miércoles, 27 de octubre de 2010

De los disciplinantes, y de la compañía que iba con este Santo


VIDA DE SAN VICENTE FERRER
Digamos algunas particularidades que se hallan en el proceso de su canonización y en otros doctores. Siempre antes de predicar decía Misa cantada en la Iglesia misma donde había de predicar, cuando la gente podía caber allí; y cuando era tanta, que era menester mayor lugar, mandaba hacer un tablado grande, con una tribuna o corredor donde pudiese predicar; y en otra parte del mismo tablado le aparejaban un altar, donde pudiese ser visto de todo el pueblo cuando decía Misa. La cual acabada, desnudándose de las ropas sacerdotales, se vestía la capa de la Orden para predicar. Y que el Santo tuviese esta costumbre de decir Misa siempre antes del sermón, no solamente se escribe en el proceso, mas el mismo Santo en el sermón del sábado, después del tercer domingo de la Cuaresma, dice acerca de esto dos cosas. La una, que así lo solían hacer los apóstoles, y que por eso lo hacía él también. La otra, que a su parecer más aprovecha un sermón hecho por el predicador después que ha dicho Misa, que tres sin decirla. Regía la voz de esta manera, que al principio del sermón hablaba con cierto rigor y austeridad; al fin con mansedumbre y amor. Si reprendía algún vicio o trataba de las penas del infierno hablaba reciamente, de manera que aterraba a los oyentes. Si alababa alguna virtud o trataba de Dios y de los bienes del cielo, hablaba tan dulce y blandamente, y con tanta benignidad, que los corazones de las gentes, por fríos que estuviesen, se encendían en devoción. Una vez en Tolosa predicando del juicio final, y queriendo referir aquellas palabras que tan atemorizado traían a San Jerónimo cuando vivía: Surgite mortui, venite ad iudicium: levantó la voz tan recio, que a todos los que presentes puso casi el mismo espanto que les pudieran poner los ángeles, si ya les mandaran salir de la sepultura; y comparecer ante el tribunal de Dios omnipotente. Y añade el maestro Gabriel Brixiense, que en un sermón, al cual estaban presentes 30.000 personas, dijo las mismas palabras que antes referimos, con tal sentimiento, que por tres veces cayeron en tierra como muertos. Predicaba por lo menos dos o tres horas, sin cansarse a sí ni a los oyentes.
En sus sermones, después de declarado el Evangelio o Epístola del día, predicaba contra los vicios y exhortaba a los hombres a estas dos cosas, en especial, a hacer penitencia y a perdonar las injurias. Para esto se aprovechaba mucho de la memoria del juicio final, en el cual harán penitencia desaprovechada todos los que en esta vida no se han querido aprovechar de la penitencia que la Iglesia nos predica. Tenía (como dice el proceso) gran cuenta en los sermones, y en las otras-pláticas de enseñar a los simples todas estas cosas: el modo de santiguarse, el Pater noster, Ave María, Credo y Salve Regina, y la Confesión, y de invocar muchas veces el nombre de Jesucristo y de Nuestra Señora y de otros santos: y que rezasen cada día dos veces, una por la mañana y otra por la tarde, y que procurasen oír misa en ayunas; porque cierto, aunque no es pecado almorzar antes de Misa, es grande el fruto que se pierde con ello. Otrosí les enseñaba que no blasfemasen en ninguna manera, y que se guardasen de jurar, si no era con verdad y necesidad o gran utilidad. Para remedio del continuo uso del jurar que halló en algunos pueblos les instituyó a que en lugar de decir por Dios, por Nuestra Señora, por vida mía, así Dios me salve (que todos son juramentos) tomasen por costumbre de decir: seguramente, o, en verdad; como digamos por ejemplo, seguramente que ya he hecho lo que me mandaste; en verdad que me enojáis, y por cierto que ya le he pagado.
