sábado, 11 de septiembre de 2010

LA MISION PROFETICO-MISIONERA Y LA MISION CULTURAL-SACRAMENTAL DEL SACERDOCIO CATOLICO

(pág. 47-65)
Fue el Vaticano II el que, en su léxico, incorporó esa nueva terminología, desconocida antes, en el lenguaje de la tradición. En la Constitución "Dei Verbum" el Concilio pastoral nos dice que "Dios instruyó a su pueblo por los Profetas". "Que Dios habló muchas veces por los Profetas; y que el Evangelio fue prometido por los Profetas". De la metáfora pasa a la actual realidad de la Iglesia y nos dice, en la Constitución "Lumen Gentium", que "el pueblo de Dios participa del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio, sobre todo por la vida de le y de caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de la alabanza, el fruto de los labios que bendicen su nombre". (12,1) y "que Cristo es el Gran Profeta, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquia, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra, para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social". (Constitución "Dei Verbum").
Ya que ahora, con lenguaje nuevo, la Iglesia del postconcilio nos habla tanto del espíritu profético, de la misión profética, de la Iglesia profética y carismática, conviene dar aquí una explicación de lo que, según la tradición encierra en sí el concepto del profeta y de la profecía.
En el lenguaje de la Iglesia preconciliar, comunmente solía entenderse por profeta el que prevé y predice cosas futuras, no por su propio análisis o raciocinio, sino por una divina revelación. En este sentido, la profecía verdadera es uno de los argumentos fehacientes de la Divina Revelación, como el milagro. El sentido de profeta, en la Sagrada Escritura, suele ser más amplio: es el que habla por Dios, en lugar de Dios, como intérprete de Dios. El profeta es como la boca de Dios, el intérprete o legado de Dios, el cual pone sus palabras en su boca, como dijo el Señor a Jeremías: "Y extendió el Señor mi mano y tocó mi boca: y díjome el Señor: He aquí que he puesto mis palabras en tu boca". El profeta, pues, es un legado de Dios ante los hombres o ante el pueblo.
Como legado de Dios, la misión profética supone dos cosas: 1') La elección divina. 2') La actual inspiración o revelación que Dios hace al elegido. La causa de toda profecía verdadera y de la misma elección del profeta es Dios. La verdadera profecía nunca fue hecha por voluntad del hombre, sino que, por inspiración del Espíritu Santo, hablaron siempre los profetas.
Tres notables instituciones hallamos en el pueblo de Israel: los reyes, los sacerdotes y los profetas. El poder real estaba vinculado a la tribu de Judá, a la familia de David; el sacerdocio estaba vinculado a la tribu de Levi y a la familia de Aarón; mas el cargo de profeta dependía únicamente de la elección de Dios. Jeremías y Ezequiel eran sacerdotes; Isaías, en cambio, no lo era: pertenecía probablemente a la tribu de Judá. Había profetas nobles, y ricos, como parece que era el mismo Isaías; como también había profetas pobres y de condición humilde, como Amos, que era pastor y campesino. Aunque, entre los profetas los hombres sobresalen en número; las mujeres también fueron algunas veces elegidas por Dios para esta misión, como Ana, la madre de Samuel, Débora y otras.
Para ser elegido al ministerio profético Dios no requería ninguna disposición natural, ni ciencia, ni instrucción o preparación alguna. Elíseo era un pobre labrador (3 Reg., XIX, 19-21). Tampoco se requería una afición o inclinación de la voluntad del elegido. Isaías se ofrece al Señor; Moisés y Jeremías se excusan y Jonás huye. Ni siquiera se requerían —así parece— la caridad y buenas costumbres. Balaam, aunque malo, fue verdadero profeta; y el mismo Caifás, como dice San Juan en su Evangelio, profetizó. La razón de esta paradójica circunstancia, nos la da Santo Tomás (2-, Secundae, q. 172, a. 4): "la profecía pertenece al entendimiento, cuyo punto es anterior al acto de la voluntad. La voluntad es la que se perfecciona con la caridad y no el entendimiento". Además, la profecía es gracia de las que llaman "gratis datas", esto es, que se dan por utilidad y bien de la Iglesia y no precisamente para el bien del profeta y para que su alma se junte con Dios por la caridad. Así que la única causa de la profecía es Dios. Merece mención aquí las palabras de Jeremías: Había sido éste metido al calabozo por Fasur, hijo de Immer, y tenía que sufrir mucho por causa de sus predicciones, y quéjase al Señor diciendo: "Engañásteme, Señor, y he sido engañado; más fuerte fuiste que yo y me venciste; soy escarnecido cada día; todos se burlan de mí. Porque desde que hablo, doy voces, grito violencia y destrucción; porque la palabra del Señor es para mi afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de El, ni hablaré más en su nombre. Mas fue en mi corazón como fuego ardiente, metido en mis huesos; trabajé por sufrirlo y no pude" (Jer. XX, 7-9).
