jueves, 23 de mayo de 2013

LA VIDA DEL HOMBRE. SU DEBER DE CONSERVARLA (1)

     El Autor de toda vida nos ha concedido el don de la misma y nos ha hecho custodios y administradores de ella.
     Nuestras obligaciones al respecto están estereotipadas en lo preceptuado por la ley natural en su doble aspecto de negativa y positiva: los deberes que se derivan de la Ley Natural negativa prohiben los actos moralmente malos, perjudiciales para el cuerpo (v.g. el suicidio); a la Ley Natural afirmativa corresponde la determinación de los actos moralmente buenos, necesarios para conservarla (tomar el alimento necesario).
 
     Ley Natural negativa.-Esta es absoluta. Obliga en todos los instantes de nuestra vida y no admite derogación ni dispensa. La razón de esta rigidez es que dicha ley se refiere a acciones sustancialmente malas (v.g. la blasfemia), o malas por las circunstancias especiales (el robo); y todo acto inmoral nunca puede ser ejecutado, aunque sea para evitar cualquier otro mal. Así, hemos visto que ninguna razón—ni la agudeza del dolor, ni la falta de esperanza en un caso determinado, ni los grandes gastos ocasionados — puede justificar al médico o enfermera, que siguen procedimientos dirigidos directamente a la destrucción de la vida del enfermo.

     Ley Natural afirmativa.—Esta clase de ley se refiere a los actos buenos que hay que poner en práctica. Se dice que es menos rígida que la Ley Natural negativa en un doble sentido; en primer lugar, su obligación no es constante, sino de cuando en cuando: así, por ejemplo, nuestro deber de orar, de tomar alimento, de socorrer al prójimo, de servir a la patria; además, admite una relajación, o mejor, cesa de obligar cuando el cumplimiento del acto bueno preceptuado traería consigo grave incomodidad. La explicación de este principio es lo que nos interesa de momento.
     Aun sin hacerse cargo de que este principio es lo que los justifica, el pueblo piensa que no está obligado a poner por obra un «acto bueno» ordenado por la ley positiva divina, por la ley eclesiástica o por la ley civil, si dicho cumplimiento implica una incomodidad grave. Así, por ejemplo, el que está gravemente enfermo no abandona el lecho para asistir a la Misa en día festivo; el trabajador ocupado en trabajos pesados, no se siente obligado a cumplir el riguroso ayuno cuaresmal; el conductor, que lleva a toda prisa la víctima de un accidente al hospital, no se considera obligado a guardar todas las señales de tráfico. En estos casos y mil otros parecidos, la razón le dice al hombre que la observancia de la ley sería algo completamente irracional.
     Conviene tener bien en cuenta los fines diversos de la Ley Natural, según que sea negativa o positiva. Podemos decir que la primera tiende a que evitemos lo que puede perjudicar espiritualmente a nuestra naturaleza; la segunda, en cambio, se propone, mediante los actos buenos preceptuados, nuestra perfección espiritual.
     La Ley Natural afirmativa puede ser cumplida de ordinario sin mayor incomodidad. Evidentemente siempre encontraremos alguna inconveniencia en el cumplimiento de nuestras obligaciones, pero los esfuerzos requeridos comúnmente no son una carga insoportable. Las personas de conciencia se someten con docilidad al cumplimiento de sus deberes, y así lo espera con toda razón el legislador.

Medios ordinarios y extraordinarios en la conservación de la vida.

     Evidentemente, podemos dejar sentado como un principio: el hombre está obligado a poner de su parte todos los medios ordinarios para conservar su vida. De momento, podemos clasificar como medios ordinarios todos aquellos que en su aplicación no implican graves inconvenientes. Por el contrario, si el uso de tales o cuales medios entrañase graves dificultades, deberían ser clasificados como extraordinarios, y de ordinario no habría obligación moral de ponerlos en práctica.
