miércoles, 29 de mayo de 2013

De la extirpación de los vicios

TITULO XI.
DEL CELO POR EL BIEN DE LAS ALMAS Y DE LA CARIDAD CRISTIANA
Capítulo I.
De la extirpación de los vicios

747. Todos los ministros de Dios empleen todas sus fuerzas en la extirpación de los vicios, con prudentes y asiduas exhortaciones y oportunas correcciones, teniendo presente la terrible admonición del Espíritu Santo a los directores de las almas: Si cuando yo digo al impío: impío, tu morirás de mala muerte, no hablares al impío para que se aparte de su mala vida, morirá el impío por su iniquidad, pero a tí te pediré cuenta de su sangre. (Ezeq. XXXIII, 8). Por tanto, el párroco principalmente, el predicador y el confesor, con toda paciencia, procuren atraer a los extraviados al sendero de la virtud, amonestando a cada uno con diversa clase de exhortaciones, según su categoría y circunstancias, es decir, sabiendo de antemano lo que dicen, y a quién, cuándo y cómo lo dicen.

748. Lloramos la perdición de muchos, que desviándose del recto sendero, y arrebatados por diversos errores, se vuelven esclavos de la concupiscencia de la carne, de la concupiscencia de los ojos y de la soberbia de la vida, que reinan en el mundo. Pero sobre todo, detestamos ese espíritu de desobediencia, que, difundido hoy por todas partes, bajo la apariencia de libertad e independencia, ni respeta ley, ni obedece a autoridad alguna, ni se sujeta a nadie, y quiere únicamente servir a sí propio, es decir a la naturaleza corrompida. Hay que deplorar ese abandono de la religión, causa principal de la ruina espiritual en los individuos, de las revoluciones y desórdenes en la sociedad. Procúrese, pues, con todo ahinco, que ese desenfrenado deseo de goces temporales y de independencia, ese indiferentismo y abandono en materia de religión, que como peste mortífera, y con el mentido nombre de civilización y progreso, ha invadido muchos Estados, se destierre de nuestras Repúblicas. Es triste ver a tantos hombres, tan olvidados de los principales deberes de la religión, que lo único que les importa es atesorar riquezas y amontonarlas sin medida, nadar en comodidades y lujo, y buscar tan sólo los deleites de los sentidos.

749. De aquí provienen tantos fraudes y latrocinios, y otros muchos horrendos crímenes contra la justicia, cuya remisión es imposible; salvo que a la penitencia interior se añada la restitución efectiva, ó por lo menos en deseo. De aquí en especial, el crimen de la usura, que ha contaminado a muchos aun de aquellos que quieren tener fama de honrados y respetables ciudadanos, y que condena cada página de los Libros Santos. Con la Santa Madre Iglesia, declaramos sujetos a la restitución de los intereses mal adquiridos, tanto a los reos de semejante crimen, como a sus herederos.

750. Nada, pues, puede recibirse en un préstamo, por razón del préstamo mismo, además del capital. A nadie puede ocultarse la obligación que, en muchos casos, nos incumbe, de socorrer al prójimo con un préstamo sencillo sin interés alguno, puesto que Jesucristo nuestro Señor nos dice: No vuelvas el rostro al que te pide prestado (Mat. V, 42). Si el que presta, con ello deja de ganar, o se le sigue algún perjuicio, o corre riesgo de perder el capital, o tiene que sufrir grandes dilaciones y trabajos para recobrar el capital, puede exigir la compensación de todo esto, con tal que real y verdaderamente concurra alguno de estos títulos, y no exija más que lo que éste demanda (Cfr. Synod. Dioec. Ostien. et Velitern. an. 1892, p. 4. art. 12).

751. No hay que inquietar a los que perciben el interés del capital permitido por la ley civil, mientras la Santa Sede no dé una resolución definitiva, a sujetarse a la cual deben estar dispuestos, como varias veces lo han declarado el Santo Oficio y la Sagrada Penitenciaría. Con toda seguridad de conciencia pueden adquirirse bonos o acciones de ferrocarriles ú otras compañías análogas, o del tesoro Público, siempre que conste que no se proponen ningún fin ilícito o de otra manera sospechoso (Ibid). Para los casos particulares, ténganse presentes los decretos de la Santa Sede, y las sentencias de autores aprobados.

