domingo, 24 de octubre de 2010

DOMINICA XXII DESPUES DE PENTECOSTES

LA MENTIRA

"En aquel tiempo, retirándose los fariseos, trataron entre sí cómo podrían sorprender a Jesús en sus palabras. Enviáronle discípulos suyos con herodianos para decirle :
"—Maestro, sabemos que eres sincero y que con verdad enseñas el camino de Dios, sin darte cuidado de nadie, y que no tienes acepción de personas. Dinos, pues, tu parecer: ¿es lícito pagar tributo al César, o no?
"Jesús, conociendo su malicia, dijo :
"— ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo.
"Ellos le presentaron un denario. El les preguntó:
"—¿De quién es esa imagen y esa inscripción?
"—Del César.
"Díjoles entonces:
"—Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt., XXII, 15-21).

A Jesús, que era la Verdad personificada, y por tanto abiertamente enemigo de la mentira, se le presentaron unos impostores para tentarlo. Le dijeron que era sincero y enseñaba el camino de Dios sin respetos humanos; pero estas palabras de loa eran una mentira de sus labios. Hablaban así fingiendo sus verdaderas intenciones y convicciones, para mejor coger en fallo al Señor. Pero Jesús, que leía en sus corazones, los desenmascaró.
Pocos son, hijos míos, los que imitan a Jesús, que es la Verdad, y en cambio son muchos los que siguen el ejemplo de los fariseos, que eran impostores y mentirosos. Procuraré haceros sentir horror a la mentira dándoos a conocer : 1.° Lo feo que es este vicio. 2.° Cuánto mal puede hacer. 3.° Ventajas de la sinceridad.

I—Naturaleza de la mentira.
1. Qué es mentira.— Mentira es decir o hacer lo contrario de lo que se piensa o siente, con intención de engañar. Cuando alguien dice, escribe o manifiesta de algún modo lo contrario de lo que piensa, expresa falsedad y se dice de él que es un mentiroso.
Como puede deducirse, cabe a veces que sea mentira una verdad. Esto ocurre cuando uno dice una verdad creyendo que dice mentira o deseando engañar. Para que haya mentira se requiere que exista intención de falsear o engañar.
Hay tres clases de mentira : jocosa, oficiosa y dañosa o perniciosa.
a) Mentira jocosa es la que tiene por objeto hacer reír o divertir a otros.
b) Mentira oficiosa es la que se dice con el fin de obtener alguna ganancia para sí o para otro.
c) Mentira dañosa o perniciosa es la que se dice con la intención o el peligro de producir daño al prójimo.
Cuando se miente ante un juez o tribunal, entonces se llama falso testimonio, y si se hace bajo juramento se denomina perjurio, que es un gran delito a los ojos de Dios.

2. La hipocresía.-Hay una especie de mentira real, que se llama hipocresía y se comete cuando se emplean actitudes y palabras contrarias al modo de ser, con el fin de ser tenidos por buenos. Este era el vicio de los fariseos, que, siendo malos, fingían ser buenos; estaban llenos de orgullo y aparecían humildes; eran impuros y se manifestaban castos; eran ladrones y simulaban velar por la justicia y la honestidad; odiaban al prójimo y fingían quererlo... Eran, pues, unos perfectos impostores o hipócritas, y, por consiguiente, mentirosos.
También hoy en día está lleno el mundo de gente farisaica, y hay chicos que mienten con los hechos, es decir, con la conducta, sin emplear para nada en esto su lengua. Son, por tanto, hipócritas.
Es hipócrita, por ejemplo, el que está despierto y aparenta que duerme; el que finge bondad y anida el odio en su corazón; el que hace como que trabaja y está ocioso y distraído; el que finge devoción en la iglesia y su pensamiento está en todo menos concentrado en Dios.
El que tal hace imita a los fariseos y es, de hecho, un mentiroso.

