jueves, 30 de septiembre de 2010

Un ideal a tu alcance


MEDIOS PARA FORTALECER EL CARÁCTER

AGENTES INTERNOS

Llénate de un ideal

«Ve al lago de las ideas sublimes, y llena allí la capacidad de tu cántaro» (Tagore).

Para tener entusiasmo por una idea, es menester estar poseído de ella. Se ha dicho: «No se puede ir a ninguna parte, si no se tiene el diablo en el cuerpo.»
Si queremos hacer algo grande (y siempre hay que hacer algo en la vida), tenemos que buscar grandes ideales.
El mundo de los grandes hombres ha sentido un ideal: héroes y santos por él fueron cuanto llegaron a ser.
Los que se llaman positivos, quienes lo despreciaron, también tuvieron su ideal: gozo, dinero, vanagloria, diversiones. Un ideal cenagoso que animó su actividad.
Otros se contentaron con volar a media altura, y no pasaron de la mediocridad.
El ideal de la vida no puede ser pasarlo bien. Todo lo de aquí no tiene sino un valor relativo. Son cosas que van y vienen.
«Los estados y riquezas,
que nos dejan a deshora,
¿quién lo duda?
—No les pidamos firmeza.»
(J. Manrique)

El ideal es una fuerza represada en tu persona, que como la energía atómica se puede poner al servicio del bien y del mal.
Estamos dirigidos a un orden eterno, y a este fin tiene que ser dirigida nuestra vida. Este ideal es imprescindible, y tiene que dar vida a todos los ideales secundarios. Nadie se mueve si no es por un ideal.

Lo cristiano base del ideal
El primer elemento que ha de formar tu ideal, es llegar a ser un cristiano perfecto. Desarrollar en ti las más altas cualidades de las que es capaz la naturaleza humana.
El verdadero ideal es el que Cristo trajo a la tierra: fidelidad personal hacia Dios, y todas las grandes consecuencias que se desprenden de la doctrina de Cristo: sociabilidad, veracidad, sentimiento del verdadero honor, dominio de sí mismo, tolerancia de las flaquezas y aspiraciones ajenas, todo aquello que contribuye a modelar en nosotros la imagen del Hijo de Dios.
El hombre de mundo es un ser fatalista; se somete al dolor como inevitable, a la pérdida como irreparable, a la muerte como a un destino fatal. El ideal ha de tener por lo menos un sentido altruista, no puede florecer en la oscuridad lejos de la luz evangélica.
El cristiano es providencialista, se somete al dolor porque tiene un valor redentivo ante Dios; en los reveses de la fortuna, ve a la Providencia divina, con fines más altos y ocultos a su mirada. La muerte, aunque dolorosa, es la puerta a una vida pletórica de luz. En el alma encendida por el ideal cristiano todo se baña de claridad, y toma el debido relieve.
Lo sobrenatural no destruye a lo natural, sino que lo complementa y sublima. Jesús no vino a destruir la naturaleza, sino a colmarla. Su moral refuerza los principios naturales, dándoles un sentido más profundo.
Cuando hay pugna de criterios naturales y sobrenaturales, o no nos entendemos a nosotros mismos, o anidan en nuestra mente ideas corrompidas. Las virtudes naturales, pueden pasar al rango de sobrenaturales, por razón de la intención que las motiva e ilumina. No hay posible contradicción.
Tu naturaleza puede aspirar a ideales, que aunque se levanten sobre tus fuerzas por ser sobrenaturales, son asequibles porque tu naturaleza ha sido elevada hasta esas alturas.

