miércoles, 1 de septiembre de 2010

CARTA ENCICLICA "IUCUNDA SANE"

CARTA ENCICLICA «IUCUNDA SANE»
Con ocasión del centenario de San Gregorio Magno
Sobre la responsabilidad de quienes gobiernan la Iglesia LITTERAE ENCYCLICAE
Sanctissimi Domini Nostri Pii divina Providentia Papae X
occasione saecularium solemnium S. Gregorii Magni
VENERABILIBUS FRATRIBUS
PATRIARCHIS PRIMATIBUS ARCHIEPISCOPIS EPISCOPIS
ALIISQUE LOCORUM ORDINARIIS
PACEM ET COMMUNIONEM CUN APOSTOLICA SEDE HABENTIBUS

La huella de Gregorio el Grande
Nos viene a la memoria, Venerables Hermanos, el gozoso recuerdo de aquel grande e incomparable va­rón (1), el Pontífice Gregorio, primero que utilizó ese nombre, del que vamos a celebrar el décimo tercer centenario de su muerte. No sin una especial provi­dencia de Dios, que da la muerte y la vida..., que hu­milla y ensalza (2), hemos de volver los ojos a este san­to e ilustre predecesor, ornato y gala de la Iglesia, para que, también vosotros, Venerables Hermanos, llamados a participar en Nuestro apostolado, y todos los fieles que nos han sido encomendados, saquemos adelante cumplidamente nuestra misión, a pesar de las innumerables preocupaciones de Nuestro minis­terio apostólico, en medio de tantas y tan profundas ansiedades en que hemos de gobernar la Iglesia uni­versal y de las inquietudes que nos agobian. El ánimo ciertamente se eleva para tener confianza en su poderosa intercesión ante Dios, y es un gozo re­cordar todo lo que dispuso con sublime magisterio y lo que tan santamente realizó. Porque si con su firme gobierno y con la fecundidad de sus virtudes dejó en la Iglesia una huella tan amplia, tan profun­da, tan clara que mereció ser llamado el Grande por sus contemporáneos y por la posteridad—y aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, es actual la alaban­za escrita en su sepulcro: vivió siempre lleno de bon­dades (3)—, no podemos menos que seguir su admi­rable ejemplo y, con la ayuda de Dios y a pesar de la fragilidad humana, cumplir con nuestros deberes.

Así estaban las cosas cuando llegó el Pontificado
Apenas es necesario recordar lo que ya es conoci­do por los datos de la historia. Cuando Gregorio asu­mió el supremo pontificado, era grande la perturba­ción de la sociedad; casi extinguida la vieja cultura, el imperio romano decaía dominado e invadido por toda suerte de barbarie. Italia, abandonada por los emperadores de Bizancio, era presa de los Longobardos que, sin asentarse, devastaban todo a hierro y a fuego en sus correrías, dejando todo sumido en luto y muerte. La misma Roma, asediada exteriormente por los enemigos, y afligida desde dentro por la pes­te, las inundaciones y el hambre, había llegado a tal extremo de miseria, que parecía no tener medio de salvar a sus habitantes ni a los que se refugiaban en ella. Hombres de toda clase y condición, obispos, sacerdotes que llevaban consigo los vasos sagrados para librarlos del pillaje, los religiosos y las esposas sin mancilla de Cristo: todos huían de la espada ene­miga o de la inicua violencia de gente impía. El mismo Gregorio nos describe la Iglesia de Roma: una vieja nave, deshecha por la violencia... que hace agua por todas partes, rota a diario por los embates de la tempestad y cuyas tablas carcomidas anuncian el naufragio (4). Sin embargo, Dios envió para salvarla el piloto que hacía falta, y éste, empuñando el timón, pudo llevarla a puerto entre aquel oleaje proceloso, guardándola de futuras tormentas.