3. ¿Es pecado la mentira?—Entendámonos. A veces se dicen unas mentiras que más que pecado son burlas o bromas, sabiéndose de antemano que no hay intención de engañar. Van dos chicos por el campo y uno de ellos, señalando la torre de la iglesia del pueblo, que dista más de dos kilómetros, dice al otro :
—Mira: veo una hormiga que va por encima del campanario.
—Y yo oigo el ruido de sus pasos —contesta el otro.
En este caso de sobra se comprende que ninguno de los dos se propone engañar, sino sólo gastar una inocente broma al otro.
La verdadera mentira es siempre pecado y no se permite nunca, ni siquiera para evitar con ella algún mal. Dice San Agustín que no es lícito mentir ni para salvar al mundo entero.
La fealdad y ruindad de la mentira la reconocieron los paganos de la antigua Roma.
Actilio Régulo, antes que mentir y faltar a la palabra dada a los cartagineses, de quienes era prisionero, se sometió voluntariamente a la muerte (1).
La mentira puede ser pecado mortal cuando, siendo dañosa, produce un grave perjuicio al prójimo. Sea como fuere, está prohibida por el octavo mandamiento, y Dios, que es la misma Verdad, la aborrece y condena. "Huye de la mentira", dice el Señor; y también: "Guárdate de proferir mentiras."

4. Es obra del demonio.— El diablo es el padre e inventor de la mentira, y la introdujo entre los hombres al principio de la existencia de la humanidad, cuando engañó a Eva en el Paraíso terrenal. Desde entonces se viene valiendo el demonio de la mentira para seducir y procurar la ruina del género humano.
Algunos no dan importancia a la mentira, teniéndola por un mal muy pequeño, y no ven con malos ojos que se mienta cuando se consigue alguna ventaja. Eso es un gran error, porque la menntira es en sí detestable : tanto, que dice el Señor : "Más vale ser pobre que mentiroso" (Prov., XIX, 22).

II.—Los daños de la mentira.
1. Hace perder el crédito.—-Nadie cree a los mentirosos, aunque digan la verdad. No hay quien se fíe de ellos ni quien quiera tratos con quien acostumbre a engañar, para no salir chasqueados.

* El lobo y el pastor.—De todos es conocida la fábula del pastorcillo mentiroso que se divertía viendo correr en su auxilio a otros pastores y trabajadores del campo cuando, gastándoles una broma pesada, gritaba a todo pulmón : "¡El lobo! ¡El lobo! ¡Que viene el lobo! !" Pero una vez se presentó de verdad el lobo ante su rebaño, y por más que pateó, lloró y gritó, nadie le hizo caso y el lobo le destrozó el ganado.
"La mentira —nos dice la Sagrada Escritura— es una infamia que se halla siempre en los labios del hombre insensato" (Eclesiástico, XX, 26).

2. La confusión.-El mentiroso pronto es descubierto, pues, como dice el refrán, "antes se coge a un mentiroso que a un cojo", y entonces se ve confundido ante los demás.
¡Qué cara más larga ponen los mentirosos cuando se les descubre!
Escuchad un caso:
* La oca escondida.—Un día repicaron a gordo en cierta casa con motivo del santo onomástico del padre. Como plato fuerte había preparado la mamá, asada al horno, una hermosa oca. Cuando se disponían a sentarse a la mesa se presentó un amigo de la familia, y el hijo mayor de la casa se apresuró a esconder bajo una silla la rustidera con la apetitosa oca, rodeada de dorados piñones, que hacían la boca agua.
—Hoy se quedará usted a comer con nosotros —dijo el muchacho al recién llegado—, aunque no es día que podamos ofrecerle gran cosa; pero, en fin, comeremos a gusto lo que haya. ¿No le parece a usted?
Aún no había terminado de hablar cuando, a la vista del visitante, salió el perro huyendo con la oca asada en la boca...
La mentira tiene las piernas cortas, y fácil es figurarse el estupor de aquella familia al verse descubierta por la trastada del perro (2).

3. La mentira es nociva a la sociedad.—La mentira introduce la discordia en las familias, por la desconfianza que engendra entre sus miembros; es causa de odios, enemistades y crueldades.
El daño puede ser muy grande cuando se miente ante los tribunales de justicia. ¿Quién puede reparar el daño que se cause con falsos testimonios cuando se haya dictado y cumplido una sentencia basándose en ellos?

4. A veces es causa del sacrilegio.— Quien está acostumbrado a mentir, miente hasta en el confesonario. No se conforma con engañar a los hombres y pretende engañar también a Dios. Pero, claro, Dios no se deja engañar como los hombres.
¡Qué daño más inmenso se procuran los que obran así!

