martes, 19 de octubre de 2010

El desprecio a las excomuniones y de los sacerdotes


EL DESPRECIO DE LAS EXCOMUNIONES Y CENSURAS ECLESIÁSTICAS, Y EL POCO APRECIO DE LOS SACERDOTES, OBISPOS Y PRELADOS, DESTRUYE LOS REINOS, CASAS Y FAMILIAS.

El Eminentísimo Señor Cardenal Belarmino, para probar los efectos formidables que tiene una excomunión mayor ipso facto incurrenda, refiere los que tuvo en un irracional, para que tiemblen y teman los hombres racionales. El ejemplo es de un abad cisterciense, a quien le faltó un anillo precioso, y buscándole, no pudo conseguir el hallarle. Para el fin de que pareciese fulminó excomunión mayor en su comunidad, extendiéndola a cuantos vivían en su monasterio. Habíase domesticado en el convento un cuervo; y con la inclinación que semejantes aves tienen a esconder las cosas, escondió también el anillo donde tenia su nido. Fulminada la excomunión mayor, comenzó a secarse y desplumarse el cuervo doméstico, de tal manera, que se compadecieron de él los monjes, pensando que se moría, y no daban en la causa.
Conferenciando sobre la novedad del cuervo, dijo un monje en presencia de su abad, le había venido pensamiento si acaso el cuervo doméstico se habría llevado el anillo, y se secaba en fuerza de la excomunión. Algunos de los que estaban presentes se rieron, pareciéndoles disparatada semejante ocurrencia; pero el abad discreto hizo reflexión sobre ella, y mandó que se buscasen todos los escondrijos del cuervo doméstico, y se halló verdaderamente que se había llevado el anillo, y le había puesto donde tenia escondidas otras muchas cosas. Hízose digna ponderación de este caso extraño, que se halla en las crónicas antiguas del Cister, y a dicho eminentísimo señor cardenal le pareció justo el publicarlo a todos los fieles, para que aprendan a temer en los brutos los efectos horrendos que hacen las excomuniones y censuras de la santa Iglesia.
En el salmo 108, que suele decirse en voz funesta en el día de anatema, hay una compilación y agregado de las fatales desventuras que cargan sobre los infelices excomulgados; y entre otras cosas dice el profeta, que a la mano derecha tenga el excomulgado al demonio, como si el excomulgado fuese de inferior calidad: el diabolus est a dextris ejus; porque regularmente va a la mano derecha el mas digno.
Cuando sea juzgado, salga condenado, y su oración sea como hecha en pecado mortal.
Sus días sean pocos, y sus conveniencias queden para otros menos dignos.
Sus hijos, si los tiene, queden huérfanos, y su mujer quede viuda y desamparada.
Sus hijos sean trasferidos y llevados de una tierra a otra, y anden mendigando, y sean echados de sus propias habitaciones.
Sus acreedores se lleven toda su hacienda, y los ajenos destruyan y devoren los trabajos de sus manos.
No tenga quien ayude ni ampare al infeliz excomulgado, ni halle quien tenga misericordia con sus hijos pupilos.
Sus hijos infelices vivan solo para caer y acabarse con brevedad; y en la una generación se borre el nombre del maldito excomulgado.
La maldad de sus padres se vuelva a poner en la presencia de Dios, y el pecado de su madre no se ponga en olvido.
El horroroso excomulgado amó la maldición y está vendrá sobre él; y pues no quiso la bendición, esta se pondrá lejos de su presencia.
Va vestido el excomulgado de la maldición de Dios, y así nada se ve en él que no sea maldito, y la maldición entra como agua a su interior, y como aceite penetrante se le pone dentro de los huesos.
Se hace oprobio de todos los buenos cristianos, los cuales le miran compasivos; pero huyen de su conversación para no mancharse con ella. Casi todo lo dicho es literalmente del salmo citado, que causa horror el leerlo, y mas el considerarlo.
En el edicto público del santo tribunal de fe se dice a los inobedientes excomulgados, sean malditos en poblado y en el campo, y en cualquier parte donde estuvieren, y las casas donde moraren.
