jueves, 14 de octubre de 2010

El pagar con fidelidad y puntualidad los diezmos y premicias

El pagar con fidelidad y puntualidad los diezmos y premicias, hace felices las casas y familias, y lo contrario las arruina.

Los diezmos y primicias pertenecen de justicia rigurosa a Dios nuestro Señor, y a su santa Iglesia, según lo tenia dispuesto y mandado su divina Majestad, y fué precepto expreso de su ley antigua (Exod., XXII, 29); y ahora es uno de los cinco mandamientos y preceptos de nuestra santa Iglesia en la ley de gracia. Los que cumplen esta voluntad divina se llenan de prosperidades, no solo espirituales, sino aun temporales y transitorias.
El Sabio dice en sus proverbios, que cada uno honre y reconozca a su Señor de su misma sustancia, ofreciéndole gustoso las primicias de todos sus frutos; y en premio de su buena voluntad le llenará Dios sus graneros, y abundarán sus viñas en copiosos frutos. Esta es la condicion nobilísima de nuestro Dios y Señor, que nos da nuevas bendiciones por lo mismo que debemos hacer en conciencia.
En el sagrado libro del Eclesiástico se dice también, que le des al Señor según te da, y nunca te faltará que darle; porque de lo poco que al Señor le ofreces, resultará tener muchísimo que ofrecerle: Da ergo Altissimo secundum datura ejus.
En el libro segundo del Paralipómenon se dice, que los hijos de Israel ofrecieron puntuales las primicias y las décimas; y de aquí se les siguieron grandes prosperidades y buenas fortunas.
El santo anciano Tobías adoraba á su Dios y Señor, ofreciéndole fielmente los diezmos y primicias de su hacienda; y de esta virtuosa y obligatoria diligencia se le siguieron tantas felicidades espirituales y temporales, cuantas se refieren en la sagrada Escritura (Tob., I, 6).
Todo cuanto Dios nos da es de su divina Majestad, y debe correrse la criatura ingrata de escasearle a su Dios y Señor lo poco que le pide, siendo mucho lo que recibe. Este argumento eficaz se hallará bien formalizado en el sagrado texto (I Par., XXIX).
Por uno de los profetas dice Dios á los de su pueblo escogido, que le ofrezcan con buena voluntad y puntualidad los diezmos y primicias, conforme se les tiene mandado; y que despues le arguyan con el cumplimiento de su divina palabra, con la cual ofrece colmarlos de prosperidades, darles abundantes lluvias a su tiempo oportuno, y derramar sobre ellos con abundancia las bendiciones del cielo (Matth., III, 10).
Por vosotros, dice Dios, yo reprimiré a los gusanos devorantes, para que no destruyan ni corrompan los frutos de vuestra tierra, ni se vuelvan estériles vuestras viñas; y os dirán bienaventurados todas las gentes. Nótense bien las divinas bendiciones que el Altísimo ofrece a los que pagaren puntuales y con fidelidad los diezmos y primicias (Exod., XXIX).
Por el contrário, deben temer su ruina y desventura todos aquellos que no pagan fielmente los diezmos y primicias, como su Dios y Señor se lo tiene mandado; porque según dice el apóstol san Pablo, el Altísimo Dios no es capaz de engaño, ni permite desprecio: Nolite errare, Deus non irridetur (Gal., VI, 7).
El profeta Malaquías, armado de celo santo, echa la maldición a los que dolosamente le pagan a Dios de lo peor que tienen, recibiendo de la divina mano todo lo que poseen, olvidándose torpemente de que su Dios es horrible contra los ingratos; y descendiendo a contraída materia, dice es maldito el hombre doloso, que debiendo dar a Dios un cordero, le ofrece lo peor que tiene en su ganado, y piensa cumplir con su obligación. (Matth., III, 8 et seq.)
Este fué el principio fatal de todas las desventuras del maldito Cain. Ofreció su justo hermano Abel a Dios nuestro Señor, de los primogénitos de su ganado lo mejor que tenia, y el infame Cain ofreció de los frutos de su tierra, pero no de lo mejor. Atendió el Altísimo al justo Abel y a sus ofertas, lo cual no hizo con el desatento Cain. Luego se despertó la envidia mortífera de Cain, quitó la vida a su santo hermano, y fué procediendo de unas desdichas en otras, hasta que pereció con muerte desastrada.
Por esto el Espíritu Santo aconseja á las criaturas, para que sean felices, que le den al Señor, conforme el mismo Señor les da: Da ergo Altissimo, secundum datum ejus; y los ingratos corresponden mal a este santísimo consejo, reservando para sí lo mejor que tienen, y dando a su Dios y Señor todo lo peor que hallan en sus haciendas.
En esta mala correspondencia de los avarientos contra su Dios, proceden engañados contra sí mismos; porque si a Dios dan lo peor, les dará el justo Remunerador de lo mismo que le dan, y se irán empeorando de dia en dia hasta que se vean en calamitosa miseria. El que comprende al corazon humano no puede ser engañado, dice el Sabio en sus proverbios.
Algunos hombres insipientes imaginan que los diezmos y primicias no los dan a Dios nuestro Señor, sino a los señores sacerdotes; y suelen bárbaramente decir, que los sacerdotes ya tienen lo que han menester. Semejantes hombres necesitan de catecismo; porque aun no saben bien la doctrina cristiana, y blasfeman lo que ignoran, como dice san Pedro (I Pet., II, 12).