5. Los castigos de Dios.-Dios no deja impune la mentira. La Sagrada Escritura nos dice que "Dios da a la perdición al mentiroso" (Salmo V, 7). ¡Cuántos castigos se registran en la Sagrada Escritura, dados por Dios a los mentirosos!
El Señor no ha castigado sólo las mentiras perniciosas, que son pecado mortal, sino también, a veces, otras ligeras.
* Ananías y Safira.—Cierto hombre llamado Ananías, con Safira, su mujer, vendió un campo y retuvo una parte del precio, siendo sabedora de ello la consorte, llevando el resto a depositarlo a los pies de los apóstoles.
Díjole Pedro:
—Ananías, ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo, reteniendo una parte del precio del campo? ¿Acaso sin venderlo no lo tenías para ti, y, vendido, no queda a tu disposición el precio? ¿Por qué has hecho tal cosa? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Tres horas después también mintió Safira y le ocurrió lo mismo que a su esposo: cayó al instante y expiró (cfr. Act., V, 1-5).
No hay mentira, sea de hecho o de palabra, que no reciba su correspondiente castigo. Si no se da en esta vida, se dará, ciertamente, en la otra (3) (4).

III.—Ventajas de la sinceridad.
1. El sincero goza del aprecio de los hombres.— El que es sincero se gana la estimación y la benevolencia de los demás, tanto si son buenos como si son malos.
* San Juan Canzio y los ladrones.—San Juan Canzio, profesor de la Universidad de Cracovia, y luego sacerdote, yendo de camino fue asaltado por una cuadrilla de bandoleros. Estos le quitaron todo el dinero que le hallaron encima y luego le preguntaron si llevaba algo más. El respondió que no, y los bandidos le dejaron proseguir su camino con entera libertad. Pero, dados unos pasos, se acordó de que llevaba unas monedas de oro cosidas a la ropa, y alcanzó a los ladrones para darles aquel dinero que anteriormente no se había dado cuenta de que lo llevaba. Los facinerosos, admirados de tanta sinceridad, restituyeron al santo cuanto le habían quitado.

2. El perdón de las propias faltas.— El hombre sincero obtiene fácilmente el perdón de sus yerros. Lo obtiene de Dios y de los hombres, según reza el antiguo refrán : "Pecado confesado, medio perdonado", y a veces queda perdonado del todo.
* A Jorge Washington, presidente que fue de los Estados Unidos de Norteamérica, siendo niño, alguien le dio un hacha pequeña. Muy contento, fue golpeando todo lo que hallaba a su paso. En el huerto había un naranjo, árbol muy cuidado por su padre, y el pequeño le golpeó de forma que el preciado frutal recibió tales destrozos que terminó por secarse.
Cuando el padre vio lo sucedido tuvo gran pesadumbre y preguntó quién había sido el autor de semejante fechoría, repitiendo que no habría dado aquel naranjo por nada del mundo. Nadie pudo darle razón de quién podía ser el causante de tamaño desaguisado. Pero poco después vio a su hijo menor, Jorgito. con el hacha en la mano, y pensó que bien podía ser él el culpable.
—Jorge —le dijo—, ¿sabes tú quien ha cortado el naranjo del huerto? Voy a castigar al culpable de manera que quede escarmentado para toda su vida.
El chico se quedó pensativo un instante y después respondió:
—Papá, yo no puedo decir ninguna mentira. Ya sabes que no puedo mentir. Lo he cortado yo. Castígame.
— ¡Ven a mis brazos, hijo mío! —exclamó su padre—. Has hecho muy mal en cortar ese árbol, que tanto estimaba y que yo mismo había plantado; pero diciéndome la verdad, Jorjito mío, queda la pérdida bien recompensada. El valor y la sinceridad de mis hijos valen más que mil árboles, aunque tuvieran las flores de plata y echasen frutos de oro. Queda en paz, hijito,
y que la aventura del naranjo te recuerde toda la vida que hay que decir siempre la verdad.
Dios también se porta así con quien dice la verdad: le perdona sus faltas. Esto es lo que hizo con el rey David, que había cometido dos pecados muy graves. Cuando le habló el profeta Natán afeándole su conducta, el rey no negó lo que había hecho, sino que se limitó a decir: "Reconozco que he obrado mal."
Y entonces le contestó el profeta: "Dios te ha perdonado."