Lo que hizo en trece años
Es de admirar todo lo que hizo en poco más de trece años de pontificado. Sobresalió en la restaura­ción de la vida cristiana en general: reanimó la pie­dad de los fieles, la observancia de los religiosos, la disciplina del clero y el celo pastoral de los sagrados obispos. Fue como un prudentísimo padre en Cris­to (5), custodio del patrimonio eclesiástico, que aten­dió liberalmente y con abundancia las necesidades del pueblo, de la sociedad cristiana y de cada iglesia en particular. Como verdadero enviado de Dios (6), llevó sus energías de organizador más allá de los lí­mites de Roma, y se empleó en el bien de toda la sociedad. Hizo frente a las injustas exigencias de los emperadores de Bizancio, puso límite a la insolencia de los exarcas y funcionarios imperiales, y, como paladín de la justicia social, frenó su execrable avaricia. Aplacó la ferocidad de los Longobardos, no temiendo salir a las mismas puertas de Roma para enfrentarse con Agilulfo, lo mismo que León Magno hiciera con Atila; no desistió en su empeño y ruegos amables hasta ver a aquellas temibles gentes final­mente pacificadas y organizadas con un gobierno justo y convertidas a la fe católica, cosa que consiguió con la ayuda de la piadosa reina Teodolinda, hija suya en Cristo. Por eso, se le aplica justamente el calificativo de defensor y libertador de Italia, tierra a la que él llama cariñosamente suya (7). Gracias a sus inagotables atenciones pastorales, acabó con los errores que subsistían en Italia y África, organizó la Iglesia en Francia, e impulsó la reciente conversión de los visigodos en España. También convirtió a la verdadera fe de Cristo al noble pueblo británico, que en los remotos confines del mundo, permanece toda­vía infiel, adorando ídolos de madera y piedra (8). Al enterarse de tan preciosa adquisición, Gregorio tuvo un gozo similar al del padre que abraza a su hijo queridísimo, ofreciéndoselo a Jesús Salvador, por cuyo amor —como él mismo dijo— nos encontra­mos en Bretaña con unos hermanos a quienes no co­nocíamos; por cuya mediación encontramos a quie­nes, sin saberlo buscábamos (9). Esas gentes estaban tan agradecidos al santo Pontífice, que le llamaban nuestro maestro, nuestro Apóstol, nuestro Papa, nuestro Gregorio, como si fuese el resello de su apostolado. En fin, fue tanto lo que hizo, que el re­cuerdo de sus hechos se grabó profundamente en las generaciones posteriores, sobre todo en la Edad Me­dia, hasta el punto de poder decirse que su espíritu las informaba, sus palabras eran como el alimento espiritual, y procuraban imitar su vida y sus costumbres; felizmente, una sociedad inspirada en el cristianismo sustituía a la romana que, con el trans­curso del tiempo, había dejado de existir.

Su visión sobrenatural y su humildad
¡Este cambio es obra de la diestra del Altísimo! Y es justo afirmar que Gregorio tuvo el firme conven­cimiento de que era la mano de Dios la que había hecho aquello. Con las siguientes palabras sobre la conversión de Bretaña —que pueden aplicarse a todo cuanto hizo durante su ministerio apostólico—, se dirige al santo monje Agustín: ¿De quién es obra esto, sino del que dijo: mi Padre sigue actuando, y yo también actúo? (10). Para demostrar que la conversión del mundo no se debe a la sabiduría humana, sino a Su poder, eligió como predicadores a los ig­norantes, enviándolos al mundo; lo mismo ha ocu­rrido con el pueblo inglés, porque se ha dignado hacer cosas grandes por medio de los débiles (11). No se Nos oculta todo lo que el Santo Pontífice, lleno de humildad, no quería atribuirse: su pericia para re­solver los asuntos, su habilidad para llevar a feliz término lo que había empezado; su admirable pru­dencia en las decisiones, su diligente vigilancia y su constante celo. Y también es evidente que no apete­ció la fuerza y el poder, como los reyes de este mun­do, quien —ocupando la más encumbrada dignidad pontificia—, quiso ser el primero en llamarse «Sier­vo de los siervos de Dios»; no sacó adelante su car­ga sólo con ciencia humana o con persuasivas pala­bras de humana sabiduría (12); su prudencia no se apoyó en puntos de vista mundanos; tampoco se dedicó a estudiar con prolongado detenimiento los medios de mejorar la sociedad, para ponerlos luego en práctica; finalmente, es admirable que todo eso no respondió a un plan preconcebido que él se hu­biese propuesto desarrollar paulatinamente en su ministerio apostólico; por el contrario, como es sabido, tenía la idea fija de que el fin del mundo estaba próximo, y que le quedaba poco tiempo para hacer algo importante. Siendo su cuerpo flaco y débil, aquejado de constantes enfermedades, con frecuencia al borde de la muerte, tenía una increíble fuerza de espíritu, a la que continuamente propor­cionaba nuevo aliento su fe viva en la palabra se­gura de Cristo y en sus divinas promesas. También confió plenamente en el poder divino entregado a la Iglesia, para poder cumplir bien su ministerio en la tierra.
Como lo demuestra todo lo que dijo e hizo, du­rante toda su vida se propuso fomentar en sí mismo esa fe y esa confianza, despertándolas con fuerza en los demás; y mientras le llegaba su último día, pro­curó hacer siempre lo mejor, en todo lo posible.
De ahí la firme decisión de este santo de hacer llegar, para la salvación de todos, la abundancia de dones celestiales, con que Dios enriqueció a la Igle­sia: la certísima verdad de la doctrina revelada, y su eficaz predicación, como está demostrado; los sacramentos, que tienen el poder de infundir o au­mentar la vida del alma; y, por último, con el fa­vor del auxilio divino, la gracia de la oración hecha en nombre de Cristo.