La causa de la profecía es, pues, la ilustración o revelación de Dios. Esta revelación es una especie de iluminación intelectual, que está en el alma, no por modo de hábito o forma permanente, como la gracia santificante, si no por modo de forma o impresión transeúnte y pasajera.
El objeto de la revelación profética pueden ser todas las cosas, lo mismo las que se refieren a Dios y a sus ángeles, que las del orden natural, o las del mundo moral o también los sucesos futuros. Pero, como la profecía es de aquellas cosas, que están lejos del conocimiento humano, sigúese de ahí que tanto una cosa es más propia de la revelación profética, cuanto está más distante del conocimiento humano (de todos los hombres o del profeta, al menos).
Dios enseña y comunica al profeta cosas del todo ignoradas y desconocidas de los hombres, que ni el entendimiento humano ni aun el angélico puede naturalmente conocer. Y así como el Señor manifiesta y descubre sus secretos a los bienaventurados en el cielo, así también, de un modo semejante, los descubre y manifiesta a los profetas en la tierra. El profeta no ve la esencia divina, como la ven los bienaventurados en el cielo, y así tampoco conoce todas las cosas, que se pueden conocer por revelación profética. Acontece en esto lo que acontece en las ciencias: que quien tiene alguna ciencia conoce los principios de aquella ciencia y conoce los consecuencias que de esos principios se siguen y pertenecen a esa ciencia; más, el que no conoce los principios, no siempre conocerá las consecuencias todas que de ellos se derivan. Por la profecía no se conoce en sí mismo el principio de los conocimientos proféticos, que es Dios, de aquí que el profeta no conozca todas las cosas sino solamente lo que Dios quiere revelarle (Sto. Thom. q. 174, a. 4).
Sin extendernos más en la explicación teológica de lo que es el profeta, la profecía, la misión profética, podemos, con lo dicho, deducir que la terminología progresista, que hoy tanto, —con gran sorpresa— oímos en labios de esos innovadores, no tiene un valor real, sino, a lo sumo, un valor meramente analógico. Obispos y sacerdotes tienen una misión profética meramente analógica, ya que la divina revelación no ha sido hecha directamente a ellos. Ellos repiten, deben repetir, lo que Dios ha revelado a otros. El depósito de la Divina Revelación —hablo de la Revelación pública— quedó cerrado con la muerte del último de los Apóstoles.
No quiere decir que los ministros jerárquicos, por razón de la elección divina y del carácter impreso en ellos en su ordenación sacerdotal, y de los poderes que, por esta ordenación, recibieron de Dios, no tengan una misión divina que cumplir; pero, esta misión no es estrictamente profética, ya que no recibe, personal y directamente, la inspiración y revelación profética. La revelación ya está hecha; nosotros tenemos sí la elección y la misión divina de repetirla y explicarla a los hombres, para que ellos la conozcan, ajusten a ella su vida y se salven.
Los laicos, la Iglesia discente, no tienen la misión del magisterio, y su "misión profética" es tan superficial y aparente, como su sacerdocio, como un bosquejo lejano de una realidad esplendorosa. ¡Que lo recuerden bien todos esos "pontífices mínimos" de la Iglesia postconciliar!
El profeta es un legado de Dios ante los hombres. No siempre tiene el espíritu de profecía, ni está siempre en trato o comunicación con Dios; no siempre está inspirado, ni siempre profetiza, aunque siempre es profeta. En este último sentido el sacerdote tiene más semejanza con el profeta, porque el sacerdote siempre es sacerdote, siempre es un legado de Dios, un representante de Dios, un vínculo que une a los hombres con Dios.