El ideal es tu medida
Somos tales, cuales son las cosas que amamos.
La grandeza de nuestro ideal nos da la medida de nuestra alma. Cuanto más noble sea el ideal, tanto más lo será la vida que en él se emplea.
Cuando nuestro ideal está en la altura, no tenemos otra salida que elevarnos. Por él la vida se hace bella y feliz. El vuelo es más amplio y sin estorbos. Cuando el ideal se encuentra a ras del suelo, todo son tropiezos y limitación de horizontes.
Si el ideal es cristiano, al lucir como el sol en la altura, todo lo abrillanta. Si la lumbre del ideal está junto a la tierra, la incendia.
La diferencia entre el hombre vulgar y el héroe está en el ideal que lleva en el corazón.
Pensemos en grande y nuestra alma se ira tras los grandes pensamientos. Un gran ideal nos libera de muchos peligros.
La conducta del que sólo se busca a sí mismo, es como el proceder del avestruz: ante el peligro quiere salvar su propia cabeza, ocultándola en la arena, y es cazada. «El que ama su vida la perderá.»
El ideal es nuestra medida, porque llega a convertirse en nuestra substancia; él es quien nos corona de gloria, o nos hunde en el cieno.
Mi ideal es mi «yo».
Un ideal inferior a mí es indigno de mí. Si soy «portador de valores eternos» mi ideal ha de ser eterno.
Un ideal terreno en mi mente, es algo así como mezclar un vino de marca con agua turbia.
Es denigrante esclavizarse a algo inferior. Es estar amarrado del cuello y al suelo con una cadena más corta que mi estatura. Siempre encorvado mirando a tierra. Si alguna vez quieres mirar a las estrellas, te has de contorsionar.

Cada uno en su lugar
Los ideales exagerados son nocivos. Lo recto es que lo que poseas, sea perfecto. La rana de la fábula quiso ser buey y reventó. El ideal hubiera sido ser rana perfecta.
«El pájaro cree que es bueno para el pez, darle un paseíto por el aire.» Hemos de coger un ideal capaz de vivir en nuestro ambiente.
Los ideales exorbitados nacen del egoísmo. Y todo ideal que tenga a sí mismo por centro, se deshace como un castillo de naipes.
Son ideales imposibles, y el que combate sin esperanza de victoria, no puede ser optimista, ni luchar con todas sus reservas. Entonces como en los ejércitos surge la desmoralización y la rebelión.
Piensas con inquietud en tu pedestal, en peligro de ser corneado por circustancias más fuertes que tú, y de tanto mirarte a ti mismo, se han cerrado otros panoramas adaptables a tu capacidad.
No te forjes ilusiones fuera de órbita. Las obras de arte no se tallan sobre abstracciones, sino sobre piedras tangibles, y el ideal sobre realidades, no sobre vaporosidades que suben a la cabeza impulsadas por la excitación.
Cuando la aptitud no responde a la realidad, surge un conflicto de minusvalía, y se huye del ideal ante la imposibilidad de conseguirlo. En su lugar nace el tipo de hombre caído y derrotado, hasta un límite casi morboso.
«Apresé el agua para que fuese sólo para mí, y se me secó la fuente» (Tagore).
Sólo a unos pocos les ha sido concedido realizar grandes hechos; de lo contrario, no cabríamos en el mundo tantos «grandes».
A ti te toca explotar lo tuyo hasta el máximo.
Hay que florecer donde Dios nos ha plantado, como el árbol produce sus frutos en la tierra que el hombre lo sembró y cultivó.
En el cielo las órbitas de los astros son distintas en tamaño, forma y velocidad, y cada uno recorre la suya. Por eso existe en el Armamento un orden ideal. Si se alterase vendría el caos. Los choques pondrían fin a su existencia. El cielo se vería surcado en todas direcciones por pedazos de astros, que serían más pequeños cada vez por los continuos choques entre sí, hasta convertirse en una inmensa tolvanera de arena.
Dios nos ha señalado a cada uno nuestra órbita, y las piedras que señalan ese camino son nuestras posibilidades.
Sólo tienes que llenar tu medida.
Aunque la variedad tenga su hermosura, nosotros no podemos contribuir a ella, sino siendo detalles perfectos del conjunto. Tocando perfectamente instrumentos distintos, producimos una perfecta armonía.
La rosa blanca no puede imitar a la roja, ni la roja a la blanca, ni a la amarilla, y sin embargo todas llenan una perfección, cuando cada mañana se abren al sol con toda la fuerza de su color. Como una rosa para ser perfecta no necesita tener muchos colores, así el hombre no necesita ser eminente en todo para ser perfecto.

