lunes, 30 de agosto de 2010

La fervorosa devoción y veneración al santísimo Sacramento del al­tar hace felices y prósperas á las casas y familias.


Es notoria en todo el orbe cristiano la maravillosa exal­tación de aquel caballero, conde de Aspurg, llamado Rodulfo, por la fervorosa veneración y culto que dio al santí­simo Sacramento del altar. Es así el caso notable: venia del divertimiento decente de la caza dicho noble caballero en un día muy lluvioso, cuando encontró a un sacerdote, que caminaba a pié, y llevaba el santísimo Sacramen­to por viático a un pobre enfermo, de una alquería.
Encendió la fe el devoto y dichoso conde, y bajando de su caballo, le hizo montar al sacerdote del Señor, y caminó a pié el caballero, guió al caballo del diestro hasta la casa de campo donde estaba el enfermo. Asistió personalmente a la sagrada función, y compeliendo al sacerdote del Señor para que volviese a montar, le trajo con la misma reverencia, hasta que le dejó en su casa dentro de la ciudad.
Instaba el sacerdote agradecido para que se llevase el caballo, y lleno el caballero de vivísima fe, le respondió, no era digno de subir en un caballo, sobre el cual había ido nuestro Señor Jesucristo sacramentado. Entonces inspirado fe Dios el sacerdote del Altísimo, le dijo al caballero no dudase que le pagaría abundantemente Dios nuestro Señor aquella su piedad afectuosa, y que le haría feliz aun en la tierra, no solamente su persona, sí también a toda su casa.
Esa promesa se cumplió sin mucha dilación; porque de allí a poco tiempo pasó de esta vida mortal el emperador de Alemania, y fue sublimado a la corona imperial con asombro de todo el universo, y después las nobles ramas de su augusta casa se han extendido a casi todas las coro­nas de la cristiandad.
Este es el gran Sacramento, que por antonomasia se dice le fe: Mysterium fidei; y para que las operaciones cristia­nas salgan proporcionadas con lo mismo que confiesa la fe católica, importa mucho que la fe sea viva, porque con ella vive el justo, dice el Espíritu Santo (Rom., I, 17).
Las obras fervorosas dan testimonio verdadero de la fe viva, dice el apóstol Santiago en su carta canónica: Ostende mihi fidem tuam sine operibus, et ostendam tibi ex operibus fidem meam. Y prueba muy de propósito el santo apóstol, que la fe sin obras es muerta: Fides sine operibus mortua est.
Así parece tienen la fe muerta o mortificada algunos ti­bios cristianos, pues en las funciones pertenecientes a este santísimo Sacramento, en que veneramos realmente a la persona misma de nuestro Señor Jesucristo, se hallan tan sin fervor ni afectos vivos, como si no creyesen; y a lo menos deben temer se verifique en ellos la sentencia formi­dable del Apocalipsis, perteneciente a los tibios, de los cua­les dice, que no son del gusto de Dios.
Debemos suponer como cosa firme y constante, que lo que nos enseña la fe católica es más cierto que lo que ve­mos por los ojos; y así lo dice el príncipe de los apóstoles, hablando del testimonio de Cristo Señor nuestro, y dicien­do, que aunque habían oído la voz del Padre en el monte santo de la Trasfiguración, y habían visto al mismo Se­ñor vestido de resplandores, tenían por mas cierto el tes­timonio de los profetas para creer que Cristo era verdadero Dios : Vocera audivimus de coelo allatam, cum essemus cum ipso in monte sancto, et habemus firmiorem propheticum sermonem (II Pet., I, 18 et 19).
A los misterios de la fe católica conviene se llegue nues­tra consideración y meditación profunda, con la cual se enciende el sagrado fuego de nuestros afectos, como dice David: la meditatione mea exardescet ignis; y como el fuego no puede estar escondido en el pecho sin que se manifieste en lo exterior, como dice el Sabio; si el cristiano se enfer­voriza, luego da testimonio en las obras exteriores de la fe viva que profesa.
En las solemnes procesiones del Corpus Christi, avivando la fe conviene soltar la rienda a los afectos exteriores de alegría, veneración y culto con que adoramos en ella la persona real y verdadera de nuestro Señor Jesucristo con la edificación del mundo , dando testimonio público de nues­tra verdadera fe, conforme a la doctrina del apóstol San­tiago.
La antigua costumbre de echar flores, y enramar las ca­lles para dicha procesión, es muy laudable, y del gusto de Dios, y solo los tibios inconsiderados dicen es ceremonia de aldeas; en lo cual deben ser ásperamente reprendidos, por lo que se debe distinguir aquel solemne día de las muchas veces que el Señor sale por viático para la asistencia, con­suelo y remedio de los enfermos, sin la pompa exterior, que sería justo siempre saliese.
