domingo, 26 de septiembre de 2010

EL SACERDOTE MEXICANO


Comentarios a la la Encíclica
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Firmissimam constantiam" de Pío XI
Consoladoras en sumo grado son para nosotros las palabras que nos dedica el Santo Padre al principio de su Carta, alabando la constancia de los sacerdotes en profesar ardientemente la fe católica y en resistir a las imposiciones de los enemigos.
En efecto, debemos atribuir a una señaladísima providencia de Dios que el clero méjicano, rodeado como está de tantos peligros, acosado por la pobreza y aun halagado en ciertas ocasiones por los enemigos, se haya mantenido firme en la fe e inquebrantable en su adhesión a la Santa Iglesia, si se exceptúa un cortísimo número de infelices y desprestigiados cismáticos. Y debemos agradecerlo a la bondad divina a nombre de todo el pueblo; porque ¿qué hubiera sido de este pobre pueblo, si también sus pastores se hubiesen extraviado? Sin duda que su mal ejemplo hubiera arrastrado a la perdición a innumerables seglares, como aconteció en Inglaterra y Alemania en los principios de la llamada Reforma.
Mas por beneficio de Dios no fue así. El clero ha permanecido fiel a su divina misión, y el pueblo a su vez también permanecido adicto. La terrible campaña de calumnias, iniciada por el liberalismo y continuada con más violencia por el moderno socialismo, debería haber bastado para sembrar en el pueblo un odio feroz contra los sacerdotes, como ha sucedido en España, o cuando menos una gran desconfianza y profundo alejamiento.
Pero el buen sentido de nuestro pueblo, que atiende más a los hechos que a las palabras, lo ha conservado adicto a sus queridos padrecitos. Los ha visto visitar a los enfermos y distribuir la sagrada comunión con peligro de su vida, no le han faltado sacerdotes que le proporcionaran el consuelo de la misa en las modernas catacumbas, y no ignora que por tales obras de celo y abnegación muchos de ellos han sufrido el martirio. La elocuencia de estos hechos ha sido para nuestro buen pueblo más convincente que todas las declamaciones de los enemigos. Quiera Dios que así sea siempre.
Más consoladores, si cabe, son los augurios de resurgimiento que, por venir de quien vienen, y por haber escogido Su Santidad el día solemnísimo de la Pascua de Resurrección para enviárnoslos, bien podemos recibirlos como una alentadora promesa que no fallará.
La santidad de los sacerdotes y una cuidadosa formación cristiana de los seglares, son los medios que, con todo acierto, propone el Santo Padre para llegar a esos días mejores que nos promete. He aquí en síntesis el programa restaurador, al cual todos debemos cooperar.
Dejando para pluma más experta el desarrollo del segundo punto, voy a proponer algunas reflexiones acerca de la santidad sacerdotal, o, mejor dicho, acerca de la santificación de los sacerdotes, ya que se trata de algo práctico.
Que los sacerdotes deban ser santos, lo exige Dios N. S. al decirles: sancti estote, quoniam ego sanctus sum, lo pidió Jesucristo al Padre en aquella eficacísima oración de la última cena y lo exige el pueblo fiel, y aun los mismos impíos, los cuales se escandalizan cuando un sacerdote falta a la santidad de su estado.
Para obtener esta santidad, además de la vocación y de las gracias de Dios, que nunca se niegan al que humildemente las pide, requiérese de ordinario la cooperación de otras personas, como son la propia familia del candidato, especialmente la madre, y los ministros del santuario. Claramente lo vemos en la bella historia de Samuel, el cual no hubiera llegado a tan sublime santidad, a no ser por las lágrimas y cuidados de su santa madre y por la educación que recibiera a la sombra del tabernáculo.
Afortunadamente nuestro pueblo, a pesar de todo, no mira ya con indiferencia la necesidad de vocaciones, sino que coopera eficazmente a remediarla, ora ofreciendo sus hijos al santuario, ora ayudando al sostenimiento de los seminarios por medio de la Asociación Josefina, la Acción Católica, u otras obras semejantes. De hecho las vocaciones, lejos de mermar, han aumentado en muchos lugares.
¿A qué atribuir este raro fenómeno? Lo natural, lo humano sería que, al ver a los sacerdotes privados de sus derechos, despojados de sus bienes y víctimas aún de horribles atentados, no quedara ya, ni un joven aspirante al sacerdocio, ni un padre de familia que le fomentara la vocación. Pero ocurre todo lo contrario, cumpliéndose también en esto el célebre apotegma de Tertuliano. ¿Quién no ve aquí el dedo de Dios? ¿Quién no abre su corazón a la esperanza de días mejores para la atribulada Iglesia méjicana, puesto que Dios le está preparando los elementos indispensables para un verdadero resurgimiento?
Correspondiendo a tan patentes señales de la Providencia, los Sres. Obispos, como lo reconoce Su Santidad, han realizado esfuerzos inauditos por sostener sus seminarios, a pesar de las frecuentes clausuras y confiscaciones de que han sido objeto contra toda justicia.
En esta fase de la persecución no sabe uno qué admirar más, si la tenacidad de los Prelados, la perseverante fidelidad de los profesores y alumnos, o la crueldad de sus insaciables perseguidores. Sin embargo, por grande que sea la heroicidad de las víctimas, tiene que resultar muy deficiente la formación de los futuros sacerdotes, en tanto que no se les encuentre un asilo seguro, a donde no puedan llegar la codicia y la saña de sus gratuitos enemigos. Pero ¡loado sea Dios! que se ha dignado depararnos tal asilo, mejor de lo que hubiéramos podido imaginar.