Nos proponemos imitarle
El recuerdo le todo esto, Venerables Hermanos, Nos conforta gratamente. Y si miramos a nuestro alrededor desde las alturas del Vaticano, sentimos el mismo temor —o mayor quizá— que sintiera Gregorio: tantas son las tempestades que se des­encadenan y tantos los ejércitos enemigos que aco­san; nos parece estar tan desasistidos de todo poder humano, que no nos vemos con fuerzas para dominar a aquéllas ni para resistir el empuje de éstos. Pero al buscar un punto de apoyo, un suelo firme para esta Sede pontificia, Nos sentimos seguros en la roca de la Santa Iglesia. ¿Quién ignora, escribía Gregorio al patriarca Eulogio de Alejandría, que la Iglesia Santa se apoya en la solidez del Príncipe de los Apóstoles, solidez que nos hace recordar que el nombre de Pedro proviene de piedra? (13). La eficacia divina de la Iglesia no ha disminuido con el paso del tiempo, ni las promesas de Cristo han traiciona­do a la esperanza; esas promesas son las mismas que fortalecían el ánimo de Gregorio, y las que Nos fortalecen, por encima de tantas dificultades actua­les y de tantas vicisitudes por las que estamos atra­vesando.
Los reinos y los imperios desaparecen; con fre­cuencia, las naciones se destruyeron a sí mismas, a pesar de su fama y de su cultura, como agostadas por la vejez. Pero la Iglesia, fiel a su propia natura­leza, sin romper jamás el lazo que la une al celestial Esposo, vive hasta hoy como una flor de ju­ventud perenne, sostenida por la fuerza que pro­viene del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz. Los poderosos de la tierra la combatieron; ellos han desaparecido, ella sobrevive. Los filósofos inventaron mil caminos, alabándose a sí mismos, como si por fin hubieran conseguido destruir la doctrina de la Iglesia, hundir los fundamentos de la fe y demostrar lo absurdo de su magisterio. Sin em­bargo, la historia enseña que aquellos caminos ter­minaron desiertos, mientras que la luz de la ver­dad que procede de Pedro ilumina con la misma intensidad con que Jesús la hizo nacer y la mantie­ne, según la divina sentencia: el cielo y la tierra pa­sarán, pero mis palabras no fallarán (14).

La Iglesia, luz y fuerza del mundo
Nos, con esta fe y apoyados en esta roca, sin de­jar de hacernos cargo de los gravísimos deberes del sagrado gobierno y del poder divino que Nos sostiene, esperamos que callen las voces de los vocin­gleros y que desaparezcan para siempre de la Igle­sia católica sus doctrinas; no tardaremos mucho en ver cómo se abandonan las afirmaciones de una cien­cia y de una cultura que rechaza a Dios, o en ver cómo desparecen de la sociedad. Entretanto, no po­demos dejar de recordar todos, como hizo Gregorio, cuánta es la necesidad de recurrir a la Iglesia, que da la salvación eterna junto con la paz y la prospe­ridad terrenas en esta vida.
Así, como decía aquel santo Pontífice, orientad los pasos de la mente, como habéis hecho desde el principio, hacia la seguridad de esa roca sobre la que nuestro Redentor, como sabéis, fundó la Iglesia en todo el mundo, de manera que el recto andar de un corazón sincero no se aparte por caminos equi­vocados (15). Sólo la caridad y la unión con la Iglesia une lo dividido, pone orden en la confusión, nivela desigualdades y acaba con la imperfección (16). Estad seguros de que nadie puede gobernar lo terreno si no sabe tratar lo divino, y que la paz de la sociedad depende de la paz de la Iglesia universal (17).
De ahí la necesidad de un perfecto entendimien­to entre la potestad eclesiástica y la civil, pues la providencia de Dios quiso que se ayudasen mutua­mente. En efecto, la autoridad... sobre todos los hombres proviene del cielo para ayudar a quienes buscan el bien, para ensanchar el camino de la gloria y para que el reino de la tierra sirva al de los cielos (18).
De estos principios brotaba aquella invencible fortaleza de Gregorio que Nos, con la gracia de Dios, trataremos de imitar, poniendo todos los me­dios para mantener incólumes los derechos y los privilegios de los que el Pontificado romano es cus­todio y defensor ante Dios y ante los hombres. De ahí que el mismo Gregorio, hablando de los dere­chos de la Iglesia universal, escribiese a los patriarcas de Alejandría y Antioquía: hasta con la muerte debemos protegerlos, porque si no amamos espe­cialmente lo nuestro, dañamos a todos (19). Y a Mau­ricio Augusto: ante quien con arrogancia alza su ca­beza contra el Señor omnipotente y contra lo esta­blecido por los Padres, yo, confiado en Dios todopo­deroso, no inclinaré la mía, aunque me amenace con la espada (20). Y al diácono Sabiniano: estoy dispuesto a morir antes que apartarme de la Iglesia del santo Apóstol Pedro. Conoces bien mi manera de proceder, porque siempre me he comportado del mismo modo; y si alguna vez pensara lo contrario, me enfrentaría decididamente a todos los peligros (21).Estas eran las principales enseñanzas del Pontífice Gregorio, obedecidas por todos aquellos a quie­nes se dirigían. Y como los gobernantes y el pueblo hacían caso de ellas, el mundo se encaminaba por la buena senda hacia una convivencia noble y fecunda, tanto más cuanto que descansaba firmemente en los fundamentos de un recto uso de la razón y de una rectitud de costumbres, que sacaban su fuerza de la doctrina revelada por Dios y de los preceptos del Evangelio.
Pero en aquella época, las gentes, aunque igno­rantes, incultas y carentes de sentimientos, busca­ban la vida; y de nadie podían recibirla sino de Cristo a través de la Iglesia: Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia (22). En efecto, la tuvieron ampliamente, puesto que, como la vida sobrenatural procede de la Iglesia, en ella se inclu­yen y fomentan también las fuerzas que dan vida al orden natural. Si la raíz es santa, también lo serán las ramas, decía San Pablo a los gentiles, ...y tú, siendo de acebuche, participaste con ellas de la raíz y de la abundancia del olivo (23).

