martes, 31 de agosto de 2010

Sacerdocio traicionado


EL SENTENCIADO
Jesús no murió víctima de un tumultuoso linchamien­to popular, fue ajusticiado — ¡la justicia!— legalmente —¡la legalidad!— en virtud de una concorde y universal condena. El tribunal religioso, el tribunal civil y el tribunal del pueblo, con excepción de una momentánea e inefi­caz discrepancia, se encontraron todos perfectamente de acuerdo.
Más aún, fue el único acuerdo entre los tres poderes que se odiaban mutuamente.
Si Pilato no hubiese condenado a Jesús, habría des­agradado al Sanedrín, al pueblo y al César: si no lo condenas eres enemigo del César, le había gritado el pueblo. Todos quedaron contentos con ese fallo condenatorio, que quizá pudo ser el principio de un entendimiento, si no de una amistad, como fue para Pilato y Herodes.
Se acusa a Jesús no de delitos, sino de grandezas. Hechiza al pueblo, se dice rey, se dice Dios.
Su divina grandeza era un delito, su infinita supre­macía lo condenaba.
Hubieran querido tronchar de un solo tajo las ci­mas que humillaban la cabeza y la vulgaridad de sus enemigos.
Fue un error y una imprudencia.
No fue Cristo tan hechicero cuanto lo fue su Cruz; El mismo lo había predicho: cuando sea elevado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.
A la realeza, a la divinidad, se añadió la aureola deslumbrante del martirio, el encanto misterioso y fuerte del dolor y de la víctima.
Los hombres descendieron del Calvario dándose gol­pes de pecho.
La Iglesia, aunque cree que Jesús resucitó, jamás lo ha bajado de la Cruz; en las iglesias, en los altares, don­de quiera, está presente Cristo, no resucitado, sino en la Cruz; porque de ningún modo es Jesús tan conquistador como crucificado.
La sentencia de muerte no destruyó la realeza de Cristo, sino la ratificó. Con la Cruz dio un trono al Rey que no tenía donde reclinar su cabeza; colocó sobre su frente una corona, aunque fuese de espinas; y para que no hubiera equivocación posible, puso el título de su rea­leza sobre su trono, en hebreo, en griego y en latín, que eran las lenguas universales del mundo civilizado de en­tonces.
El ladrón, que muere con El, está tan cierto de la realeza de Jesús, que le pide un recuerdo cuando esté en su Reino.
La divinidad de Jesús hizo explosión en el patíbulo, mientras la naturaleza angustiada se vestía de luto.
El centurión romano quedó impresionado: Verdade­ramente éste era el Hijo de Dios.

