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miércoles, 27 de octubre de 2010

Los cuatro Evangelios son genuinos


Todo lo que sabemos de Jesucristo lo sacamos de los cuatro Evangelios. ¿Cómo me prueba usted que estos documentos son genuinos? ¿No pudieron haber sido escritos mucho tiempo después de los acontecimientos que en ellos se narran? Muchos críticos no cristianos dicen que son meras leyendas y puros mitos.
—Según una tradición bien fundada, los tres Evangelios sinópticos fueron escritos entre los años 50 y 70 de nuestra era, y el cuarto Evangelio entre los años 80 y 100. Llamamos sinópticos a los tres primeros Evangelios porque están escritos desde un punto de vista común y porque nos dan como en sinopsis la vida toda de Jesucristo. Decimos, pues, que esa misma tradición atribuyó los cuatro Evangelios a los siguientes autores: el primero, al publicano Leví, más tarde San Mateo; el segundo, a San Marcos, discípulo de San Pedro; el tercero, a San Lucas, médico y amigo de San Pablo; el cuarto, a San Juan Apóstol, hijo del Zebedeo. Los racionalistas de nuestros días no admiten esta tradición, no porque tengan razones para negarla, sino porque quieren a toda costa desechar la mera posibilidad de algo sobrenatural o milagroso.
He aquí las razones que militan en favor de la genuinidad de los Evangelios:
1.ª Los escritores de los tres primeros siglos estaban familiarizados con los cuatro Evangelios, pues en sus escritos los citan con frecuencia. Mencionemos solamente la doctrina de los doce apóstoles, la epístola de Bernabé, San Clemente de Roma, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo de Asia Menor; Papías de Hierápolis, Arístides de Atenas, Justino, mártir, de Roma; Tertuliano de Africa, San Ireneo de Lyón, San Clemente de Alejandría y Orígenes. En los escritos de estos prohombres está claramente contenida la fe de toda la Iglesia.
2.ª Los primeros enemigos del Cristianismo—los paganos, los judíos y los herejes en general—, aunque ridiculizaron el contenido y la credulidad de los Evangelios, jamás osaron negar su genuinidad, que hubiera sido para ellos el mejor de los argumentos.
3.ª Los Evangelios apócrifos, condenados implacablemente por la Iglesia porque no eran de origen apostólico, sino fábulas, leyendas e imitaciones monstruosas de los verdaderos Evangelios, prueban la genuinidad de los cuatro, como un billete falso prueba que hay un billete patrón verdadero.
4.ª Los mismos Evangelios indican claramente que son de origen apostólico. Aunque los manuscritos más antiguos de la Biblia datan solamente de los siglos IVy V, esta fecha es relativamente antiquísima, pues no hay que perder de vista que las ediciones más antiguas de los clásicos latinos y griegos datan de los siglos VIIIy IX. Los Evangelios nos pintan con exactitud admirable la vida y costumbres de los judíos de Palestina poco antes de la destrucción de Jesusalén, el año 70. Los detalles y pormenores de la vida y actividad apostólica de Jesucristo prueban que salieron de la pluma de sus Apóstoles, o, al menos, de la de los discípulos de los Apóstoles.
5.ª Tampoco se puede admitir cambio alguno sustancial en ellos, pues eran bien conocidos de todos y se leían en todas las iglesias, multiplicándose continuamente las copias y las traducciones. Los doctores cristianos de los tres primeros siglos los citaban a menudo en sus escritos y homilías; y tan convencidos estaban de su carácter divino, que cualquier cambio que en ellos se hubiera introducido lo hubieran notado inmediatamente.
6.ª La verdad y la credibilidad de los Evangelios se prueba indirectamente por el fracaso manifiesto de los críticos liberales del siglo pasado, que no dejaron piedra por remover para desacreditarlos ante el mundo de la ciencia. Teoría tras teoría, todas se han desvanecido, sin dejar apenas huella de su paso. Hoy los Evangelios tienen la misma autoridad que tuvieron en los siglos heroicos de los mártires que murieron por ellos.

