martes, 28 de mayo de 2013

Reino de misericordia

De cómo Dios, dividiendo su imperio, se ha reservado la justicia y ha entregado la misericordia en las manos de su Madre.—Explicación y legitimidad de la fórmula tradicional que expresa esta especie de partición.

     I. Es, por decirlo así, un lugar común, sobre todo desde la Edad Media, el mostrar en la historia de la Reina Ester una viva y adecuada imagen del poder misericordioso de la Madre de Dios. Se recordará cómo Asuero, inducido por Amán, el enemigo mortal de los judíos, hizo publicar un edicto que condenaba a muerte al pueblo entero de Israel, establecido en sus estados. Mardoqueo, uno de los principales condenados, hizo rogar a Ester, su sobrina, que intercediera por ellos cerca del rey, con el fin de obtener la revocación de la sentencia. Y como Ester vacilara en intentar esta gestión, temiendo la cólera del terrible monarca si se presentaba ante él contra sus órdenes y sin haber sido llamada: "No creáis —le mandó a decir Mardoqueo— que podáis salvaros sola, porque estáis en la casa del rey, si perecen todos los judíos... ¿Y quién sabe si no estabais reservada para esta coyuntura cuando subisteis al trono?"
     Ahora bien; tres días después de esta paternal intimación de su tutor, Ester se presentó adornada de sus regias vestiduras en la estancia de Asuero, y cuando éste la vió en pie ante él, fué del agrado de sus ojos, y extendió hacia ella el cetro de oro que tenía en la mano. Y Ester, acercándose, besó la extremidad del cetro. Y el rey le dijo: "¿Qué queréis, reina Ester? ¿Qué deseáis? Aun cuando me pidierais la mitad de mi reino os la daría" (
Esther, IV y V). El resto de la historia es conocido: el orgullo de Amán fué humillado primero; el traidor, cogido en sus redes, sufrió el castigo de su crimen, y, finalmente, salieron correos llevando por todas las provincias del imperio cartas selladas con el anillo del rey, para revocar la sentencia de muerte promulgada contra los judíos y dar a éstos el poder sobre los enemigos de su nación.
     Santo Tomas de Aquino, en el prefacio de su Exposición de oro, sobre las epístolas canónicas, ha aplicado extensamente este relato a los hechos de la caída y separación de la especie humana por Cristo y por su Madre María. Amán es el diablo, cuya astucia ha atraído sobre Adán y su posteridad la cólera divina. Asuero es la figura de Dios, fulminando contra los culpables sentencia de muerte, y de muerte triple, a saber: la muerte corporal, la muerte espiritual, la muerte eterna. La sentencia fué consignada en el libro del Génesis y promulgada por los enviados del Rey del Cielo, que son los Profetas. Pero la bienaventurada Virgen, representada por la reina Ester, ha obtenido la revocación de esta terrible sentencia: y esto se hizo porque halló gracia a los ojos del Rey; porque el Rey extendió hacia ella su cetro de oro en el momento en que el exceso de su amor decretó la Encarnación de su Hijo; porque esta Virgen ha tocado la extremidad del cetro real cuando concibió al Hijo de Dios en sus entrañas; porque recibiendo de Dios así la mitad de su realeza, ha sido constituida Reina de la Misericordia. Ella, cuyo Hijo es Rey de la Justicia. Et sic dimidiam partem regni Dei impetravit, ut ipsa sit regina misericordiae, cuius Filius rex est iustitiae. Ahora bien : he aquí ahora a los emisarios que parten con el fin de promulgar por doquiera la buena nueva de la revocación de la sentencia. Son los Apóstoles, provistos de la autoridad de Jesucristo, el Rey de los reyes. Llevan en sus manos las cartas de perdón, que son las Epístolas y el Evangelio; y hasta el fin de los siglos anunciarán a todos la buena nueva, o personalmente por sí mismos, o por medio de sus sucesores en el sacerdocio y en el sagrado ministerio.
