miércoles, 22 de septiembre de 2010

Naturaleza del alma. Nuestra alma es inmortal.

¿Qué es el alma humana y cuándo la crea Dios? ¿No está nuestra mente compuesta de una serie de estados sucesivos? ¿Tienen alma los animales?
El alma es el último principio de nuestra vida individual consciente; el principio en virtud del cual sentimos, pensamos y queremos. Es un principio sustancial que subsiste en sí mismo, distinto, por tanto, de cualquier accidente; verbigracia, el olor y el color, que necesitan de otro para existir. El alma no está compuesta de partes separables; es una sustancia simple. También es espiritual, es decir, no necesita de la materia para existir. Conocemos el alma por sus actos. La experiencia de cada día me dice que yo soy un ser real que subsisto en mí mismo. Yo soy el sujeto de mis pensamientos y sensaciones y la causa de mis voliciones. Yo soy distinto de cualquier otro ser. Hay dentro de mí un yo que es el centro y la fuente de mis operaciones.
En cuanto a nuestra mente, decimos que no está compuesta de una serie de estados sucesivos, sino que conserva su identidad constantemente, aunque nuestras sensaciones conscientes sobrepasen en número al de las estrellas del cielo. La memoria lo confirma. El anciano de barba cana y calva venerable sabe muy bien que él es aquel niño de cara rubia y bucles de oro que jugaba con su hermanita; aquel joven apuesto que cursó en tal Universidad; aquel varón maduro que se casó tal día y se vio más tarde rodeado de tantos y tales hijos. Niño, joven, varón, maduro, viejo ahora..., ¡qué bien recuerda las escenas de esas distintas etapas de su vida! Cambió el cuerpo, pero el yo persevera. ¿Por qué esto? Porque su mente es siempre la misma, y no una serie de estados sucesivos.
Las propiedades de nuestra alma son el polo opuesto de las de la materia. Nuestra alma es una sustancia simple y espiritual. Gracias a esto podemos formar ideas abstractas, como la bondad, la verdad, la hermosura; vemos la relación que existe entre dos o varias ideas, y deducimos una consecuencia; reflexionamos, somos libres en nuestros actos, nos atrae la justicia y odiamos la iniquidad. Nada de esto vemos en la materia. Tampoco lo vemos en el alma de los animales, porque ésta depende en todo su ser de la materia. No veréis en los animales señales de entendimiento. Ni hablan, ni progresan, ni son libres en sus actos. Allí no hay más que instinto, y sus actividades están enteramente limitadas a lo sensible y concreto. El alma de los brutos, por consiguiente, es incapaz de vivir separada del cuerpo, y cuando éste muere, ella deja de existir.
En cuanto a nuestra alma, sabemos que Dios la crea directamente y la une al cuerpo recién engendrado, formando con él una naturaleza humana. El Concilio de Viena (1311) definió que el «alma racional es directa y esencialmente la forma—el principio vital—del cuerpo». El origen divino del alma es una doctrina fundamentalísima. Ahí se estrella la teoría de la evolución sin Dios, al mismo tiempo que la autoridad paterna se reviste ahí de un carácter religioso y sagrado.

¿Puede la razón probar que el alma es inmortal? El alma, que nace con el cuerpo, ¿por qué no muere con él? ¿Creyeron los judíos en la inmortalidad del alma?
Una de las verdades fundamentales de la religión católica es que nuestra alma sobrevivirá después de nuestra muerte. El alma no morirá jamás. Los judíos leyeron esto claramente en el Antiguo Testamento; verbigracia: Sab II, 22-23; Ecles XII, 7; Isai LI, 6; Dan XII, 2, y en otros muchos pasajes. Entre otras pruebas que se podrían aducir para probar la inmortalidad del alma, vamos a dar sólo cuatro:
A) Es una creencia universal. No hay en el globo tribu tan bárbara que no crea más o menos vagamente en la inmortalidad del alma. Y esto desde los tiempos prehistóricos, como lo están confirmando las excavaciones y dólmenes de recientes descubrimientos. Ahora bien: esta creencia tan general, y de una influencia tan vital en la vida moral del hombre, tiene que tener funcontrario, la razón humana sería incapaz de adquirir con certeza verdad alguna.
B) La naturaleza del alma. El hecho de que nuestra mentalidad puede formar conceptos abstractos y sacar conclusiones lógicas, prueba que el alma es esencialmente independiente del cuerpo. Luego de que el cuerpo muera no se sigue que también muera el alma. Además, el cuerpo se compone de partes extensas; no así el alma, que, siendo sustancia simple, indivisible y espiritual, es incorruptible. No hay poder humano que la pueda aniquilar, porque aniquilación dice «sustracción del concurso conservador», y ninguna criatura puede sustraer ningún concurso de este género. Podría en absoluto ser aniquilada por Dios, pero la razón y la fe de consuno nos dicen que Dios no la aniquilará jamás. Sería pueril crear una naturaleza incorruptible para luego destruirla. Y Jesucristo nos dijo por San Mateo: «Estos (los malos) irán al tormento eterno; pero los justos, a la vida perdurable» (Mat XXV, 46).
C) La naturaleza de la mente y de la voluntad. Nuestro entendimiento nunca se satisface con el conocimiento que posee, y aspira a conocer más y más. Unicamente la Verdad infinita puede satisfacerle, y le satisfará en la otra vida. Nuestra voluntad suspira continuamente por una felicidad perfecta y sin fin, la cual es imposible en esta vida, donde el bien nunca es perfecto, porque doquiera advertimos la presencia del mal. Nada de este mundo perecedero puede satisfacer nuestras aspiraciones, porque fuimos creados para poseer un día la eterna bondad, Dios. Si se niega la vida de ultratumba, estas ansias y aspiraciones del alma son un contrasentido.
D) Lo prueba la ética. Dios, legislador santo y justo, al promulgarnos la ley moral, reservó para la otra vida una sanción eficaz. No hay ley sin sanción. Ahora bien: la razón clama y protesta al reflexionar sobre las sanciones que acá se aplican contra los transgresores de la ley moral; pues no sólo escapa sin castigo el vicio, sino que el vicioso, y el calumniador, y el ladrón viven con frecuencia en honores y dignidades; mientras que el justo vive despreciado y a veces desterrado por esos mundos como malhechor.
La razón perdería el tino si le dijesen que la hermana de la Caridad y la prostituta serían medidas por el mismo rasero. El mundo, entonces, se convertiría en un caos. Sigúese, pues, que tiene que haber otra vida donde el alma del justo reciba recompensa, y la del criminal, castigo.

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