jueves, 26 de agosto de 2010

Un castillo en rebeldía

ENEMIGOS DE LA FORMACION DEL CARACTER
No hay paz en ti
Si una fortaleza ha de cumplir con su oficio, pro­teger un sector, ha de reinar la paz en su interior. Si sus defensores están en división o rebeldía, mal podrán rechazar las acometidas forasteras.
Si en este tiempo el dominio de tu voluntad no llega a encontrar el nivel de equilibrio, el movimiento de flujo y reflujo de esas aguas en torbellino, hará que el timón de tu alma, o en tus manos o en las ajenas, se muestre rebelde a toda dirección salvadora.
Durante el temporal se cambia de horizontes con rapidez: el que hasta ahora se sentía inferior, despereza su alma haciéndose arisco a la autoridad, comienza a tener conciencia de sí mismo, se enorgullece y trata de hacerse igual si no superior a los que hasta ahora le habían superado.
Resultado: todo repercute en el espíritu, y te sientes incómodo con todos: con los de abajo y con los de arriba, con amigos y enemigos, y puerilmente sacudes su tutela.
Tu personalidad va tomando conciencia de sí mismo, te aferras a ella y no permites que sea suplantada. No pides permisos, ni te gusta decir dónde vas, sueñas con escapadas románticas y no te avienes a rendir cuentas de tu proceder. La libertad es tu felicidad y la meta de tus aspiraciones. Por ello rehúyes la compañía de tus padres y educadores. Aburrido e impaciente, sus consejos los calificas de rollo. Cuando te equivocas no reconoces tu error, y sometes todo a la crítica, aun aquello que antes aceptabas sin discusión.
Es el pollo que se hace gallo, y toma como un insulto que se le trate como a un niño.
Ser fuerte para ti, consiste en no dar tu brazo a torcer. Es la actitud del loco que peligrando en el alero de un rascacielos, lucha para no ser auxiliado.
Te crees un ser exótico y singular, como si no fueras social; y esa convicción se refleja en lo arisco de esta conducta. Buscas ayuda porque la necesitas, y luego te rebelas porque nada te satisface. Dejas hoy lo que ayer seguías con entusiasmo loco.
Esas ideas que te hacen cambiar a cada momento, no son lo más a propósito para imprimir dirección a tu vida. Es más ventajosa la sumisión a los que entienden la aguja de marear. Llevas la tormenta y la nebulosidad dentro de ti, y no puedes ser piloto de ti mismo. Sin fundamento en tu formación te abandonarás a lo que salga, sin tener en cuenta su moralidad: miras solo si satisface tus ansias de independencia. Y sin embargo es tiempo de entrenamiento y fortalecimiento de la voluntad, porque nadie se enfrenta de repente con grandes peligros. Una guarnición sin entrenar no estará a punto de lucha cuando la fortaleza sea atacada. Nadie a los principios compite con los campeones.
No se pasa sin peligro de las faldas de mamá a una libertad completa; de un camino llano a uno erizado de dificultades; de unas pequeñas escaramuzas a grandes luchas en campo abierto.
Por eso es de necesidad absoluta la dirección de un piloto experto, que conduzca tu barquilla por ese mar agitado de olas encontradas: actividad, pereza, fatiga, excitabilidad, desenfado, antipatías. Las fuerzas de este castillo no pueden actuar en su propia defensa, si antes no se someten a la autoridad de su propio jefe. A tu voluntad.

No des lugar a la ira
Bajo el dominio de tu cólera fácil, dices palabras que no quisieras haber pronunciado, y te ves envuelto en actos comprometedores y desagradables. Bajo el imperio de la desazón, procedes de forma que luego te sonroja.
Pon en tu alma directivas que aplicar en el tiempo oportuno con decidida voluntad.
Cuando estés excitado guarda silencio, y no te pre­cipites en juzgar con vanas sospechas. No tomes en­tonces decisiones que dañen a un tercero, da tiempo a la reflexión.
Dice una sentencia rusa: «Es mejor volverse atrás que perderse en el camino
Cuando se defiende un objetivo con ira, en lugar de fortalecer a la razón, se compromete su justicia. Al salir fuera de sí, se pierde la autoridad y el derecho que le acompañaban. Bajo el imperio de la pasión, no se obtiene lo que se pretende. Siempre se baja de jerarquía. Dominarse es de interés cristiano y social.
Ten conciencia siempre de lo que debes ser y apa­recer. Amolda tu conducta a esta norma. Si no quie­res aparecer como un jovencillo tozudo, no des mues­tras de ello.
La falta de una clara orientación, ese no saber dónde te llevan tus propios pasos, te hace sumergirte en la melancolía. La incapacidad para conseguir lo que pretendes, produce en ti ese estado de postración. ¿Por qué te empeñas en seguir los pasos del abismo?
En el adolescente consentido la voluntad se rebela puerilmente, y cocea contra el educador que se man­tiene firme en la exigencia de su deber. Escribe en su diario frases de resentimiento contra el que pretende dominar su materia indómita. Se encabrita contra sí mismo, tanto si están como si no están satisfechos sus caprichos. Rehúye aquellas personas que le quie­ren curar preciosamente porque le quieren curar. Tie­ne miedo a la salud.
Entonces aparece también una crisis espiritual.
En el cruce de dos caminos no sabes si echar tras tus pasiones, o tras tus nobles sentimientos.
Lo mismo admiras a un «donjuán» que a un San Francisco de Asís.
Hoy quieres libertad, y mañana disciplina.
Eres mezcla de oro y tierra que hay que separar con el fuego.