Sean malditos los frutos de sus tierras, y los animales y ganados que poseen se les mueran. Envíeles Dios hambre, pestilencia y mortandad.
Sean perseguidos de aire corrupto, y sus enemigos, y sean aborrecidos de todos, y reprendidos en sus malas obras.
Sobre los campos de sus vecinos envíe Dios lluvia y fertilidad, y los suyos queden secos y sin fruto.
Pierdan el seso y el juicio, y cieguen sus ojos de tal manera, que la luz se les haga tinieblas, y estén siempre en ellas.
Sus mujeres sean viudas, y sus hijos huérfanos, y anden de puerta en puerta a pedir limosna, y no se la dé nadie. Quieran comer, y no tengan qué (Psalm., CVIII, 9).
Sus días sean pocos y malos, y sus bienes y haciendas, dignidades, oficios y beneficios se pasen a los extraños.
Maldita sea la tierra que pisaren, la cama en que durmieren, las vestiduras que vistieren, y las bestias en que anduvieren, el pan, carne y pescado que comieren, y el agua ó vino que bebieren.
Malditos sean con Lucifer y Judas, y con todos los diablos del infierno, los cuales sean sus señores, y estén en su compañía; y cuando fueren a juicio salgan condenados.
Vengan sobre ellos todas las plagas de Egipto, y la maldición de Sodoma y Gomorra, y ardan en el infierno como ellos ardieron.
Tráguelos la tierra, y desciendan al infierno como Datan y Abiron, donde permanezcan en compañía del perverso Judas, y de los otros condenados para siempre jamas, sino reconocieren su pecado, y enmendaren su vida.
Dicho esto, se manda a todos los del pueblo que levanten la voz, y digan todos: Amen. Es función verdaderamente horrorosa, en la cual todos los justos y temerosos de Dios se ponen a temblar. ¡Ojalá temiesen y se enmendasen los infelices culpados!
Auméntase lo formidable de esta solemne función, mandando que los ministros de Dios digan el salmo: Deus, laudem meam ne tacueris, con la antífona : Media vita in morte sumus, y el responso : Revelabunt coeli iniquitatem Judae; y llevando una cruz cubierta de luto, y candelas encendidas en las manos, las apagan en el agua en señal de la perdición y condenación de los excomulgados, diciendo el ministro de Dios: así como estas candelas mueren en esta agua, así estén las almas de los infelices excomulgados muertas en el infierno.
Los edictos y paulinas que despachan los ordinarios eclesiásticos para publicar la excomunión mayor sobre graves delitos, contienen con poca diferencia las mismas maldiciones que dejamos referidas y mencionadas en el edicto público del santo tribunal; y unas y otras son muy conformes con las maldiciones de Dios, contenidas en la divina Escritura.
En la profecía de Zacarías se dice, que la maldición del Altísimo entrará en la casa del culpado, y se pondrá en medio de ella, y la reducirá a polvo y cenizas, consumiendo hasta los leños y las piedras.
En el capítulo once del sagrado evangelio de san Mateo también se refiere el efecto formidable que hizo la maldición de Cristo Señor nuestro en aquella higuera frondosa a quien maldijo el Señor, y luego se secó, y perdió la vida vegetable que tenia tan en su punto y prosperidad, para ejemplo y escarmiento de los hombres.
En el maldito Caín tienen asimismo los mortales otro ejemplar poderoso de escarmiento para temerlas excomuniones; pues aquel hombre infeliz, después de la maldición de Dios, no tuvo día de sosiego, sino que siempre fue temblando, hasta que con una muerte desastrada dio fin a su vida mortal (Gen., 14).
Contra los excomulgados insordescentes que pasan mas de un año obstinados en la desventura horrorosa de su excomunión mayor, se levanta después otra desventura y trabajo lamentable, y es, el incurrir en la censura de sospechosos en la fe católica, por lo cual deben ser denunciados al santo tribunal de la Inquisición, donde se tratará su causa, y aun en esta vida tendrán el castigo que mereciere su obstinada malicia; porque si no tuvieren enmienda, acabarán ignominiosamente con su persona, destruyendo también, aunque de otra manera, toda su casa y familia (Leg. de insordescentibus).