     Como sucede a menudo en Etica, este principio es claro en la teoría, pero de no fácil aplicación, a veces, en la práctica. Podría darse, por ejemplo, que dos personas estuviesen de acuerdo en que deben ser adoptados todos los medios ordinarios, y, sin embargo, discrepar acerca de si tal o cual tratamiento especifico pudiera significar una incomodidad racional o irracional para el enfermo.
     Ya desde ahora, se debe notar que a menudo el médico y el moralista no emplean en el mismo sentido los términos «ordinario» y «extraordinario». Desde el punto de vista del médico, «medios ordinarios para la conservación de la vida son medicinas standard, reconocidas, verdaderas, procedimientos usuales en un tiempo determinado, según el nivel a que se encuentra la práctica médica y dentro de los límites de la eficacia reconocida. Por medios extraordinarios entendería aquellas medicinas o tratamientos que podrán ser fantásticos, raros, de experimento, ajenos a la práctica usual, no reconocidos» (J. A. M., volumen 151, núm. 9, p. 713).
     "El moralista entiende por medios ordinarios, no sólo el alimento, bebida y descanso normales, sino también—desde el punto de vista del hospital—las medicinas, tratamientos y operaciones de las que se espera racionalmente un beneficio para el paciente, y que pueden ser obtenidas sin grandes gastos, dolores u otras inconveniencias por el estilo. Medios extraordinarios son considerados las medicinas, tratamientos u operaciones que no pueden ser conseguidos sin grandes gastos, dolores o incomodidades parecidas, ya sea por parte del enfermo o de otras personas, o también medios que no ofrecen esperanza razonable de provecho para el enfermo» (G. Kelly, S. J. Medico-Moral Problems vol. 6, p. 11).
     Los grandes progresos de la ciencia médica ponen casi a diario en manos de los médicos y cirujanos alguna nueva medicina o técnica operatoria dirigida a la conservación de la vida humana. En la medida en que estos descubrimientos ofrecen una esperanza al enfermo que sufre, el médico se inclina por su uso en beneficio del paciente. De ahí que siempre que la ciencia médica da esperanzas de salvación a una vida, raramente el médico se detiene a considerar las dificultades que pueden implicar, a pesar de todas las dificultades. En cambio, cuando, en casos excepcionales, los hombres de ciencia opinan que una vida no ofrece esperanzas de salvación—niños nacidos gravemente deformados, personas muy ancianas, locos u otros enfermos incurables—difícilmente se deciden a utilizar remedios, aun considerados de eficacia para prolongarla.
     Por consiguiente, es necesario acentuar que aquellos medios, calificados por los moralistas como ordinarios para la conservación de la vida, obligan moralmente al hombre. Por esta razón, el Código para los hospitales católicos determina que «la falta en el proporcionar los medios ordinarios para la conservación de la vida, equivale a la eutanasia».
     En cambio, si se trata de medios «extraordinarios» (según el significado que le atribuye el moralista), de ordinario no hay obligación por parte del paciente de recurrir a ellos.
Ténganse en cuenta dos excepciones a esta regla general:
   1) El enfermo que no se encuentra espiritualmente preparado para morir, estaría obligado a hacer todo lo posible para conservar su vida hasta que se haya preparado convenientemente. Por consiguiente, si no bastasen los medios ordinarios para la prolongación de la vida necesaria para este fin, tendría que echar mano de los extraordinarios hasta hallarse preparado espiritualmente.
   2) El enfermo, cuya existencia es vital para el bien común, se encuentra en el mismo caso mientras exista tal necesidad de su persona. Así, por ejemplo, en tiempos de crisis nacional, la muerte de un gran político o de un caudillo militar puede repercutir trágicamente en el bienestar de la nación: podría sobrevenir un caos, y las riendas del Gobierno caer en manos de personas incompetentes. Por otra parte, la conservación de tales vidas puede ser necesaria para que el pueblo tenga la confianza debida y la dirección imprescindible en la solución de sus problemas.