     Muchos testimonios lo atestiguan, y los puntos de semejanza son tan manifiestos y numerosos que los escritores y los exégetas devotos de María no han vacilado en reconocerla en la libertadora del pueblo judío, como en una de sus imágenes más perfectas. Ya hemos señalado esta semejanza al hablar de la hermosura de la Madre de Dios. ¿Cuánto más se acentúa cuando se medita en el mensaje de Mardoqueo a la reina Ester? ¿Acaso no es cierto que la Santísima Virgen hubiera perecido, Ella también, con el resto de la familia humana, si, por su fiat, no hubiese atraído la clemencia del Rey de los siglos sobre la tierra maldita? ¿No es de Ella de quien puede decirse con toda verdad que no ha sido exaltada al trono, llegando a ser Madre de Dios, sino para salvarnos a todos de la terrible condenación lanzada contra los hombres y para derrocar el imperio del demonio, simbolizado en Amán? No nos sorprendamos, pues, de ver a los antiguos escritores penetrados de estas ideas, celebrar en María a la Reina a quien el Rey universal ha confiado la mitad de su reino.
     Y, ¿cuál es esta mitad? He aprendido estas dos cosas, cantaba David: que el poder pertenece a Dios y que Vos estáis, ¡oh, Señor!, lleno de misericordia (
Psalm. LXI, 12). Aquí es el poder lo que constituye la primera parte de la realeza divina; en otra parte, y casi en todas, es la justicia; mas siempre y por doquier la misericordia constituye la segunda (Psalm., LXXXIV, 11, y XXIV, 10).
     Y no porque haya obras que no pertenezcan más que a la justicia, y oíras que sólo dependan de la misericordia; ambas se encuentran unidas en todas las obras de Dios, sino porque las unas se atribuyen especialmente a la justicia, y las otras a la misericordia; porque la misericordia resplandece con más viveza en éstas y la justicia en aquéllas. Siempre, por lo demás, el primer puesto pertenece a la misericordia (
S. Thom., 1, p„ q. 21, a. 4).
     Ahora bien; esta mitad de su imperio, esta parte principal de su realeza, Dios la ha cedido a María. "Hoy —dice Gerson—, la Virgen es glorificada hasta llevar el título de Reina del cielo; más aún de Reina del mundo, con la preeminencia sobre los hombres y la influencia que corresponden a este tíulo. Reina Ella sobre la mitad del reino de Dios, si es permitido hablar así, conforme con los tipos de Ester y de Asuero; porque la realeza de Dios descansa sobre el poder y sobre la misericordia... Ahora bien; el Señor, reservándose el poder, ha entregado, en cierta manera, las funciones de la misericordia a la Madre de Dios, a la Esposa que reina al lado de Cristo" (
Tract. IV super Magníficat. Opp., t. IV, p. 286).
     Hacia la misma época, un teólogo, que fue también un liturgista distinguido, Gabriel Biel, desarrollando la invocación que sigue inmediatamente al Padrenuestro, en el cánon de la misa, escribía: "Nos dirigimos primero (para conseguir la paz) a la dichosísima Virgen, Reina de los cielos, a quien el Rey de los reyes, nuestro Padre Celestial, ha dado la mitad de su reino. Lo cual había sido figurado en la Antigua Alianza, cuando la reina Ester, acercándose a Asuero, para sosegar su cólera, oyó que le decía: "Aun cuando me pidieras la mitad de mi reino, te sería concedida." Así el Padre celestial, poseyendo la misericordia y la justicia, como los dos principales ornamentos de su realeza, ha guardado para sí la segunda y concedido la primera, es decir, la misericordia, a la Virgen, su Madre" (
C. Canonis Missae expositio, lect. 8 de Excrescentia orat. domn.).     También por el mismo tiempo, Dionisio el Cartujano enunciaba una idea parecida: "¿Cómo es —se preguntaba— la dignísima Virgen, la Madre del Amor hermoso, la Madre del temor y de la ciencia verdadera y de la santa esperanza? ¿Será porque de todo eso es causa eficiente y principal? Seguramente que no. Es más bien porque es su causa instrumental y secundaria; porque con sus méritos y oraciones nos consigue de Dios estos bienes. ¿No os, acaso, la abogada del género humano, reina de la piedad, aquella a quien decimos que Dios ha entregado el reinado de la misericordia?" (In fest. Concept. Enarr. in epist. "Ego quasi vitís fructífera." Opp., t VI (Colon., 1542), fol. 14, in verso).     Un contemporáneo de los anteriores, el franciscano Bernardino de Busti, empleaba un lenguaje análogo, dando a sus ideas, sin embargo, como es su costumbre con demasiada frecuencia, un giro paradójico, que perjudica a las tesis, por otra parte, fundadas en la verdad, de las que se constiuye ardiente campeón.
