lunes, 20 de septiembre de 2010

EL APOSTOLADO SEGLAR

Se suele a menudo repetir que la Iglesia, en los últimos cuatro siglos, ha sido exclusivamente "clerical", como reacción a la crisis que en el Siglo XVI, pretendía la abolición pura y simple de la jerarquía, y bajo esas premisas se insinúa que es tiempo de que la Iglesia extienda sus filas.
Tal juicio está tan lejos de la realidad, que aun desde el Santo Concilio de Trento, lo seglar comenzó a encuadrarse y a progresar en la acción apostólica. La cosa es fácil de comprender; basta recordar entre tantos, dos hechos evidentemente históricos: Las congregaciones marianas de hombres que ejercían activamente el apostolado seglar en todos los sectores de la vida pública; la admisión progresiva de la mujer en el apostolado moderno.
Y es oportuno recordar aquí, dos grandes figuras de la historia católica: María Ward, que Inglaterra católica, en sus horas más negras y sanguinarias, dio a la Iglesia; San Vicente de Paul, indudablemente uno de los más grandes fundadores y promotores de obras de caridad cristiana.
Tampoco dejaremos pasar desapercibida y sin agradecimiento, la benéfica influencia, que hasta la Revolución Francesa, unía en relaciones mutuas en el mundo católico, las dos autoridades establecidas por Dios: la Iglesia y el Estado. La intimidad de sus relaciones, sobre el terreno de la vida pública, creaba generalmente una atmósfera de espíritu cristiano, que ahorraba en buena parte, el trabajo delicado que deben soportar actualmente los sacerdotes y los seglares para asegurar la defensa y el valor práctico de la fe.
Al terminar el siglo XVIII, entró en juego un nuevo factor. De un lado la formación de los Estados Unidos del Norte —que tomaron un desarrollo extraordinariamente rápido y en donde la Iglesia creció considerablemente en vida y fuerza— y de otro lado la Revolución Francesa con sus consecuencias en Europa y Ultramar, acabó por separar la Iglesia del Estado. Sin verificarse ambos hechos al mismo tiempo y del mismo modo, el desajuste general tuvo por lógico resultado, que la Iglesia proveyera con sus propios medios, para asegurar sus acciones, el cumplimiento de sus mandatos y la defensa de sus derechos y su libertad. Esto fue el origen de innumerables movimientos católicos guiados por sacerdotes y seglares, quienes seguros de la cohesión de sus filas y de su sincera fidelidad, condujeron la masa de los creyentes a la lucha y a la victoria. ¿No es esta una iniciación y una introducción de los seglares en el apostolado?
Hay, es cierto, una multitud de tibios, irresolutos e inestables, para quienes la religión es una cosa muy vaga que no hace mella en la vida. Esta turba amorfa puede como enseña la experiencia, encontrarse de un día a otro, en la necesidad de tomar una decisión.
En cuanto a la Iglesia, ante todos tiene una triple misión que cumplir; llevar a los fervientes creyentes a la altura de las exigencias de los tiempos modernos: introducir a aquellos que titubean en el umbral; conquistar a aquellos que se han alejado de la religión y que no pueden ser abandonados a su suerte miserable.
Buen trabajo para la Iglesia, que aparte del hecho de que en conjunto se ha expandido mucho, su clero no está todavía debidamente aumentado. Ahora bien, el clero tiene ante todo, la necesidad de dedicarse al ejercicio de su ministerio sacerdotal, en el cual nadie puede substituirlo.
La aportación seglar al apostolado, es por consiguiente de una necesidad indispensable. La experiencia de la fraternidad que nace al servicio de las armas, en la prisión o en cualquier otra circunstancia guerrera, sobre todo en materia de religión, testimonia el precioso valor y la influencia eficaz y profunda de los compañeros de profesión, de condiciones y de vida. Estos y otros muchos factores debidos a circunstancias personales o de ambiente, han abierto las puertas a la colaboración de los seglares en el apostolado de la Iglesia.