La situación hoy día
Nuestro tiempo, aunque está tan iluminado por el espíritu cristiano que no tiene punto de compa­ración con el tiempo de Gregorio, sin embargo, pa­rece despreciar la vida de la que principal —y, con frecuencia únicamente— proceden como de una fuente los bienes pasados y presentes. Y no sólo eso, sino que con errores y disensiones renovados, se trunca a sí mismo como rama inútil, y busca la raíz profunda del árbol —la Iglesia— pretendiendo secar su savia vital, para abatirlo definitivamente e im­pedir que vuelva a retoñar.
Este error moderno, el mayor de todos y del que proceden los demás, es la causa, que tanto nos due­le, de la pérdida de la salvación eterna de los hom­bres y de los muchos daños que sufre la religión, que se harán mucho peores si no se les aplica la me­dicina. Niegan la existencia de todo orden sobrena­tural: que Dios sea el creador de todas las cosas y que su providencia gobierne todo; niegan que haya milagros y, negándolos, necesariamente des­truyen los fundamentos de la religión cristiana. Ata­can los argumentos que demuestran la existencia de Dios, y con increíble temeridad —contra los pri­meros principios de la razón—, se rechaza el pode­roso argumento, que no admite prueba en contra­rio, de que la causa, es decir Dios y sus atributos se conoce por los efectos. Las perfecciones invisibles de Dios, incluidos su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas (24).
Después de esto, queda abierto camino fácil a otros fantásticos errores, que repugnan a la recta razón y corrompen las buenas costumbres.
En la gratuita negación del orden sobrenatural —a la que se puede llamar falsa ciencia (25)—, se apo­yan críticas históricas igualmente falsas. Todo lo que de algún modo forma parte del orden sobrenatural, o lo constituye, o está unido a él o lo presupo­ne, o lo que sin él no tiene explicación, es borrado de la historia sin haberlo siquiera investigado. Lo mis­mo se hace con la divinidad de Jesucristo; con su carne mortal asumida por obra del Espíritu Santo; con el hecho de que, por su propio poder, resucitó de entre los muertos; y, finalmente, con las demás verdades de nuestra fe. Una vez emprendido ese fal­so camino, la ciencia no acepta ninguna ley crítica y, confiando en sí misma, suprime de los sagrados libros todo lo que no le favorece, o juzga que se opone a sus demostraciones. Negado el orden so­brenatural, es necesario buscar otro fundamento a la historia de los orígenes de la Iglesia, e inventan­do novedades a su antojo, buscan argumentos que se acomodan a su gusto, y no al sentir de los autores.
Con semejante aparato doctrinal y tan falsos ar­gumentos, engañan de tal modo a muchos, que és­tos abandonan la fe o se debilitan grandemente en ella. Hay también quienes, aun constantes en su fe, critican implacablemente la disciplina, como si fuese la causa del mal, cuando en realidad no es así, sino que, utilizada legítimamente, conduce a investi­gar con óptimos resultados. Pero ninguno cae en la cuenta de lo que inadvertidamente están admitien­do y proponiendo: una ciencia falsa, que por nece­sidad les lleva a conclusiones también falsas. Es evidente que todo es confusión, si se parte de un falso principio filosófico. Estos errores nunca po­drán ser suficientemente desmentidos, si no se ata­can en su misma raíz, es decir, si no se aparta a los equivocados de las posiciones en que se consideran seguros y se les lleva al legítimo campo de la filoso­fía, cuyo abandono les llenó de errores.
Molesta a hombres de tanta inteligencia y tan cul­tos considerar las palabras de Pablo, que increpa a quienes no han sido capaces de elevarse desde la tierra hasta lo que no se ve con los ojos: Devanea­ron en sus discursos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas; y alardeando de sabios, vinieron a ser necios (26). Completamente necio debe ser llamado todo aquel que utiliza el poder de su inteli­gencia para construir sobre arena.
No son menos dolorosas las desgracias que, para las costumbres humanas y para la vida de la so­ciedad civil, se siguen de esa negación. Al negar que haya algo divino fuera de la naturaleza visible, no queda nada para controlar las pasiones desatadas y nefandas, que se apoderan de las almas y les causan gravísimos daños. De suerte que Dios los abandonó a los deseos de su corazón, a los vicios de la impu­reza, en tanto grado, que ellos mismos deshonraron sus propios cuerpos (27). No se os oculta, Venerables Hermanos, cómo se extiende por todas partes la calamidad de costumbres corrompidas, que el poder civil no será capaz de contener, si no busca la ayuda de ese orden más alto, al que nos referimos. Ni tam­poco habrá autoridad humana alguna que pueda curar los demás males, si olvida o niega que todo poder viene de Dios. Ese es el único freno con cuya fuerza se puede gobernar, pero esa fuerza ni se em­plea con constancia ni está siempre en la mano; y eso lleva consigo que el pueblo padezca como una enfermedad oculta, que no tenga estímulo para nada, que se conduzca a su antojo, que fomente las discordias, alimentando así los más perturbadores desórdenes sociales, y que trastorne todos los dere­chos humanos y divinos. Olvidando a Dios, no se respetan las leyes civiles, ni las instituciones nece­sarias; se desprecia la justicia y se oprime hasta la misma libertad que es un derecho natural; se llega al extremo de disolver la unidad de la familia, que es el primer y más firme fundamento de la socie­dad civil. Así, es muy difícil proporcionar a estos tiempos, tan hostiles a Cristo, los eficaces remedios que El entregó a su Iglesia para cumplir la misión de regir a los pueblos.
Sin embargo, fuera de Cristo no hay salvación: Pues no se ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo, por el cual debamos salvarnos (28). Es preciso volverse hacia El, echarse a sus pies, y escuchar las palabras de vida eterna que salen de su divina boca; sólo El puede indicar el camino para encontrar la salvación; sólo El puede dar la vida; sólo puede dar la vida quien dijo de sí mismo: Yo soy el camino, la verdad y la vida (29). De nuevo se ha intentado el gobierno de los asuntos temporales fuera de Cris­to; se comenzó a edificar rechazando la piedra fun­damental, como Pedro echó en cara a los que cruci­ficaron a Cristo. Una vez más, el sillar se desliza para abatir la cerviz de los que edifican. Jesús si­gue siendo la piedra angular de la sociedad huma­na, que está comprobando la verdad de que la salva­ción no está más que en El: Este es aquella piedra que vosotros desechásteis al edificar, que ha venido a ser piedra angular, y fuera de El no hay salvación en otro (30).