La Iglesia de Cristo, como tal, por medio de su Jerarquía, de los elegidos por Dios, tiene una misión en cierto modo profética, la de transmitir incólume el Depósito de la Divina Revelación, que ya está terminado, cerrado, que no puede ni ser mermado, ni adulterado, ni aumentado por ningún miembro de la Jerarquía, ni por toda la Jerarquía. El don de la infalibilidad didáctica que gozan los órganos oficiales de la Jerarquía y del Magisterio (el Papa y los Concilios convocados y aprobados dogmáticamente por el Papa) no significa una nueva revelación, que Dios haga oficialmente a los hombres, como una nueva verdad propuesta a nuestra fe, sino, simplemente, la infalible certeza de que esa verdad está contenida en el Depósito de la Divina Revelación. Pero, la misión particular de los miembros de la Jerarquía (incluso el Papa, aun en los casos en que habla ex cathedra) se reduce, en este punto a transmitir constantemente al pueblo cristiano lo que Dios nos ha revelado, explicando las concretas consecuencias que de esas verdades se deducen, según la tradición y el sentir de la Iglesia.
En este sentido analógico la misión misionera de la Iglesia puede llamarse profética, así como la misión de los miembros de la Jerarquía. Este es lo que hoy llamar, el ministerio de la palabra, la catequesis, la predicación, las enseñanzas del Magisterio, cuyo valor (no hablo ahora de las definiciones dogmáticas del Magisterio extraordinario) depende de la mayor o menor fidelidad con que el ministro de la palabra siga la doctrina revelada y la inspiración, que, por la gracia sacramental de su ministerio, tiene siempre del Espíritu Santo, pero que supone la libre cooperación de la libertad humana. La misión de la Jerar quía (del Papa, de los Obispos, de los sacerdotes) es, en primer lugar, la misión de predicar, de enseñar, no lo que se nos ocurra, sino el Evangelio, lo que Cristo enseñó, lo que los apóstoles predicaron, como doctrina de Cristo.
Pero, la predicación está encaminada a la salvación y santificación de las almas. La palabra de Dios es la semilla —semen est verbum Dei— pero, no es el árbol, no es el fruto. La semilla es fecunda por la acción de Dios, por los auxilios de la gracia de Dios. Y la fuente y manantial de toda la gracia de Dios, de nuestra justificación, es el Sacrificio cruento de la Cruz: "gratia Dei per Iesum Christum, la gracia de Dios, por Jesucristo".
Ahora bien, plugo a la Sabiduría y Bondad Divina de nuestro Redentor y Mediador, establecer en su Iglesia los sacramentos y el Santo Sacrificio de la Misa, para comunicarnos por ellos los frutos redentores, la gracia que brota de Cristo Salvador. Este es el fin principal de la Jerarquía, escogida por Cristo, para extender por todo el mundo y hasta la consumación de los siglos su obra redentora. El Magisterio es medio; el Sacerdocio es el fin principal de la Jerarquía.

MISION CULTURAL SACRAMENTAL DE LA IGLESIA
El Primado de España, en su síntesis, después de hablarnos de la misión profético-misionera de la Iglesia nos habla de la misión cultural-sacramental de la institución de Cristo. Es también terminología del progresismo y del Vaticano II. En la Constitución "Gaudium et Spes" (51, 1) dice ese Concilio pastoral: "La persona humana, sola y exclusivamente por la cultura, es decir, por el cultivo de los valores y bienes materiales, puede alcanzar su verdadera y plena humanidad. Por consiguiente, donde quiera que se habla de vida humana, naturaleza y cultura, están en íntima conexión".
Con el respeto que me merece la opinión —no pasa de ser una mera opinión— lo que así afirman los padres conciliares, me parece que esta concepción de la humanidad, ni es completa, ni es exacta, ni es cristiana. No es en la cultura, no es en el cultivo de los valores y bienes materiales, donde la persona humana alcanza su verdadera y plena humanidad, sino en la salvación eterna de su alma, según las palabras de Jesucristo: "Quid prodest homini, si mundum universum lucretur, animae vero suae detrimentum patiatur". (Porque ¿de qué sirve al hombre, si gana el mundo entero, mas pierde su alma) (Mat. XVI, 26). Toda nuestra decantada cultura no ha servido ni para hacernos más buenos, más felices, ni para llevar más almas al cielo. El mundo de hoy, con sus tragedias, con sus peligros, con su inestabilidad, con sus crecientes problemas nos demuestra para qué sirve la cultura sin Dios.
