viernes, 24 de mayo de 2013

El sacrificio de la Misa (8)

TRATADO I 
VISION GENERAL
PARTE I 
LA MISA A TRAVES DE LOS SIGLOS
7.- Los libros más antiguos de la Misa romana

Las diversas clases de libros
74. Como queda indicado, lo que busquemos en los libros de la antigua liturgia romana será, ante todo, el culto solemne. Esto es lo que se desprende del carácter de tales libros, clasificados por las personas o grupos litúrgicos que intervienen en dicho culto: para uso del obispo y del sacerdote se destinaba el Líber sacramentorum o Sacramentarium, que contenia las oraciones variables y prefacios de cada fiesta y, tal vez sólo en época más reciente, también los textos no variables, o sea el canon de la misa; anteriormente éste venía escrito en una tablilla especial, a no ser que se supusiera que el celebrante lo sabía de memoria. Para las lecciones, que entonces se recitaban por dos lectores de distinta categoría, se necesitaban dos libros distintos, el Apostolus, para el lector de la epístola, y el Evangelium, para ti diácono que leía el evangelio. Además se necesitaba un libro con los textos que habla de cantar el grupo de los cantores de la Schola cantorum, cuyo oficio era acompañar con cantos antifonales las diversas procesiones de entrada, la entrega de las ofrendac y la comunión; otro libro, el Cantatorium, estaba destinado para uso del cantor que dirigía el antiquísimo canto responsorial entre las lecciones. Dada la complicación de los factores litúrgicos, tuvieron que redactarse unas reglas sobre las diversas ceremonias particulares, principalmente sobre su combinación, por lo menos de los ritos propios de sólo algunos días del año, lo mismo que del culto estacional, variando como variaban no sólo las personas, sino también las circunstancias del lugar. De este modo surgieron los Ordines, o sea los libros de rúbricas, para el uso del clérigo que debía dirigir, como maestro de ceremonias, las funciones religiosas. Estos antiguos libros litúrgicos venían a ser como el papel de cada uno de los que intervenían a modo de actores en la representación sagrada, mientras que nuestros actuales libros litúrgicos, por razones que luego veremos, se clasifican atendiendo a las diversas clases ae funciones religiosas. Así, nuestro misal comprende todo lo que es necesario para la misa; el breviario, todo lo referente al rezo de las horas canónicas del oficio divino, y el ritual, lo de la administración de los sacramentos.

El Leoniano
75. Del sacramentario romano se nos han conservado tres redacciones distintas, que representan tres proyectos sucesivos para la parte que toca al sacerdote en la misa. Es una prueba más de lo poco que se preocupaban a fines de la antigüedad cristiana de fijar definitivamente las oraciones de la misa. Estos tres sacramentarlos, a los que evidentemente precedieron colecciones más incompletas de formularlos en forma de libelli los liturgistas del siglo pasado los designaron algo arbitrariamente con los nombres de tres papas, que se suponían sus autores; tal adjudicación, según se ve cada vez con más claridad, carece en parte de fundamento. El sacramentario Leoniano, conservado en un solo manuscrito del siglo VII, es una colección de formularios ordenados según el año litúrgico y fué terminado probablemente hacía 540. Le falta, sin embargo, la parte primera desde Navidad hasta mediados de abril. Su origen romano lo delatan claramente multitud de pasajes. El recopilador parece haber recogido todo cuanto pudo alcanzar; así, para la fiesta de San Lorenzo presenta 14 misas y para la de San Pedro y San Pablo, hasta 28. Generalmente se le atribuye al leoniano un mero caracter particular, y con razón. Dificilmente se le puede considerar como un misal destinado al uso general, dad la arbitrariedad en la selección de sus formularios y el carácter notablemente personal de algunos textos. Mas aun, en la época que data este sacramentario, ni era posible un texto obligatorio para todos. Por otra parte, es muy probableque esta recopilación representase una colección de elementos liturgicos existentes hecha por mandato de las autoridades eclesiásticas. No pocos textos del Leoniano, en total 175 formulas, han pasado a nuestro misal actual; tres de ellas se encuentran en el ordinario de la misa (Aufer a nobís; Deus qui humanae substantiae; Quod ore sumpsimus).  