Trabaja con tus medios
El ideal y la aptitud deben ir a la par. Cultiva aquello que Dios puso a tu alcance. «Ama la yerba de tu camino, y tus sueños se abrirán en flores.»
Para Dios la plenitud de la realización de un ideal, radica en la plenitud de los esfuerzos personales, y no en el resultado material. El resultado de un esfuerzo pleno, siempre sobrepasa a la vulgaridad.
El mérito, según Dios, radica no en la magnitud de lo realizado, sino en el interés por realizarlo. El interés es el efecto del amor, y el amor es virtud.
Estas ideas no te justificarían si tomases una actitud cobarde y cómoda, escudándote en el «no valgo para más».
Lo que Dios exige de ti es que pongas toda la carne en el asador, y realizado esto, queda tranquilo con el resultado.
Muchos de los problemas de tu vida te los planteas tú, por la divergencia entre lo que quieres y lo que puedes.
No está la perfección, según la doctrina del Evangelio, en comenzar a edificar y no acabar. Cuenta antes tu caudal y según esto hecha tus planes. Porque es mejor habitar una casita perfecta y terminada hasta el último detalle, que un palacio jaspeado, sin techar, y sin los servicios más precisos. Es lo que Cristo condena en la parábola: «comenzó a edificar y no pudo terminar».
Las abejas con una larva común, pero con alimento adecuado, sacan su reina. Así un ideal, alimentado con ideas adecuadas a tus posibilidades, puede producir un hombre extraordinario.

Sed adaptable
Al forjar tu ideal, no desprecies nunca lo que otros construyeron, ni destruyas lo que levantaron tantas inteligencias, por el prurito de aparecer vanguardista. Eso sería más soberbia o vanidad, que sentido práctico de tirar del carro del bien.
Ni seas como el niño, que quiere desempeñar el de personaje de mayor y para conseguirlo, lo reduce todo a fumar y desempeñar un pobre papel.
No te eleves como un globito a presiones atmosféricas que no puedes resistir; estallarás. Es mejor flotar en tu propio ambiente. Fuera de él vivirás en un estado de excitación, ¿y por qué negarlo?; se puede apoderar de ti una fobia o tedio hacia todo aquello que represente una idea elevada, y creas como la zorra de la fábula, que lo que no puedes alcanzar no está maduro para ti, ni para los demás.
El anillo por más precioso que sea para poderlo llevar, es necesario que te venga a la medida. El anillo ancho fácilmente se extravía. Como el ideal que no se siente, no va unido a nuestra carne.
Has de dar la nota que corresponde a tu metal, a tu calibre, a tu tensión. «Quise llegar a un son que no alcanzaba mi arpa, y la cuerda se me saltó» (Tagore).
Cuando haya acoplamiento entre tu ideal y lo que puedes descansará tu ambición, como descansa el oído en el acoplamiento de dos notas.
Busca instrumentos y ambiente proporcionados para tu ideal.
Recuerda la fábula de la zorra y la cigüeña. Ambos han de comer: la cigüeña con su largo pico no lo conseguirá en un plato llano, ni la zorra podrá meter su hocico en una botella de cuello largo.
Plégate a la realidad: Pretender la recta en la consecución de un ideal puede argüir pereza intelectual o inconstancia, ya que la recta es la distancia más corta entre dos puntos, y esto puede suponer menos esfuerzos.
Los ejércitos ganan la victoria no sólo por el heroísmo, o eficacia de sus armas, sino por su estrategia.
Pensar ser héroe en una guerra que no llegará, es un pensamiento parásito que chupa la savia del corazón. Es algo así como esperar un tren en una estación por donde no ha de pasar, sólo porque es posible que pase.

La razón de nuestra vida
El ideal pone en nosotros un entusiasmo que nos actúa.
Sin la gestación de una idea en la cabeza, nunca se podrá llevar a cabo una obra grande.
Toda idea que se la fomente con amor, llegará a tomar cuerpo, y será realidad en nuestras acciones.
Estás en el mundo para realizar algo de transcendencia, y para ello has de determinarte en una dirección.
Consume tu vivir para iluminar una idea noble: La razón que tienen los suicidas para poner fin a la vida, es porque les falta «algo para qué vivir». ¿No eres tú prácticamente uno de ellos, al privar a tu vida de ese algo por el que luchar?
Por una idea elevada hubo santos, artistas, inventores e ídolos populares de hombres sencillos y sin apariencia.
El ideal que llevaron dentro con amor, templó su voluntad para arrollar las olas de trabajo y de contrariedades. Supieron vivir para algo sin ayuda del aplauso.
El elixir para conservar el alma eternamente joven, es una bella idea fuertemente aferrada. Con los años se arruga la piel, y con los fracasos el alma sin ideal.
El hombre poseído de un ideal, no encuentra diferencia entre su vejez y su juventud, cuando se trata de servir a esta idea. En ambas épocas les entrega todo su ser. Sólo se distinguen en cierta manera de ver las cosas: en la juventud se ve el episodio aislado, en la edad madura se contempla el panorama a vista de pájaro, y es más precavido.