Tomen los lectores esta buena doctrina del Santo y cuando hayan de decir por Dios, digan seguramente, y cuando por Nuestra Señora, digan en verdad, y cuando por vida mía, digan por cierto. Porque todos estos modos de hablar, seguramente, en verdad, verdaderamente, por cierto, sin duda, sin falta, y otros así, no son juramentos; y si por ventura usando de alguno de estos modos de hablar mintieren, será mentira y no más; pero si jurando cualquier juramento de los que antes referimos mintieren o se pusieren a peligro de ello, pecarán mortalmente, y si en haber jurado se muriesen, luego se irían al infierno.
Otras muchas cosas enseñaba San Vicente según la necesidad que hallaba en el pueblo. Pero porque predicando él a los hombres ya de edad no fuesen los muchachos y mozos vagueando y perdiendo el tiempo, proveyó de un clérigo mozo ejemplar, que tuviese cargo de recogerlos y enseñarlos en particular todo lo sobredicho, y a decir el adoramus te, Christe, cuando alzaban a Dios, juntas las manos, y, finalmente, les mostraba ciertas coplas y canciones bien devotas de la pasión de Nuestro Redentor, y de Nuestra Señora también, para que las cantasen por las calles, en lugar de las que suelen cantar por las noches los deshonestos. No quiero callar aquí una cosa que se colige del proceso y la afirman muchos autores, y es que este clérigo antes que viniese en conocimiento del Santo, por cierto respeto (que, a lo que parece, fue alcanzar muchas riquezas) ofreció su alma al demonio, dándoselo firmado de su mano. Pues como después se arrepintiese de lo hecho y manifestase su pecado al Santo, rogándole quisiese ayudarle para salir de las redes del demonio, hízolo así el Santo y el demonio hubo de hacer lo que no quisiera, que fue volverle públicamente en un sermón del Santo su cédula para que la rompiese.
Acerca de los sermones del Santo que andan impresos, es de saber que no los juntó él con intento de imprimirlos, porque entonces aún no había la impresión, ni se halló hasta los tiempos del papa Eugenio IV -. Tampoco los juntó para publicarnos asi de mano, pues vemos que en algunos de ellos se nombra el Maestro Vicente en tercera persona; sino que sus discípulos los escribieron predicando él, y después los tradujeron en lengua latina; no nada elegantemente, pero no sin alta devoción. Y con todo dice muy bien Flaminio que estos sermones son como una sombra o cifra de los que San Vicente predicó. Y dice muy bien: porque en ellos se hallan sus palabras muertas, y no el espíritu con que las dijo. Y con todo eso las mismas palabras muertas mueven extrañamente. Digo esto de los sermones que andan en latín, que había imprimido no sé quien, no los tengo por suyos, por algunas buenas razones que no hay para qué escribirlas aquí.
Para mover a penitencia a las gentes y pueblos por los cuales iba predicando, uso que a los pecadores públicos, cuando se convertían de la mala vida, les mandaba hacer pública penitencia, de tal manera que fuese mayor el ejemplo que entonces daban a los prójimos, que no el escándalo de antes. En las tardes hacía salir una procesión de los conventos de la Orden o de otras iglesias, en la cual se iban disciplinando aquellos penitentes y otros muchos que por su devoción se juntaban con ellos, vestidos de ciertas formas que no se les viese la cara como se usa en Valencia el Viernes Santo. Iban en esta procesión frailes y clérigos y seglares, ricos y pobres, doctos e indoctos, nobles y gente común, sin precedencia alguna de las honras del mundo, apartadas empero las mujeres de los varones. Que no sólo los hombres se animaban entonces a la penitencia, mas también la mujeres, y lo que más es de maravillar, los niños de cuatro años que apenas saben andar delante de los varones llevaban un Crucifijo, y delante de las mujeres una imagen de Nuestra Señora, con su Hijo muerto en los brazos. Era tanto el uso de esta penitencia, que por donde pasaba el Maestro Vicente, los plateros y otros oficiales tenian puestas tiendas de disciplina, como si fuese entonces feria de azotes. Se disciplinaban estos penitentes con tanto rigor y denuedo que la sangre llegaba a tierra, y en algunos de ellos era tanto el dolor que tenían de su delitos, que era menester quitarles los azotes de las manos porque no se matasen. Un padre provincial de la tercera regla de San Francisco depone en el proceso que él lavó muchas veces siendo de menor edad las ropas de estos disciplinantes y que halló hartas veces en ellas pedazos de carne, tan grandes como un dedo. Y aún estos disciplinantes dando voces al cielo, y diciendo en valenciano, según la instrucción del Santo: ¡Señor Déu Iesu Christ misericordia! Ciertamente que era grande la misericordia de que Dios usaba con ellos, en darles tanta contrición de sus pecados, que sin orden ni medida se castigasen lo que fuera de toda orden le habían ofendido.