¿Qué entiende el Vaticano II por cultura? "Con la palabra cultura se indica, en general, todo aquello con que el hombre afina o desarolla, en formas variadísimas, las facultades de su espíritu y de su cuerpo, con las que pretende someter a su dominio, con el conocimiento y el trabajo, incluso el orbe terráqueo; logra hacer más humana, mediante el progreso de costumbres e instituciones, la vida social, tanto en lo familiar como en todo el mecanismo civil; y, finalmente consigue expresar, comunicar y conservar profusas experiencias y ambiciones espirituales en sus obras, a lo largo de los tiempos, que puedan servir luego al beneficio de los demás, mejor dicho, de todo el género humano". (Gaudium et Spes, 53, 2).
Parece raro que un Concilio Ecuménico se ocupe en describirnos lo que es la cultura humana, pero más raro todavía es que en esa descripción los valores humanos, temporales estén por encima de los valores trascendentes, de la salvación y santificación de las almas, que es la esen da y fin principal de la religión, de toda religión, pero especialmente de la verdadera religión, la que fundó Cristo, el Hijo de Dios vivo.
El diccionario de la Real Academia nos da esta definición de "cultura", que evidentemente difiere de la que hemos citado anteriormente: "Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y afinarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales del hombre". Desde luego, en la definición del diccionario de la Real Academia no se menciona para nada "las facultades del cuerpo", ni se da a la cultura ninguna finalidad pragmática. Según William James el único criterio válido para juzgar de la verdad de toda doctrina científica, moral o religiosa se ha de fundar en sus efectos prácticos. La cultura verdadera nada tiene que ver con esta teoría. Un anacoreta, un cartujo, un hombre entregado a la penitencia corporal puede ser —innumerables santos lo confirman— una persona no sólo culta, sino cultísima; y, en cambio, un poderoso boxeador, puede ser y de hecho casi siempre es una persona del todo inculta.
El fin de la cultura religiosa —supongo que de esta solamente quiere hablarnos el Vaticano II, ya que só en este terreno su Magisterio puede tener autoridad, no es "dominar el orbe terráqueo", ni "hacer más humana (el epíteto es equívoco) la vida social". Esta humanización no es el fin del Evangelio, sino, según las palabras de Cristo, la divinización (analógica) del hombre, por la Vida Divina, que Cristo vino a darnos: "Ego ven¡ ut vita habeant et abundantius habeant". (He venido para que tengan vida (la vida sobrenatural, la vida divina, que por el pecado habíamos perdido, y para que la tengan mi abundante). (Joan. X, 10).
En la misma Constitución "Gaudium et spes", el Vaticano II nos dice: "De ahí se sigue que la cultura humana necesariamente lleve consigo un aspecto histórico y social, y que el vocablo "cultura" muchas veces comporta el contenido sociológico y etnológico; en este sentido se puede hablar de pluralidad de las culturas, pues por el diverso modo de emplear las cosas, de realizar un trabajo de expresarse, de cultivar la religión y dar forma a las costumbres, de establecer leyes o instituciones jurídicas, de desarrollar las ciencias o las artes o de cultivar la belleza, toman su origen las diversas condiciones comunes de vida y las diversas formas de armonizar sus bienes. De ese modo, por la acumulación de instituciones tradiciónales, se forma un patrimonio, que es propio de cada una de las comunidades humanas. Así también se constituye el marco definido e histórico, dentro del cual se inserta hombre de cada uno de los pueblos o de las edades, del que toman los bienes necesarios para procurar su civilización". (53, 3).
Esta Constitución conciliar es un rompecabezas, que pretende armonizar lo temporal y lo eterno, lo humano lo divino, la verdad con el error, el bien con el mal. En las palabras citadas, el concepto vago y equívoco, cuando no falso, de "cultura" viene a convertir en valores válidos, asimilables y legítimos todas las manifestaciones de vida, que tienen o pueden tener todos los pueblos, así los civilizados, como los salvajes, así los que profesan la verdadera religión, como los que viven en la idolatría, en el politeísmo, en la herejía. Ese es el "patrimonio" propio de cada una de las comunidades humanas. La pluralidad de esas culturas constituye un marco definido e histórico, en el que se inserta el hombre, y del que toma los bienes necesarios para procurar su civilización. El pluralismo religioso es no sólo tolerable, sino deseable, porque sólo en ese pluralismo puede insertarse el hombre para modelar su civilización.
