domingo, 12 de mayo de 2013

TRATADO DE VIDA ESPIRITUAL (Final)

CAPITULO XVII
A QUIÉN PUEDEN APROVECHAR 
LAS RAZONES SOBREDICHAS

     He procurado guardar brevedad en las sobredichas razones, las cuales pudiera explicar más a la larga, porque aprendas de lo poco levantar grandes consideraciones, de tal suerte que cada una de por sí te sirva de materia de alta y copiosa contemplación. Empero has de advertir que si quieres aprovecharte de las tales razones debes, no sólo considerarlas con el entendimiento, sino también (y es muy necesario) mover con determinada afección a la voluntad para poner por obra lo que ellas enseñan. Pues para que mejor lo entiendas, brevemente volveré a hacer mención de dichas razones, mostrando cómo no son de eficacia alguna en el alma, si con afectuosa determinación y calor espiritual no se pusieren por la obra.
     La primera razón no tiene fuerza sino en un sujeto de grande espíritu, que siente y contempla atentamente la nobleza, perfección y grandeza de Dios. Y así trabaja de amarle y honrarle en todo, según que su Majestad merece.
     La segunda no es de eficacia sino en quien siente una verdadera devoción en su espíritu, y considerando la caridad y bondad del Hijo de Dios, que enseñó en la pasión que por nosotros padeció, así el alma procure con todas sus fuerzas recompensar a su Majestad lo que por ella hizo.
     La tercera no aprovecha sino al alma que siente la alteza de la perfección que el Señor pide tenga la creatura que con grande ahinco procura cumplir el mandamiento de su Majestad y alcanzar con mucho deseo semejante perfección.
     La cuarta tan solamente tiene lugar en el alma que con afecto considera la grandeza y nobleza de los beneficios de Dios y su gracia. Y así trabaja con veras acudir a Dios con el debido servicio que por semejantes beneficios merece.
     La quinta vale en el alma que tiene en mucho la prometida gloria del cielo y con fervoroso amor la ama, y juntamente tiene firme fe y grande esperanza de llegar a gozarla, ejercitándose en virtuosas obras; de tal manera que con ellas la procure muy de veras alcanzar.
     La sexta no es eficaz sino en quien los vicios causan horror y abomina de los pecados, y grandemente le place la perfección, y ama mucho las virtudes y gracia de Dios, y esto con grande exceso.
     La séptima totalmente se halla en el que tiene en mucha estima las vidas de los santos, deseando imitarlos. Particularmente entiendo que los desee imitar perfectamente, y a los más perfectos, como a la Virgen María principalmente, a San Juan Bautista, a San Juan Evangelista, y a los sagrados apóstoles, y así a todos los demás santos.
     La octava no es de provecho alguno sino en quien en sí mismo agrava mucho las ofensas que ha hecho contra Dios, de ahí le nace una voluntad determinada de satisfacer a su Majestad con buenas obras por sus pecados.
     La nona no tiene lugar sino en el alma que echa de ver claramente su flaqueza y peligro de dar de ojos en las tentaciones. Por lo cual pone cuidado en huir las ocasiones de caer en tentación, para que así viva seguro en la gracia de Dios.
     La décima asienta muy bien en el sujeto que conoce claramente sus pecados, y con grandísimo temor y temblor de su corazón se recela de la sentencia del juicio final, que se dará en contra de los que no quisieron hacer penitencia de sus pecados.
     La oncena no es de efecto sino en quien teme la muerte, y con eso hace grande preparativa de obras meritorias para, esa hora.
     La docena sólo aprovecha a quien entiende que empezar buena vida sin desear y trabajar de alcanzar la más alta y más perfecta, no es posible sin que en ello se mezclen los vicios arriba dichos y sin muy conocido peligro de grandes males propios, pues no quiere huirlos ni evitarlos.
     La trecena no es de eficacia alguna sino en el alma que lleva notable cuidado de su salud y teme perder la gracia divina.
     La catorcena y última razón conviene al alma que teme las penas del infierno, sintiendo de sí que las merece por sus pecados, y así trabaja por librarse de ellas haciendo rigurosa penitencia.
     Finalmente, has de notar que la conclusión y fin de cada razón consiste en dos cosas. La una en el conocimiento de la imperfección y bajeza propia; y la otra en un entrañable deseo de llegar a vida más perfecta. De tal suerte que no se halle el dicho conocimiento de la propia miseria y fragilidad sin el deseo de mayor perfección, ni al contrario.