A este propósito cuenta San Antonino que, en León de Francia, a un hombre de armas y de mala digestión, que tenía medio mundo escandalizado, le fue dado en penitencia que se disciplinase con discípulos de San Vicente. Pero él, que sentía poco de Dios, no quiso aceptar la penitencia; consultó el confesor con San Vicente el caso, y preguntóle cómo se había con aquel penitente tan impenitente. El Santo le dijo que a lo menos acabase con él que se desnudase con los otros disciplinantes y fuese en la procesión sin disciplinarse: no se hizo mucho el hombre de rogar; porque le pareció aquello muy fácil y hacedero. Mientras se hacía la procesión oraba el Santo a Dios que quisiese apiadarse de aquel hombre. Volvió, pues, Nuestro Señor por las oraciones de su siervo los ojos de su misericordia sobre el pecador, como sobre San Pedro la noche de su pasión,
y vino en tanto conocimiento de sus culpas, que pidiendo unas disciplinas se dio tan reciamente y tan sin lástima, que todos los de la compañía se la tuvieron a él muy grande, y se tomaron a llorar. Fuéles también necesario arrebatarle los azotes de las manos, porque por la mucha contrición no advertía lo que hacía, y se faltó poco que no se cayese allí muerto. Cumplióse en él lo que dice San Gregorio de la santa pecadora Magdalena: Considevavit namque quid fecit, et noluit moderari quid faceret. Conoció que sus pecados habían sido sin regla ni medida y, por tanto, no quiso poner tasa en la penitencia. Iban, pues, estos buenos cristianos con los pies descalzos y los hombros y espaldas descubiertos, y azotándose cantaban ciertos himnos y canciones que San Vicente había compuesto. De cuando en cuando concluían con estas palabras: "Sea esto en memoria de la Pasión de Nuestro Redentor Jesucristo y en remisión de nuestros pecados". Cosa era de maravilla, que como quiera que muchos de ellos habían sido regalados y sensuales, jamás ninguno enfermó; no obstante que iban mal arropados y desnudos al sereno y frío y viento, y a veces lloviéndoles encima.
Viendo esta novedad, las gentes de los pueblos donde él llegaba ¿qué habían de hacer? Rasgábanse ciertamente los corazones y derretíanse en lágrimas, condenando su flojedad por el ejemplo de aquellos penitentes, y juntábanse con ellos a hacer lo mismo; o si no se hallaban para ello, íbanse, a lo menos, tras el Maestro Vicente, embelesados y atónitos de una novedad tan extraña. De manera que así como un río mediano con los arroyos que poco a poco descargan en él se hace muy caudaloso, así con las gentes que cada día se allegaban, vino a engrosar tanto aquel ejército y compañía que parece cosa increíble. Porque ya no solamente se disciplinaban en los pueblos donde el Santo predicaba, pero en otros muchos, donde sola su fama llegaba, procuraban de hacer lo mismo. Otros había que, no contentos con esto, se vestían de ciertas ropas de penitencia, y tomando en las manos unos cirios encendidos se ponían a vista de toda la gente que oían los sermones, y con grande contrición pedían a todo el pueblo perdón del mal ejemplo que hasta aquel punto habían dado. De suerte, que la penitencia que hacen ahora los blasfemos forzados por el justo y santo rigor de los jueces eclesiásticos, hacían entonces de su propia voluntad muchos pecadores. Lo que más ayudaba para este efecto era el ejemplo, la penitencia, la pobreza, la paciencia y la humildad del Santo; las cuales cosas trastornaban los corazones de las gentes y las traían colgadas de su boca. Por tanto, me parece que será bien poner uno como arancel de sus virtudes, siquiera para que los religiosos, cuando fuéremos por el mundo predicando, procuremos de imitarle en lo que nos fuere posible. Digo en lo que nos fuere posible, porque muchas cosas veremos en él de que todos nos podremos maravillar, y habrá muy pocos que las puedan imitar; como en las vidas de otros grandes santos acontece.