El sacerdote católico no estaría seguro de su legi­timidad, de su unión con el sacerdocio de Jesús, si no tu­viera la prueba fulgurante de la universalidad con que el mundo lo sentencia y lo condena.
Ningún sacerdote de otra religión, ningún ministro de culto, ningún pastor tiene el honor y el distintivo divino de la universalidad y gravedad de las acusaciones hechas al sacerdocio católico.
Universal por el tiempo: desde la condenación del Sanedrín, hasta las últimas de los rojos de España, de Moscú y de México; universal en el espacio: las modernas catacumbas donde se refugian los sacerdotes perseguidos han hora­do, como túneles gigantescos, toda la tierra; universal en los tribunales civiles, veredictos del pueblo; universal en los diversos estados sociales, aristocracia y plebe, ri­cos y pobres, intelectuales y obreros, filósofos, literatos y artistas, todos condenan al sacerdote.
En nombre del progreso, por oscurantista; en nombre de la libertad, por encubridor de tiranos; en nombre del pensamiento, porque le corta las alas; en nombre de la vida, porque él la mortifica; en nombre de la personali­dad, porque la sofoca; en nombre de la autoridad, por­que la aherroja; en nombre del pueblo, porque lo ador­mece; en nombre de la alegría, porque la envenena; en nombre de la juventud, porque le resta vigor, etc., etc. La acusación es múltiple, total, demostrada, y exhiben pruebas y testimonios en su favor.
Es raro leer un libro, oír un discurso, donde no haya una grave acusación, un veredicto infamante, una con­denación absoluta del sacerdote.
Sólo en este punto todas las ideas convienen, todos los partidos se encuentran, todos los sistemas se ponen de acuerdo, todas las filosofías se adunan, todas las cla­ses sociales se unifican, todas las literaturas se copian.
¡La condenación del sacerdote: centro de unifica­ción, punto de convergencia, lugar de encuentro, feria de afluencia, taberna de reunión, antro de conjura, de todos y siempre!
Tal y tan grande concordia, o se funda en una rea­lidad, o en una conjura, o en un hecho sobrenatural.
Realidad no puede ser, porque, si fueran verdad to­das las acusaciones, sería un milagro que pudiera subsis­tir aún el sacerdocio; conjura sí lo es en parte, porque las acusaciones son monótonas y tienen sabor de sugerencia; pero no sólo es conjura, es demasiado amplia para que sea posible: solamente lo sobrenatural puede explicar todo.
Sobrenatural es el odio de Satanás; sobrenatural es la profecía de Jesús: Si me han odiado a mí, también os odiarán a vosotros; sobrenatural también es el hecho de que el sacerdocio católico, ya sea por vía de amor ya también hasta por vía de odio, es instrumento de unifi­cación.
La acusación es idéntica a la de Jesús.
Es peligroso el sacerdote, porque seduce los espíri­tus, porque tiene un dominio sobre las almas que es una realeza, porque tiene poderes casi divinos.
Su altura produce vértigo y suscita la envidia de la bajeza.
Pero como sucedió con Jesús, ¿qué efectos ha tenido su condenación y su muerte?
La seducción ha crecido, cuando sobre las cabezas cercenadas se ha encendido el nimbo del dolor y del martirio.
¡Dieciséis mil sacerdotes españoles asesinados!...
¡La realeza del sacerdote jamás ha sido tan enérgi­camente afirmada como cuando se afirma con la muer­te!
—¡cuánta púrpura de sangre para su manto real!...
—¡qué corona de piedras preciosas forman la aureo­la de la víctima!...
—¡qué cetro de oro el que está en las manos trun­cas! ...
—¡qué trono deslumbrante la gloria de la muerte!...
Los comunistas de todo el mundo han querido des­truir el poder divino del sacerdote.
Han cortado las cabezas, y sobre las picas esas ca­bezas se han elevado más, y se han hecho más dominan­tes y amonestadoras;
—han arrancado las lenguas, y las bocas abiertas y ensangrentadas han lanzado voces, invitaciones, re­proches, reclamos, que ninguna lengua podría repetir;
—han cortado manos, y los muñones hacen que sur­jan de nuevo las iglesias, que se reedifiquen los semi­narios, que se reconstruyan los orfanatorios y las escuelas con una energía y un dinamismo tales que cansarían cualquier mano;
—han ametrallado los corazones, pero el amor, que se ha derramado por sus costados abiertos, ha purifi­cado a España y a la Iglesia Católica.
O felix culpa! Canta la Iglesia por el pecado de Adán.
O felix culpa! Cantamos nosotros por la injusta con­denación de Jesús.
O felix culpa! la condenación del sacerdote católi­co, que une al sacerdote con la misma sentencia de Jesús y por ello, ¡con el mismo triunfo y la misma gloria!

Las tinieblas más densas deberían oscurecer el cielo, preñado de amenazas, tinieblas que velaron la luz del sol poniente en aquella tarde del Viernes Santo; la tie­rra debería temblar de terror y de asombro como en la muerte del Ungido del Señor.
Otro Cristo muere, no en la Cruz, con una muerte triunfante y redentora, con un martirio de amor y de ho­locausto; sino en el fango que devora al elegido, como una presa codiciada.
Al descender de este enrevesado y asqueroso Gòl­gota, los hombres deberían golpearse el pecho, llenos de consternación; deberían sentir vergüenza por la gran de­rrota que a todos humilla, porque es la derrota del espíritu; deberían temblar ante la amenaza muda y univer­sal de la carne, que se ha vuelto más altanera, porque ha abatido a un centinela avanzado de los valores espi­rituales; deberían llorar ante e¡ desafío de este bárbaro Goliat que ha herido mortalmente a un David, a un cam­peón de los que creen en la pureza; deberían quedarse perplejos y descorazonados ante la fragilidad humana que mina hasta las Catedrales, construidas sobre la pie­dra angular de Cristo.