El ideal brújula de la vida
El hombre evoluciona y nuevas aptitudes aparecen, mientras desaparecen otras. Es la evolución y maduración del ser humano, pero siempre al servicio de un ideal. Es como la floración incontenible de la naturaleza en la primavera, que madura en verano, buscando en el otoño los resultados positivos.
Dice Goethe: «El hombre que sepa a punto fijo lo que quiere, progrese ininterrumpidamente, tenga conocimiento de los medios para sus fines, y sepa servirse y usar de ellos.»
El ideal es como una saeta que llega a todas partes, salvando todos los abismos, es el martillo que todo lo clava.
Las acciones de tu vida no pueden existir sin motivación, incluso aquellas que realizamos inconscientemente, han recibido su envite del ideal.
Si piensas bien obrarás bien y con facilidad.
El cerebro es una selva intrincada. Nuestros ideales son obreros que trazan caminos en la espesura, cada dia más expeditos y amplios.
Cuando un ideal ha pasado por ellos, fácilmente pasa a la acción sabiendo dónde y a qué va.
No apagues la mecha que enciende grandes fuegos. Tu alma tiene combustible, pero necesita contacto con el ideal para inflamarse. Con él, de un alma anodina te harás transcendente.
No serás entonces el joven que va dando tumbos entre la multitud: la flecha habrá encontrado su blanco.
¡Lástima ver almas de veinte años flacas y aburridas! Han gustado de todo, menos de placer inefable de luchar por algo grande.
Sin brújula, apenas salidos del puerto, les aterra la travesía. No tienen motivo para vivir. Por eso su alma queda paralizada como el motor por donde no pasa la corriente.
Todos cuantos han llegado a la cumbre de una fama merecida, tuvieron un ideal que prendió en ellos durante los acontecimientos que impresionaron su alma joven.
El ideal es la antorcha que alumbra los ojos de la voluntad ciega.
Es la raíz de tu forma de ser, porque la vida es gobernada por principios que caldean el corazón.
No es mera admiración o simple deseo que pasa como ilusión de espejismo.
Su influjo es tal, que no se puede hacer nada en esta vida sin una idea clavada en los sesos. El ideal acaba por imponerse. Es la razón de mantenernos siempre cabalgando, como un guerrero en su caballo de lucha.

Hace leve el trabajo
El ideal hace ligera la pesadez de la lucha, como si en el alma se verificase algo parecido al principio de Arquímedes: el trabajo pesa menos cuando flota sobre un ideal. El ambiente de entusiasmo que nos rodea, empuja hacia arriba el peso de las dificultades en proporción a la densidad o vitalidad del ideal. Este es el sentido de la frase de San Agustín: «Donde se ama no se siente el peso del trabajo, y si se siente se ama ese trabajo.»
Si no sucede esto en ti, es porque no te llena el ideal, porque no es apto para ti. Sólo te fascinó de momento, llenándote de veleidad.
Al ideal no se le refuta, de morir muere de frío, porque no se le ha calentado en el corazón.
A Tolstoi la vida le parecía «una farsa insípida», porque veía que al «fin todo era inútil». «Nada quedará de mí, más que descomposición y gusanos.» «No se puede vivir sino estando ebrio de la vida, pero pasada la embriaguez, se ve que todo es puro engaño, engaño absurdo.»
Todo esto lo piensa una inteligencia privilegiada, cuando se pierde el «para qué» de una existencia, cuando se carece de un ideal que infunda vida a la vida. Porque entonces no ya la muerte, sino la misma vida es una descomposición. Es como él mismo dice: «andar en el vacío».
Cuando Tolstoi reacciona, piensa en Dios, y se levantan en él «alegres ondas de vida» y todo a su alrededor cobra sentido. Cuando vuelve a olvidarse de Dios, la vida se detiene con la brusquedad con que un torrente de agua limpia y bulliciosa se precipita en una oscura sima sin fondo.
Y llega a una conclusión: conocer a Dios y servirle es todo uno. Dios es la vida; entonces encuentra en ella un sentido, y una finalidad para luchar contra el mal de este mundo.
Así pensaba cuando su exaltado espíritu no fluctuaba en la inquietud.