La responsabilidad de los Pastores
Por todo esto comprenderéis fácilmente, Venerables Hermanos, hasta qué punto nos acucia a cada uno de nosotros la necesidad de fomentar, todo lo que podamos y con todas nuestras fuerzas, la vida sobrenatural en todos los órdenes de la so­ciedad humana, desde el más humilde trabajador, que con sudor gana cada día su pan, hasta los más poderosos rectores de la tierra. En primer lugar, pidiendo a Dios misericordia —con la oración pri­vada y pública— para que nos conceda su poderoso auxilio, con la misma voz con que clamaban los Apóstoles, zarandeados por la tempestad: Señor, sálvanos, que perecemos (31).
Pero eso no es suficiente. Gregorio culpaba al obispo que, apartándose del amor divino y de la oración, no acudía al campo de batalla para defen­der decididamente la causa del Señor: Lleva inútil­mente el nombre de obispo (32), decía con razón. Hay que iluminar las inteligencias predicando constan­temente la verdad, y refutando las malas teorías con una verdadera y sólida ciencia filosófica y teo­lógica, y con todos los auxilios que proceden del genuino progreso de la investigación histórica. Ade­más conviene que se hagan llegar a todos las ense­ñanzas morales de Cristo, para que aprendan a ser dueños de sí mismos, a dominar las pasiones, a re­primir la orgullosa soberbia, a obedecer a la auto­ridad, a vivir la justicia, a ser caritativos con todos, a mitigar con amor cristiano los odios que hay en la sociedad entre los de fortuna desigual, de modo que todos se conformen con lo que la Providencia les haya dado, y procuren mejorar cumpliendo bien su trabajo; y, sin abismarse en los bienes de la tierra, po ngan su esperanza en los bienes sempiternos de la vida futura. Sobre todo, debe procurarse que es­tas ideas se inculquen y se asienten en el alma de modo que sean más profundas las raíces de una verdadera y sólida piedad, y que cada uno cumpla ros deberes de hombre y de cristiano no de pala­bra. sino de verdad y tenga una confianza filial en la Iglesia y sus ministros, pidiéndoles el perdón de los pecados; robustecidos con la gracia de los Sacramentos, acomodarán su vida a los preceptos de la ley cristiana.
Estas obligaciones del sagrado ministerio deberán estar empapadas en el amor de Cristo, con cuya inspiración no habrá ningún caído a quien no levan­temos, ni afligido sin consuelo, ni necesidad alguna a la que no acudamos. Debemos vivir tan plenamente esta caridad, que ante ella desaparezcan nuestros pro­blemas personales, olvidando nuestro propio inte­rés y nuestra comodidad, de modo que hechos todo para todos (33), busquemos la salvación de todos, in­cluso a costa de nuestra vida, imitando el ejemplo de Jesucristo, que decía a los pastores de la Iglesia: el buen pastor da su vida por sus ovejas (34). En mag­níficos documentos se recogen los escritos que Gre­gorio dejó, aunque dio un ejemplo todavía más va­lioso con su admirable vida que con sus palabras.