Es cierto que muchas décimas se convierten en alimento corporal de los señores sacerdotes; pero si Dios manda que se les den, a Dios se dan, cuando por expreso mandato de su divina Majestad se dan a sus ministros. Dios dice que son suyas todas las cosas: Mea sunt enim omnia (Exod., XIII, 2); y así las décimas y primicias que Dios te manda dar, no son tuyas, sino de Dios, y a Dios se las quitas injustamente, y cometes culpa gravísima.
El apóstol san Pablo dice, que la tierra que corresponde al labrador con el fruto deseado, recibe la bendición de Dios; pero la que con el riego y la cultura solo produce espinas, es reprobada y maldita; porque dándole liberal su dueño buena semilla, no le corresponde grata, sino ingratamente, quedándose con lo que el Señor le dió, y volviéndole espinas en vez de puro grano que habia recibido (Hebr., VI, 7).
Así hace el ingrato labrador, que dándole su liberalísimo Dios opulentas cosechas, le sisa inicuamente lo que debe pagar de diezmos y primicias, dejándose tentar de Satanas, y mintiendo contra el Espíritu Santo, dando una parte, y reteniéndose con dolo simulado la otra parte que no paga; diciendo con engaño pernicioso que no tuvo mas cosecha, y disminuyendo con mentira fementida la liberal misericordia que Dios tuvo con él; por lo cual puede y debe temer, no sea que Dios gravemente ofendido descargue su justa venganza contra su casa y contra su persona, como lo hizo contra los infelices Ananías y Safira. [Actor., V, 3, et seq. per tot.)
El santo profeta Malaquías aun levanta mas de punto la ponderación diciendo: que los hombres ingratos y bárbaros que a Dios retienen y roban los diezmos y primicias, crucifican al mismo Dios; por lo cual, en calamitosa penuria serán malditos del Señor, y serán llenos de desventuras y ruinas.
El modo misterioso con que vendrán los infortunios y desgracias a las infelices casas y familias donde fielmente no se paganlos diezmos y primicias, lo explica divinamente san Agustin, diciendo: que se llevará el fisco lo que quitas a Cristo, y te robarán los soldados lo que usurpaste al tremendo Dios de los ejércitos: Tollet fiscus, quod non recipit Christus; venient milites, etc.
Otros hombres inconsiderados, aunque pagan en la cantidad lo que pertenece a sus diezmos y primicias, mas pagan de lo peor y como por fuerza, tristes, sin voluntad, como haciéndoles duelo lo que a Dios dan. Estos llevan el trabajo, y sacan poco merecimiento; porque Dios atiende a quien le da lo que debe con alegría santa, dice el apóstol san Pablo. Hilarem enim datorem diligit Deus [II Cor., IX,7).
En el sagrado libro del Eclesiástico, se dice, que de buen ánimo des la gloria a tu Dios, y no le disminuyas las primicias de tus manos, sino que en todo cuanto le des tengas alegre tu rostro, y en alegría modesta santifiques tus décimas, des al Altísimo según te ha dado, y con buenos ojos atiendas a su infinita misericordia, que retribuye superabundantemente lo que las criaturas le ofrecen; y te volverá siete veces mas de lo que tú le has dado. Todas son palabras misteriosas del mismo sagrado texto.
En el libro del Éxodo se refiere, que con ánimo prontísimo y alegre ofrecieron a Dios los hijos de Israel las primicias que le debían para la decencia del tabernáculo, y todo cuanto pertenecía al culto y vestiduras santas de los sacerdotes; de lo cual se les siguieron grandes prosperidades y buenas fortunas.
En otro capítulo del mismo sagrado libro dice Dios, que no tardes en volver las décimas y primicias de las cosechas que el mismo Señor te ha dado con mano liberal : Decimas tuas, et primitias tuas non tardabis reddere; y por este acto de verdadera justicia te ofrece el Altísimo sus divinas misericordias.
En el libro de los Números te previene el Señor, que todo cuanto le ofrezcas de tus décimas y primicias sea de lo bueno de tu cosecha, y no de lo peor y mas despreciado de ella: Egregia vobis, et pinguia reservantes. Y en el Deuteronomio vuelve á decir, que es grande abominación que ofrezcas á tu Dios lo que tienes por mas vil y despreciado, sabiendo que su divina Majestad es quien te llena de misericordias, y castigará tu avaricia si cometes la fea ingratitud de anteponer tu conveniencia temporal a su santo servicio.
Últimamente en el divino libro del Paralipómenon se refiere, que un sacerdote del Altísimo, levantando la voz, dijo al rey y a los príncipes del pueblo: que después que habían comenzando los fieles a ofrecer puntuales las décimas y primicias, todo estaba con abundancia; comían y se hartaban, y quedaban superabundantes los alimentos; porque Dios habia dado la bendición a su pueblo, y de una vez prosperaron el rey y los vasallos, como se dice en el mismo sagrado texto.
Lo mismo sucederá, y aun con mayor felicidad, a todos los pueblos cristianos en la ley de gracia, si los diezmos y primicias se pagan con la justificada fidelidad que se deben, y se atiende lo primero a la decencia de los sagrados templos, veneración digna de los señores sacerdotes, obispos y prelados del Altísimo; porque la benignidad del Señor con el mundo se explicó mas superabundante, habiéndose humanado mas con nosotros que con los de la ley antigua, como nos lo dice el apóstol san Pablo (Hebr., I, 1 seq.; n, 1).

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