viernes, 20 de agosto de 2010

Edad en estado de guerra

Abre los ojos

Hay épocas difíciles en las que el poder de la vo­luntad, es tan necesario al alma para vencer una con­trariedad, como las fuerzas físicas al cuerpo para le­vantar un peso. Son los años en los que comienza a surgir el hombre. Aparecen las manifestaciones re­beldes al orden que debe reinar en el alma, ímpetus que hay que moderar para poder rodar hacia la per­fección, sin dar brincos que nos echen fuera del ca­mino.

Esa mar picada, es la edad que llamamos «ingra­ta» o «difícil». Al cruzarla se ha de hacer lo imposible para que estas afirmaciones sean lo más inexactas posibles.

La primera víctima eres tú, que tienes que sufrir la presión de estos estallidos, pero también eres difícil para tus educadores, que tienen que deshacer estas protuberancias duras, y no precisamente con castigos. Mala pedagogía es la de aquel refrán: «a burro duro, bastón más duro». La política de la mano tendida, la acción de buena voluntad la tienes que hacer posible tú.

En esos momentos de alucinación pides la luna o viajes interplanetarios, y no te das cuenta de tu terquedad ni de lo absurdo de tus razones. Tu estado de ánimo es como el tiempo de primavera: bonanza y tempestad, optimismo azul y pesimismo negro, desganas e ímpetus irresistibles, de hastío y de alegrías. Es el efecto del flujo y reflujo de las mareas vivas de tus años de juventud.

Son problemas que nacen de ti mismo, y hay que dominarlos en ti mismo. Aires gélidos que tronchan brotes pujantes, y climas cálidos que hacen crecer los brotes sin consistencia, e incapaces de producir frutos maduros.

Se pasó la edad de los Reyes Magos, en la que ningún ambiente se hace extraño, y la acomodación a todas las circunstancias es fácil.

Ahora se navega en altamar, saltando de ola en ola, y cabalgando sobre ellas. Ante cualquier dificultad te haces agresivo y descontentadizo. La voluntad como una veleta no se fija en el deber, ni casi repara en los momentos de excitación en lo que es bueno o malo.

Se han desarrollado rápidamente los tejidos de tu cuerpo, mientras tu inteligencia ha permanecido en un «statu quo». Un cuerpo de estatura de hombre gobernado por un cerebro de niño. Una nave de gran calado, dirigida por un pequeño timón. Lo natural es que navegue a bandazos.

Si se desconoce la resaca de estos estrechos y brazos de mar picada, es muy difícil pasarlos sin naufragar. Hay que desconfiar de sí y prever los vajíos y remolinos imprevistos para no ser absorbidos. Aun todo buen marino en estos pasos difíciles se entrega confiadamente a un experto de aquellas aguas. Como el que pretende escalar una cima peligrosa, toma un guía que haya recorrido aquellos terrenos y conozca las fallas de aquellas pendientes. Bajo esta dirección se llega a adquirir facilidad y dominio.

A estos estados se llega casi repentinamente: la espiga está sembrada hace mucho tiempo, pero cuando le llega su época, se hace con prontitud.

No eres enfermo, sino desorientado

Salvar esta crisis es cuestión de voluntad y paciencia. El artista que esculpe su escultura, fácilmente la concibe, pero este concepto lo plasma a golpes en la piedra.

Tu estado no es enfermedad, sino una situación que se debe resolver satisfactoriamente si te dejas guiar. Ni nacen esas reacciones violentas de tu maldad, sino de lo accidental de tu temperamento en evolución. Quieres saltar más alto de lo que puedes, y te rompes la cabeza como la codorniz contra el techo de la jaula.

Si quieres seguir a tu paso y a lo loco, no encontrarás quien te guíe. El vértigo de la velocidad agotará tus nervios, y la parada será definitiva.

Esa misma energía bien encadenada a tu voluntad, bien embotellada como se embotella el oxígeno en envases de hierro, hubieran mantenido la llama viva de tus ideales durante toda la vida.

Cuando te des el golpe, vendrá la desilusión, y serás indiferente al ideal, al oxígeno de altura. Y entonces, ¿qué esperas hacer de provecho? No podrás anular tu temperamento, pero sí temperar sus manifestaciones, y esas ansias inefables de vivir en libertad. Es la vorágine de las aguas impetuosas que buscan su nivel para equilibrarse.

El éxito está en no naufragar antes de llegar a la bonanza del remanso, en tener hasta entonces mano firme en el manejo del timón, sin miedos a los fuertes vientos.

Eran los tiempos de las Cruzadas: Un caballero en peligro de las flechas hace un voto: si sale ileso, encendería una vela en el Santo Sepulcro y la llevaría encendida hasta su castillo. Salió indemne y cumplió su promesa, aunque le fue muy difícil conservarla encendida entre los vientos y tempestades. Protegió su llama por todos los medios, y cuando se extinguía una vela prendía otra.

Es la imagen de tu vida adolescente: una llamita pequeña pronta para encender grandes fuegos, pero también continuamente expuesta a extinguirse si no se la protege con sumos desvelos.

Busca tu nivel

Un algo incontenible se agita en tu corazón que pugna por salir, y quizá reviente on ípetu destructor. Para no explotar, tiene necesidad de dar salida a esta presión interna; gases que has de quemar para que no sean nocivos. El deporte, el emplearse en los ideales que te atraigan, son buenas galerías de respiro para que las aguas busquen su nivel. Y no quemas esas energías, cuando como un obrero sin trabajo estás sentado con gesto aburrido, ni cuando a tus pocos años paseas por las calles haciendo el pevo, o jugando a ser hombre tragas humo como un sargento, o hecho un figurín desganado y larguirucho, luces una moda que quizá desdiga del género masculino al que por nacimiento perteneces.

¿Por qué no miras al espejo de la verdad de tu posición ridícula y recoges como el pavo real las alas al ver sus feísimas patas?

Es tiempo para que entre en tu cabeza las ideas de la milicia cristiana: sobriedad y vencimiento. Es también tiempo de audacias. No seas timorato, pero tampoco imprudente en empreas susperiores a tus medios. No saltes sobre los abismos, si no tienes la suficiente elasticidad en los músculos. Aunque veas saltar a otros, no sientas envidia por ello. Busca las cualidades que Dios ha ocultado en ti, para que llenes un puesto en el orden social. Quizá entre tus aficiones útiles encontrarás las huellas del camino que has de elegir.

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