Lo que los Pastores no deben hacer
Por todo esto, que surge necesariamente de los principios de la revelación cristiana y de las ínti­mas obligaciones de nuestro apostolado, ya veis, Venerables Hermanos, cuánto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y tra­bajarán con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana y una esperanza vacía, pueden ayudar fácilmente a los equivocados, cuando en realidad los hacen com­pañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (35).
También se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los pro­blemas del pueblo, se preocupan mucho del alimen­to y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. Tampoco les importa ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangéli­cos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. Al proponer la verdad, será pru­dente proceder con tacto; cuando se hayan de tra­tar asuntos con quienes desprecian nuestras ins­tituciones y viven completamente apartados de Dios, como decía Gregorio, al curar las heridas, es preciso tocarlas antes con mano delicada (36). Pero este procedimiento se quedaría en prudencia de la carne, si se pusiese en práctica así, sin más; sobre todo, porque daría la impresión de que se tiene en poco a la gracia divina —que no sólo se concede a los sacerdotes, sino a todos los fieles de Cristo—, y con la que nuestras palabras y nuestros hechos acaban venciendo toda resistencia. Esta clase de pru­dencia fue desconocida para Gregorio, tanto en la predicación del evangelio, como en todo lo que ad­mirablemente hizo para remediar las desgracias del prójimo. Siempre siguió las huellas de los Apóstoles, que al recibir la primera misión de anunciar a Cristo por la tierra, decían: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (37). Porque si ha existido algún tiempo en que pareciese más oportuna la prudencia humana, fue aquél, sin duda, ya que los ánimos no estaban preparados para recibir una doctrina nueva que contrastaba con las ambiciones generales, y tan opuesta a la magnífica cultura de los griegos y de los romanos. Sin embargo, los Apóstoles no hicie­ron caso de esa prudencia, porque conocían bien los designios divinos: Dios quiso salvar a los creyentes por la necedad de la predicación (38). Esa necedad, como siempre, también ahora es poder de Dios para los que se salvan, es decir, para nosotros (39). Como antes, también contaremos con armas poderosas en el escándalo de la cruz; como entonces, también en adelante venceremos con este signo.

Ante todo, los Pastores deben ser santos
Sin embargo, Venerables Hermanos, estas armas perderán toda su eficacia, y no servirán de nada si los que las manejan no llevan una vida de íntima unión con Cristo, si no tienen una auténtica y pro­funda piedad y no arden en deseos de dar gloria a Dios y extender su reino. Consideraba todo esto el Papa Gregorio de tanta importancia que procuraba con delicadeza extrema, al ordenar nuevos sacerdo­tes y obispos, que todos ellos buscasen sólo el honor de Dios y vibrasen en un auténtico celo por las al­mas. Y esta preocupación se refleja en su libro titulado Regula Pastoralis, en el que se dan normas para una adecuada formación del clero y para el gobierno de los obispos; normas no sólo válidas para su tiempo sino también para esta época nues­tra. Además, mientras describe con detalle cómo ha de ser la vida de éstos, como un Argos lumino­so, pasea su mirada llena de una honda preocupa­ción pastoral por todo el orbe de la tierra (40), para ver si se ha producido alguna desviación o negli­gencia en el clero y corregirlas en seguida. El solo pensamiento de que el fango y la corrupción pudie­sen penetrar insensiblemente en la vida de los clé­rigos, le llenaba de terror. Si descubría que algo se había hecho en contra de la legislación de la Igle­sia, se preocupaba muchísimo y no encontraba so­siego. Entonces se le veía amonestar, corregir, ame­nazar una y otra vez con penas canónicas a los transgresores de la ley; él, personalmente, imponía a ve­ces estas penas y, a los indignos, sin retrasarlo lo más mínimo ni importarle las habladurías de la gente, quitaba las licencias.
Solía aconsejar cosas que aparecen con frecuen­cia reflejadas en sus escritos: ¿Cómo puede interceder por los hombres delante de Dios quien con la dedicación de su propia vida no se muestra cons­ciente de que participa de Su gracia? (41). Si en su conducta se manifiestan las pasiones, con qué atrevimiento se apresura a curar al herido, el que muestra en su rostro las mismas heridas?» (42). ¿Qué frutos podrán conseguirse en los fieles, si los pre­goneros de su doctrina, niegan con sus vidas lo que enseñan con sus palabras? (43). Ciertamente no tiene fuerza para ayudar en las caídas ajenas, aquel a quien sus mismas faltas tienen hundido (44).Piensa cómo ha de ser un sacerdote verdadera­mente ejemplar y lo describe de esta forma: Mu­riendo a las pasiones de la carne, vive ya sólo para el espíritu; desprecia los halagos del mundo; no teme las contrariedades y sólo busca una auténtica vida interior; no le mueve la ambición sino que por el contrario entrega con generosidad todo lo suyo; su corazón está pronto para perdonar, pero nunca, por una compasión mal entendida, falta con su per­dón a la verdadera justicia, nunca hace cosas malas, y siente y desagravia por los pecados ajenos como por los suyos propios; sufre con los padecimientos ajenos y goza con las alegrías de los otros como con los suyos; puede servir de modelo para los que le rodean, porque en toda su conducta no hay nada de qué avergonzarse; desea vivir de tal forma que pueda inundar del frescor de su doctrina incluso los corazones más áridos de los que con él conviven; y ha aprendido por propia experiencia que por la perseverancia en la oración puede obtener de Dios lo que le pide (45).