De la religión, penitencia, pobreza, y humildad de este Santo
Yendo entre seglares predicando tantos años, no perdió un punto de su religión ni del amor que a ella tenía; porque siempre que llegaba a tierra donde había convento, procuraba (si podía) hospedarse en él y hacer la reverencia que es razón al presidente del convento: aunque tenía licencia de los Pontífices para como y donde quisiese. Pero, en fin, no podía disimular el amor que a su orden tenía, el cual no era solamente en lo exterior, pero muy intrínseca: y así guardada al pie de la letra y como ellas rezan las Constituciones de Santo Domingo, y aún añadiría más penitencias. No comía carne, y además de eso ayunaba desde Santa Cruz de septiembre hasta Pascua florida, sin quebrar día, quitados los domingos, en los cuales en lugar de cena hacía una colación moderada. De esta Pascua a Santa Cruz en el verano y estío, aunque casi todos los días ayunaba, pero algunas veces entre semana comía una lechuga a la noche. Siempre que comía, aunque fuese en un mesón, se hacía leer la Biblia, y guardaba el silencio de la Orden con grande estrechura y rigor. Pues la comida no era ahora muy suficiente, porque (como dije) no comía carne ni bebía vino, si no era bien aguado, y esperaba que pasase el medio día para comer. Con la primera ración, por desabrida y ruin que fuese, se contentaba; las demás, aunque fuesen muy delicadas, las mandaba dar a los pobres. Dormía vestido y calzado, como iba de día, y las más veces sobre unas tablas o en tierra, tomando por cabecera una piedra o por gran regla la Biblia. Esto hacía él por imitar en parte a su Padre Santo Domingo, el cual, como escribe Flaminio, se solía poner a dormir al pie de algún altar, o en las andas de los muertos, porque no dormía en cama. Se levantaba cada noche San Vicente a rezar sus maitines y horas, las cuales decía arrodillado con gran devoción. Finalmente, se dice en el proceso que no se hallaría novicio en la Orden que allá dentro, en la casa de novicios, temiese tanto quebrantar los preceptos y estatutos de la Orden, cuánto San Vicente, siendo ya maestro y viejo.