CAPITULO XVIII 
De ciertos remedios contra algunas tentaciones 
que vendrán con el anticristo 

     Quien quisiere huir los lazos y tentaciones del anticristo y librarse de las del demonio en los postrimeros días, ha de procurar guardar dos cosas en el conocimiento propio. La primera es que debe sentir de sí como de un cuerpo muerto lleno de gusanos, hediondo y tan asqueroso, que no solamente huyen de poner en él los ojos los circunstantes, mas se tapan las narices por no sentir el mal olor que de sí echa, y vuelven el rostro por no ver tal y tanta abominación. Esto conviene, carísimo, a ti y a mí consideremos siempre. Empero mucho más a mí, porque toda mi vida es hedionda, y yo todo soy asqueroso, mi cuerpo, mi alma, y todo cuanto hay dentro de mí, está lleno de corrupción y podredumbre de los pecados y maldades que en mí hay, y así todo soy abominable. Y lo que peor es: que siento cada día este hedor en mí que va creciendo, y de nuevo aumentándose.
     Debe, pues, el alma fiel sentir de sí tal hedor con grandísima vergüenza de la presencia de Dios, como delante de aquel que lo ve todo; o como si estuviese delante un riguroso juez, y así se ha de doler grandemente de las ofensas hechas a su divina Majestad, y de haber perdido la gracia que le dieron por la sangre preciosísima de Cristo cuando la lavaron con el agua del santo bautismo. Como considera que causa mal olor a sus propias narices y a las de Dios, así también se ha de persuadir que también sienten el hedor no sólo los ángeles y almas santas, sino todos los hombres de la tierra, delante de los cuales es abominable y hediondo. Y todos abominan de ver no sólo sus obras y oír sus palabras, empero que se tapan las narices y vuelven el rostro por no verlo, y como a cuerpo muerto hediondo lo echan de su compañía. Y de esta suerte esté apartado, como el más asqueroso leproso, hasta tanto que vuelva en sí. Y si alguno llegase a hacer justicia de él y de su cuerpo, sienta de sí lo que es justo, y crea de sí lo que queda dicho, aunque le sacasen los ojos y cortasen las manos, quitasen las orejas, quebrasen la boca e hiciesen esto propio de todos sus miembros y partes del cuerpo; porque con todos ellos ha ofendido al Señor que le creó.
     Más adelante debe desear lo desprecien y ultrajen, de tal manera que todos los vituperios, deshonras, infamias, injurias, blasfemias y, finalmente, cuantas cosas adversas le vengan, con sumo gozo y grande alegría las abrace y sufra con paciencia.
     Conviene desconfíes totalmente de ti mismo, de tus buenas obras y de tu vida, y te vuelvas todo a Dios, y te reclines sobre los brazos de Jesucristo pobre, vilísimo, vituperado, menospreciado y muerto por ti, hasta tanto que tú también estés muerto en todas tus pasiones humanas, y sólo Jesucristo crucificado viva en tu corazón y alma. Y así transformado y transfigurado todo en Él, interiormente lo sientas en ti, para que de ahí adelante no veas más ni oigas ni sientas sino sólo a Cristo pendiente de la cruz, muerto por ti y crucificado. Y a ejemplo de la Virgen María, muerto para el mundo, viviendo en la fe. En ella ha de vivir toda tu alma hasta la renovación, con la cual enviará nuestro Señor el gozo espiritual y don del Espíritu Santo a ella y a aquellas personas en las cuales se ha de renovar el estado de los santos apóstoles y de su Iglesia santa; ejercitándote en santas oraciones, o en sagradas meditaciones y afectos para alcanzar los dones de las virtudes y gracia del Señor. 