Pero... ¡los hombres ríen!
La caída de un sacerdote es una nota suculenta pa­ra las gacetillas, o un nuevo argumento para una novela,- una noticia sabrosa, que enciende de nuevo la decaída y fastidiosa conversación de los salones, que llena de sonoras carcajadas el ambiente alcohólico de las canti­nas o el humo del tabaco de las aulas estudiantiles; una inesperada fortuna para la próxima campaña electoral; una feliz coyuntura para la lucha de clases.
Toda esta mezquindad rastrera, inconsciente, vulgar, burlona y satírica, frente a la bárbara revelación de la in­curable miseria humana, hace que desesperemos de la humanidad y de sus destinos, más que de la misma caída de un sacerdote, más que del abismo en cuyos antros se ha derrumbado. . .

Esta risa de necios no es necia. Es la bestia, maño­samente agazapada en el hombre, que se siente halagada en sus pasiones; es el bruto que está en acecho en el al­ma y que se siente justificado en sus brutalidades.
Es el sentimiento de satisfacción desesperada, es esa triste paz donde se ahoga el divino tormento de su­peración y la nostalgia de las cimas, que, como último destello de esperanza, gime en el corazón de todo liber­tino.
La caída de un sacerdote, como la fatídica informa­ción de un desastre, como la proclamación de una im­posibilidad, como la comprobación de una utopía irrea­lizable, sofoca aquellas ansias y da la tranquilidad se­pulcral de un cadáver en descomposición, semejante al silencio de los cementerios donde ha muerto la esperanza.
Ese pecado da a la conciencia una especie de sen­timiento del fatalismo del vicio y de la locura de la vir­tud; por eso la conciencia no se rebela ya ni lucha, sino que se postra en el lodo de la paz ficticia de la derrota.
Es la amarga alegría que saborean los que están en el fango, cuando se dan cuenta que un ángel chapo­tea y se atasca allí también, con las alas rotas, como si su vuelo hubiera sido una tentativa loca y ridícula.

El sacerdote es una advertencia, un señuelo, una flecha que señala la altura, un estandarte plantado en la cima; y eso inquieta a los lujuriosos, humilla a los vi­les, irrita a los malvados.
Por eso, cuando la tormenta arranca el estandarte y lo precipita en el abismo, un suspiro de liberación bro­ta de los corazones degenerados, como cuando se des­vanece una pesadilla.
Como si por aquella caída la admonición se volviera ridícula, como el miedo que puede causar un espantajo; como si la advertencia se desvaneciera en una carcajada de burla; como si la cima no existiera ya ni el deber de alcanzarla, sobre todo; porque quien llegó a escalarla no pudo vivir allí y se derrumbó.
La bajeza siente envidia de las cimas; y si éstas se derrumban, aun a costa de un cataclismo, goza que todo se ponga al ras; cuando esa misma envidia la hu­biera salvado, porque es siempre un homenaje, un deseo, un ímpetu de altura, que el nivelamiento apaga en el pantano uniforme.
Ante el escándalo de un sacerdote, yo me explicaría y aprobaría cualquier sentimiento, aun la injuria cruel, la condenación despiadada e injusta, como estupor, rebel­día, reacción y resaca del espíritu, a causa de la traición de uno de sus caballeros; pero no sé explicarme la risa y la alegría.
A mí la caída me consterna...

Consternación frente a la tragedia del ángel caído, como causa espanto Lucifer al derrumbarse del cielo.
Para llegar a ese abismo, ¡cuántos sollozos de la conciencia ha debido sofocar el sacerdote, qué tormentos del espíritu —preludios del infierno— ha debido sufrir, qué remordimientos ardientes ha debido sofocar!
¡Cuántos sacrilegios que han hecho estremecer a los cielos! ¡Cuántas traiciones que han acumulado las maldi­ciones divinas sobre su cabeza! ¡Qué infidelidades que han pisoteado los juramentos más sagrados!
Quejas llenas de la ternura de Dios, más insoporta­bles que los remordimientos; recuerdos dulcísimos de las intimidades divinas al pie del Sagrario, de las gracias del día de la ordenación, de las alegrías sacerdotales, de los años del Seminario...; recuerdos que caen gota a gota en el corazón como un llanto desolado...
¡No, un sacerdote no puede morir sin una agonía des­garradora y horrible! Debe ser tremenda, como la vís­pera de la condenación, la hora en que se capitula ante el mal...