Pues de la pobreza, ¿qué diremos? No tenía sino una saya, un escapulario, una capa, y de ésta se servía de manto para el camino; y todo esto no era de paño fino, sino bien grosero, según manda la Constitución. Los arreos del jumentillo en que iba eran éstos: una albarda, un cabestro y unos estribos de madera colgados de unas sogas. Y no porque no pudiese más, que eso no sería mucho, sino, por el amor de la pobreza; porque hartas veces le hacían grandes presentes y no los quería recibir. Decía a los que se lo ofrecían que los diesen a los pobres, que él no predicaba por aquéllo, sino por el bien de las almas. Sólo hallo que cuando los de Beziers o Deses (que es lugar de Francia no muy lejos de Narbona) le ofrecieron treinta ducados, que para aquel tiempo era gran cantidad, no queriendo él recibirlos dijeron ellos que los había de tomar por Dios y por su Madre Santa María. El lo hizo así en reverencia de los nombres tan santos, por los cuales era rogado. Y mandó a un compañero suyo que los recibiese y repartiese entre pobres. Al cabo de algunos días, viendo que había muchos pobres y enfermos que no hallaban quién los quisiese remediar, y conociendo por otra parte cuan de buen grado le hacían a él limosna a donde quiera que llegara, determinó usar de un buen ardid, y fue que a uno de sus compañeros hizo receptor de las limosnas que a él le daban, para que las repartiese entre los pobres, dando a cada uno, según su necesidad, lo que había menester. Porque cuanto era para sí áspero en sus necesidades, tanto y aún más, era misericordioso para los otros en sus trabajos; cosa muy ordinaria entre los verdaderos santos. Así como por el contrario, los que falsamente se aplican el título y nombre de santidad, suelen tratar a los otros con gran rigor y austeridad, y a sí mismos, con mucha blandura y tiento.
En los trabajos que le sucedían, era San Vicente como un otro Job en paciencia; en todos ellos bendecía a Dios y particularmente decía entonces alabanzas de Nuestra Señora, o de otro santo. Muchas veces padecía hambre, cansancio, fríos, vientos y tempestades por les caminos, en los cuales se le ofrecieron otros trabajos ordinarios de ir por montes fragosos y pasar ríos muy caudalosos con su asnillo, por los cuales apenas se podía ir con mayores cabalgaduras. Un testigo dice que le vio dar dos malas caídas del asnillo, y que se maravillaron todos así de su paciencia, como de ver que no se había hecho mal alguno con tener la pierna mala. Demás de esto, éranle tan penosas las gentes en besarle las manos, que una vez en Ayusa o Ayusia, le apretaron tanto que se hubiera por poco de morir de bascas, y con todo no le oyeron palabra de enojo ni pena.
Muchos le cortaban la ropa por devoción, y otros de malicia, por ver si se enojaría; mas él nunca mostró impaciencia ninguna; como tampoco la mostraba cuando las gentes, fuera de tiempo y lugar, le importunaban, así para que les diese consejo en sus negocios, como los enfermos para que les diese salud. Y en lugar de mostrarse austero y recio de condición para que le tuviesen respeto y no le molestasen a horas impertinentes, todo su regocijo era que las gentes se le llegasen y le tuviesen como refugio y guardia en todos sus trabajos y afanes. De aquí era que cuando iba por las calles o cuando le venían a hablar, les saludaba a todos llana y amigablemente, abajando su cabeza en señal de reverencia. En la plática les hablaba amorosamente, diciéndoles muchas veces: Hermanos, de parte de Jesús os pido ésto o aquéllo.
Todo esto nacía de una profunda humildad, la cual hacía que a nadie tuviese en menos que a sí, sino a todos en mucho; y pues él a todos se humillaba, todos le honraban a él. El papa Benedicto, con sus cardenales, el emperador Segismundo, los reyes de Castilla, Aragón e Inglaterra, los obispos, y abades y prelados de todas las religiones parece que no se desvelaban sino en pensar cómo le honrarían. Pues no porque él les pasase (como dicen) la mano por el cerro, ni les fuese lamiendo, que no lo hacía, antes les reprendía muy a la clara de sus defectos; pero habíase en las reprensiones tan cuerdamente y con tanta crianza, que apenas se halló hombre que de sus reprensiones se enojase. Decían que era un ángel enviado por Dios, porque les dijese las verdades; y cuanto más les reprendía y avisaba de sus culpas, más le querían. Salíanle a recibir en muchas ciudades y lugares en procesión con pendones y banderas, vestidos los clérigos de ropas sagradas, con la Cruz y reliquias y otras cosas sagradas, del modo que salieran al encuentro a San Pablo si viniera a predicarles. Y porque todos le querían tocar y besarle la mano, o tomarle algún pedazo de la ropa, hartas veces fué necesario hacer unos cuadros de madera y ponerle en medio, a veces a pie, y a veces caballero en su asnillo, como se venía. Mas ya que no le podían tocar a él, echábanle sus ropas para siquiera alcanzasen al asnillo. Dice Flaminio, que al principio cuando comenzaron a usar estos modos de reverencias, les reprendía San Vicente por ello y les decía que eran idólatras, pues no siendo él santo, le tomaban de la ropa y de los pelos de la cabalgadura por reliquias. También huía de las solemnes entradas en los pueblos. Mas después viendo que con aquella reverencia que la gente principal le hacía, el pueblo tenía en más sus sermones y aprovechaba mucho, poco a poco disimuló con ellos; y no sólo permitía que le hiciesen aquella honra, mas antes los alababa por ello, diciéndoles que hacían bien en honrar a Dios en sus ministros y predicadores.