CAPITULO XIX 
Siete afectos para con Dios

     Para esto principalmente te has de ejercitar en siete maneras de afectos para con el Señor, es a saber: en un amor ardentísimo, temor grande, honra debida y constantísimo celo; a lo cual ha de acompañar hacimiento de gracias y voz de alabanza, juntamente con una prontitud de toda obediencia y gusto de la suavidad divina, diciendo: ¡Oh, buen Jesús! Haced que con todo mi entendimiento y todo mi interior sumamente os tema y reverencie y cele con grande fortaleza vuestra honra. De tal suerte que cualquier afrenta vuestra, como celoso de vuestra gloria, en grande manera la aborrezca, y particularmente si en mí, de mí, o por mí, habéis sido afrentado o injuriado, Dios mío. Dadme también que a Vos, Señor, como creatura vuestra, con humildad os adore y reconozca, y de todos los beneficios que de Vos he recibido perpetuamente os haga gracias con grandísimo agradecimiento de mi corazón; dadme, Señor, que en todas las cosas siempre os bendiga, alabe y magnifique con muy grande júbilo y alegría de mi alma. Y obedeciendo a vuestra divina Majestad en todas las cosas, sea recreado con una dulcísima e inefable suavidad, en compañía de vuestros santos ángeles y sagrados apóstoles, asentado a vuestra mesa, aunque indigno e ingrato. El cual, con el Padre y Espíritu Santo, vivís por todos los siglos. Amén.
     También debe ejercitarse acerca de sí propio con otras siete maneras de afecto. Primeramente se confunda y avergüence a si mismo de sus vicios y defectos. Lo segundo, llore sus pecados, como ofensas hechas a Dios y que han manchado su alma, y con grandísimo dolor se duela de ello. Lo tercero, se humille y tenga en poco con tanto menosprecio, que con todas las veras, como de cosa vilísima y asquerosísima, no haga caso de sí mismo, y desee ser menospreciado, como dicho es. Lo cuarto, que se trate a sí con severísimo rigor, de tal manera que maltrate su cuerpo ásperamente y guste de ser así maltratado, como el que está lleno de hediondez de pecados, y como letrina, albañal y estercolero de toda inmundicia. Lo quinto, tenga ira implacable contra todos sus vicios y contra las raíces de donde ellos nacen y contra sus malas inclinaciones. Lo sexto, procure perpetuamente tener un vigor de ánimo despierto y valiente, para que juntamente estén despiertos y atentos todos sus sentidos, actos y potencias, con un esfuerzo varonil para toda cosa buena. Lo séptimo, debe tener discreción, acompañada de una modestia perfecta y moderación tal, que en todas las cosas estrechamente guarde modo y tasa entre lo no suficiente y demasiado, de tal manera que ni en sus obras se halle demasía, ni defecto o cortedad, y ni sea más de lo que debe, ni menos de lo que conviene.


[De cómo se ha de haber el siervo de DIOS con sus prójimos]

