lunes, 4 de octubre de 2010

Los Milagros

¿Cómo es posible que se den milagros, sabiendo, como sabemos, que las leyes de la Naturaleza son fijas e inmutables? ¿No es el milagro una violación de estas leyes?
—Empecemos aclarando términos y conceptos. ¿Qué entendemos por ley de la Naturaleza? Es aquella en virtud de la cual un agente natural, en las mismas circunstancias, obra siempre de manera constante y uniforme. Así, por ejemplo, el fuego siempre quema; el ácido nítrico cauteriza la piel humana normal; un hueso roto no se soldará hasta pasado cierto espacio de tiempo mayor o menor; el agua se hiela a cero grados y hierve a los 100 grados centígrados; el manzano da manzanas, y de una nuez sale un nogal.
¿Qué es el milagro?
Es un hecho que envuelve un cambio en este orden de cosas general. Su definición exacta es como sigue: «Un hecho sensible superior al orden natural y a las fuerzas humanas, y que manifiesta una intervención inmediata y extraordinaria de la vida omnipotente.» Aunque la experiencia nos dice que la Naturaleza obra generalmente según ciertas leyes fijas e inmutables, pero estas leyes no son intrínseca y absolutamente necesarias, como son, por ejemplo, las leyes matemáticas. Si no interviene la libertad en las actividades de los agentes necesarios, éstos, en las mismas circunstancias, producirán los mismos efectos. Pero aquí nos sale al paso el concurso divino, sin el cual ninguna causa creada puede obrar. Dios, la Causa primera, puede con su omnipotencia y sabiduría intervenir en la acción de estas causas secundarias. A veces interviene de hecho para que los hombres, convencidos de esta intervención extraordinaria, acepten reverentemente la revelación divina o reconozcan el poder de Dios. La Naturaleza está siempre a las órdenes de Dios. Es justo y racional que el orden físico ceda la derecha al orden: moral. Dios no depende en nada de las leyes que El mismo estableció.
Cuando Dios obra un milagro, nuestros conocimientos científicos no sufren menoscabo alguno. El hierro será siempre más pesado que el agua, aunque Dios hiciese que un hacha de hierro flotase sobre el agua, como leemos en el último libro de los Reyes (VI, 5-7); el fuego seguirá quemando, aunque Dios librase una vez de la acción de las llamas a los tres jóvenes condenados por Nabucodonosor (Dan III, 24); un hueso quebrado no se soldará hasta pasado cierto espacio de tiempo, aunque el año 1875 Dios curase instantáneamente una fractura al belga Pedro de Rudder (Bertrin, Lourdes, 164-184). Lo extraño es que hombres como Huxley, que declaró incompatibles a los milagros y a la ciencia, sostuviese que «la ley universal de causación no se puede probar por la experiencia». Los católicos somos más científicos, ya que basamos el principio de uniformidad en la teoría de que la naturaleza del efecto se deriva de la causa. El milagro, por tanto, no es una violación de las leyes de la Naturaleza. Dios, a veces, interviene por razones que El tiene y suspende las actividades ordinarias de la Naturaleza.

¿No arguye el milagro un cambio en un Dios inmutable?
—No, señor. Dios mismo nos lo dijo por Malaquías: «Yo soy el Señor y no cambio» (Mat III, 6). En Dios no puede haber un cambio intrínseco. Cuando creó el mundo no cambió, porque ya había decretado desde toda la eternidad crearlo de la nada, prefijando el tiempo de su duración. Dios es un ser eterno, omnipotente, omnisciente; todas las criaturas, las pasadas, las presentes y las venideras, con sus acciones y circunstancias, estuvieron presentes en la mente divina desde toda la eternidad.

¿No son los milagros incompatibles con la sabiduría de Dios? Porque ellos introducen el capricho y una como ley de excepción entre las leyes que Dios fijó a la Naturaleza.
—Hay que distinguir entre el orden físico y el moral. Las leyes de la Naturaleza son sapientísimas, y con ellas el mundo sigue su marcha maravillosamente, siguiendo en línea recta la trayectoria que Dios le trazó. Esto, por lo que se refiere al gobierno físico del mundo. Pero existe otro orden—el moral—en virtud del cual Dios, para sus fines de llevar las almas hacia Sí, suspende su concurso y no deja que las leyes de la Naturaleza sigan operando como, dejadas solas, obrarían.

¿No podrían atribuirse los milagros a ciertas leyes naturales desconocidas? Si nuestros antepasados resucitasen, atribuirían a milagro muchos de los inventos modernos, que no son más que la aplicación de fórmulas científicas que ellos desconocieron. ¿Quién nos dice a nosotros que, andando el tiempo, lo que ahora llamamos milagro no sea cosa sencilla y fácil de explicar por medios naturales?
—Concedemos que hay milagros falsos, curas inesperadas y otras maravillas extrañas que, aunque, inocente o maliciosamente, se atribuyen al poder milagroso de Dios, se pueden explicar por la intervención de causas naturales aún no bien conocidas o estudiadas. Pero, gracias a Dios, conocemos los alcances de las leyes naturales lo suficiente para distinguir el milagro verdadero del falso. Sabemos con certeza que la ceguera no se cura con saliva (Marc VIII, 23); que la lepra no se cura tocándola con la mano (Mat VIII, 3); que los muertos no resucitan dándoles una voz (Juan XI, 43); que cinco mil hombres no sacian el apetito con cinco panes y dos peces (Mat XIII, 19). Y hoy mismo estamos presenciando milagros de este género en la gruta de Lourdes, milagros que todas las leyes de la Naturaleza juntas no podían hacer jamás. Citamos a Lourdes por citar un ejemplo de los muchos que se podrían citar.