Es tiempo de aguantar
Los años de la juventud son envidiables, tanto más cuanto más atrás se vuelve la vista para contemplar­los, por aquello de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», pero mientras se viven estos años de juventud, hay que soportarlos sufriendo su desorden, con los ojos puestos en la meta liberadora.
Ves lo mucho que te falta para ser hombre, y de ese querer y no poder nace la pérdida de serenidad, hasta que un día te encuentres a ti mismo, como se encuentra un invento que paulatinamente se ha ido dibujando en la mente; o como los antiguos navegan­tes que tras larga travesía avistaban las márgenes flo­ridas de una tierra nueva.
Dejarás ese panorama ingrato para disfrutar hori­zontes más suaves, ese estar disconforme contigo mis­mo, y aparecerá en tu siquismo un equilibrio tran­quilo, sentirás cómo se va organizando en ti una vida nueva, y cómo van desapareciendo las tendencias anárquicas.
Mientras tanto aguanta, que aún no has resistido hasta la muerte.
La transformación es lenta, y para el niño que la ha de soportar, casi imperceptible.
Vela el paso de estos bajíos para que no se pro­duzcan cambios bruscos y perniciosos de la inocencia al pecado.
El adolescente, en la borrachera de su bullir sin experiencia, quiere asimilarse alegrías y goces, y no repara en nada para conseguirlos.
Los pueblos atribuyen a los ancianos el don de consejo, y a los jóvenes el de combate: no mates esos ímpetus de luchar, pero tampoco desprecies los con­sejos de los prudentes.
«No se creería, dice Pío XI, sobre todo en los paí­ses católicos, que tienen el don de la fe, y de la reve­lación, que los hijos pudiesen llegar a un desprecio tan grande de la autoridad paterna

No seas veleta
Haces de tus gustos la regla de tu conducta, pre­cisamente cuando el desarrollo de tu psicología es tan asimétrico como el desarrollo de tu cuerpo. Ener­gía para lo que te agrada y cuando te agrada. En las competiciones deportivas eres un entusiasta cuando estás de vena, e indolente cuando no te place el jugar. Hoy abrazas con entusiasmo de sangre una idea a la que mañana desengañado abandonas como baladid, aunque tenga la consistencia de un dicho del Hijo de Dios.
Tu norma es el humor. Lo que hoy es alegría ma­ñana es tristeza, hoy eres delicado, quizá demasiado delicado con una persona, por la que mañana sientes fobia y antipatía acentuada.
Tus altos y bajos no son constantes, porque tam­poco lo son los agentes que sobre ti actúan. Como se dilata más o menos el mercurio del termómetro según el calor que le afecte. Si deseamos tener el mercurio con una dilatación constante, es necesario acondicio­nar el ambiente.
La constante del carácter se mantiene vigilando sobre los agentes que lo puedan alterar, agentes de fuera y de dentro, como son las circunstancias que nos rodean, o estados de humor. Esta constante no se adquiere mecánicamente, sino mediante el control moral de la voluntad. El caballo también obedece con­tra sus propias querencias. Es lastimoso que dejen hue­llas factores pasajeros.
Tú mismo llegas a creerte un ser difícil, y no son más que las fuerzas latentes de tu naturaleza de hombre que están a punto de reventar y florecer para adaptarse a la vida. Dominadas darán fruto.
Aparecen tus juicios personales y comienzas a juz­gar las cosas por ti mismo. Antes «un papá o mamá lo dijo», era el argumento decisivo. De ellos, cuando aún no te dabas cuenta que vivías, recibías los ali­mentos y un cariño apasionado. Era natural que su juicio fuese suficiente y aun absoluto. No se discutía.
Ahora te has adentrado ya un poco en la vida, y has intuido sus primeros planos; crees que tus jui­cios son personales, y no pasan de ser un eco de lo que has oído o leído. El que no piensa como tú es un mentecato, y los que coinciden contigo hombres de juicio claro y certero. Disfrutas con llevar la con­taría, con tal de aparecer independiente.
Te crees capaz de revisar toda clase de ideas: religiosas, morales, políticas y científicas, y piensas que hasta ahora no se ha hecho nada bueno.
Ante tanta falta de razón es necesario que la su­plan los educadores, imponiéndolas algunas veces aun por la fuerza.
Junto a este espíritu escéptico y tontamente hipercrítico, eres un cándido en creer y amar, sin exami­nar los fundamentos. Te entregas a cuanto te impre­siona estética o sentimentalmente. Tienes actos de ex­traordinario valor, junto con una invencible timidez.
Tu «yo» es lo únicamente ponderable. Estás orgu­lloso de ti mismo como si fueras un ser insuperable. Ese orgullo te independiza de la dirección y tu bar­quilla quebrada contra los escollos, quedará hecha ta­blas de náufrago.
Piensa que se está más seguro sobre una barca con timón, que sobre un gran transatlántico a merced de las olas.

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