miércoles, 12 de agosto de 2015

Infernales, Infralapsarios

INFERNALES
     Se llamaron así en el siglo XVI los partidarios de Nicolás Galo y de Jacobo Smidelna ó Smidelin, quienes sostenían que en los tres días de sepulcro de Jesucristo, bajó su alma santísima al infierno de los condenados, y sufrió por los tres días los tormentos de estos infelices. (V. á Gauthier, Chron., saec. 16). Se presume que estos insensatos fundaban su error en un pasaje de los Hechos apost., II, 24, en que San Pedro dice: Que Dios resucitó a Jesucristo libertándole de los dolores del infierno, ó después de haberle sacado de los dolores del infierno, en el cual era imposible que le hubiesen detenido: de aquí dedujeron los infernales que Jesucristo había experimentado por lo menos algunas horas los tormentos de los condenados. Pero es evidente que en el salmo XV que cita San Pedro, se trata de los vínculos del sepulcro ó de los lazos de la muerte, y no de los dolores de los condenados: la misma expresión se nota en el salmo XVII, 5 y 6. Este es un ejemplo del enorme abuso que hicieron de la Sagrada Escritura los ministros predicantes del siglo XVI.

INFRALAPSARIOS
     Entre los predestinacianos que sostienen que Dios creó un cierto número de hombres para condenarlos, y sin darles los auxilios necesarios para salvarse, se distinguen los supralapsarios y los infralapsarios.
     Los primeros dicen que antes de toda previsión del pecado de Adan, ante lampsum o supra lapsum, resolvió Dios hacer que resplandeciese su misericordia y su justicia: su misericordia, criando un cierto número de hombres con animo de hacerlos felices
toda la eternidad; su justicia, criando otro número de hombres para castigarlos eternamente en el infierno; que en consecuencia de esta determinación concedió Dios a los primeros gracias para salvarse, y las negó a los segundos. Estos teólogos no dicen en qué consiste la pretendida justicia de Dios en estos dos casos: nosotros no concebimos cómo pudiera combinarse con la bondad de Dios.
     Los infrálapsarios dicen que Dios no formó esta intención sino en consecuencia del pecado original infra lapsum, y después de haber previsto desde la eternidad que Adan cometería este pecado. El hombre, dicen, habiendo perdido por este pecado la justicia original y la gracia, ya no merece mas que castigo, y todo género humano es una masa corrompida y de perdición, que Dios puede castigar con suplicios eternos sin menoscabo de su justicia. Sin embargo, para que brille también su misericordia, resolvió sacar algunos de esta masa para santificarlos y hacerlos eternamente felices.
     No es posible conciliar este plan de la Providencia con la voluntad de Dios de salvar a todos los hombres, que está claramente revelada en la Escritura, 1 Epístola Tim., II, 4, etc., y con el decreto que Dios formó en el mismo momento de la caída de Adán de redimir al género humano por Jesucristo. No podemos alcanzar en qué sentido puede verificarse que una masa redimida por la sangre del Hijo de Dios, sea también una masa corrompida de perdición y de reprobación. ¿Acaso la miró Dios así cuando amó el mundo hasta el extremo de dar su Hijo unigénito por precio de su redención? (San Juan, II, 16)
     Es un absurdo suponer en Dios otro motivo de dar el ser a las criaturas que la voluntad de hacerles bien; y he aquí que pretenden los supralapsarios que ha producido Dios un gran número de criaturas con el designio de hacerles el mayor mal de todos que es la eterna condenación: ¡horroriza esta blasfemia! Dicese en el libro de la Sabiduría que Dios nada sabe de lo que ha hecho, y suponen dichos herejes que Dios tuvo aversión hacia las criaturas antes de darles el ser.

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