Ser realista en escoger
Si el ideal influye tan marcadamente en la formación de la personalidad, y en las actividades de la vida, es necesario elegir con tino.
Como intelectualmente no estás desarrollado, es fácil que te equivoques en la elección de tu ideal. No tienes experiencia en tu mirar, para encontrar las cosas en su relieve.
Al contemplar un panorama marino a la luz esplendorosa del mediodía, todo aparece como es: en sus colores dimensiones y obstáculos. Cuando se mira a contraluz del sol, un resplandor fulgurante bailotea sobre el agua, y la superficie del mar se llena de irisaciones y movimiento, y entonces las cosas no aparecen ni en su sér ni en sus distancias. Si las boyas que indican el peligro no llaman tu atención, encallará tu nave.
Hay que mirar las cosas a la luz del día. El sol del amanecer está muy raso, ofusca la vista, y no se ve el relieve del paisaje. Es mejor dejarlo subir.
La juventud como el sol del amanecer, tiene un vigor que encandila y engaña. Si la joven tripulación del barco no cree en la realidad de los peligros y acorta distancias, la nave se estrellará en los escollos ocultos. ¿No será más prudente seguir entre las curvas, las señales que llevan a la embocadura del puerto?
El ideal no puede ser una alucinación del amanecer, un objeto aparente, sino palpable, y bañado con la luz del cénit.
Ni puede ser, y con frecuencia lo es, el fruto del ambiente que vives, porque es posible que éste no sea sano. El ideal ha de nacer y alimentarse de una conciencia recta.

El ideal te hace cada día más útil
Con frecuencia el ejercicio y la práctica dan la capacidad. Esta capacidad se va aumentando cada día, como ante el Cid, «se va ensanchando Castilla al paso de su caballo».
Un ideal caliente será quien dé vitalidad a esas tus disposiciones reales, pero muchas veces escondidas en los repliegues más profundos de tu alma. El va ensanchando el ideal al paso de la vida, rectificando direcciones a medida que van apareciendo nuevas sendas en la llanura.
Podrás cambiar accidentalmente los caminos, pero éstos han de conducir siempre al castillo del ideal.
No te propongas un ideal sin conocer los caminos que te lleven a él. El principio de ese camino hoy en día, es ser fiel servidor de tus tareas.
Este proceder de hacer siempre lo justo, te llevará a la ocasión de hacerte héroe.
El ideal se ha de llenar haciendo extraordinariamente bien lo vulgar. Este ejercicio te hará ambicionar cada vez cosas mayores, para hacerlas perfectas; y en esta carrera, conseguido un objetivo no se dirá basta.
Tu ideal concreto ha de ser superarse continuamente a sí mismo.
Dios te ha puesto un stop en el género de cosas que has de hacer, no en el modo de hacerlas.
Las abejas del primer día de la Creación hicieron sus panales como las de nuestros días. Como la humanidad en su larga existencia no sigue el mismo proceder, tampoco lo puede seguir el hombre sobre la tierra. Tienes tú obligación de poner tu granito de arena, en el progreso hacia un mundo mejor.

Ama tu ideal
Cuando se ama un ideal se deben querer los medios para alcanzarlo. Porque nada se logra sin rudo trabajo.
«La vida es el continuo rodar de un pedruzco, que siempre debe alzarse de nuevo.»
Tu ideal debe ser alto y digno, capaz de recibir el beneplácito de Dios, y empeñarse por él.
«Empeñarse» quiere decir entregarse a sí mismo en prenda a cambio de conseguir con todos los riesgos el fin del ideal. Como se empeñaron las carabelas que descubrieron América, y las que dieron la vuelta al mundo por primera vez.
Una lucha tenaz por el ideal, aun sin los medios adecuados de salud, formación, incluso de talento, dan el éxito por resultado.
En la consecución del ideal, es necesario llegar al límite de las reservas humanas.
«La mayor fuerza del mundo reside en el trabajo», pero sólo el ideal nos pone en movimiento.
Cuando una idea baja al corazón su fuerza se triplica, y deja de ser pura idea, para tomar carne en nuestras acciones. Como la bola de nieve que bajando de la cumbre, al final de su carrera llega a ser imponente en su tamaño. Su fuerza es un alud arrollador.
El vigor de la voluntad en gran parte es el resultado de estos dos factores: ideas claras y sentimientos nobles. Es decir, ideas sentidas.
Si alguno de estos factores falta, la acción flaquea. No existe sentimientos sin ideas, pero tampoco éstas pasan a tomar cuerpo en una acción concreta si no son sentidas.
La idea es la meta que atrae; el sentimiento, la fuerza que lanza.
Lo difícil está en apasionarse por una idea, hasta que se levante la energía del sentimiento.
«No rechaces al héroe que hay en tu alma.»
Cuantos se quejan de que quieren ser mejores y no lo son, es porque les falta el ideal que excite sus energías y las unifique.