     De otras siete maneras se ha de haber el siervo de Dios acerca de sus prójimos. Lo primero, téngales una pía compasión, de manera que así sienta los males ajenos y trabajos de los demás, como si fueran propios. Lo segundo, háyase con su prójimo con un dulce trato, esto es, que se alegre tanto de su bien como del propio. Lo tercero, procure siempre tener el ánimo sosegado, sufrido y fácil en perdonar, de tal manera que sufra con paciencia las injurias y agravios que le hicieren, y de corazón los perdone. Lo cuarto, trate con una benignidad grande y afabilidad para que sea a todos grato, y tal se muestre en sus obras y palabras, deseándoles todo bien. Lo quinto, tenga humilde reverencia, es a saber, que todos aventaje a sí y a todos respete y se sujete de corazón, como si le fueran señores. Lo sexto, procure guardar una concordia unánime, cuanto en sí y cuanto según Dios puede ser. De tal suerte que una misma cosa sienta con todos, y así piense él: ser todos y todos él, y el acertado parecer de todos juzgue ser mejor que el suyo. Lo séptimo, trabaje, a imitación de Cristo, hacer por sus prójimos sacrificio de sí mismo. Tal, que por la salud espiritual de todos esté muy aparejado para poner su vida al tablero, como hizo Cristo, y orar de día y de noche y trabajar que todos se entrañen en Cristo y Cristo en ellos. Empero no por esto piense no ha de huir los vicios de los hombres con todas sus fuerzas, y apartarse de ellos. Asi se ha de advertir siempre que de la compañía de los malos o imperfectos hubiese peligro alguno y ocasión de apartarle de la perfección, o de impedírsela, o a lo menos del fervor de las sobredichas virtudes, ha de huir de los semejantes muy lejos, como de serpientes y dragones ponzoñosos. No está tan entrañado el fuego en un carbón, que si lo echan en el agua no se entibie y enfríe; así también, por el contrario, no está tan frío que, en compañía de un montón de carbones encendidos, no se encienda. De otra suerte, a donde no corre este peligro, aunque sea de pura simplicidad, no debe notar los defectos ajenos. Y si no pudieres dejar de verlos, compadécete de ellos, como si fueran propios, y llévalos con paciencia.
     Para que te hayas perfectamente acerca de las cosas terrenas y divinas y en ellas te aproveches, advierte que las debes considerar en cuatro maneras. La primera, que así entiendas de todas las cosas como peregrino o extraño, y como si de ti muy ajenas y desviadas estuviesen. Y esto en tal grado, que tu mismo vestido esté tan apartado de tu sentido, como si estuviera en Francia o en las Indias. La segunda, en tu uso y menester huyas la abundancia como al mismo veneno, y como al mar, que zambulle y traga. La tercera, en ese propio uso tuyo procures sentir alguna falta y pobreza. Porque esa es la escalera por la cual se sube a las celestiales y eternas riquezas. La cuarta, huye la compañía, familiaridad y aparato de los ricos y poderosos; no por menosprecio, sino que más te gloríes de la compañía de los pobres y menospreciados del mundo, y del trato, vista y conversación suya y de ella te goces. Porque son expresa imagen de Cristo, y así como si fuesen reyes, con grande gozo, contentamiento y respeto te acompañes de ellos.


CAPITULO XX
Donde se ponen quince perfecciones necesarias al siervo de Dios

     Quince son las perfecciones necesarias que ha de tener cualquier persona que sirve a Dios en la vida espiritual. La primera es una clara y perfecta noticia de sus defectos y flaquezas. La segunda es grande enemistad y fervorosa contradicción contra sus malas inclinaciones y contra su propia voluntad y pasiones naturales que repugnan a la razón. La tercera es un temor grande que debe tener, por cuanto no está cierto si hasta entonces ha satisfecho bastantemente a Dios por las ofensas que le ha hecho, ni menos si tiene asentadas paces con Él. La cuarta es un grande miedo que ha de llevar siempre en sí no vuelva a caer por su flaqueza en semejantes pecados que los pasados, y aun mayores. La quinta es un fuerte rigor y áspera corrección con que ha de gobernar sus sentidos corporales y todo su cuerpo, haciendo esté sujeto y rendido al espíritu, para el servicio de Jesucristo. La sexta es huir varonilmente de cualquier persona que lo puede provocar o serle ocasión, no sólo de pecar, empero de alguna imperfección en la vida espiritual y perfecta que lleva; y esto de la manera que huyera de un demonio infernal. La octava es que conviene tener en sí la cruz de Cristo, que tiene cuatro brazos: el primero es la mortificación de los vicios; el segundo, la renunciación de todos los bienes temporales; el tercero, menosprecio de las carnales aficiones de sus padres; el cuarto, menosprecio y abominación de sí mismo.
     La nona perfección es ordinario y perpetuo acuerdo de los beneficios que hasta entonces de la mano de nuestro Señor Jesucristo ha recibido. La décima, ocuparse de día y de noche en oración. La oncena, gustar y sentir las divinas dulzuras. La docena, grande y fervoroso deseo de levantar nuestra fe santa; esto es, que sea nuestro Señor Jesucristo de todos temido, amado y conocido. La trecena es tener misericordia y piedad de sus prójimos en sus necesidades, como de sí mismo holgaría la tuviesen los demás. La catorcena es dar gracias de corazón a Dios de todo, alabando y glorificando a Jesucristo nuestro Señor. La quincena y última es que, después que haya hecho todo esto, diga: Señor, Dios mío, Jesucristo: nada soy, nada puedo, nada valgo y mal os sirvo, y en todo soy siervo inútil.