Todos los fieles sin excepción, son miembros del cuerpo místico de Jesucristo. Resulta de esto, que la ley natural y aún más fuertemente la ley de Cristo, les obliga a dar ejemplo de una vida verdaderamente cristiana. "Christi bonus odor sumus Deo in iis qui salvi fiunt et in iis qui pereunt". Fragancia de Cristo somos ante Dios, entre los que se salvan y aquéllos que se pierden. Todos estamos comprometidos, especialmente hoy, a pensar durante la oración y el sacrificio, no sólo en las necesidades propias, sino también en las grandes intenciones del reino de Dios en el mundo, según el espíritu del "Pater Noster", que nos enseñó Jesucristo en persona.
¿Se puede afirmar que todos están igualmente llamados al apostolado según la estricta acepción del término? Dios no ha dado a todos la posibilidad ni la aptitudes. No se le puede exigir a la esposa, a la madre que cuida cristianamente a sus hijos y además debe salir a trabajar para ayudar al marido al sustento de los suyos. No todos son, pues, llamados a ser apóstoles.
Es muy difícil precisar los confines del campo de acción del apostolado seglar propiamente dicho. ¿Basta por ejemplo la educación impartida por una madre a su hija, o por educadoras e institutrices llenas de celo en la práctica de su profesión pedagógica; o la conducta de un médico de reputación y decididamente católico, cuya conciencia no transige nunca delante de la ley natural o divina y trabaja con toda su fuerza por la dignidad cristiana de los esposos, por los sagrados derechos de su progenitura? ¿Bastan las acciones de un hombre de Estado, en favor de una política pro alojamientos para los menos afortunados?
Muchos responderían con una respuesta negativa, no viendo en esto más que el puro y simple cumplimiento loable, pero obligatorio, de sus deberes de Estado.
Nosotros sabemos, sin embargo, el potente e insubstituible valor para el bien de las almas, de este simple cumplimiento de los deberes de Estado, de parte de millones y millones de fieles conscientes y ejemplares.
El apostolado de los seglares, en su verdadero significado, es sin duda organizado en su mayor parte por la Acción Católica y otras instituciones de actividad apostólica aprobadas por la Iglesia; pero además, hay apóstoles seglares, hombres y mujeres, que ven el bien que pueden hacer y tienen la posibilidad y el medio de hacerlo y lo hacen llevados únicamente por el deseo de atraer otras almas a la verdad y a la gracia. Nosotros pensamos en tantos seglares, que en regiones donde la Iglesia es perseguida como en los primeros siglos del cristianismo, substituyen como mejor pueden, a los sacerdotes encarcelados, arriesgando la vida, impartiendo enseñanzas sobre la doctrina instruyendo sobre la vida religiosa y el modo justo de pensar cristianamente, induciendo a frecuentar los sacramentos, especialmente la Eucaristía.
A todos estos seglares los veréis trabajando; no os preocupéis en preguntar a qué organización pertenecen, admiradlos y reconoced cordialmente el bien que hacen.
Lejos de nosotros el pensamiento de restar valor a la organización como factor de apostolado; solamente consideramos esto grandioso, sobre todo en un mundo donde los adversarios de la Iglesia la atacan con organizaciones propias. Pero no debe conducir a un exclusivismo mezquino, a aquél que el Apóstol llamaba "Explorare libertatem": Acechar la libertad".

Es evidente que el apostolado de los seglares, está supeditado a la jerarquía eclesiástica, la cual es una institución divina. Dicho apostolado, no puede por consiguiente ser independiente. Pensar de otra manera, sería socavar la base del muro sobre el cual Cristo mismo construyó su Iglesia.
Sería también erróneo creer, que sin la jurisdicción de la diócesis, la estructura tradicional de la Iglesia, o su forma actual, coloquen el apostolado seglar en una línea paralela con el apostolado jerárquico, de manera que el mismo obispo no pueda someter el apostolado parroquial de los seglares, al párroco, Al contrario, él puede y debe establecer como regla, que las obras del apostolado de los seglares destinadas a la misma parroquia, estén siempre bajo autoridad del párroco. El obispo lo ha constituido pastor de toda la parroquia y como tal, él solo es responsable de la salvación de su grey.
Que puedan existir, por otra parte, obras de apostolado de seglares extra-parroquiales y aun extra-diocesanas —preferimos llamarlas: superparroquiales y superdiocesanas— según el bien común de la Iglesia lo requiera, es verdad y no hay necesidad de repetirlo.
Cuando nosotros comparamos el apostolado seglar, o más exactamente, el militante de la Acción Católica, a un instrumento en manos de la jerarquía, según una expresión ya común, queremos decir que los superiores eclesiásticos deben servirse de él, como el Creador se sirve de las criaturas racionales, como instrumento, como causa secundaria, "con una dulzura llena de deferencia". Se valen de ellos, conscientes de su propia responsabilidad, animándolos, sugiriendo iniciativas, acogiendo de buen grado las que ellos proponen y aprobándolas, según la oportunidad, con amplitud de criterio. En las batallas decisivas, las más felices y acertadas iniciativas parten del frente. La Historia de la Iglesia nos ofrece ejemplos numerosos.
Como máxima, en el trabajo apostólico es deseable la más intensa cordialidad entre los sacerdotes y seglares. El apostolado de los unos no es una competencia para el apostolado de los otros. En verdad la expresión "emanicipación de los seglares" oída aquí y allá repetidas veces, no nos agrada mucho. Encontramos en esta frase un sonido un tanto desagradable, y además históricamente inexacta. ¿Se trataba de niños o de menores que necesitaban ser emancipados, aquéllos a quienes aludíamos hablando del movimiento católico de los últimos ciento cincuenta años? En el reino de la gracia todos son considerados adultos, y es esto lo único que importa.
El llamamiento a los seglares para que colaboren, no se debe al debilitamiento o fracaso del clero en el cumplimiento de su deber. Que haya flaquezas individuales no extrañe, pues son miserias de la naturaleza humana y se encuentran en ambos bandos. Pero generalmente hablando, el sacerdote tiene mejores ojos para percibir los signos de los tiempos y el oído más sensible para la auscultación del corazón humano, que un seglar.
El seglar es llamado al apostolado, como colaborador del sacerdote, colaborador completamente precioso y altamente necesario a causa de la escasez de clero, muy poco numeroso para poder cumplir él solo, su propia misión.
Pío XII

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