presenta mayor facilidad para ser seducido; pero sobre todo, reconocen, Satán y sus satélites, que si logran establecer la perversidad en el alma, durante la época de la niñez, tienen ya los cimientos preparados para continuar su obra funesta y destructora, mientras el hombre viva en este mundo.
Es, pues, para el demonio, de grande interés, pervertir al hombre en su primera edad; por lo que nosotros, que somos discípulos de nuestro Redentor Divino, debemos dedicarnos, sin omitir esfuerzo alguno, a salvar a los niños de tan horrible naufragio.
He aquí por qué los párrocos y sacerdotes que están informados de una ardiente caridad, establecen en cada poblado; pero de un modo especial, en las grandes ciudades, lugares de recreo y centros culturales, donde el niño pueda tener distracciones honestas que le alejen de la ociosidad, madre de todos los vicios.
Por lo tanto, la misión santa del Párroco en favor del niño, no debe concretarse a las benéficas obras que se desarrollan dentro de la Iglesia, sino que ha de seguir cada uno de sus pasos, para prestarle su valiosa ayuda, en los supremos momentos de angustia, cuando se desarrollan en el alma las más enconadas luchas.
Cuán consolador es contemplar aquel cuadro preciosísimo, donde figura el demonio derrotado, entre tanto que una enorme multitud formada por innumerables niños, dan la más grande expansión a sus honestas alegrías, en aquellos centros de recreo preparados por el fervoroso Párroco para consolidar los triunfos de la gracia y las enormes derrotas infligidas al Demonio.
Baños, cines, teatros, juegos de pelota, cultivo del arte musical, pintura, literatura y otros tantos buenos elementos debemos explotar en favor de los niños, para contrarrestar el armamento de la sociedad pervertida y de los demás enemigos del alma, los que de mil maneras procuran corromper a los niños, hundiéndolos en los abismos del error y la inmoralidad.
Para lograr tan laudables fines, Dios Nuestro Señor exige de nosotros, que hagamos reinar en nuestros lugares de recreo y centros culturales, la honestidad más perfecta, adaptando todas estas obras, en la forma más estricta, a la ley santísima de Dios; pues si por descuido nuestro la libertad en el uso de tan importantes medios educativos, se extiende más allá de los límites fijados por la moralidad cristiana, se convertirán entonces en elementos perniciosos, haciendo causa común con los enemigos de Dios, conforme aquel sabio principio: La corrupción del mejor es la peor; por lo que siempre, pero sobre todo al tratarse de estas organizaciones, debemos tener muy presentes aquellos importantes axiomas de la vida cristiana: "El que guarda sus ojos, guarda su alma" "El que ama el peligro, en él perece".