     Como hemos insinuado arriba, los increíbles avances de la Medicina presentan innumerables medios artificiales para la conservación de la vida. Vivimos en tiempos en que los hombres usan piernas, brazos, manos y ríñones artificiales, válvulas y arterias de plástico en el corazón, trasplante de persona a persona de córneas y de huesos, corazones y pulmones mecánicos durante las operaciones, transfusiones de sangre hasta el punto de infundir a una persona la cantidad total de su sangre, cámaras y máscaras de oxígeno para facilitar la respiración, alimentación intravenosa para asegurar la nutrición y otras operaciones de gran técnica para sobreponerse a las grandes desgracias, a las que el hombre se halla constantemente expuesto.
     No es, pues, de extrañar que el médico y los enfermos de conciencia se hallen a veces frente a la duda al querer determinar el grado de obligación moral en la aplicación de los medios necesarios para conservar la vida humana.
     Debido a la dificultad que entrañan algunos casos particulares, analizaremos los problemas siguientes:

    A) Alimentación intravenosa.
     Con mucha frecuencia y en una infinidad de casos, la praxis médica usa la alimentación intravenosa. Evidentemente, el médico la considera como un medio ordinario para la conservación de la vida, y en hospitales dotados de condiciones normales se lleva a cabo sin dificultades mayores. Por esto, se puede considerar la alimentación intravenosa, en el caso de pacientes típicamente hospitalizados, como un medio ordinario y, por consiguiente, como procedimiento moralmente obligatorio.
     En el caso precedente nos referimos, como es de suponer, a un medio temporal para que el enfermo pueda superar un período crítico. Si se tratase de un esfuerzo por sustentar continuamente la vida de esta manera, seguramente la alimentación intravenosa podría llegar a significar una incomodidad grave. De igual manera, la alimentación intravenosa seria un medio extraordinario en lugares carentes de hospitales o de personas no entrenadas en la práctica del tratamiento.
     En relación con la alimentación intravenosa en los así llamados «casos desesperados», el análisis de un par de casos típicos nos ayudarán a tener ideas claras en esta materia.
     Un caso interesante nos lo presenta el Padre J. V. Sullivan, en el Catholic Teaching on the Morality and Euthanasia (p. 72). El problema es el siguiente:
     «Un enfermo de cáncer se encuentra con agudísimos dolores, y su tipo presenta el caso que los médicos denominan «tolerancia» de toda medicina, de tal manera que, aun grandes dosis, sólo consiguen dar al enfermo un breve alivio del dolor que de continuo le aqueja. El médico que le asiste, sabe que dicho enfermo se va muriendo poco a poco, pero, a causa del buen estado del corazón, es posible que su agonía se continúe durante algunas semanas. El doctor se da cuenta de que hay un medio de poner fin a los dolores; bastará no suministrarle más alimentación intravenosa y el paciente, con toda seguridad, dejará de vivir. Lo hace así, y, antes del día siguiente, el enfermo, realmente, ha muerto.»
     En la solución del problema, el Padre Sullivan es de parecer que en la determinación de si un medio en concreto es ordinario o extraordinario debe influir, al menos parcialmente, el estado en que se encuentre el enfermo. El concluye que, tratándose de un enfermo de cáncer sin esperanza de curación y con agudísimos sufrimientos, la alimentación intravenosa es un medio extraordinario y, por tanto, no obligatorio para prolongar la vida.
     En la apreciación de un caso parecido, presentado en la Homiletic and Pastoral Review (aug., 1949, p. 904), el Padre Joseph P. Donovan, C. M., mantuvo un punto de vista opuesto. Insistió en que el recurso a la alimentación intravenosa no supone una imposibilidad física o moral y que, por consiguiente, este medio de nutrición ha de considerarse como ordinaria; su interrupción sería equivalente a un asesinato piadoso.