Ya antes, en el n. 46, 2 de la misma Constitución, los padres conciliares, con una visión humanista y universal, nos habían dicho: "entre las numerosas cuestiones: que preocupan a todos, hay que tener presentes principalmente las siguientes: el matrimonio y la familia, la cultura, la vida económico-social y política, la solidaridad de las naciones y la paz". Para realizar esa unidad apetecible, para hacer esa ensalada, es necesario admitir corno patrimonio común de toda la humanidad los patrimonios propios de las diversas razas, pueblos y naciones.
Hoy se puede hablar de una nueva era en la historia de la humanidad; un mundo nuevo está naciendo, al cual la Iglesia tiene que acomodarse. "Las condiciones del hombre moderno han cambiado tan radicalmente en sus aspectos social o cultural, que se puede ya hablar de una nueva era de la historia humana. De ahí que estén abiertos nuevos caminos para perfeccionar este estado de civilización y darle una expansión mayor. Caminos que han sido preparados por un avance ingente de las ciencias naturales y humanas e incluso sociales, por el progreso de la técnica y por el incremento de la organización de los medios que ponen al hombre en comunicación con sus semejantes. De ahí provienen estas características de la cultura moderna: las llamadas ciencias exactas cultivan enormemente el juicio crítico; los más avanzados estudios Psicológicos explican más profundamente la actividad humana; las disciplinas históricas contribuyen mucho a que sepamos ver las cosas en lo que tienen de mudable y evolutivo; los modos de vida y las costumbres se van uniformando cada día más; la industrialización, urbanización y otros fenómenos que impulsan la vida comunitaria dan lugar a nuevas formas de cultura (cultura de masas) (¿cultura comunista?), de las que proceden nuevos modos de pensar, de obrar, de descansar y, al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las diversas naciones y grupos humanos, descubre cada vez más a todos y a cada uno los tesoros de diferentes civilizaciones, desarrollando así una cultura más universal, capaz de promover y expresar tanto mejor la unidad del género humano, cuanto más respeta las peculiaridades de las diversas culturas". ("Gaudium et spes", 54).
No creo que podamos atribuir a las inspiración del Espíritu Santo este párrafo pintoresco, en el que parecen aceptarse y cristianizarse todas las desviaciones de la filosofía, de la mentalidad, de la confusión pavorosa de la cultura decadente del mundo en que vivimos. El marxismo, el historicismo, el idealismo, el fenomenismo, el existencialismo, todas las desviaciones del pensamiento humano, en las formas filosóficas de esta filosofía inexistente, han contribuido al desarrollo de nuestra cultura y a expresar mejor la unidad del género humano. Porque, al fundir todos esos "tesoros" en una masa común hemos eliminado las cosas que nos separan y dividen; hemos preparado el "gobierno mundial"; nos acercamos a esa religión de la fraternidad universal, sin dogmas, sin ritos, sin moral, sin disciplina.
"Van creciendo de día en día el número de hombres y mujeres que, sea cual fuere el grupo o la nación a que pertenecen, toman conciencia de que son los autores y promotores de la cultura de su comunidad. Crece más y más en todo el mundo el sentido de la autonomía y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual es de capital importancia para la madurez espiritual y moral del género humano. Eso aparece más claramente si ponemos ante nuestros ojos la unificación del mundo y el deber que nos corresponde, es decir, el de construirlo mejor en la verdad y en la justicia. Somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre se define por su sentido de responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia". (Gaudium et spes, 55).
La concientización —palabra tan moderna— de la que nos habla la "Gaudium et spes", del creciente número de hombres y de mujeres, que se dan cuenta de que son ellos los autores y promotores de la cultura, del progreso y del bienestar de su comunidad, no parece responder, en manera alguna, a la realidad histórica, que estamos viviendo. Por el contrario, crece de día en día la confusión reinante; crece la incertidumbre para el mañana; crece el temor justificado de que esa ola del comunismo siga extendiendo por todos los países, especialmente en esta nuestra América Latina, sus dominios, anegando nuestras libertades, nuestra cultura, nuestra religión, nuestros intereses todos. Esa es la unificación posible, que puede imponernos la más espantosa esclavitud a todos los países latinoamericanos, cumpliendo el programa socializante que emana del Vaticano y que el P. Arrupe y su milicia selecta está propagando intensamente.