752. Aunque en nuestros días hay tantos modos de colocar el dínero con seguridad y ganancia, que casi no puede darse el caso de que esté el dinero inútil, y no pueda tomarse en consideración el lucro cesante o el daño emergente, con todo, el pecado de la usura de ninguna manera se ha desterrado de nuestra sociedad. Por el contrario, tenemos que lamentar el hecho de que por todas partes merodea y se ensaña, ya ahorcando a los pobres y verdaderamente necesitados, ya haciendo que unos pocos, con la injusticia y el fraude acumulen enormes ganancias (Ibid). Para arrancar de cuajo semejantes males, es de desearse que los buenos católicos, previo el consejo del Obispo y con los recursos oportunos, funden Montes de piedad, con sus reglamentos escritos; pero en esto tienen los Obispos que proceder con suma prudencia, no vayan a ser víctimas de especuladores sin conciencia, y a gravarse con deudas, los directores y administradores de tales establecimientos.

753. La insaciable sed de placeres y riquezas, ha engendrado los abusos gravísimos que se notan en el juego inmoderado, del cual ha dicho con justicia San Isidoro: «De esta diversión nunca se alejan el fraude, la mentira y el perjurio; vienen luego los odios, y la ruina de las fortunas» (Etymolog. 18 c. 68) ¡A cuántos infelices de todas clases de la sociedad, vemos perder en el juego, en un momento, su hacienda entera, sumergir a sus familias en la miseria, y engolfarse en toda clase de crímenes!

754. La sana razón condena el vicio de la embriaguez, como que ésta ahoga a aquella, rebaja al hombre de su estado moral y lo relega a la condición de los brutos animales. La condena la religión, que nos enseña que el hombre fué formado a la imagen de Dios. La condenan sus tristes consecuencias, a saber, la miseria, la vejez prematura, la muerte, y, lo que es atroz, una eternidad desgraciada, pues está escrito: No os forjéis ilusiones... tampoco los ebrios poseerán el reino de los cielos (3 Cor. VI, 10). Por tanto, encarecemos en el Señor a los Párrocos, que no sólo con la palabra alejen a los fieles de este vicio, sino que con oportunos remedios, recurriendo aun al brazo secular, por medio de los Obispos, si estos lo juzgaren conveniente, induzcan eficazmente a los ebrios a reformar su conducta; y que fomenten además con todas sus fuerzas, los nobles y útiles esfuerzos de los hombres de buena voluntad, para la extirpación de este pésimo vicio.

755-  La lujuria llamada por San Buenaventura el comercio más productivo del diablo, debe evitarse con todo ahinco y desterrarse de nuestro pueblos con celo apostólico. Los Libros Santos están llenos de ejemplos de castigos divinos, para apartar a los hombres de este horrible vicio, tales como la destrucción de Sodoma y las ciudades vecinas; el suplicio de los Israelitas que prevaricaron con las hijas de Moab en el desierto, y la destrucción de los Benjamitas. Los que escapan a una muerte prematura, sufren a menudo dolores y tormentos atroces. Les viene tal obcecación del entendimiento, y éste es el castigo más grave, que ya no tienen en cuenta ni su dignidad, ni su fama, ni a sus hijos, ni su vida; y de esta suerte se vuelven tan perversos é inútiles, que ya nada serio se les puede encargar, y quedan inhábiles para toda clase de empleos (Catech. Rom. de VI praec. Decalogi, n. 10). Infelices en vida son los impúdicos; pero más infelices después de la muerte, malditos por toda la eternidad y entregados a los tormentos eternos del infierno. La fornicación y toda clase de inmundicia ni siquiera se nombre entre vosotros (Eph. V, 8). Ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los muelles poseerán el reino de Dios (1 Cor. VI, 9, 10).

756. Deplorable y digna de vituperio como es la plaga de la fornicación, tan extendida por todas partes, lo es más todavía la asquerosa peste del concubinato que, introduciéndose ya en público, ya en privado, lo mismo en las grandes ciudades que en las aldeas, precipita a no pocos hombres de todas clases de la sociedad en la eterna perdición. Infaustísima tiene que ser la educación religiosa y la moralidad de la prole nacida de tan malhadadas uniones. ¡Causa verdadero miedo y terror plaga tan atroz, destructora a la par de toda religiosidad, y de toda honestidad y verdadera civilización! Lo más triste de la situación de los concubinarios, es que, revolcándose en el cieno de la deshonestidad, es dificilísimo que se conviertan de corazón; porque siendo piedra de escándalo y causa de muchos escándalos, tienen que vencer grandes dificultades para satisfacer a Dios, a los hombres y a la Iglesia. Por tanto, los pastores de las almas, con entrañas de misericordia, busquen estas ovejas descarriadas y llévenlas al redil de Cristo: no los aterrorice dificultad de ningún género. pongan en Dios su confianza, y no desesperen de la salvación de ningún pecador, sino antes bien, inflamados de ardentísimo celo, despleguen gran solicitud por la conversión de todos los pecadores. Asi, pues, previo el consejo del propio Obispo, allanen el camino de la conversión, y siempre que con un legitimo matrimonio puedan quitar de en medio el escándalo, renuncien de buena gana a las ganancias y derechos temporales, para ganar aquellas almas para Dios y legitimar la prole, conforme a las reglas establecidas por autores aprobados.