La desatención y poco aprecio de los sacerdotes del Altísimo Dios, obispos, y providencias de su santa Iglesia, destruye asimismo los reinos y prelados, pueblos, casas y familias; porque el Señor, celoso de sus ministros, y del honor digno de su esposa la santa Iglesia católica romana, toma justa venganza con el poder de su brazo omnipotente; con el cual destruye a los soberbios y ensalza a los humildes, como dice la Reina de los ángeles María santísima en su misterioso cántico (Luc., VI, 52).
Ojalá no tuviésemos tantos ejemplares lamentables, en prueba eficaz de la verdad propuesta, tantos reinos y provincias que perdieron la verdadera fe católica, comenzando primero con sus vicios execrables, y pasando de ellos al desprecio ruinoso de las censuras eclesiásticas, y de aquí al atropellamiento de los sacerdotes del Señor, despreciando las amonestaciones laudables de los obispos y prelados. Esta es la procesión de males que dice el Espíritu Santo, llamándose sucesivamente los vicios unos a otros, y procediendo de abismo en abismo hasta la última desgracia (Eccl., XX, 9).
Las tierras felices, que por antonomasia se llamaban de santos, y aun en el nombre se avecindaban al de los ángeles, han pasado a ser pueblos de condenados por el desprecio de las censuras eclesiásticas, y falta de atención a los obispos, prelados, sacerdotes y ministros del Señor; porque esta grave desventura tiene la obstinación del corazón humano, que se ensordece a las amonestaciones santas, y tiene por apasionado y contrarios a los que le dicen la verdad. Estos son los que siempre yerran de corazón, como dice el profeta (Psalm., CXIV, 10).
En algunas criaturas mundanas procede la obstinación lamentable de las mismas conveniencias temporales que el Altísimo Dios les da para que le sirvan con ellas; y ellos, como ingratos, las convierten con soberbia diabólica en ofensas de su bienhechor, y perdición eterna de sus almas. Para oír esta fatal desgracia convoca Moisés a las criaturas del cielo y de la tierra, y dice: que el Señor colmó de prosperidades temporales a su pueblo, y para su conveniencia sacó miel de la piedra, y aceite del peñasco durísimo; y cuando se vio tan opulento comenzó a recalcitrar, y no paró hasta dejar a su Dios y Señor, buscándose caminos abominables para despertar la ira del Altísimo, que acabe con ellos, y con sus casas y familias. (Deut., XXXII, 13 et seq.)
Para evitar estos gravísimos daños, procuren los padres de familia conservarse y conservar sus casas en el santo temor de Dios, y de las censuras y excomuniones de su Iglesia, en atención y respeto a los sacerdotes del Altísimo, en veneración de los ilustrísimos señores obispos y prelados de la santa Iglesia, por los cuales nos envía Dios la sana doctrina, descendiendo desde la cabeza a todo el cuerpo místico de los fieles, como lo dijo misteriosamente el profeta David.
Guárdense mucho de hablar indignamente de los ministros de Dios; porque los pecados que tocan a los ministros de la santa Iglesia, son vicios capitales, de que se originan otros muchos pecados. Son semejantes a aquellos hombres temerarios, de los cuales dice el profeta, que pusieron contra el cielo su boca, y su maldita lengua manchaba todo lo mas santo de la tierra, hablando iniquidades de lo mas excelso y mas dignificado del mundo.
En las casas de los seculares conviene una de dos, ó no tener sacerdote, ó venerarle con el debido respeto, como ministro del Altísimo, y como padre y superior de toda la familia; en lo cual harán su misma conveniencia, porque llenará Dios de bendiciones a la casa, según se puede ver en el lugar que se cita de la divina Escritura (Judic., XVII, 10). De esta importante materia hablaremos mas en otro capítulo del libro quinto.