TERCERA PARTE
LOS MALES QUE DEBEMOS EVITAR PARA QUE LOS NIÑOS TENGAN PERFECTA FORMACIÓN
Con cuánto acierto supo Dios Nuestro Señor delinear desde su eternidad, hasta los más insignificantes detalles de las cosas que en el tiempo había de traer a la existencia; y fijando sus miradas, de un modo especial, en el hombre, quien debería tener una alma espiritual, quiso hacer en aquella privilegiada criatura extraordinaria ostentación de su infinita bondad, organizando los elementos que le constituyen, de tal manera que las pasiones estuvieran siempre subordinadas a la naturaleza espiritual.
Mas habiendo pecado nuestros primeros padres contra Dios, se rebeló la carne en contra del espíritu, siendo desde entonces desastrosas las tremendas luchas que se desarrollan en el interior del alma.
A medida que se desarrolla la naturaleza del niño, van creciendo en él las torcidas pasiones, las que reforzadas por el enemigo que llamamos mundo, quien tiene a su disposición innumerables elementos corruptores y los esfuerzos del príncipe de las tinieblas, convierten la vida del niño en un borrascoso mar agitado constantemente por las furiosas y gigantescas olas que en él se levantan al influjo de tan fieros enemigos.
Es, pues, la vida del niño, un vasto campo de continuas batallas, un mar embravecido que la amenaza sin cesar.
De aquí se desprende la imperiosa necesidad, de que los sacerdotes, los padres de familia y los maestros de escuela, trabajen con verdadera heroicidad por debilitar los infernales esfuerzos de tan formidables enemigos, alejando a los niños, de todos los caminos que conducen a al perversidad.
Estos peligros son innumerables; pero los más ponzoñosos en los actuales tiempos, son, las lecturas y demás espectáculos públicos, cuando con sus elementos perniciosos tuercen y corrompen las pasiones del niño; los centros de reunión cuando en ellos se fomentan las acciones repugnantes que están en desacuerdo con la honestidad cristiana, como acontece en los baños públicos y las albercas, donde se bañan personas de distinto sexo en no pocas ocasiones semidesnudas; las malas amistades, campo de maldición, donde el niño bueno se corrompe con los perversos ejemplos; y las escuelas donde se alimenta el alma con el error y la corrupción del corazón.
Acontece con frecuencia que el mundo seductor lanza sus gases asfixiantes sobre los padres de familia, para producir en ellos la ceguera espiritual, y es entonces cuando impulsados por las necesidades que ellos llaman sociales, atraen a los niños hacia los caminos de la perdición, sembrando en ellos la cizaña que impide la prosperidad de los ideales de la verdad cristiana y la formación perfecta del corazón; por lo que, aunque abunden las buenas habitaciones para albergar a sus hijos, los magníficos vestidos que han de cubrir sus cuerpos y los mejores elementos para alimentarles, sus almas se encuentran cubiertas de sucios harapos, y ellos pobres y desvalidos, dados a los vergonzosos vicios que sus mismos padres les inyectaron, con sus perniciosos ejemplos y sus punibles descuidos.
Infelices padres que así hunden aquellas perlas preciosas en el inmundo lodazal de las más corrompidas pasiones, no obstante que Dios se las encomendó para que las cuidaran como a las pupilas de sus ojos. Cuan significativas son aquellas palabras venidas del cielo "¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?" "Busca primero el reino de Dios y sujusticia, y los demás cosas te serán dadas como una añadiduda".
Padres de familia: evitad a vuestros hijos los perniciosos elementos que han de corromper sus almas. No paguéis vuestro dinero en los cines y teatros mundanos para que perviertan aquellos tiernos corazones. Evitadles las malas lecturas que envenenan el alma. Educadles en las escuelas donde impera la luz de la verdad que viene del astro divino, de aquél sol resplandeciente que es Dios, fuente infinita de la ciencia, de la sabiduría y de donde se derivan todos los caminos de la verdadera prosperidad.
Para terminar este estudio, con el nobilísimo fin de que la santa doctrina escrita en este capítulo, haga eco en los corazones de los sacerdotes, así como de los padres de familia y maestros de escuela, les recuerdo las dulces expresiones venidas de los labios de nuestro Divino Redentor en favor de los niños: "En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos" 'Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ese será el mayor en mi reino" "Y el que acogiere a un niño en nombre mío, a mí me acoge" "Mas quien escandalizare a uno de mis pequeñuelos, mejor le sería atarse al cuello una piedra de molino y arrojarse al mar" "Mirad que no despreciéis a alguno de estos pequeñuelos".
Oh Divino Maestro: cuánto apreciaste a los niños cuando estuviste en este mundo; cuánto les has amado y cómo sigues amándoles desde el cielo y de todos los Sagrarios donde estás Sacramentado. Si nosotros les apreciáramos y amáramos como Tú lo haces, y en esa proporción, siguiendo tus ejemplos, desarrolláramos nuestros trabajos en favor de tus hilos predilectos, ¿hubiera en la historia de la humanidad páginas tan tristes y desoladoras? ¿Se hubieran extendido tanto los funestos errores que han desquiciado por completo a la pobre humanidad? ¿Acaso se habría propagado, en una forma tan alarmante, durante todos los tiempos, la corrupción del corazón humano, de donde se han originado tantos crímenes y desaciertos?
Redentor Divino: no hemos sabido imitar el amor y predilección que has tenido siempre en favor de los niños, y por ello, en los tiempos actuales, las masas humanas que habitan en una gran parte de la tierra, ni siquiera te conocen y en no pocas naciones donde se dice que prevalece la prosperidad y la cultura, cifran su orgullo en desconocer tu autoridad y aun en negar tu existencia, repercutiendo tan funestos errores en lo íntimo del alma, para sembrar el camino que la humanidad recorre, de crímenes, de odios y de las más grandes injusticias contra Ti.
Señor: derrama con abundancia tus dones celestiales sobre nosotros, los Obispos, a quienes has puesto, en este mundo, para regir tu Iglesia; cubre con tu manto a nuestros sacerdotes, a los padres de familia y a los maestros, para que bajo el imperio de tus santos preceptos y de la luz que tú envías sobre nosotros, cuidemos de tus niños como tú lo deseas, preparando así una nueva generación que viva de tu preciosa vida y disfrute de la verdadera paz.

Rafael, Obispo de Veracruz.

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