Nuestra estrella
Este apasionamiento por el ideal es necesario, porque la lucha es violenta. Para cruzar la llanura seca, aplastante y caliza, se necesita la estrella de los Magos.
De la belleza de esta estrella, dependerá la fuerza y la belleza del sentimiento.
«El que fija su camino en una estrella, no cambia nunca», dice Leonardo de Vinci.
Mi ideal aglutina todas mis acciones. En un vaso puede haber muchos cuerpos en disolución, si en este recipiente en calma, introduces un cristalito de sal gema, toda la sal disuelta en el agua se adhiere a él, conservando su sistema de cristalización, mientras los cuerpos restantes quedan disociados.
Así, si en nuestra alma introducimos un ideal noble, todas las nobles ideas que habitan en ella, se coaligarán para vigorizar al ideal, mientras las demás ideas, quedarán flotando y sin cohesión.
Nuestro ideal cristalizado en estrella absorberá todas nuestras actividades en su servicio. La estrella de los Magos fue Cristo. Por imitarle la Virgen superó a los ángeles.
Los mojones de este camino nos lo señalan los santos y los héroes, hombres llenos de los mismos sentimientos y debilidades que nosotros, que forjaron su voluntad empujando su timidez, o doblegando su fogosidad, para acomodarse a la norma práctica de la vida de Jesús.
Su imitación no consiste en realizar las acciones que El realizó, sino en realizar las acciones que tenemos que hacer como las hubiera realizado Cristo.
Una profesión cualquiera: obrero, comerciante, militar, no puede ir separada del calificativo de cristiano. Cristo fue Cristo en el taller de Nazaret, y en el Cenáculo, con las herramientas o con el pan convertido en su propio cuerpo entre sus manos, golpeando un madero o haciendo milagros, clavando un clavo o dejándoselo clavar en sus pulsos. En lo trivial o en lo sublime, Cristo fue el mismo.
Mi ideal cristiano debe hacer cristalizar en cristiano todas mis obras.
El cristiano es imitador de Cristo. ¿Y si en tus años blandos no, para cuándo piensas moldear la imagen de Cristo, en tu materia fácil aún de moldear?
Si ahora que están tus sueños en el cénit, no sientes el atractivo de la figura del Hijo de Dios, de una idea noble que mueva tu máquina, ¿cuándo lo vas a sentir?
Luego con los desengaños, viene la regresión en el curso del ideal. La imagen de Cristo ha de estar ya cristalizada y fundida con tu alma, para que no sedesvanezca. Cuando el ardor de tu juventud se apague, se eclipsará tu estrella en el ocaso, sin haber brillado con luz intensa.
Cuantos brillaron, comenzaron a emitir su fulgor en la juventud, entonces encendieron la estrella del ideal, y esta llama que prendía su entusiasmo, corrió a través de los años, flameando viva hasta la meta de su muerte.
«¿Qué importa, dice Tagore, que comience mi caballo a blanquear? Tan joven soy y tan viejo, como el más joven, y el más viejo de la aldea.»
Los planes de la vida, los ha de soñar en la adolescencia y juventud, cuando comienzas a descubrirte a ti mismo.
El mundo no ha contaminado aún tus pensamientos, y la fantasía se lanza al horizonte que acaba de descubrir.
Es la edad que suele aprovechar Jesús para prender fuego y llamar.
«Una vida grande, es un gran sueño de juventud, realizado en la edad madura.»

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