Judas no pudo soportarla.
Y muchas veces la boca ardiente de Satanás insinúa en la mente del apóstata, en el incendio loco de la deses­peración, la idea del suicidio.
El que tiene aún el sentido augusto y solemne de la grandeza, aunque sea un malvado, siente vértigo ante el naufragio de una conciencia sacerdotal, ante la visión de esas ruinas inmensas, ante el tumulto avasallador de esta lava incandescente y destructora que fluye del co­razón del apóstata.
Todo el que tenga corazón debe llorar al entrever la tristeza amarguísima de quien ha perdido el cielo se­reno de su conciencia, la alegría de su apostolado, la poesía de su sacerdocio, el éxtasis del Santo Sacrificio.
A mí, me causa espanto la revelación del alma trá­gica del sacerdote caído; pero todavía más, la revela­ción del poder del mal que anida en el hombre.
"Quia si in viridi ligno, haec faciunt, in árido quid fiet? Si esto sucede en la rama verde, ¿qué sucederá en el leño seco?", me pregunto con las palabras mismas de Jesús.
Si el pecado reduce a cenizas la rama verde, rega­da diariamente con la Sangre de Cristo, ¿qué sucederá con la paja seca?
Si el pecado penetra en el alma del sacerdote, armada con la mortificación, defendida por la disciplina eclesiástica, rodeada de vigilancia, iluminada por las gra­cias del sacerdocio, custodiada por la Eucaristía; ¿qué sucederá con las almas inermes e indefensas?
Si las manos ungidas por el santo crisma se pudren, si los labios enrojecidos con la Sangre divina se conta­minan, si el corazón intacto y virginal se degrada, si la sal se corrompe y la luz se entenebrece; ¿qué será de los pobres hombres de manos lúbricas, de labios sensua­les, de corazón carnal?
Si los primogénitos del Cristianismo, después de doce años de educación férrea, de selección rigurosa, de mor­tificación continua, de vigilancia atenta, de oración asi­dua, de meditación cotidiana, de examen rígido, de ex­hortaciones, prédicas, retiros, Ejercicios, silencio, sacra­mentos, Eucaristía, etc., desertan miserablemente, ¿qué será de los hermanos menores?
Caen fragorosamente los cedros del Líbano; ¿qué será de las pobres cañas azotadas por el vendaval?
¿Entonces, para quién es el Cristianismo, quién po­drá mantenerse puro?
¿Entonces, el Cristianismo es una utopía imposible?
¿Entonces, la altura de la santidad cristiana es una cima inaccesible?
¿Entonces, los consejos evangélicos de pobreza y castidad son inhumanos?
¿Entonces, la humanidad está encadenada al peca­do, con el determinismo y la fatalidad pasiva de la pie­dra que tiende al fondo del abismo?
Estas preguntas definitivas, últimas y angustiosas se­rían las conclusiones del pecado de un sacerdote...
¡Y con estas preguntas no se juega ni se ríe!
Más bien se siente el tedium vitae —tedio de vivir— de San Pablo; se suspira con él: "Cupio dissolvi et esse cum Chrisfo. Deseo ardientemente morir para estar con Cristo"; se llora y entre sollozos se grita: "Intelix homo, quis me liberabit de corpor/s mortis huius? ¡Qué desdicha­do soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"
Más bien se cae de rodillas para meditar la amo­nestación del mismo Apóstol: "Qui sfat videat ne cadat. El que está de pie, tenga cuidado de no caer". Para re­petir con David: "Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum, fui concebido en la iniquidad", e implorar con ge­midos, como los Apóstoles: "Domine, salva nos, perimus! ¡Sálvanos, Señor, que perecemos!"

LA TRAICIÓN AL SACERDOCIO
Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Ragusa

1 comentario:

victor sanchez dijo...

yo fui seminarista y este libro llego a mis manos y me hizo definir mi vocacion, vi al sacerdocio de una manera que nunca imagine y esque lo vi como un don inigualable que me hubiera gustado vivir pero creo que no era mi vocacion. ya soy otro hombre y no puedo ver la vida sin un compromiso porque tambien llevo el SELLO del que habla el libro "el que quiera hagase santo, el que no que se valla".