El Gelasiano
76. Como misal propiamente dicho se nos presenta el sacramentario Gelasiano, del que hemos de distinguir dos redacciones, una más antigua y otra más reciente. El Gelasiano antiguo o sencillamente el Gelasiano, que se ha conservado completo en un solo manuscrito de la primera mitad del siglo VIII, oriundo probablemente de la abadía de San Denis (Vat. Reg. 216), presenta los formularios distribuidos en tres libros: el primero contiene los de los dos ciclos de Navidad y Pascua; el segundo, los de las fiestas de los santos de enero a diciembre y, en un apéndice, los de adviento y sus témporas; el tercero, finalmente, ofrece una serie de misas dominicales con el canon y a continuación gran número de misas votivas para las más diversas ocasiones e intenciones. Aunque el Gelasiano esencialmente es un misal romano, su colorido local queda atenuado al prescindir de las indicaciones sobre las estaciones y al incluir un número considerable de santos no romanos; también se intercalan en él, en diversos sitios, elementos galicanos: algunas oraciones particulares y, en el canon, algunos nombres de santos. En las oraciones solemnes del Viernes Santo, la súplica para el emperador dice: Respice propitius ad Romanum sive Francorum benignus imperinm. De origen galicano es toda la parte de las órdenes menores (I, 95, 96), cuyos textos, por cierto, los copia el pontifical romano. Además de otros muchos elementos que se conservan de este sacramentarlo en nuestro misal.

Las dos redacciones del Gelasiano 
77. Los elementos romanos del sacramentario Gelasiano llegaron al imperio de los francos lo más tarde en la primera mitad del siglo VII, o como libro completo o en forma de colecciones parciales privadas. Antes, o sea en el siglo VI, debieron de utilizarse estos formularios en Roma. Aunque la paternidad literaria del papa San Gelasio I (492-496) no está muy documentada, la denominación «Gelasiano» nos indica por lo menos la época en que debió de formarse la parte principal del libro. Con el contenido del Gelasiano y con otros elementos litúrgicos incorporados de Roma, se formó hacia la primera mitad del siglo VIII, en el imperio de los francos, un nuevo modelo de misal, el Gelasiano posterior o franco, llamada también Gelasiano del siglo VIII, que se conserva en varios manuscritos. El más conocido entre ellos es la copia de San Galo, que se hizo hacia el año 800. En él han quedado fundidas de nuevo las partes variables e invariables del año litúrgico.

El Gregoriano 
78. Lo mismo ocurre con el tercer modelo de sacramentario, el Gregoriano, auténticamente romano. Los manuscritos conservados son en su mayoría francos, y, prescindiendo de algunos fragmentos, empiezan con el siglo IX. Pero, gracias a un estudio comparativo, se ha podido reconstruir el ejemplar que envió el papa Adriano I a Carlomagno en el año 785 ó 786. En otro estudio se ha reconstruido además la forma que tenía este sacramentario en tiempos del papa Honorio I (625-638) o poco más tarde. Finalmente, se ha confirmado que San Gregorio Magno es el autor de este misal. Seguramente provienen también de San Gregorio algunos textos de nuestro misal moderno (v.g. el prefacio de Navidad, la colecta de Epifania; San Gregorio debió redactar los prefacios de Pascua y de la Ascención). El libro no estaba destinado al uso del culto parroquial, sino, como misal papal, para las grandes fiestas y cultos estacionales. Esto explica que falten en él, por ejemplo, las misas de los domingos ordinarios. Pronto, sin embargo, debió de hacerse otra edición para uso de las iglesias titulares, pero de la que solo tenemos noticias indirectas. Y como en el sacramentario enviado a Carlomagno faltaban las misas dominicales, Alcuino le añadió un apéndice para satisfacer las necesidades del culto parroquial, en el que juntó con los elementos romanos otros de tradición galicana. En una ulterior evolución del sacramentario, su apéndice, más otros elementos de origen gelasiano, se mezclaron con el contenido primitivo, creando de este modo un nuevo modelo de misal romano.

Los libros para las lecciones
79. Para las lecciones litúrgicas no se usaban colecciones especiales, sino sencillamente los libros de la Sagrada Escritura hasta muy entrada la Edad Media, cuando hacía ya siglos que cada día del año tenia sus lecciones propias. Esta distribución se fijó por escrito en catálogos que señalaban para cada día su capítulo correspondiente, por lo que se llamaban «capitularios». Son las principales fuentes, sobre todo respecto de la misa, para conocer las lecciones litúrgicas. Como excepciones (hasta después de terminar el primer milenio) hemos de considerar las colecciones especiales para el culto llamadas lectionarius o comes o también, por el contenido, epistolarium, evangeliarium. El leccionario más antiguo de la Iglesia romana, con epístolas y evangelios, es el comes de Würzburgo, correspondiente al siglo VII. El orden romano de las lecciones de la misa sufrió muchos menos cambios, aun incluyendo en esta consideración sus primeros principios, conocidos por los más antiguos documentos, que las oraciones sacerdotales de los sacraméntarios. No obstante, se pueden señalar diversos estadios de evolución o tipos, debidos principalmente a los cambios del calendario. Por lo que hace a la lectura del evangelio en la Iglesia romana, gracias a los trabajos de Teodoro Klauser conocemos la distribución de las lecciones de los años 645, 740  y 755 y otra del 750, desarrollada ya en el imperio franco Esta fase final se ha conservado más o menos en el misal romano. Para la lectura de la epístola, además del comes de Würzburgo y el editado por Alcuino, tiene su importancia otro de Murbach, cuya concepción del año litúrgico corresponde al Gelasiano posterior y, junto con él, se impuso en evoluciones posteriores.

