lunes, 27 de abril de 2015

Unde ergo habet zizania?

¿DE DONDE, PUES, LA CIZAÑA?
     ¿Acaso no se había sembrado únicamente semilla bien seleccionada, sana y buena?
     ¿De dónde, pues, esa cizaña que ahora comenzaba a brotar con el trigo y que era una amenaza para la futura cosecha?
     Los sembradores se alarmaban. ¡Mejor sería arrancar de una vez esa cizaña!
     El amo oye sereno y tranquilo aquellas voces de alarma de sus fieles servidores.
     Sí, la semilla sembrada era buena; ¡la había él mismo escogido con tanto cuidado!.. Pero... bien sabia él que su enemigo no dormía, y que, mientras él y sus hombres descansaban, aquel inimicus homo había sembrado la cizaña con intenciones perversas. Y ahora la cizaña comenzaba a brotar...
     Arrancarla en seguida era exponerse a arrancar también el trigo recién nacido.
     Sería mejor esperar.
     Al tiempo de la siega, se haría una selección cuidadosa... Habría ocasión para ello.
     Y por eso tranquiliza a sus servidores: "Esperad; ya llegara la hora para esa cizaña".

     ¡Cuantas enseñanzas para mi vida en esta preciosa parábola!
     Como los fieles servidores, me alarmo yo también de que aun entre los escogidos -entre semilla de selección- brote algunas veces la cizaña:
     enviduelas, respetos humanos, pequeños chismes, murmuraciones...
     En mi celo arrebatado e indiscreto, desearía también arrancar cuanto antes esa cizaña, sin reparar siquiera en el mal que puedo hacer en el trigo que comienza a brotar..., almas que apenas han dado principio a su vida espiritual, débiles todavía...
     Echo la culpa de esa cizaña que brota a mil causas, pero olvido al inimicus homo: al diablo, que anda siempre vigilante y despierto, y que no pierde ocasión de sembrar aun entre religiosos esas pequeñas discordias, esas vergonzosas enviduelas, esas cobardías del respeto humano, esas pequeñeces ridículas que roban la paz, perturban la alegría, amenazan destruir la unión...; cizaña, cizaña venenosa.

     Concédeme, Señor, ese animo grande y generoso que es necesario para no dejarme acongojar en el espíritu y para no perder la paz a la vista de la cizaña.
     No tengo que conformarme con ella, bien lo sé.
Pero tampoco debo pretender arrancarla con mano indiscreta e imprudente.
     Ella tiene su hora.
     Y en esa hora podre arrancar y echar al fuego sin echar a perder el trigo.
     Es mi orgullo el que me hace impaciente y el que quiere arrastrarme a arrancar esa cizaña antes de tiempo.
     Si yo fuera verdaderamente humilde, entonces también seria también mas vigilante, y seria, sobre todo, mas paciente para esperar la ocasión propicia para arrancar la cizaña.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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