     El Padre Gerald Kelly, S. J., ha presentado el análisis del caso antes citado en Theological Studies (junio, 1950, p. 218). Después de afirmar que el uso de la alimentación intravenosa, aun en el caso en cuestión, es un medio ordinario para conservar la vida, continúa:
     «Según mi parecer, la mera prolongación de la vida en las circunstancias del caso es relativamente inútil, y no veo razón sólida para decir que el enfermo está obligado a proporcionársela. Pero, ¿desea el enfermo la alimentación intravenosa? Teóricamente hablando, si es consciente y en calma, debería serle permitido contestar personalmente a la pregunta; en la práctica, yo no le interrogaria, sino que sería de presumir, a menos que protestase contra ella. Si es consciente, pero continuamente torturado por el dolor, hasta el extremo de no serle éste de beneficio alguno, sus allegados y los médicos pueden presumir racionalmente que no desea la alimentación intravenosa. Supuesta esta presunción, los parientes pueden lícitamente solicitar la interrupción de la alimentación intravenosa y los médicos pueden acceder a la petición o tomar por sí mismos la iniciativa, a no ser que sus normas profesionales lo impidan. Creo que en el campo de la especulación, el análisis hecho es válido. Sin embargo, yo, francamente, dudaría en dar una respuesta práctica permitiendo al médico la interrupción de la alimentación intravenosa como medio para poner un fin a los sufrimientos. Temo que el cese abrupto de nutrición de un enfermo consciente pueda parecer como una especie de «eutanasia católica» a aquellos que no son capaces de apreciar la sutil distinción que existe entre omitir un medio ordinario y omitir un medio ordinario inútil. Además, la ciencia está descubriendo nuevos métodos de combatir el dolor; y el uso de cualquiera de ellos podría estar más en consonancia con el ideal de su profesión. Es duro apremiar la consecución de este ideal a costa de la imposición de una carga intolerable para los enfermos o sus parientes; sin embargo, el bien común exige gran prudencia cuando se trata de la salvaguarda del ideal. Antes de dar una respuesta práctica en un caso concreto, me gustaría discutir estos puntos, no sólo en general, sino atendidas las circunstancias del caso.»
     Personalmente, en la valoración del problema, yo distinguiría entre el caso considerado teóricamente y referido a la praxis médica actual.
     De acuerdo con el Padre Sullivan, yo diría que la alimentación intravenosa, para ir sosteniendo la vida de este enfermo, es un medio extraordinario. Me fundo en que se trata de un medio artificial e inútil para la consecución de un resultado benéfico y permanente. Difícilmente puede llamarse un resultado «benéfico» la prolongación de la agonía durante unas pocas semanas; y si no hay esperanza fundada de un «resultado benéfico», según nuestra definición del principio, el medio debe ser considerado como extraordinario. Por consiguiente, en teoría, si se tratase de un caso verdaderamente «sin esperanzas», si un juicio médico fundado asegura que la alimentación intravenosa posiblemente no puede evitar la aparición de una muerte próxima, sería moralmente lícito interrumpirla. Incidentalmente, las mismas consideraciones me convencen de que los responsables de una casa de enfermos incurables de cáncer quedarían justificados en la práctica ordinaria de no usar medios artificiales para prolongar la vida (cámaras de oxígeno y alimentación intravenosa) en caso verdaderamente «sin esperanza».