Lo terrible del momento que estamos viviendo es la falta de concientización de ese peligro; la cobardía o las conveniencias humanas que temporalmente favorecen a los inconscientes y que paralizan las legítimas defensas, la sutil astucia con que se justifican los atropellos a los mismos derechos naturales e inalienables, que fueron proclamados por los mismos que están ahora comprometidos en la subversión. Ese nuevo humanismo, que es una especie de divinización del hombre y negación de Dios, es un humanismo clasista; es un humanismo de masas; es un humanismo en el que la persona humana sucumbe en las garras del Leviatán monstruoso.
Los padres conciliares no dejaron de ver el real peligro que ese humanismo proclamado por ellos podría tener para la humanidad autónoma. "Cómo —preguntan— se podrá reconocer como legítima la autonomía que la cultura reclama, sin que se caiga en un humanismo meramente terreno, más aún, contrario a la religión" ("Gaudium et spes", 56, 6). Y responden, estableciendo un pluralismo en las ideas y, en las motivaciones y en las finalidades, que necesariamente tiene que culminar en una verdadera oposición de actividades: "Los creyentes en Cristo, peregrinando hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba (Col. III, 1-2), lo cual en nada disminuye, antes bien acrecienta, la importancia de la obligación que les incumbe de trabajar con los demás hombres en una construcción más humana del mundo. En realidad, en los misterios de la fe cristiana habrán de descubrir importantes estímulos y ayudas para cumplir valerosamente su misión, sobre todo el sentido pleno de las actividades, que señalan a la cultura el puesto eminente que, en la vocación integral del hombre, le corresponde". (Gaudium et spes, 57, 1). Y prueban los padres conciliares su peregrina afirmación: "El hombre, en efecto, —dicen— cuando cultiva la tierra con sus manos o ayudándose de los recursos de la técnica y del arte para hacerla producir sus frutos y convertirla en digna morada suya, y cuando conscientemente asume su papel en la vida de los grupos sociales, sigue el plan de Dios, manifestado a la humanidad, al comienzo de los tiempos, y así el hombre se educa a sí mismo; al mismo tiempo obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de sus hermanos". (57, 2).
Desde luego, al hablar los padres, de los "creyentes en Cristo", parecen unir una vez más a los católicos con todos los herejes, que se llaman cristianos y que, si admiten, tal vez, la persona histórica de Cristo y reconocen su vida portentosa, niegan, en cambio, la misma divinidad de Jesucristo. Esta unión, meramente nominal, que hoy denominamos de cristianos; ese pluralismo de los que admiten o dicen admitir la persona de Cristo, lejos de ser una verdadera unión, es una profunda e irreconciliable división, que no puede contribuir, como suponen los padres del Vaticano II, a superar las antinomias de la cultura humana, ni para hacer así un mundo más humano. Los misterios de la fe católica nos descubren sí importantes estímulos y ayudas para cumplir valerosamente nuestra misión, no tanto temporal, cuanto eterna; no para decirnos el sentido pleno de las actividades que señalan a la cultura el puesto eminente que, en la vocación integral del hombre, le corresponde, sino para jerarquizar los valores todos de la vida terrestre, en orden a nuestro fin último, en orden a nuestra eterna salvación.
Si la doctrina del "Principio y Fundamento" de los Ejercicios Espirituales es verdadera; admitida por la Iglesia y practicada y vivida por los santos, la tesis progresista de los padres sinodales es absurda e inadmisible.-"Y las otras cosas sobre la faz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impidan; por lo cual hemos de hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido: en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando lo que más nos conduce para el fin que somos creados".
Esta es una verdadera exposición de lo que es la vida humana, de lo que significan, según el plan de Dios y el fin para que fuimos creados; "todas las otras cosas", incluso la cultura, en la que los padres sinodales ponen su confianza para la construcción de un mundo mejor y más humano. Y prosigue la Constitución Gaudium et spes: "Por otra parte, el hombre, cuando se entrega a estudios variados de filosofía, de historia, de ciencia matemática y natural o se ocupa en el arte, puede contribuir mucho a que la familia humana se eleve a los conceptos sublimes de verdad, de bondad, de belleza y a juicios de valor universal, y así se deje iluminar más claramente por la admirable sabiduría, que desde la eternidad estaba con Dios, componiéndolo todo con El, jugando en el orbe de la tierra y encontrando sus delicias en estar con los hijos de los hombres" (57, 3).