757. No deben mostrar menor solicitud los párrocos y confesores por la conversión de los adúlteros, siendo, como es, digna de altísima lástima su suerte temporal y eterna. De ellos dice el Concilio Tridentino: «Es grave pecado que los solteros tengan concubinas; pero es mucho más grave, y envuelve singular desprecio hacia el gran sacramento del matrimonio, el que también los casados vivan en este estado de reprobación, y aun se atrevan a veces a llevarlas al hogar doméstico, y mantenerlas juntamente con sus esposas» (Sess. 24, cap. 8).

758. Reprobamos el abandono de los padres que, concediendo a sus hijos absoluta libertad en el trato con personas de diverso sexo, no escudan bastante su pureza contra los peligros que la rodean, no evitan los tempranos amoríos, y no robustecen ni fomentan en sus corazones el amor a la castidad. Por la misma causa, declaramos dignos de igual reprobación a los promotores y fautores de los bailes infantiles, y gravísimamente encarecemos en el Señor a los padres, que no expongan a sus hijos a tamaños peligros, aunque para buscar disculpas en los pecados, se aduzcan no pocos pretextos, con apariencias de honestidad. De igual manera, reprobamos el intolerable abuso de frecuentar los baños públicos sin guardar la debida modestia, ó en lugares donde no hay la debida separación entre personas de diverso sexo; y cargamos gravemente la conciencia de todos los que están obligados a impedir tan peligrosa corruptela, contraria a la circunspección cristiana y aun a la modestia natural, y sin embargo no sólo no lo impiden sino que lo permiten.

759. Condenamos terminantemente las conversaciones torpes, las figuras y los escritos, los bailes y espectáculos deshonestos, poco honestos ó peligrosos; y declaramos que se desvían del camino de la salvación, los padres que, bien sea con su mal ejemplo, bien sea con su negligencia en reprender a sus hijos, ó en apartarlos eficazmente de estos peligros, se vuelven cómplices y fautores de tamañas iniquidades.

760. El abandono de los deberes religiosos, y la corrupción de costumbres, multiplican los suicidios, los duelos y los homicidios. Los suicidas, cayendo en los lazos del demonio, hacen grave injuria a Dios, autor y dueño de nuestra vida, se exponen a manifiesto é inmediato peligro de la eterna condenación; a sus parientes y amigos causan profunda pena, al prójimo dan pernicioso ejemplo, y manchan su propio, nombre y su memoria con sello de indeleble baldón.

761. No es muy desemejante la condición de los duelistas, antes bien los cubre mayor infamia. Por tanto, execramos y condenamos el detestable abuso de los duelos, condenado a la par por la ley natural y la divina, introducido en la república Cristiana a impulsos del diablo, por bárbaras y supersticiosas naciones, con gran detrimento de los cuerpos y de las almas (Bened. XIV, Const. Detestabilem. 10 Nov. 1752); y advertimos a los fieles, que incurren en excomunión reservada al Romano Pontífice, «los que combaten en desafío, ó simplemente retan, ó lo acceptan, y los cómplices de cualquier modo que fueren, y los que les prestan auxilio y favor comoquiera que sea, y los que de propósito presencian el duelo, ó lo permiten, ó no lo estorban en cuanto esté de su parte, cualquiera que sea su dignidad, aun regia ó imperial» (Pius IX Const. Apostolicae Sedis. 12 Octob. 1869)

762. El horrendo crimen del homicidio, que suele ser efecto de muchos vicios, ofende gravisimamente a Dios, viola en alto grado los derechos de Dios y del Estado, é infiere al hombre la mayor injuria que en lo temporal puede hacérsele, causando también no raras veces la irreparable pérdida del alma.

ACTAS Y DECRETOS DEL CONCILIO PLENARIO DE AMERICA LATINA DE 1898

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