Qué clase de sacerdotes deben ordenar los Obispos
Así pues, Venerables Hermanos, ¡con cuánta pro­fundidad debe reflexionar el obispo en su interior y en la presencia de Dios antes de imponer las ma­nos a los nuevos sacerdotes! Y ni por influencia, ni por súplica alguna —dice Gregorio— se atreva a or­denar a ninguno, sino sólo a aquellos que por su for­ma de vida se hayan mostrado dignos del sacerdo­cio (46). ¡Cuánta prudencia necesita antes de confiar las tareas pastorales a los recién ordenados sacerdotes! Si no han sido debidamente probados bajo la constante vigilancia de prudentes sacerdotes, si no han demostrado llevar una vida honrada, tener un espíritu piadoso y capacidad de obedecer a todo lo que es enseñanza o experiencia constante de la Iglesia, y de obedecer también a los obispos a los que el Espíritu Santo colocó para gobernar la Igle­sia de Dios (47), es de prever que sólo se ordenarán sacerdotes no para salvar, sino para perder al pue­blo de Dios. Pues no sólo sembrarán discordias, sino que provocarán rebeldías más o menos escandalo­sas, presentando ante el pueblo un triste espectácu­lo, como si hubiera falta de unidad dentro de la misma Iglesia, cuando en realidad todo eso se ha de atribuir, lamentablemente, a la soberbia y a la con­tumacia de unos pocos. ¡Lejos, muy lejos de todo ministerio deben estar los que provocan las discor­dias! La Iglesia no necesita de semejantes apóstoles y éstos no hacen el apostolado de Jesucristo sino su propio apostolado.
Nos parece tener todavía ante nuestros ojos la figura de Gregorio en el Concilio de obispos del mundo entero celebrado en Letrán, en presencia de todo el clero de la Urbe. ¡Con qué fluidez brotaron sus palabras acerca de la misión de los clérigos! Qué amor le consumía! Su discurso cayó sobre los hombres malos como un rayo. Son sus palabras como látigos que hacen reaccionar a los más pasivos. Son llamas de amor de Dios que consumen suave­mente a las almas más fervorosas. Leedlas a fondo, Venerables Hermanos, y vuestro clero debe leerlas también, meditarlas; de manera especial en los días de retiro anual llevad a vuestra oración las palabras de este santo Pontífice (48).
Con gran tristeza se plantea esta cuestión entre otras: El mundo está lleno de sacerdotes, pero a pesar de eso, en la mies de Dios apenas se encuen­tra operarios; porque recibimos el orden sacer­dotal, pero no cumplimos los deberes que lleva consigo (49). Y realmente, ¡cuántos hombres reuniría hoy la Iglesia si pudiese contar con un hombre en cada uno de los sacerdotes! ¡Qué abundancia de frutos para los hombres brotaría de la vida divina de la Iglesia, si cada uno se dedicase a explicar la verda­dera doctrina! Al actuar de esta forma levantó el Papa Gregorio un gran entusiasmo, que no sólo duró mientras él vivía, sino que se alargó también a los años siguientes. Y así, a ese tiempo se le conoce con el nombre «época gregoriana», porque de Gregorio recibió casi todo su impulso: las leyes de gobierno del clero, la institucionalización del estado de per­fección y de la vida religiosa, y, por último, la mú­sica sacra y la ordenación del culto.

Predicar la doctrina
Después vinieron tiempos muy distintos. Frecuen­temente decimos que en la vida de la Iglesia nada ha cambiado. La Iglesia posee una fuerza recibida de su divino Fundador por la que, en cualquier época sea la que sea, puede cuidar no sólo de las almas, que es su misión más específica, sino que también contribuye al desarrollo y perfeccionamiento de la humanidad, tarea que deriva de la misma naturaleza de su ministerio.
Es más, puede suceder que la misma revelación divina que ha sido entregada a la Iglesia para que la custodie, ponga de relieve en las cosas materiales lo que tienen de verdadero, de bueno, de bello, tanto más cuanto que todo ello hay que referirlo a Dios que es la suma verdad, la suma bondad y la suma belleza.
Grandes beneficios proporciona la doctrina divina a la ciencia humana porque a través de ella puede descubrirse más amplitud de horizontes para nuevos descubrimientos incluso de orden natural, y porque allana el camino para la investigación y previene contra los errores que pueden derivarse bien de la razón, bien del método seguido para investigar la verdad. Y así resplandece como el faro en un puerto, dando luz a los que navegan en la noche sobre muchas cosas que permanecerían envueltas en tinieblas y ayudándoles a evitar los es­collos que les harían naufragar, si su nave se es­trellase contra ellos.
En lo que se refiere a las costumbres, el Señor, Salvador nuestro, nos propone como ejemplo supre­mo de perfección a la misma bondad divina, a su Padre (50), y ¿quién no ve la cantidad de energía que podemos sacar de esto para que la ley natural, ins­crita en los corazones de los hombres se cumpla cada vez con más perfección y profundidad, de ma­nera que el individuo, la familia y toda la sociedad humana gocen de una mayor felicidad? Fue real­mente esta fuerza la que transformó en civilización la brutalidad de unos hombres bárbaros, la que rei­vindicó la dignidad de la mujer, la que acabó con la esclavitud, e instauró un orden nuevo, después de romper las cadenas con las que estaban atados las distintas clases de ciudadanos, la que devolvió la justicia, promulgó la verdadera libertad y veló por la paz, tanto familiar como pública.