Francamente, encuentro tan confuso el pensamiento de los Padres conciliares en estas palabras, que teológicamente hablando me parecen, cuando menos, inexactas; históricamente, falsas y científicamente contradictorias. La ciencia hincha, la caridad edifica. Una ciencia atea, una ciencia racionalista, una ciencia positivista, fenomenista, irreligiosa, anticristiana no puede contribuir en manera alguna a que la familia humana se eleve a los conceptos sublimes, como ampliamente lo demuestra la decantada ciencia de nuestros días. Esa ciencia, que prescinde de Dios, que prescinde de nuestro último destino, que elimina la religión, nos hace perder el camino de la verdad, nos sumerge en un mar tempestuoso de dudas, de equívocos, de negaciones, que hacen la vida humana una inconformidad permanente, una ambición sin límites, una lucha violenta, un fracaso final e irreparable. No son esos los caminos para encontrar a Dios, padres venerables, ni para alcanzar la sabiduría humana, de que habíais, y que es pálido reflejo de la Sabiduría Eterna del Señor.
La misma Constitución "Gaudium et spes" lo reconoce, cuando añade: "El moderno progreso de las ciencias y de la técnica, que por la fuerza de su mismo método no pueden penetrar hasta la íntima razón de las cosas, podría favorecer un fenomenismo y agnosticismo, cuando el método de investigación que usan estas disciplinas se toma sin razón como la suprema regla para la búsqueda de la verdad total. Más aún, se corre el peligro de que el hombre, por excesiva fe en los inventos modernos, crea que se basta a sí mismo, y no aspire más a elevarse a sí mismo". (57, 5).
Pero, donde encontramos más novedoso, más inexplicable el texto conciliar que estamos comentando, es, cuando los padres tratan de explicarnos las relaciones entre el mensaje de Cristo y la cultura humana. Empieza por decirnos que Dios ha hablado según la cultura de aquellas edades: "Entre el mensaje de salvación y la cultura humana se descubren muchas conexiones. Dios, revelándose a su pueblo hasta el momento de su plena manifestación en su Hijo encarnado, ha hablado, según la cultura propia de aquellas edades" (58, 1).
Esta afirmación puede tener y de hecho tiene diversos sentidos. Hay un sentido católico, ortodoxo, que salva el contenido de la verdad revelada, aunque admite que Dios, al revelar esa verdad, se acomodó, por decirlo así, a la mentalidad, al lenguaje de los hombres, a quienes iba dirigido su mensaje; hay otro sentido, que no es católico, que prevalece en la exégesis impía de las escuelas no católicas y de los progresistas, que se dicen católicos, que, para negar el contenido del mensaje divino, acuden a este subterfugio, diciendo, que lo que la Sagrada Escritura dice ha de ser interpretado, no según la tradición y el Magisterio de la Iglesia, sino según los prejuicios, los mitos, la rudimentaria mentalidad del pueblo a quien hablaban los escritores sagrados. Como si Dios no hubiera podido expresar de una manera comprensiva y permanente la verdad revelada. El sentido de la Sagrada Escritura, si ésta es la palabra de Dios, ha de estar en manos del Magisterio vivo, auténtico e infalible de la Iglesia, y no en manos de los exegetas privados, que pueden equivocarse y de hecho se equivocan, poniendo en duda la palabra de Dios.
Prosiguen los padres conciliares: "Del mismo modo la Iglesia, que ha vivido en variedad de condiciones, en el correr de los tiempos, ha sabido emplear los hallazgos de la, diversas culturas, para difundir y explicar el mensaje de Cristo, en su predicación a todos los pueblos, para explicarlo y entenderlo más profundamente, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles". (58, 2). El mensaje evangélico no necesita, no puede ser complementado con las culturas de ningún pueblo. Esos hallazgos no significan, ni pueden significar un complemento a lo que Dios nos ha ya revelado. La Iglesia ha procurado explicar su doctrina, aprovechando o desechando los "hallazgos" de sus misioneros, no para hallar la verdad o para interpretarla, sino para contrastar la verdad con el error, la luz que disipase las tinieblas. La doctrina católica no es un sincretismo religioso; no es una fusión de todas las ideologías, de todas las culturas, sino una verdad enseñada por Dios, que ha de preservarse incorrupta, en todos los países, en todos los pueblos, hasta la consumación de los siglos. Esos "hallazgos" no han podido servir ni para enriquecer el evangelio, ni para interpretarlo, ni para corregirlo. La liturgia católica, como expresión y parte de nuestra religión, no puede estar sujeta a los "hallazgos" que en los pueblos infieles, anticatólicos puedan encontrar los misioneros, aunque sean los ritos chinos, encontrados por los jesuítas, o la manera de orar que tienen los japoneses y que el P. Arrupe ha conservado para recordar sus tiempos misionales. La religión no se enriquece con estos hallazgos, cuando la religión, como la nuestra, fue fundada por Dios.