¿No hay una diferencia fundamental entre los Evangelios sinópticos y el de San Juan? ¿No es el último Evangelio un tratado teológico más bien que una relación histórica? ¿Cómo se prueba que lo escribió San Juan?
—No existe tal diferencia entre los cuatro Evangelios. En lo único que se diferencian algo es en el retrato que hacen de Jesucristo. En los sinópticos conocemos a Jesucristo por sus milagros y doctrina; en el Evangelio de San Juan, Jesucristo mismo nos dice quién es. Las diferencias de estilo son fáciles de explicar si se tienen en cuenta los fines que movían la pluma de San Juan. Los otros evangelistas, como escribieron antes de la destrucción de Jerusalén, se propusieron convertir a los judíos de Palestina y a los que vivían dispersos, mostrándoles que Jesús era el verdadero Mesías; San Juan, por el contrario, como escribió treinta años después de destruido el templo, se dirigió directamente al mundo pagano. Su deseo era corregir las falsas nociones de los sabios griegos sobre el Logos, y refutar a los gnósticos y docetas, que negaban que Jesucristo fuese Hijo de Dios. Si para ello se hubiese contentado con repetir lo que ya habían escrito San Mateo, San Marcos y San Lucas, no hubiera adelantado gran cosa. Ciertamente, en los treinta y tres años que vivió Jesucristo, habló lo suficiente para llenar muchos libros superiores en volumen al Evangelio de San Juan. Nadie, pues, debería extrañarse de que en el cuarto Evangelio se nos citen relativamente muchas palabras de Jesucristo, si se compara con los sinópticos.
Dejadas a un lado las diferencias accidentales, veamos en cuántos puntos capitales convienen los sinópticos con el cuarto Evangelio. En ambos, Jesucristo,
a) se llama a Sí mismo Hijo de Dios (Mar XIV, 61-62; Juan III, 16-18; V, 18);
b) muestra un conocimiento íntimo de la voluntad de su Padre (Mat XI, 26; 12, 50; Juan VIII, 55);
c) es el Juez en el último día (Mat X, 32; Mar VIII, 38; Luc XVII, 30; Juan V, 27);
d) es Señor del sábado (Mat XII, 8; Mar II, 28; Luc VI, 5; Juan V, 17);
e) perdona los pecados y delega este poder a sus apóstoles (Mat IX, 5; XVI, 19; Juan XX, 23);
f) lee los pensamientos de los hombres y predice lo por venir (Mat XXIII, 36; XXVI, 13; Juan I, 24; VI, 71);
g) exige que se le ame y se le sirva hasta dar por El la vida si es preciso (Mat X, 37-39; XI, 23-30; Juan XV, 12-21);
h) ve que sus discípulos tardan en creer en El (Mar XVI, 14; Juan VII, 5; XX, 9).

San Juan da comienzo al Evangelio, no con la genealogía temporal de Cristo, sino con la eterna. En su prólogo admirable aparecen claramente la generación eterna de Cristo y su Encarnación. «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.» El Verbo existe desde la eternidad distinto en persona del Padre, pero idéntico con El en naturaleza. «Todas las cosas fueron creadas por El.» «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.» Juan había presenciado la gloria de Jesucristo en el Tabor y después de resucitado. «Y nosotros hemos visto su gloria, gloria cual el Unigénito debía recibir del Padre, lleno de gracia y de verdad.»
El Evangelio de San Juan no es un tratado teológico, sino una relación histórica que desciende a pormenores, y prueba que Jesucristo es igual a su Padre, Jehová, a quien los judíos se preciaban de adorar. Tres veces trataron de apedrear los judíos a Jesucristo. La primera por blasfemo, porque se hacía Señor del sábado diciendo que «Dios era su Padre y haciéndose igual a Dios» (Juan V, 18). La segunda, porque «haciéndose el Principio de todas las cosas, con la gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese hecho» (Juan VIII, 25; XVII, 5), les dijo: «En verdad os digo que antes que Abraham fuera creado, Yo existo» (Juan VIII, 58). La tercera, porque aseguró tener una misma naturaleza con el Padre: «Mi Padre y Yo somos una misma cosa» (Juan X, 30). Y así se podrían aducir textos sin fin, que prueban cómo Jesucristo declaró terminantemente que era Díos y que tenía una misma naturaleza con Dios, su Padre. Un estudio minucioso del cuarto Evangelio nos dice que fue escrito por un testigo de vista, un judío que conocía perfectamente la Palestina del tiempo de Jesucristo, un discípulo a quien Jesús amaba con predilección (Juan XIII, 23; I Juan I, 1). A fines del siglo II ya era tradición universalmente admitida que ese discípulo predilecto de Jesús no era otro que San Juan, hijo del Zebedeo que escribió el cuarto Evangelio en Efeso alrededor del año 100. No es fácil probar que todo el mundo cristiano se engañase en un hecho de importancia tan capital.

¿No es cierto que los Evangelios están basados en las enseñanzas de Buda? El estudio comparativo de las diversas religiones nos dice que el budismo no es en nada inferior al Cristianismo.
—En primer lugar, de que dos cosas se parezcan, no es lógico deducir que una dependa de la otra. Vemos, ciertamente, que tanto en el budismo como en el Cristianismo existen monjes, ascetas, clérigos o sacerdotes, célibes y otras semejanzas por el estilo; pero esto, si algo prueba, es el hecho de que los hombres están sujetos en todas partes a los mismos sentimientos, deseos y experiencias. No son los evangelistas los que copian del budismo, sino viceversa. A principios de nuestra era no había llegado al mundo griego la filosofía de Buda, mientras que el Cristianismo se arraigó en la misma India durante los dos primeros siglos. Tanto la vida como la doctrina de Buda están basadas en puras conjeturas, ya que los libros sagrados budistas no aparecen hasta el año 300. Su contenido es muy inferior a nuestra Biblia en espiritualidad, variedad y profundidad de pensamiento. Como religión, el budismo es también muy inferior al Cristianismo, pues al no reconocer la dependencia del hombre de un Dios infinitamente bueno, deja la salvación a merced de los esfuerzos del individuo. No hay en el budismo motivos sanos que nos induzcan a obrar rectamente; por el contrario, brilla en él con todo esplendor un utilitarismo egoísta. Su doctrina sobre las reencarnaciones es pura superstición, adversa a toda moral sana y a la verdadera religión. Hiere en lo vivo a la naturaleza humana al declarar que toda forma de existencia consciente es un mal; y, al prometer el reposo inconsciente de Nirvana, despoja al hombre del gozo que nos inunda a los cristianos cuando consideramos el premio eterno que nos espera en la otra vida, la visión beatífica.

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