Las artes al servicio de la vida de piedad
Por último las artes, al tender hacia Dios, ejem­plo supremo de toda belleza, y del que proceden las especies y las formas singulares que aparecen en la naturaleza de las cosas, se apartan con más facili­dad de todo lo vulgar y expresan con más fuerza la realidad captada por la mente, hecho en el que ra­dica la vida del arte. Y es imposible decir cuánto bien ha hecho el arte puesto al servicio de la reli­gión porque ofrece a Dios algo muy digno, por su riqueza, belleza y elegancia de formas. Es éste el motivo y el origen del arte sagrado, sobre el que se ha apoyado y se sigue apoyando todo arte profano. Hace muy poco tiempo hablamos con más detalle de este tema en un Motu proprio, en el que vol­camos en el canto romano y en la música sacra a todo lo establecido por nuestros antecesores. Y como las demás artes, sea cual sea su forma de ex­presión, se rigen todas por las mismas leyes, lo que se puede decir del canto, igual se puede aplicar a la pintura, a la escultura y a la arquitectura que, como muy nobles expresiones del genio humano, la Iglesia siempre promovió y alentó. Educada por tanta be­lleza, la humanidad levanta templos en los que los espíritus se remontan hacia los bienes celestiales, como en la propia casa de Dios, envueltos por el es­plendor de las artes, por la sublimidad de las cere­monias, por la armonía de la música.
Como hemos dicho ya, el Papa Gregorio aportó estos beneficios a su época y los tiempos que siguie­ron. Lo mismo podremos conseguir ahora si nos apo­yamos en tan sólido fundamento y empleamos me­dios adecuados para mantener lo bueno que, gracias a Dios, todavía queda, y para instaurar en Cristo (51) todo lo que se ha descaminado.

Exhortación final
Nos gusta poner fin a nuestra carta con las mismas palabras con que el Papa Gregorio finalizó su discurso pronunciado ante el Concilio de Letrán: Pensad esto detenidamente y transmitidlo a cuantos os rodean. Preparaos para dar fruto a Dios om­nipotente en la tarea que os ha encomendado. Pero esto que os decimos lo conseguiremos mejor rezando que hablando. Oremos: Dios, que nos quisiste lla­gar como pastores de tu pueblo, concédenos, te ro­zamos, que lo que decimos con nuestras palabras sea una realidad ante Tus ojos (62).
Mientras confiamos que, por la intercesión del Papa San Gregorio, escuchará benigno nuestras sú­plicas Dios Nuestro Señor, dador de todos los do­nes celestiales y testigo de nuestra paternal benevo­lencia, impartimos, llenos de cariño nuestra Bendi­ción Apostólica para todos vosotros. Venerables Hermanos, para el clero y para vuestro pueblo.
Dado en Roma, en San Pedro, el 12 de marzo de 1904, fiesta de San Gregorio, Papa y Doctor de la Iglesia, en el primer año de nuestro Pontificado.
PIUS PP. X
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1) Martyrol. Rom
2) I Reg II, 6-7
3) Apud Joann. Diac., Vita Greg., IV, 68.
4) Registrum I, 4 ad Joann. Episcop. Constantinop.
5) Apud Joanne. Diac. Vita Greg.- II, 51.
6) Inscr. Sepulcr.
7) Registr. V, 36 (40) ad Mauricium Ang.
8) Ibid. VIII, 2 (30) ad Eulog. Episcop. Alexandr.
9) Ibid. XI, 36 (28) ad Augustin Anglorum episcop.
10) Jn. V, 17
11) Registr. XI, 36 (28).
12) I Cor. II, 4.
13) Registr. VII, 37 (40)
14) Mt. XXIV, 35.
15) Registr. VIII, 24 ad Sabiniam. Episcop.
16) Ibid. V, 58 (53) ad Virgil. Episcop.
17) Ibid. V 37 (20) ad Mauric. Ang.
18) Ibid. III, 61 (65) ad Mauric. Ang.
19) Registr. V, 41 (43)
20) Ibid. V, 37 (20)
21) Ibid. V, 6 (IV, 47)
22) Jn. X, 10.
23) Rom. XI, 16-17.
24) Rom I, 20.
25) I Tim. VI, 20.
26) Rom I, 21-22.
27) Ibid. I, 24.
28) Hech. IV, 12.
29) Jn. XIV, 6.
30) Hech. IV, 11-12.
31) Mt. VIII, 25.
32) Registr. VI, 63 (30). Cfr. Regul. Past. I, 5.
33) I Cor. IX, 22.
34) Jn. X, 11.
35) Hebr. XIII, 8.
36) Registr. V, 44 (18) ad Joannem episcop.
37) I Cor. I, 23.
38) I Cor. I, 21.
39) I Cor. I, 18.
40) Joan. Diac. Lib. C. 55.
41) Reg. Past. I, 10.
42) Ibid. I, 9.
43) Ibid. I, 2.
44) Ibid. I, 11.
45) Ibid. I, 10.
46) Registr. V, 63 (58) ad universos episcopos per Hellad.
47) Hech. XX, 28.
48) Hom. In Evang. I, 17.
49) Ibid. n. 3.
50) Mt. V, 48.
51) Efes. I, 10.
52) Hom. Cit. n. 18.

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