A los sacerdotes y prelados de su santa Iglesia dijo Dios nuestro Señor: Quien a vosotros oye, a mi me oye; y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia: Y los que a mí me desprecian, serán dignos de desprecio: Et qui contemnunt me, erunt ignobiles.
Y enseñando el Señor los modos legítimos para la corrección fraterna, dice se corrija la primera vez en secreto; la segunda delante de dos ó tres testigos; y si con esto no se enmendare; se le denuncie a la Iglesia; y si no oyere y obedeciere a la Iglesia, le tenemos como infiel y publicano (Matth., XVIII, 17); porque ya no hay mas que esperar que la desatención a la Iglesia santa y sus ministros. Esta es la última desventura de los hombres.
Toda criatura debe estar sujeta a sus prelados superiores, como dice el apóstol, y el que resiste al superior resiste a la potestad de Dios; porque no hay potestad superior que no sea dimanada del mismo Dios: Non est potestas, nisi a Deo (Rom., XIII, 1).
No quieren entender esta católica verdad los soberbios obstinados, porque no quieren obrar bien, como dice el profeta; y así se disponen para todo mal, y no les servirá de excusa legítima su torpe ignorancia (Psalm., XXXV, 4).
Desventurada la tierra donde no se hace distinción entre lo santo y lo profano; ni se tiene mas atención al sacerdote del Altísimo Dios, que al puro secular del pueblo. Este desorden es digno de mucho lamento, como lo manifiesta bastantemente el profeta Isaías.
Aun los gentiles conocieron la distinción debida entre los sacerdotes y los seglares; pues habiéndose puesto en toda la tierra de Egipto un tan exorbitante tributo como de cinco uno para todos los del pueblo y de todo el reino, sabiéndolo Faraón, y dirigiéndolo el patriarca José, quedó libre de esta carga toda la tierra sacerdotal.
Otro poderoso ejemplar tenemos en el príncipe gentil Artagérjes, el cual, en un decreto de su mano, dice estas notables palabras : Vobis quoque notum facimus de universis sacerdotibus, et levitis, et ministris Domini Dei; ut vectigal, et tributum, et annonas non habeatis potestatem imponendi super eos (I Esd., VII, 24).
Lo que al presente hace mas a nuestro propósito es, persuadir esta constante verdad, que el desprecio de las excomuniones y censuras eclesiásticas, y el poco aprecio de los sacerdotes del Señor, obispos y prelados de la Iglesia, destruye las casas y familias , y aun los reinos y provincias; porque la religiosa piedad es el fundamento de todas las virtudes, como dice el apóstol san Pablo (Hebr., XI, 6); y sin la verdadera fe no se puede agradar á Dios, de quien proceden todas las conveniencias y prosperidades de la criatura.
Por esto decía Cristo Señor nuestro, que seamos prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas (Matth., X, 16). Sencillos para no engañar a nadie, y prudentes para que nadie nos engañe. La serpiente expone todo el cuerpo para salvar la cabeza; y así dice san Juan Crisóstomo, debemos exponer todas las cosas temporales por salvar la cabeza, que es la fe católica. Acábese todo, y no perdamos la fe y la piedad, obediencia y veneración a los prelados eclesiásticos, y a los santos tribunales de la fe, con que en España nos habernos criado, sujetos a la santa Iglesia romana, que es la única de salud eterna.
Los perversos herejes Lutero y Calvino engañaron el mundo, despreciando los mandatos de los señores obispos. Este es camino de perdición eterna y temporal. Lo que Dios nos dice es, que quien oye a los sacerdotes y prelados de su santa Iglesia, oye a su divina Majestad (Lucae, X, 16). Y el apóstol san Pablo nos enseña que obedezcamos y estemos sujetos, y veneremos a nuestros prelados, que ellos se desvelan, como quien ha de dar cuenta a Dios de nuestras almas (Hebr., XV, 17). Entendamos bien esta sana doctrina. El Señor nos confirme en ella. Amen.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA
1866

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