En esta función solemne del Corpus es cuando las flores dan sus frutos estimables, y son flores con frutos de honor y honestidad, como dice el sagrado texto; porque los fie­les católicos que las arrojan par las ventanas en obsequio y culto de su Criador y Señor, consiguen muchas bendi­ciones del cielo para sus personas, y para sus casas y fa­milias.
El adornar y enramar las calles es digna expresión de los verdaderos católicos, como lo era en el pueblo santo y escogido para explicar sus alegrías decentes en obsequio de las personas que veneraban y estimaban; de lo cual se da verdadero testimonio en el santo evangelio [Joan., xn, 18).
El arrojar los soldados las banderas por tierra, para que sobre ellas pase nuestro Señor Jesucristo sacramentado, que es el Señor de los ejércitos, y rendir sus armas, es también laudable culto, que enfervoriza los corazones humanos, y despierta la fe viva de lo mismo que confesamos y vene­ramos.
El poner los niños con la debida decencia en las calles, para que sobre ellos pase la peana del santísimo Sacra­mento o a lo menos les toque la sombra de Cristo sacra­mentado, es también testimonio exterior laudable de nues­tra santa fe católica, y en muchos lugares fervorosos se han experimentado en las criaturas inocentes raros prodi­gios, conforme a la fe viva de sus padres, poniéndolos con penosas y peligrosas quebraduras , y hallándolos después de la función sagrada sanos y perfectamente curados. La fe viva de los padres favorece a los hijos, para quien ate­soran, como dice san Pablo.
Y no deben extrañarse semejantes prodigios; porque si la sombra del príncipe de los apóstoles san Pedro curaba los enfermos, como dice la sagrada Escritura; no es mucho haga el Maestro soberano lo que concedía que hiciese su verdadero discípulo (Act., v, 15).
Los instrumentos músicos tienen en este solemne día su principal función, sin que se excluyan los más comunes de los pueblos, que alegran y letifican a la gente joven; por­que según el angélico maestro santo Tomas, esta es la grande solemnidad en que se han de despertar las alegrías santas de los mortales en obsequio de su Criador y Señor sacramentado.
El Espíritu Santo previene en el libro sagrado del Ecle­siástico, y dice a los principales del pueblo, que no impi­dan la música : Rectorem te posuerunt, non impedias musicam; y aunque muchas veces conviene impedirla para evitar graves inconvenientes en la gente joven que inquieta los pueblos, en este santísimo día, y en la función sagrada de la procesión solemne, tiene lugar sin inconveniente el precepto del texto sagrado; porque la fe y el fervor tengan su justo desahogo con edificación del pueblo, donde no rinde su autoridad, quien más bien explica su cordial devoción.
Bien autorizado estaba el rey David, y en una procesión solemne, que era sombra de la que los cristianos hacemos con nuestro Señor Jesucristo sacramentado, bailó pública­mente delante del arca del testamento en que iba el maná, expreso símbolo del santísimo Sacramento del altar, que veneramos. Y porque la mujer y esposa de David le des­preció, viéndole danzar y bailar delante del arca del Señor, la castigó su Majestad santísima con la sentencia absoluta de que no tuviese hijos en todos los días de su vida. Con­sidérese bien este fuerte castigo (II Reg., vi, 22 et 23).
No sucedió así a la casa venturosa de Obededon, donde fue venerada dignamente el arca del testamento, que como queda dicho, era expreso símbolo del santísimo Sacramen­to del altar, por lo cual la llenó el Señor de bendiciones del cielo, y de muchas prosperidades y conveniencias tem­porales (//Reg., vi, 11).
Abrid los ojos, católicos, y en el solemnísimo día, que comúnmente llamamos del Corpus, soltad la rienda a todos los fervorosos y cristianos afectos de vuestro fiel corazón; porque de una vez os solicitáis los bienes eternos y tempo­rales, la salvación de vuestras almas, y las bendiciones del cielo para vuestras casas. La sabiduría de Dios os llama, y no os pide oro ni plata, sino los afectos limpios, humildes y cariñosos de vuestro agradecido corazón.
El angélico doctor santo Tomas, para incitar a los fieles a cristianas demostraciones interiores y exteriores en esta grande solemnidad, le pide a Cristo Señor nuestro, que vi­site a sus criaturas, así como ellas le prestan religioso culto en el santísimo Sacramento : Sic nos tu visita, sicut te colimus. Este es un eficaz modo de persuadir; para que los hombres entiendan, que del modo con que celebran la so­lemnidad de este santo día del Corpus, así les asistirá el Señor en los bienes espirituales y temporales, pues la Igle­sia de Dios en el oficio divino lo pide por todos.