     Sin embargo, en la praxis médica actual, yo sería muy opuesto a toda interrupción de la alimentación intravenosa en el caso arriba citado. El hecho de que esta forma de alimentación ha estado ya en uso en estos casos, obliga a un enfoque diferente del problema. En primer lugar, el peligro de escándalo sería realísimo; los miembros de la familia, que saben que la persona amada puede sobrevivir todavía unas semanas y que presencian la interrupción de la alimentación, seguida al día siguiente de la muerte, con toda seguridad creerían que el paciente ha sido muerto deliberadamente para evitarle ulteriores sufrimientos. Segundo, los médicos que recibieran permiso, quizá del capellán del hospital, para actuar de esta manera en este caso determinado, pueden no darse cuenta de las sutiles distinciones morales que implica la aplicación de la doctrina moral, y se exponen a llevarlo a la práctica por cuenta propia en otros muchos casos, en los que la conservación de la vida les pareciese inútil. Tercero, fundamentalmente es el enfermo quien tiene derecho a decidir el continuar con medios inútiles y extraordinarios que han de prolongar sus intensos sufrimientos. Ciertamente sería temerario proponerle la cuestión, dado su estado actual, y bien pudiera ser igualmente temerario para los otros tomar la decisión en lugar del enfermo. ¿Quién sino Dios conoce lo que pasa por la mente de tales enfermos? ¿Quién sino Dios conoce el beneficio espiritual que los sufrimientos pueden proporcionar al paciente, teniendo en cuenta sus intenciones anteriores al momento en que esos sufrimientos han alcanzado tal intensidad, pero en un tiempo en que fueron previstos en toda su cruda realidad? Finalmente, ¿quién desea asumir la responsabilidad de actuar como si el paciente se encontrase espiritualmente preparado para la muerte? Si la opinión del médico es que el enfermo ha de vivir todavía durante algunas semanas, bien pudiera ser que dicho enfermo piense en recobrar realmente la salud. En este caso, el haber recibido los últimos Sacramentos, puede no garantizar el haberlos recibido bien.
     Un caso distinto es el de aquella persona que se encuentra, finalmente, en el estado que los médicos califican de coma terminal. Si el paciente no ha tenido tiempo de prepararse espiritualmente para la muerte, es evidente que se deba continuar con la alimentación intravenosa, esperando y rogando a Dios que vuelva en sí al menos el tiempo suficiente para ponerse en paz con Él. Pero si estuviere preparado para la muerte y no hubiese una esperanza razonable de recobrar la conciencia, parecería moralmente lícito cesar en la alimentación intravenosa. He aquí las palabras del Padre Gerald Kelly, que, en este caso, van aún más allá:
     «Varias veces he sido interrogado acerca de si medios, tales como el oxígeno y la alimentación intravenosa, deben ser usados para prolongar la vida del paciente, preparado ya para la muerte y en estado de coma terminal. En mi opinión las circunstancias del caso evidencian que el no uso de tales medios no equivale a un asesinato piadoso; no veo razón alguna para que, aun el más delicado profesional, haya de optar por su uso. Me parece que, aparte especiales circunstancias, los medios artificiales no sólo no son necesarios, sino que ni deben ser usados una vez que el coma ha sido diagnosticado razonablemente como terminal. El uso de tales medios ocasiona gastos y tensiones nerviosas, sin proporcionar realmente ningún beneficio. Téngase siempre en cuenta que al médico toca decidir cuándo el coma es terminal» (Theological Studies, june, 1950, 219-220).

      B) Medicinas para prolongar la vida.
     Muchas medicinas pueden ser utilizadas con un mínimo de incomodidad o de gasto, y algunas evitan lo que pudiera significar un grave peligro para la vida. Así, las personas aquejadas de angina de pecho usan a menudo, y con resultado, durante años, pastillas de nitroglicerina. De igual manera, una simple inyección de adrenalina ha salvado innumerables vidas. Las investigaciones médicas dan a conocer cada día nuevos tipos de esta clase de medicinas. Su uso, en su mayor parte, no implica gastos excesivos o daños notables; de ahí que el recurrir a ellas parecería una obligación moral bien determinada.
     En cambio, si el uso de estas medicinas no se traduce en una prolongación de la vida, al menos durante un período de tiempo razonable, no parece exista la obligación de tomarlas.
     Un caso presentado en el capítulo anterior para la discusión, ilustrará este punto:
     «Un paciente está muriendo con grandes dolores. La muerte es cierta e inevitable. Una medicina estimulante puede prolongarle la vida durante una o dos horas. Familiares del enfermo dicen al doctor y a la enfermera que ha sufrido ya bastante y le piden se abstenga de suministrársela.»