     Pretende, pues, "que es permitido el apelar a la bienaventurada Virgen, si uno se cree agraviado en demasía por la justicia de Dios." "Esto, dice, es lo que ha sido prefigurado en el capítulo V de Ester... Esta reina representaba a la Emperatriz del cielo, con la que Dios ha compartido su Imperio. Poseyendo la justicia y la misericordia, Él se ha reservado el ejercicio de la primera; en cuanto al de la segunda, ha hecho cesión de él a su madre. Si, pues, alguno teme comparecer ante el tribunal de Dios, que apele al fuero misericordioso de María" (
Bernardo de Bustis, Serm. .1 de Nominat Marine, 4? excellentia nomin. vira, quae dicitur Imperialis).
     Hemos visto ya a Santo Tomás confirmar esta aplicación del texto de Ester, en su prefacio de la Exposición de las Epístolas canónicas. Se la cita también como perteneciente a su maestro Alberto el Magno. Creemos que es una equivocación, porque el tratado de las Alabanzas de la Bienaventurada María, que la desarrolla con bastante extensión, es obra de otro autor eclesiástico, Ricardo de San Lorenzo, como ya lo hemos indicado en otra parte.
     De Laudibus B. Mariae, 1. VI, c. 13, n. 2, c. 20. Opp. Alberti M., p. 201 Sin embargo, el bienaventurado Alberto ha dicho algo parecido en sus Cuestiones sobre el Missus est. "La Virgen —dice— es llamada en la Iglesia, no sólo Madre, sino también Reyna de Misericordia. Ahora bien; estos dos títulos no son sinonimos. Una es la noción de madre, otra la de reina. Por consiguiente, también la razón por la que se llama a María Reina de Misericordia no es absolutamente la misma por la que se la llama Madre de Misericordia. Me parece que se la llama Reina de Misericordia, porque el reinado de la misericordia ha tomado de ella su origen; porque el poder que lo rige ha tenido en ella su principio (en una palabra, porque ella es, en cierta manera, su fundadora). Efectivamente, existo el reino de la justicia, en el cual cada uno recibe lo que ha merecido en su cuerpo: hay el reino de la misericordia, en el que no se recibe según sus obras, y en el cual reina la misericordia perdonando los pecados, remitiendo las penas, multiplicando los bienes, difiriendo los males. El poder que gobierna al primero es el del Rey de la Gloria y de la Justicia, es decir, el de la Santísima Trinidad; el origen del segundo, el primer poder que lo dirige es el de la bienaventurada Virgen; porque ella es, ¡oh Dios mío!, la que nos ha dado vuestra misericordia en medio de vuestro templo, quiero decir, Jesucristo, por quien han sido hechas la misericordia y la verdad; Jesucristo, que reina propiamente hoy sobre aquellos a quienes ha rescatado con su sangre, regenerado con su muerte, y a los cuales va configurando a su imagen hasta el día en que consumadas todas las cosas, entregará su Reino a Dios, su Padre" (Albert. M., Super Missus est, q. 76. 1. XX, p. 65).
     El autor del gran Salterio de la bienaventurada Virgen, inserto entre las obras de San Buenaventura, tenía, él también, la misma imagen ante sus ojos, cuando modificaba el primer versículo del Salmo LXXI para aplicárselo a María: "¡Oh, Dios!, dad juicio al Rey y misericordia a la Reina, su madre" (Psalter, Maius B. M. V.. Psalm. LXXI, 1. Opp. t. XIV, p. 209).
     Finalmente, San Alfonso de Ligorio, siguiendo a los demás, ha celebrado como ellos este misterioso reparto, simbolizado en la historia de Ester, que hace de María la Reina y la Madre de la misericordia. 
     Glorias de María, p. I. "La Salve Regina", c. I, I. El santo confirma su doctrina con un texto que atribuye erróneamente a San Bernardo: "Es que por ella ha sido abierto el abismo de la misericordia divina a quien quiere cuando quiere y como quiere..."  
     Citemos también una oración del piadoso Idiota, en que la idea fundamental de este capítulo está expuesta con toda nitidez: "¡Oh, Reina del cielo y de la tierra!, el reino de Dios está como dividido en dos partes: misericordia y justicia. Vuestro Hijo, Jesús bendito, se ha reservado en cierto modo la justicia, como una mitad de su reino; a Vos, Virgen piadosísima, ha concedido la misericordia, como la otra mitad. Y por eso este Hijo bendito lleva el nombre de Sol de Justicia, y Vos el de Reina de misericordia. Ahora bien; este reparto fué prefigurado en el ofrecimiento que Asuero hizo a la reina Ester de la mitad de su reino. Porque esto es lo que el verdadero Asuero, es decir, Jesucristo, ha hecho con mayor eficacia con respecto a Vos.