Aprendió el ángel de las escuelas este medio eficaz de persuadir del Maestro soberano Cristo Señor nuestro, el cual deseando que los hombres cumpliesen su precepto de perdonar y amar a sus enemigos, que es por antonomasia el precepto del Señor : Hoc est praeceptum meum, les ense­ñó a orar, y que dijesen: perdónanos, Señor, nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Matth., VI, 10); dándoles a entender con esto, que si no perdona­ban, no serían perdonados ; pues ellos mismos lo decían en su oración cotidiana. Así pues, la misma Iglesia católica hace oración á Cristo sacramentado en nombre de todos fieles, y dice: Visítanos, Señor, así como te veneramos; que los hombres tibios entiendan y se desengañen, que sino celebran fervorosos la fiesta del santísimo Sacramento, tampoco el Señor les asistirá en más alto grado de favor, porque ellos mismos así lo piden: Sic nos tu visita, sicut te colimus.
En la asistencia fervorosa de Cristo sacramentado cuando sale por viático a los enfermos, están descuidadísimos y tibios muchos hombres ingratos; y esta tibieza detestable también procede de tener amortiguada la fe. Luego que los padres de familias sienten la señal de la campana para viático, han de considerar, que el gran rey de los cielos y la tierra sale de su casa, que es el templo santo, y han de decir con los ilustrados reyes Magos: esta señal es del gran­de Rey, vamos luego a buscarle y acompañarle: Hoc sigmum rnagni Regís est, eamus, et inquiramus eum... (Matth XXI, 13). Y ya que todos los de casa no pueden ir a tan sa­grada función, por lo menos de cada casa vaya uno por to­dos, que tal vez aquel conseguirá la celestial bendición de Cristo para todos.
Las prudentes abejas, en saliendo el rey, se van todas acompañándole, como lo enseña la experiencia; y con ellas confunde Dios a los racionales ingratos, que saliendo su Rey, no cuidan de acompañarle.
En un precioso libro que trata de la república prudente y sabia de las abejas, se refiere un caso admirable, y es de un hombre supersticioso, el cual llevó una forma consagra­da, y la puso entre sus colmenas; y para confundir Dios el fatal descuido que tienen los hombres ignorantes en la ve­neración debida al santísimo Sacramento, dispuso mara­villosamente que todas las abejas de aquel contorno se fue­ren a aquel colmenar, y le labrasen a su Criador y Señor sacramentado una primorosísima custodia de purísima cera virginal, para que los mortales se confundiesen con esta rara maravilla.
Advirtieron los dueños de los colmenares vecinos adonde se habían ido sus abejas, y dando luego el aviso conve­niente, fueron los ministros de Dios con todo el pueblo, para volver el santísimo Sacramento a su decente lugar del sagrario en el templo santo; y no contento el Altísimo con las maravillas antecedentes, dispuso para mayor confusión del sacrílego, y enseñanza de los mortales, que las abejas puestas en dos bandas, como en dos coros ordenados, vi­niesen hasta la iglesia acompañando la procesión, y con su armonioso zumbido explicaron a su modo las divinas ala­banzas, callando las de un coro mientras duraba la expre­sión del otro. No es la primera vez que Dios ha enseñado a los racionales ingratos con el ejemplo de las criaturas in­capaces de razón.
El Señor dice en su Santo Evangelio, que donde estu­viere el cuerpo, allí se congregarán las águilas; y enten­diéndose el cuerpo por el Sacramento del mismo Señor, y por las águilas las almas aficionadas y deseosas de volar al cielo, será justo que donde va el santísimo Sacramento con­curran obsequiosos todos los fieles que desean agradar y servir a su Criador, y prosperarse en esta vida mortal, y asegurar sus almas para la vida eterna.
Del águila generosa dice el santo Job, que hace su asien­to en lugares altos, y de allí contempla su más propia y gustosa comida: Inde contemplatur escam, et de longe oculi ejus prospiciunt. Así también es el águila generosa maestra discreta del hombre inconsiderado, enseñándole que con­temple y considere el manjar celestial que Cristo le ha de­jado en su santísimo cuerpo sacramentado, para que como ligera águila le busque y le acompañe, levantando prime­ro sus pensamientos a lo alto de la divinidad de Cristo Se­ñor nuestro, para enfervorizar su tardo corazón.
En el docto y piadoso catecismo de Belarmino se halla­rán dos maravillosos ejemplos, pertenecientes a esta mate­ria. El primero es de un judío obstinado, que hizo atroci­dades con una santísima forma consagrada, de la cual salió sangre viva. El otro es de un religioso sacerdote, ten­tadísimo contra la fe católica, y principalmente contra la real presencia de Cristo Señor nuestro en el santísimo Sa­cramento, el cual religioso fue curado misericordiosamente de Dios nuestro Señor con una soberana visión, en que se le manifestó la Hostia consagrada con celestiales resplando­res, y poniéndose la sagrada Hostia sobre el cáliz, comenzó a destilar gotas de sangre y con esta visión y revelación divina cesaron todas sus importunas y graves tentaciones.

R.P. Fray Antonio Arbiol
La familia regulada
Edición 1866

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