     Mi solución personal en el Reference Manual for Medical Ethics (p. 25) fué que, en este caso, si el enfermo tiene arregladas sus cuentas con Dios y recibidos los últimos sacramentos, el uso de esa medicina no es obligatoria; en primer lugar, porque, dadas las circunstancias, puede ser considerada como un medio extraordinario; y segundo, porque nadie está obligado a una incomodidad tan grave para prolongar la vida por tan breve tiempo.
     El Padre Gerald Kelly, S. J., está de acuerdo con esta opinión, pero prefiere basar la conclusión en este razonamiento: el uso de la medicina es un medio ordinario, pero no obligatorio, por ser inútil (Theological Studies, june, 1950, pp. 210, 218).
     Radicalmente creo no exista desacuerdo en esto, si no es en la terminología. Como afirmaba el Padre Sullivan, lo que puede ser un medio ordinario para una persona, puede ser para otra extraordinario, debido a las circunstancias especiales de cada caso. Por esta razón, en otro lugar de este capítulo he conceptuado la amputación de un brazo o de una pierna como medio ordinario para unas personas y extraordinario y no obligatorio para otras. En otras palabras: yo simplemente diría que el recurrir a la medicina estimulante en el caso citado, precisamente por ser completamente inútil, es extraordinario. (Recuérdense las definiciones dadas arriba.) Es decir, la gravedad de la incomodidad que lleva consigo la prolongación de la vida excede con mucho la medida de la obligación de prolongarla solamente durante una o dos horas.

C) Transfusiones de sangre.
     No hay duda que las transfusiones de sangre, tal como se llevan a cabo en los modernos hospitales, son consideradas por todos los médicos y por casi todos los moralistas como medio ordinario para la conservación de la vida. Evidentemente no lo sería donde no hubiese hospitales o facilidades para ello, así como también si se careciese de personas competentes para hacerla. De la misma manera, pudiera suceder que el tipo de sangre requerido en una transfusión sólo pudiera ser obtenido con grande incomodidad o con graves expensas.
     En el Linacre Quartely (feb., 1955), el Padre John C. Ford, S. J., ha estudiado la siguiente cuestión, que no carece de interés: ¿Es la transfusión de sangre un medio ordinario para una persona que está firmemente convencida, desde el punto de vista religioso, de que tal transfusión es una ofensa grave contra la ley de Dios? Este problema moral se origina, naturalmente, por el hecho de que los miembros de la secta llamada «Testigos de Jehovah» rehusan, por lo común, someterse a la transfusión de sangre, aun cuando una sólida opinión médica la juzgue absolutamente necesaria para la conservación de la vida.
     Después de haber expuesto el Padre Ford que los moralistas acostumbran a tener en cuenta el elemento subjetivo, cuando se trata de decidir si un medio es ordinario o extraordinario en un caso determinado, llega a lo que él llama conclusión de tanteo:
     «Tratándose de un «Testigo de Jehovah», firmemente convencido de que una transfusión de sangre es una ofensa de Dios, nos enfrentamos con que su conciencia le prohibe en absoluto usar este procedimiento. Dado el estado erróneo de su entendimiento, este tal cometería un pecado mortal al someterse a una transfusión. En este caso no veo dificultad en admitir que para él la transfusión sería un medio extraordinario de conservar la vida. No me parece contradictorio admitir, por una parte, un estado erróneo de su mente, considerado el aspecto objetivo, que a la vez constituya una excusa objetiva en cuanto a la obligación moral que actualmente liga su conciencia. La consecuencia en este caso es obvia: cuando el enfermo no está moralmente obligado objetivamente a hacer uso de un tratamiento y lo rehusa en el momento actual, el doctor no tiene la obligación de proporcionárselo; tampoco las autoridades del hospital se verían sometidas a esta obligación.»

D) Inyecciones.