CAPITULO XXI 
Cinco ternarios en los que debe ejercitarse el varón espiritual

     Tres son las razones o partes principales de la pobreza evangélica y apostólica: ceder a todo su derecho; tomar con moderación de todas las cosas temporales; usar la pobreza y con afición habituarse en todo esto.
     Tres son las partes de la abstinencia, es a saber: destruir el amor carnal, no cuidar del sustento de su vida, no curar tener abundancia ni aun suficiencia de mantenimiento ni regalos, y usar parcamente de lo que le pusieren delante para comer.
     Tres cosas en particular habernos de huir y temer: la primera es la distracción exterior de los negocios. La segunda es la presunción interior. La tercera es la demasiada y desordenada afición de las cosas temporales y de las amistades carnales, no solamente en orden a sí, sino en orden a sus amigos o a su Orden.
     Tres cosas habernos de abrazar y ejercitarnos en ellas: la primera, el deseo del menosprecio propio y abatimiento exterior. La segunda, compasión entrañable a Jesucristo crucificado. La tercera, sufrimiento en las persecuciones y martirios por el amor de la honra del nombre de Cristo y de la vida evangélica y cristiana. Estas tres cosas se deberían pedir con expresas palabras y encendidos suspiros y sollozos del alma, cada hora del día a Dios.
     Tres cosas habemos de meditar continuamente. La primera, a Cristo encarnado, crucificado, con los demás pasos de su vida y pasión. La segunda, la vida de los apóstoles y de los frailes santos anticipados de nuestra sagrada religión de predicadores, con deseo de parecerles en sus virtudes. La tercera, el estado de los varones evangélicos, que Dios aún ha de traer a su Iglesia.
     Estas cosas has de contemplar día y noche, es a saber, el dichoso estado de los pobrecitos, simplicitos, mansos, humildes, desechados, y que con una caridad ardentísima aman a sus prójimos, y de los que ni piensan, ni hablan, ni se saborean sino de sólo Jesucristo, y éste crucificado. Que ni cuidan del mundo ni de sí mismos se acuerdan, perpetuamente están contemplando la gloria soberana de Dios y de los bienaventurados, y por ella suspiran íntimamente. Y por su amor siempre están deseando la muerte, y a imitación de San Pablo, dicen: "Deseo ser desatado y estar con Cristo". Y juntamente desean los inestimables e innumerables tesoros de las riquezas celestiales; empapándose en aquellos dulces y melifluos arroyos de deleites, suavidades y amenidades, que todos los bienes encierran y abrazan.
     Debes imaginar también a estos mismos, como cantando con alegría un cantar angélico, tañendo en las citaras de su corazón.
     Esta contemplación despertará en ti un deseo grande de ver aquellos tiempos. Causarte ha cierta luz admirable, quitando todo el nublado de duda e ignorancia, y clarísimamente verás, podrás discernir todos los defectos de aquestos tiempos, y el místico orden de las Ordenes eclesiásticas, hechas desde que empezó Cristo y quedan por salir hasta la fin del mundo. Y, finalmente, hasta la gloria del todopoderoso Jesucristo, que crucificado lo has de llevar perpetuamente en tu corazón, para que te lleve a ti a su eterna gloria. Amén.
 fin del "tratado de la vida espiritual"
San Vicente Ferrer

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