     "Aunque su reino esté formado tanto de misericordia como de justicia antes de Vos, sin embargo, clementísima Virgen María, el ejercicio de ambas no estaba tan bien compartido que la mitad perteneciese a la misericordia y la otra a la justicia. La severidad de ésta ganaba a la benignidad de aquélla. Ahora, Virgen dulcísima, habría un reparto igual y exacto en este reino, si la justicia se dejara sentir al par de la misericordia. Mas, porque así lo exige nuestra flaqueza y porque conviene a la liberalidad divina y a la vuestra el ir en sus dones más allá de las peticiones, vuestro glorioso Hijo concede, en consideración a vuestras santísimas oraciones, que la misericordia sobrepuje al juicio. En cuanto a mí, Reina de bondad y misericordia, me considero indigno de este reino, y tengo motivos para temer que caiga, al fin, bajo el imperio de la justicia. Si pues, vuestra parte de realeza, es decir, la misericordia, no viene en mi apoyo, la justicia reinará sobre mí y será, vista la enormidad de mis crímenes, no para salvación mía, sino para mi condenación" (
Raym. Jordán., Contempl. de B. M. V., p. XIV, contempl. 10, n. 1 y sigs.).

     II. No ignoramos que esta idea del reparto de la realeza divina ha parecido singular a varios críticos, y que la han tachado de exageración escandalosa y aun impía. ¿Puede, acaso, Dios desprenderse de sus esenciales prerrogativas para, con ellas, enriquecer a una criatura?
     No, por cierto; no podría Dios abdicar de su misericordia. ¿De dónde manaría esta misericordia sobre el corazón de las criaturas, si su manantial originario se agotase? Equivaldría a decir que es posible que Dios ceda sus perfecciones y su ser a las obras salidas de sus manos. No, repetimos; la misericordia de María no puede superar a la de Dios, porque es una gota en comparación del inmenso océano que en él existe. Nada es más extraño a las ideas que se le atribuyen, que el pensamiento de los piadosos autores que nos hablan de este reparto. Lo que quieren decir y lo que creemos con ellos, es que de las dos clases de obras en que resplandecen las perfecciones divinas, obras de justicia y obras de misericordia, Dios se ha reservado para sí mismo las primeras y quiere hacer las otras principalmente por ministerio de María. Por eso su venida al mundo coincide con una magnífica demostración de misericordia, y esta es, sin contradicción, una prueba que nos da Dios de su propia misericordia, lejos de ser su resignación en manos de alguna criatura.
     ¿Trátase de castigar a los hombres y de ejecutar justos rigores contra los culpables? Jamás veréis que el azote lo empuñe la mano de María.
     Un hecho, cantado por loa griegos en sus Meneas, parecería estar en contradicción con esta afirmación general. Se encuentra su relato en el 15 de agosto, festividad de la Dormición de la Madre de Dios. He aquí en los términos en que se narra este hecho, según San Sabas. Dicen las Meneas: "Los príncipes de Israel, irritados de los prodigios que acompañaban a la traslación de los despojos mortales de María, impulsaron a algunos insensatos de la plebe a derrocar ignominiosamente la litera en que yacía ese cuerpo, en otro tiempo origen de la Vida. La venganza divina impidió la perpetración del atentado. Todos aquellos desgraciados fueron repentinamente atacados de ceguera. Uno de ellos, más rabioso que los demás había puesto ya sus manos sobre el sagrado depósito. Asidas por un brazo invisible, una y otra quedaron allí sujetas: espectáculo terrorífico para los testigos del crimen y del castigo divino. Mas apenas el culpable, iluminado por tan manifiesto castigo, hubo abrazado la fe de Jesucristo, cuando los manos se desprendieron por sí mismas y volvieron a su natural condición. Y los demás también fueron a su vez curados por un favor instantáneo de la Virgen, cuando, al recibir la verdadera doctrina, aplicaron a sus ojos sin luz la franja del manto que cubría el féretro." (Men., 15 aug. Cf. Pietas Maiana Grace, p. I, n. 483.) San Juan Damasceno cuenta el mismo episodio en su segunda homilía sobre el Sueño de la bienaventurada Madre de Dios, n. 13, P. G-, XCIV, 740. La verdad de esta leyenda, sacada de los Apócrifos, es cosa muy dudosa. Mas sea lo que fuere de su antenticidad al menos tiene el mérito de arrojar luz sobre esta gran verdad. Todas las vías de María son de misericordia, puesto que aun los castigos de los cuales su poder es instrumento, si por acaso tuvo parte en el castigo de que aquí se habla, van encaminadoo a la enmienda de los culpables y concluyen con el perdón más maternal. 