     Gran parte de las medicinas producidas y usadas por la moderna ciencia médica son más eficaces suministradas por inyección. Es también un hecho el que muchas personas, incapaces de tomarlas por vía bucal, no tengan dificultad ninguna en recibirlas por inyección. Efectivamente, aun fuera de los hospitales, los enfermos de hoy están acostumbrados a inyecciones de penicilina, de vitaminas, de sedantes, estimulantes, insulina y en general de toda clase de medicinas. En una palabra: parece evidente que el recurso a las inyecciones de medicinas, necesarias para la conservación de la vida, es un medio ordinario y, por tanto, moralmente obligatorio.
     Un caso muy interesante al propósito ha sido presentado por algunos escritores. Se trata de un enfermo afectado a la vez de cáncer y de diabetes. El uso de la insulina no sana, naturalmente, la diabetes, pero reduce sus efectos hasta el punto de hacer posible al enfermo una vida casi normal. Sin embargo, en este caso, la circunstancia cancerosa e incurable deja al enfermo un margen de unos meses de intenso sufrimiento con la perspectiva de una muerte cierta. Se pregunta: ¿Puede el enfermo suspender las inyecciones de insulina y permitir que sobrevenga la muerte, evitándose así esos meses de intenso sufrimiento a causa del cáncer?
     La respuesta es negativa; supuesto que la insulina deba clasificarse entre los medios ordinarios y, por consiguiente, moralmente obligatorios, no sería lícito interrumpir las inyecciones en el caso citado.

E) El uso del oxígeno.
     En la praxis médica actual, el oxígeno es usado comúnmente en cámaras, máscaras y pulmones de acero para ayuda de los pacientes en períodos críticos de algunas enfermedades. Hoy en día se ha hecho tan corriente su uso, que los hospitales modernos tienen instalaciones para llevar el oxígeno a las habitaciones de los enfermos. La facilidad para obtenerlo, el alivio notable que supone para muchos enfermos, la facilidad con que les hace superar periodos que de otra manera serían críticos en extremo, el coste módico del oxígeno, todos estos factores nos obligan a considerar su uso como ordinario y moralmente obligatorio para conservar la vida.
     Suponemos, naturalmente, que el uso del oxígeno es un medio temporal para superar la crisis del paciente; si se tratase de un medio permanente y continuo, sería un medio extraordinario y no obligatorio. A este respecto, no podemos menos de recordar con admiración el caso de Fred Snite, recientemente fallecido, que vivió la mayor parte de su vida adulta en un pulmón de acero. En este caso, aunque el recurso a esta medida extraordinaria no era obligatorio, sin embargo ha sido muy laudable y muy provechosa para el bien de muchas personas.
     Por consiguiente, el uso del oxígeno en los primeros días de un niño prematuro, o para asistir a una persona en un ataque al corazón o en la superación de una crisis de neumonía, debe ser considerada como una medida ordinaria y obligatoria.
     Por el contrario, si el tratamiento no da esperanzas de suceso satisfactorio—el caso de enfermo de cáncer incurable, cuyos pulmones están siendo invadidos rápidamente—, creo que el uso del oxígeno es una medida extraordinaria y no obligatoria para el enfermo o para los responsables de su salud. Lo único que interesa en estas circunstancias es si el enfermo está o no preparado espiritualmente para morir; en caso negativo, se han de poner todos los medios al alcance para hacer posible esta oportunidad.

F) Pío XII y la «reanimación».
     Ultimamente, ya esta obra en prensa, el doctor Bruno Haid, jefe de la sección de Anestesia de la Clínica Quirúrgica Universitaria de Innsbruck, ha sometido al Santo Padre tres cuestiones de moral médica relacionadas con lo que se conoce por «reanimación».
     Se designa así en Medicina la técnica susceptible de remediar ciertos incidentes que amenazan gravemente la vida humana, y en particular las asfixias.