Todas aquellas honras las refería él a Dios y decía con el corazón y con la boca: Non nobis. Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. Para evitar la vanagloria que de semejantes honras se le podía ofrecer, antes de entrar en los lugares siguiendo el consejo de Nuestro Redentor que dice: Orate ut non intretis in tentationem, orad porque no vengáis en tentación, se arrodillaba con los que venían en su compañía y puestas en forma de hombre que ora sus manos, levantaba los ojos con lágrimas al cielo. Debía entonces el Santo rogar a Dios que le guardase de la soberbia y vanagloria, la cual (según dice San Agustín) siempre está acechando a nuestras buenas obras, para que delante el conspecto divino se pierdan. Y para que se vea cuán apartado estaba de holgarse de la honra que le hacían, y de la autoridad que le daban, basta saber que algunas veces pidiéndole los enfermos su bendición para alcanzar de Dios salud, no quería dársela por huir de la vanagloria; aunque a la postre movido de misericordia hacía lo que le rogaban y los despedía muy contentos. Demás de esto, teniendo él licencia y mandamiento de Jesucristo, confirmado por los sumos pontífices, que fuese a predicar por todo el mundo, era tanta su humildad que no quería predicar sin licencia de los prelados y obispos en cuyas diócesis se hallaba. Y tenía cierto mucha razón porque los obispos son sucesores de los apóstoles y han heredado el oficio de la predicación como cosa propia. Mas los religiosos y clérigos, si predican es porque los obispos particulares o el supremo obispo de la universal Iglesia, que vulgarmente llamamos Papa, les dan licencia: y así es razón que siempre les hagan vasallaje, y les reconozcan superioridad. En lo cual no solamente les granjearán las voluntades, mas harán a Dios servicio, y no pequeño. En razón de esto mandan nuestras sagradas Constituciones (las cuales hicieron los antiguos padres, en quienes la santidad y las letras iban casi a las parejas) que los predicadores tuviesen cuenta de visitar y consultar a los obispos.

De la castidad de este Santo, y de la devoción que tuvo a las cosas de Dios.