     Su papel es nulo en el terreno de la justicia, porque Ella está diputada para otras funciones. Nos engañamos: se verá que interviene de continuo aun en los castigos; pero será para calmar la cólera divina, para apartar los golpes, o bien para hacerlos redundar en favor de los que los soportan. En cuanto a las obras de misericordia, estará en ellas tan mezclada, que siempre y por doquier su influencia será preponderante. En obras semejantes obrará como reina, no sólo porque ninguna otra criatura de Dios tendrá en ellas una participación igual a la suya, sino también, y sobre todo, porque Dios no sabrá rehusar nada a su oración. Ciertamente que tendrá que rogar, mas a causa del decreto divino que la ha consagrado reina en el dominio de la misericordia, su oración, y, de consiguiente, su poder, no tendrá límites. Y de este modo es como nos hallamos de nuevo con la fórmula que nos muestra en Ella a la Omnipotencia suplicante; pero Omnipotencia en la esfera de la misericordia y para el bien de los miserables, que somos nosotros, todos, los hijos de Adán pecador.
     Por consiguiente, para terminar, es calumniar ignominiosamente a los servidores de María el suponer, como lo hace un escritor jansenista del siglo XVII, que la Santísima Virgen tenga necesidad de darles este consejo: "No digáis que Jesucristo es un Juez severo, y yo la Madre de la Misericordia; que Él se ha reservado la justicia y que me ha otorgado la dispensación de la misericordia. Dios es un ser simplicísimo e indivisible; no tengo misericordia si no viene de Él, y tanta cuanto le plazca otorgarme; Él es el manantial de todas las gracias y de todas las misericordias, y nadie las sabrá agotar" (
Avisos saludables de la bienaventurada Virgen a sus devotos indiscretos (libelo anónimo y venenoso, del cual hablaremos más adelante), § 3, n. 7).
     Es calumniarlos, decimos, y doblemente: primero, porque ninguno de ellos ha pretendido arrebatar a Jesucristo el más hermoso y más caro de sus atributos, el de la misericordia, ni aun el negarle su ejercicio para transferir su atributo y sus funciones a sola la Madre de Dios, porque ninguno de ellos ha pensado jamás que la misericordia de la Virgen y las gracias que nos alcanza puedan brotar de otra fuente que del Padre de las misericordias y de su Cristo. Además, y sobre todo, porque se supone que tienen la absurda idea de que Dios sea un ser compuesto de partes distintas y de tal modo separables, que se pueda desprender una para hacerla pasar de la esencia divina a la naturaleza creada de la Madre de Dios. Ni aun el autor de los Avisos saludables tiene en esto el privilegio de la invención, si algún privilegio resultara de combatir a la bienaventurada Virgen en los panegeristas de sus glorias. Efectivamente, ha sido de las obras del protestante Drelincourt de las que ha ido a tomar acusaciones tan mentirosas (
Drelincourt, Del honor de la Virgen, c. 3; Réplica al obispo de Belley, sect. 7 et 42. Cf. Apología de los devotos de la Virgen, sobre el libelo intitulado Avisos saludables, etc. páginas 219 y sigs. (Bruselas, 1675).     Además, el autor ,bajo el pretexto especioso de defender la misericordia del Hijo contra los que celebran la misericordia de la Madre, cae en dos errores con respecto al primero: porque parece suponer que Jesucristo, por una parte, no es un Juez Justo, aun cuando sea nuestro Salvador, y, por otra, que es una misma cosa para Dios el comunicar sus perfecciones y perderlas, como si no fuera propio de la bondad infinita el hacer participar a las criaturas de sus riquezas, sin aminorarse ni empobrecerse al compartirlas con ellas, y, para hablar en especial del atributo en cuestión, como si no fuera una demostración de la inmensidad de su misericordia el que interponga entre su justicia y nosotros a su Madre y la nuestra, una Madre diputada únicamente para ser el órgano universal de sus misericordias.

J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

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