Por eso, afirma, con razón, la misma Constitución conciliar (58, 1): "El Evangelio de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre caído. Combate y aleja los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moralidad de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda desde dentro las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad; las fortifica, las perfecciona, las restaura en Cristo. Así la Iglesia, al cumplir su propio deber, impulsa y contribuye a la civilización humana, y con su acción, incluso litúrgica, educa al hombre en la libertad interior".
Esa acción benéfica, salvífica, civilizadora, que viene de la Iglesia y de su doctrina al mundo, no del mundo a la Iglesia, es, a no dudarlo, la verdadera fuerza, que puede salvar al mundo, a la sociedad, a la familia, a los individuos. La Iglesia es poseedora de los tesoros divinos; no necesita buscar en los valores humanos su riqueza, su eficacia, su fuerza regeneradora.
Pero, en la misma Constitución "Gaudium et spes" (44, 2). El Concilio, al volver a insistir en la idea de que la Iglesia ha empleado las diversas culturas para difundir su mensaje, dice: "Esta (la Iglesia), desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo, y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio al nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto sea posible. Este adaptación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. Porque así, en todos los pueblos, se hace posible expresar el mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y, al mismo tiempo, se fomenta un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas".
Aquí tampoco estamos, ni podemos estar de acuerdo en fomentar "ese intercambio" entre la Iglesia y las culturas. ¿Acaso la Iglesia necesita afinar las facultades espirituales del hombre con lo que las culturas anticristianas puedan ofrecerle? ¿No tenemos la plenitud superabundante, que dimana de Cristo y de su Evangelio? Claro que la Iglesia tiene que usar las lenguas o los dialectos propios de cada pueblo o tribu para enseñarles y explicarles las enseñanzas de Cristo; pero no los conceptos, si éstos no responden a la doctrina inmutable del Evangelio eterno. Asi como la ciencia puede reducirse y explicarse por sus principios elementales, así la doctrina católica, la doctrina revolada por Dios, puede y debe enseñarse, de acuerdo con la capacidad de los neófitos o de los niños o de los ignorantes a quienes se enseña y explica. Pero, en manera alguna, puede ser adulterada por la así llamada cultura de los pueblos que no poseen la verdad. Las tradiciones de cada pueblo y de cada edad no pueden ser incorporadas a formar parte del Depósito sagrado. La filosofía es sierva de la teología; no maestra de ella. Cualquier filosofía en tanto puede ser aceptada y aceptable para expresar y metodizar la enseñanza católica, en cuanto ex presa con la mayor perfección posible la Verdad Revelada.
Y, en el Decreto Ad Gentes (22,2), los padres conciliares nos hablan de la acomodación de la vida cristiana a cualquier cultura: "con ello se descubrirán los caminos para una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana. Con este modo de proceder se excluirá toda especie de sincretismo y de falso particularismo; se acomodará la vida cristiana a la índole y al carácter de cualquier cultura y se agregarán a la unidad católica las tradiciones particulares con las cualidades propias de cada raza, ilustradas con la luz del Evangelio".
Nos encontramos en una postura ambigua, inestable y equívoca. Con esa adaptación, el particularismo de nuestra fe católica se pierde y necesariamente caemos en el sincretismo que de palabra se rehusa. A no ser que queramos hacer un catolicismo para cada pueblo y para cada cultura. La Iglesia de Cristo es católica, es universal, pero no es, no puede ser ecuménica, en el sentido equívoco y falso que quiere darse a este movimiento. "Una sola fe, un solo bautismo, un solo Señor Padre de todos", como dice San Pablo a los Efesios.

Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
¿CISMA O FE?
Enero 1972

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