El «antiphonale»
80. Salta a la vista que, al formarse los grupos de cantores, se sintiera la necesidad de proporcionarles un libro de cantos para la Schola. Efectivamente, se encuentran fragmentos de tales libros, anteriores a la época de San Gregorio. Pero, como obra completa, sólo un libro se nos ha conservado, el Líber antiphonarius o antiphonale, que, aunque se atribuye a San Gregorio Magno, data como manuscrito, a lo más, de la época carolingia. Con todo, mediante el método comparativo, y principalmente por la exclusión de los formularios de fiestas más recientes, se ha podido reconstruir la forma que tenia el libro de cantos en la época de Honorio I (625-638). En estos primeros manuscritos no esta apuntada la melodía. Los documentos más antiguos que ofrecen cantos de la Schola en forma de neumas y que contienen también melodías, vienen del siglo X. Hasta esta fecha, la transmisión de las melodías debió de hacerse únicamente a través de la enseñanza viva. La tradición de que a San Gregorio Magno le corresponden méritos especiales en lo del canto eclesiástico, se remonta hasta la alta Edad Media. Seguramente se refieren a una reforma; pero de su importancia no se puede saber nada en concreto; claro que no sin fundamento se hablaba ya en la Edad Media del "canto gregoriano". 

El Cantatorium 
     Al lado del antifonario, que contenía únicamente los cantos antifonales de la Schola, se encuentra ya desde los primeros tiempos el cantatorio, con los textos y melodías que siguiendo costumbre antiquísima, debía cantar en el ambón uno de los cantores, con el fin de que el pueblo le contestase con breves versículos. Se trata del gradual, el aleluya y el tracto. Pocos cantatorios se nos han conservado. Como la interpretación de los cantos responsoriales pasó luego a la Schola, dividido para ello en solos y coro, su texto quedó intercalado en los antifonarios, recibiendo más tarde, de estos textos, el nombre de Gradúale.

Los «Ordines Romani»
81. Objeto principal de los Ordines Romani más antiguos es la reglamentación del culto estacional papal. Su larga serie empieza con el Ordo, que fué fijado por escrito en territorio anglosajón, un poco después del año 680, por el archicantor de San Pedro de Roma Juan, al que, a petición de un abad inglés, el papa había enviado a Inglaterra para organizar la parte de los cantos de la Iglesia anglosajona. El escrito del Archicantor no nos ha llegado en su forma primitiva sino en dos redacciones francas que poseemos por manuscritos del siglo VIII, y contienen ambas también el ordinario de la misa. A lo sumo a fines del siglo VIII se remonta el Ordo de Saint-Amand, que igualmente nos presenta un cuadro vivo del culto estacional romano. Los más conocidos son los Ordines Romani publicados por Juan Mabillonde los que el primero tiene especial importancia para nosotros. Su clara exposición del desarrollo del culto estacional, junto con los preparativos correspondientes, nos servirá más de una vez de punto de partida para nuestra explicación de la misa. Este Ordo Romanus I se ha conservado en numerosos manuscritos, algunos de los cuales presentan acomodaciones posteriores del rito y complementos amplios. La forma más antigua que de él podemos alcanzar se remonta al siglo VII.
     La existencia en los países del norte de Europa de numerosas redacciones de este Ordo demuestran a las claras el gran influjo que ejerció en siglos posteriores el culto estacional papal como modelo del culto solemne de otras regiones. Tales redacciones se presentan a veces en forma de simples descripciones de la misa papal, como, por ejemplo, el Ordo Romanus III, del siglo XI, o también en forma de rúbricas para la misa pontifical del obispo, como el Ordo Romanus II (siglo IX o X), el Ordo Romanus (siglo X), Ordo Romanus VI (siglo X). Entre estas dos interpretaciones está la del Ordo Romanus antiquus o vulgatús, que nació hacia el año 950 en un convento de Maguncia, como parte del pontifical romano-alemán.

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