Ahora digamos algo de su modestia y castidad y de la devoción y reverencia que siempre tuvo a Dios y sus santos. Por cierto, todas las virtudes de este padre ponen grande admiración a quien las considera, pero mayor contento que todas de la modestia y castidad; así como, por el contrario, lo que más escandaliza en un fraile es la soltura y deshonestidad. No solamente se escribe de este Santo en el proceso, que fué virgen, y lo atestiguan así autores muy graves, pero dicen de él que era tanta su modestia, que en todas sus palabras y obras resplandecía la castidad. De ahi es que se le pasaron treinta años en los cuales ninguna parte de su cuerpo vió, si no eran las manos. Cuando se había de mudar la túnica de lana (que nosoiros traemos en lugar de camisa) entrábase en un lugar oscuro, para que ni de sus mismos ojos pudiese ser visto. No era amigo de trabar amistades con mujeres, antes en alguna manera las aborrecía y así huía de ellas cuanto podía, si la caridad no le obligaba a tratar algo con ellas; y aun entonces procuraba que las pláticas fuesen muy santas y buenas. Reprendia mucho a los que trataban con mujeres cosas livianas y vanas. Porque entendía muy bien que por ahí van allá, y de lo vano se abre la puerta para lo pernicioso. Cuando iba por las calles traía todos sus sentidos mortificados y particularmente los ojos tenía puestos en tierra, si no cuando los levantaba al cielo. Ojalá los que en nuestros tiempos se precian de espirituales, atendiesen a esto de veras y procurasen de refrenar sus ojos, porque son las puertas por donde entra todo lo malo en la ciudad de nuestra alma. Dice un profeta: la muerte entró en nuestras casas por las ventanas; y el mismo dice: mi ojo robó mi alma. Cuando la Escritura cuenta la caída de alguna persona en cosas deshonestas, primero dice que las miró, para que entendamos que para no desear es menester no mirar. Pues la vista sola es tan perniciosa, ¿qué diremos de las visitas y pláticas ordinarias? ¡Oh ceguedad grande de nuestros tiempos! El santo Job no se atrevía a mirar una doncella. San Jerónimo, estando en el desierto de Siria, era combatido de tentaciones por las mujeres que había visto en Roma; San Benito se hubo de echar en las espinas, y San Bernardo en un hielo para mitigar los movimientos de la carne. Y estos desdichados, sin tener en sí las prendas que aquellos santos tenían, se atreven a estar cada día hablando muy de propósito y en materias, no digo qué tales, con mujeres. De aquí es que en nuestros tiempos habemos visto personas señaladas dar grandes caídas; porque se dieron mucho a estas familiaridades y así permitió Dios que, aunque a los principios no pretendiesen cosa mala, andando el tiempo se (desvergonzasen a Dios y a las gentes. Y no es maravilla: porque (como dice San Bernardo sobre los Cantares en el sermón 75) mayor maravilla es tratar siempre con una mujer y no perder la castidad, que resucitar un muerto. De San Vicente dice el proceso que entre los demás vicios, contra los cuales predicaba, reprendía mucho las deshonestidades y lujurias; y estábale muy bien, pues él primero se preciaba de mostrarse limpio y sin mancilla en esta materia. Y así las rameras y otras mujeres que le iban a pedir salud o consejo, viendo su grande modestia y honestidad, se enmendaban de sus faltas y liviandades. Era tanto el recato que en esta parte tenía, que mandó castrar el asnillo en que iba caballero, porque no ofendiese la vista de algunos. Muchas mujeres se iban de un lugar a otro, tras la gente de la compañía del Santo, y algunas de ellas mandaba despedir y con otras disimulaba: porque debía conocer la virtud y fortaleza de cada una. Pero a la postre las hizo quedar en Tolosa, como adelante diremos.
Sobre todas estas virtudes resplandecía en la devoción, que, según Santo Tomás, es acto de una virtud muy principal, que la nombran los teólogos religión. Cuando llagaba a algún pueblo o ciudad, la primera cosa que hacía era ir a la iglesia, siguiendo el consejo de San Crisòstomo y Santo Tomás, que dice que, así como un buen hijo si llega a la tierra donde está su padre, primero visita a él que a otro alguno, así el cristiano, cuando entra en un pueblo, la primera cosa que debe hacer es visitar la iglesia. Por los caminos, si hallaba alguna cruz, no se tenía por contento de inclinar la cabeza y quitarse la capilla, sino que decía con una voz mediana y devota alguna antífona de la cruz con su colecta u oración. En las procesiones hacía honrar mucho a Nuestra Señora. Demás de sus horas canónicas, decía todos los días todo el Salterio. Con estas y otras cosas dió gran muestra de devoción y reverencia a las cosas de Nuestro Señor, y con ellas tenía su espíritu muy recogido; que de otra manera fuera imposible que, tratando siempre con seglares, no se aseglarara, como por nuestros pecados lo experimentamos cada día.

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