El Excmo. Sr. Delegado Apostólico, que desde su destierro estudia constantemente nuestras necesidades y trabaja cuanto puede por remediarlas, en una de las asambleas anuales del V. Episcopado Americano, dio a conocer, basándose en hechos recientes y públicos, la precaria situación de nuestros perseguidos seminaristas y los serios temores que esto inspira respecto del porvenir del Catolicismo en nuestra Patria.
Conmovidos esos VV. Prelados, después de varias consultas, decidieron impartirnos una ayuda eficaz, y al efecto acudieron a la generosa caridad de los católicos americanos. Con la actividad y eficacia que los distingue, han adquirido ya un amplio edificio donde se establecerá el Seminario Central Míjicano en uno de los sitios más amenos y saludables del Estado de Nuevo México, y tienen reservados fondos suficientes para ayudar a su sostenimiento por varios años. Allá podrán enviar los Obispos méjicanos sus estudiantes de filosofía y teología sin ningún aumento de gastos, a fin de que en un ambiente del todo méjicano y bajo la dirección de Superiores y maestros también méjicanos, puedan terminar tranquilamente sus estudios y regresar después bien apercibidos para la magna empresa de la regeneración espiritual y cristiana de nuestro querido pueblo.
Con sumo agrado recibió el Sr. Pío XI la noticia de semejante obra, pues como Padre común de todos los fieles, se complace tanto en la caridad de los unos, como en los bienes inmensos que de allí reportarán los otros. Por tanto, ha bendecido de corazón la obra y a sus generosos promotores, imprimiendo a ésta el sello de su Autoridad Suprema.
Y no se crea que eso de emigrar los jóvenes seminaristas a país extraño, en busca de la ciencia y santidad que difícilmente pudieran obtener en el propio, sea una novedad en la Iglesia, y de consiguiente un tanteo peligroso que bien pudiera conducir a resultados funestos, o nulos cuando menos. Todo lo contrario: la historia nos revela que tales recursos se han empleado ya con buen éxito en circunstancias semejantes. Para salvar en Alemania la fe católica que tanto peligraba en los comienzos de la falsa Reforma, San Ignacio fundó en Roma el célebre Colegio Germánico y más tarde otro semejante para los ingleses, que subsisten todavía y han sido semillero de apóstoles. También en Salamanca, Valladolid, Lisboa, París y Douay se fundaron más tarde seminarios para jóvenes procedentes de Inglaterra e Irlanda donde arreciaba la persecución, y el hecho de haberse conservado los mismos durante siglos, es la mejor prueba de su utilidad. Sin ir tan lejos, podemos recordar el seminario provisional abierto en Castroville (Texas) en 1915 por el insigne bienhechor de los méjicanos perseguidos, Excmo. Sr. D. Francisco C. Kalley, entonces Presidente de la C. C. Extensión Society y actual Obispo de Oklahoma. Allí se refugiaron muchos seminaristas que habían sido dispersados por la revolución carrancista, y son hoy utilísimos sacerdotes. Ahora bien, la misma Providencia que inspiró a los fundadores de estos benéficos planteles, ha inspirado hoy a nuestros Hermanos Americanos, estableciéndose así cierta reciprocidad no rara en los anales de la Iglesia: en otros tiempos, los sajones hallaron asilo entre los latinos; hoy ocurre lo contrario. Varían los instrumentos, pero la mano bienhechora de Dios que protege a sus hijos, siempre es la misma.
Hemos tratado hasta aquí de los medios exteriores que deben conducir a los seminaristas hacia la santidad sacerdotal. Ahora procedería hacer un estudio ascético de la misma Santidad en su naturaleza, en sus fuentes y en su desarrollo; mas esto alargaría demasiado este capítulo y sería además supérfluo, puesto que el mismo Santo Padre señala para este fin su sapientísima Encíclica ad Catholici Sacerdotii, a la que pudiera agregarse la no menos sabia y piadosa Exhortación de Pío X al Clero dada en 1908.
Réstanos que, haciendo a un lado prejuicios de raza y de falso patriotismo, sepamos aprovechar esta tabla de salvación que en momentos tan críticos depara la Providencia al Clero méjicano. Pero antes pide la gratitud que elevemos nuestros corazones a Dios, de quien procede todo bien, para adorarlo y bendecirlo: que agradezcamos con filial amor a Nuestro Smo. Padre el Papa esta nueva prueba de su predilección hacia nosotros, sin olvidar el papel importantísimo, aunque siempre velado por su innata modestia, que cupo a su muy digno Representante en la República; y que admirando la gran prueba de solidaridad cristiana que han dado los Excmos Prelados y pueblo católico Norte-americano, les vivamos siempre agradecidos, rogando a Dios que acreciente su número y los colme de gracias y bendiciones.
Para terminar este capítulo dedicado a los sacerdotes méjicanos, cumple a nuestro deber de gente agradecida, consagrar un recuerdo a aquellos beneméritos sacerdotes, que aunque nacidos en suelo extraño, eran méjicanos de corazón, compartieron nuestras fatigas, llevando a cabo algunos de ellos obras de importancia, y que, a pesar de todo, fueron las primeras víctimas de la revolución, que los arrojó brutalmente de nuestro suelo. Las lágrimas que entonces derramaron, dan testimonio de su amor a México. Algunos pasaron ya a mejor vida; otros quizás estarán sufriendo en su país penas mucho más amargas. Roguemos a Dios por los unos y por los otros, para que alguna vez, pasadas ya las tribulaciones de esta vida, nos veamos juntos en la verdadera y común Patria, donde no habrá dolor ni llanto.

Mérida, junio 12 de 1937.

+ Martín,
Arzobispo de Oaxaca.

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