El testimonio humano no es muy fidedigno que digamos. ¿Cómo, pues, nos va a constar que tales y tales milagros son ciertos? Las más de las veces nos hablan de milagros gentes sin instrucción que no están capacitadas para juzgar en estos asuntos.
—No negamos que a veces almas sencillas y devotas, esperando verse curadas milagrosamente, se engañan y alucinan y creen que es milagro lo que no lo es. Por eso, ya en 1868 se estableció en Lourdes un tribunal de pruebas por el que tienen que pasar todos los milagros allí obrados, para ser escrupulosamente examinados por personas competentes que saben distinguir muy bien entre el oro y el oropel. Pero no se necesita mucha competencia para ver lo extraordinario de un hecho sensible, palpable, capaz de ser visto y observado por todos. Y el milagro es eso: un hecho sensible. El transeúnte más imbécil puede dar testimonio de la cura instantánea de los leprosos que Cristo curó en el campo (Luc XVII, 11), o de la del ciego de nacimiento (Juan IX, 1), el caminar de Jesucristo sobre las aguas (Mat XIV, 25), y tantos otros milagros. La comisión de científicos que Renán requería para dar un milagro por auténtico, sería el testigo más pobre que se puede imaginar, si esos señores no se despojan antes de los prejuicios que tienen contra la posibilidad de los milagros. El Señor les diría lo que en otra ocasión dijo a sus discípulos: «Teniendo ojos, ¿no veis? Y teniendo oídos, ¿no oís?» (Marc VIII, 18).

¿No nos dicen todas las religiones que tienen milagros? ¿Por qué, pues, se hace tanto hincapié en los milagros de Jesucristo y su Iglesia?
—Lo que las religiones no cristianas dicen que son milagros no son sino fraude, alucinación, sugestión hipnótica, psicoterapia o intervención diabólica. Con frecuencia son mitos y leyendas ridículas, absurdas y extravagantes, sin autenticidad ninguna. Jesucristo mismo nos puso alerta contra todo esto cuando dijo «que se levantarían muchos profetas falsos y seducirían a muchos» (Mat XXIV, 11), y San Pablo nos habla de los «prodigios falaces» del anticristo (II Tesal II, 9). Los llamados milagros del santuario de Esculapio en Epidauro no eran milagros. El enfermo se acostaba en el templo con la confianza de que el dios le daría un sueño saludable. Luego el sacerdote interpretaba cada uno de sus sueños y los médicos prescribían los remedios que les parecían mejores.
Las maravillas atribuidas a Simón Mago y a Elimas en los Hechos de los Apóstoles (VIII, 9; XIII, 9), como tantas otras maravillas del espiritismo moderno, pueden ser causadas por arte diabólica. Las maravillas de Apolinio de Tiana tuvieron su origen en un romance legendario escrito cien años después de su muerte por Filóstrato a ruegos de la emperatriz Julia Domna. Los pájaros de madera voladores de que nos hablan los evangelios apócrifos, los quinientos leones blancos que tiraban del carro-dragón de Buda, y otras maravillas por el estilo, no son más que cuentos inventados para impresionar a las masas analfabetas, sin que jamás se haya podido probar en ellos la intervención de Dios. Por el contrario, los milagros de Jesucristo y los que ahora presenciamos en su Iglesia no tienen nada de ridículo, sino que son un testimonio más de la omnipotencia de Dios, de su misericordia, amabilidad o justicia. Nuestro Señor obró milagros para probar a los judíos incrédulos que El era el Mesías y para dejar bien fundado el carácter divino de su revelación. Asimismo permite a sus santos que hagan milagros para probar al mundo que son embajadores divinos y varones eminentes en santidad. La Iglesia católica demanda cuatro y a veces seis milagros antes de comenzar el proceso de beatificación o canonización de un siervo de Dios. Los milagros obrados hoy día en tantas partes, especialmente en Lourdes, son una prueba concluyente de que la mano de Dios no se ha abreviado y de que gusta premiar la fe ardiente de sus seguidores. Los católicos admitimos todos los milagros relatados en la Biblia, porque ésta fue inspirada, que es como decir que Dios es el autor. Creer que los milagros se acabaron con la muerte de los apóstoles, es, por lo menos, insultar a Dios. La Iglesia católica abunda en milagros que prueban claramente su santidad y origen divino.

¿Están obligados los católicos a creer todos los milagros que se relatan en las vidas de los santos?
—No estamos obligados a creer todos los milagros, o, mejor, seudomilagros, de que nos hablan los cronistas medievales, ni los relatados por sentimentalistas ultrapiadosos; pero protestamos enérgicamente contra esta corriente racionalista moderna que rehusa, incluso, estudiar la posibilidad del milagro por los prejuicios de que éste es imposible. Jesucristo prometió asistir a su Iglesia tan cuidadosamente, que nunca habrán de faltar en ella milagros extraordinarios como los que El mismo obró, y aun mayores; milagros que habían de obrar sus fieles seguidores, es decir, los santos (Marc XVI, 17; Juan XIV, 12). Para cerciorarse del cumplimiento de esta promesa divina, basta revisar las actas de beatificación y canonización de los archivos del Vaticano.
Allí pueden verse las normas estrictísimas que sigue la Iglesia y la evidencia que requiere antes de confirmar como auténtico un milagro. Algunos no católicos que han ido a Roma expresamente para hacer esta prueba, se han maravillado en extremo de la santidad extraordinaria y de los milagros tan bien autenticados del varón ilustre cuya beatificación se tramitaba; y luego dieron muestras de asombro al averiguar que aquello no bastaba, y que, por consiguiente, la beatificación se aplazaba.

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