Conclusión.—Queridos niños, debéis sentir mucho horror por la mentira y proponeros decir siempre la verdad, cueste lo que cueste. De esta forma cumpliréis lo que dice San Pablo: "Despojándoos de la mentira, hable cada uno verdad con su prójimo, pues que todos somos miembros unos de otros" (Eph., IV, 25).
Y en el Evangelio leemos: "Sea vuestro hablar: sí, sí; no, no."
¡Huid de la hipocresía! Hablad y obrad siempre pensando que Dios lee en vuestro interior. Y si cometéis alguna falta, confesadla sin tapujos ni rodeos; y el Señor, viendo vuestra sinceridad, os perdonará del todo (5).

EJEMPLOS

(1) También los gentiles aborrecían la mentira.—El emperador Trajano venció al rey de Tracia e incorporó al imperio su territorio. Pero se llevó consigo a Roma al hijo del destronado monarca, con ánimo de devolverle el reino de sus antepasados cuando fuera mayor.
Cierto día vio Trajano que el chico estaba jugando en el jardín a la hora de escuela, y por la noche le preguntó dónde había estado por la mañana.
—En la escuela —dijo el chiquillo con sorprendente naturalidad.
Enojado Trajano por la mentira del tracio, le dijo :
—Mira, tenía pensado reponerte en el trono de tu padre; pero por haber mentido no te encuentro digno de ser rey, y no lo serás.
Así ocurrió, en efecto.

(2) Por no decir la verdad.— Sensible pérdida. — Una joven obrera se compró con sus ahorros diez metros de una tela que le gustó mucho. Aunque le había costado a cinco liras el metro, la chica dijo a su padre que la había comprado a lira.
En un momento que la joven se hallaba en la fábrica, acertó a pasar por la casa un comerciante que, viendo aquellos diez metros de tela, preguntó al padre de la muchacha si se los vendía, que él estaba dispuesto a pagarlos a dos liras metro. El hombre, pensando que doblaba el dinero, cerró en seguida trato con el comerciante y le dio los diez metros por veinte liras.
Cuando la chica regresó del trabajo, su padre le dijo muy contento el bonito negocio que había hecho vendiendo la tela a dos liras el metro. La muchacha se quedó más blanca que la pared y exclamó muy condolida:
— ¡Ay, padre! La tela me había costado cincuenta liras y no diez, como le dije.
El hombre, aunque también sentía la pérdida, replicó a su hija:
— ¡Bien que te está! Así escarmentarás para otra vez y no volverás a mentirme.

(3) El alquimista y León X.—Un alquimista se ufanaba de haber descubierto el modo de fabricar oro y se presentó al Papa León X para darle cuenta de su invento y solicitar un buen premio.
El Papa, gran protector de las ciencias y de las artes, sabía que todo era un embuste de aquel farsante y le dijo que volviese al día siguiente.
El hombre se frotaba las manos de gusto pensando que el gran Pontífice le haría donación de una crecida suma de dinero. Pero al día siguiente, con gran extrañeza suya, le entregó Su Santidad una bolsa vacía, diciéndole que se la daba para que la llenase con el oro que iba a fabricar.

(4) El muerto fingido y San Gregorio. — El taumaturgo San Gregorio iba por una calle cuando, viéndole dos truhanes, se concertaron para obtener del piadoso obispo una buena limosna.
Al efecto, uno de los dos se tendió en el suelo, simulando que estaba muerto, y el otro empezó a lamentarse y a lloriquear aparatosamente. Cuando llegó el santo a donde estaban ellos, el lloroso se le acercó para pedirle una limosna con que sufragar los gastos del entierro de su amigo. El santo se quitó su capa y cubrió con ella el cuerpo del que se hallaba tendido en el suelo.
En cuanto se alejó San Gregorio, el farsante pedigüeño cambió sus lloros en fuertes risotadas y dijo a su compañero:
— ¡Ea! Levántate y vamos a vender esta hermosa capa.
Pero el del suelo no se movió por más sacudidas que le dio su compañero. ¡Estaba realmente muerto!

(5) Aborrecimiento de la mentira.— San Andrés Avelino se dedicaba a la abogacía, y una vez se le escapó una mentira en cierta causa. Apenas la dijo, se acordó de la sentencia del Espíritu Santo: "La boca embustera da muerte al alma" (Sap., I, 11). Y quedó tan impresionado que renunció para siempre a la profesión de abogado y se consagró por entero al servicio de Dios en el ministerio sacerdotal.

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