     Los problemas que se plantean en la práctica moderna de la reanimación, pueden formularse en tres preguntas:
     1. ¿Se tiene el derecho o hasta la obligación de utilizar los aparatos modernos de respiración artificial en todos los casos, aun en aquellos que, a juicio del médico, se consideran como completamente desesperados?
     2. ¿Se tiene el derecho o la obligación de retirar el aparato respiratorio cuando, después de varios días, el estado de inconsciencia profunda no mejora, mientras que, si se prescinde de él, la circulación se detendrá en algunos minutos?
     ¿Qué es preciso hacer en este caso si la familia del paciente, que ha recibido los últimos sacramentos, impulsa al médico a retirar el aparato?
     3. Un paciente que cae en la inconsciencia por parálisis central, pero en el cual la vida—es decir, la circulación sanguínea—se mantiene gracias a la respiración artificial y sin que sobrevenga ninguna mejora después de varios días, ¿debe ser considerado como muerto de facto, o también de iure?
     ¿No es preciso esperar para considerarle como muerto a que la circulación sanguínea se detenga, a pesar de la respiración artificial?
     La respuesta dada a estas cuestiones fué como sigue:
     «En los casos ordinarios se concederá que el anestesiólogo tiene el derecho de obrar así, pero no tiene obligación de ello, a menos que sea el único medio de dar satisfacción a otro deber moral cierto, ya que los derechos y los deberes del médico son correlativos a los del paciente. El médico, en efecto, no tiene, con respecto al paciente, derecho separado o independiente; en general, no puede obrar más que si el paciente le autoriza explícita o implícitamente (directa o indirectamente). La técnica de reanimación que aquí se trata no contiene en sí nada de inmoral, ya que el paciente—si es capaz de decisión personal—podría utilizarla lícitamente, y, por consecuencia, dar la autorización al médico. Por otra parte, como estas formas de tratamiento sobrepasan los medios ordinarios a los que se está obligado a recurrir, no se puede sostener que sea obligatorio emplearlos, y, en consecuencia, dar la autorización al médico.
     Los derechos y los deberes de la familia, en general, dependen de la voluntad, que se presume, del paciente inconsciente, si él es mayor y sui iuris.
     En cuanto al deber propio e independiente de la familia, no obliga habitualmente más que al empleo de medios ordinarios. Por consiguiente, si parece que la tentativa de reanimación constituye en realidad para la familia una carga que en conciencia no se le puede imponer, ella puede lícitamente insistir para que el médico interrumpa sus tentativas, y este último puede lícitamente acceder a ello. En este caso, no hay disposición directa de la vida del paciente, ni eutanasia, que no sería lícita nunca; aun cuando lleve consigo el cese de la circulación sanguínea, la interrupción de las tentativas de reanimación no es nunca más que indirectamente causa de la paralización de la vida, y es preciso aplicar en este caso el principio de doble efecto y el de voluntario in causa».
     «Así, Nos hemos contestado ya en esencia a la segunda cuestión: «¿Puede el médico retirar el aparato respiratorio antes que se produzca la paralización definitiva de la circulación?»
     Si no se le ha administrado la extremaunción, se debe prolongar la respiración hasta que se pueda llevar a cabo.»
     A la tercera cuestión:
     «La muerte, ¿se muestra ya después del traumatismo craneano, que ha provocado la inconsciencia profunda y la parálisis respiratoria central, cuyas consecuencias, inmediatamente mortales, hayan podido, sin embargo, ser retardadas por medio de la respiración artificial, o se produce, según la opinión actual de los médicos, solamente después de la paralización definitiva de la circulación, a pesar de la prolongada respiración artificial?
     En lo que se refiere a la comprobación del hecho en los casos particulares, la respuesta no se puede deducir de ningún principio religioso y moral, y bajo este aspecto no pertenece a la competencia de la Iglesia. Mientras tanto, queda en pie. Si bien consideraciones de orden general permiten creer que la vida humana continúa tanto tiempo como sus funciones vitales—a diferencia de la simple vida de los órganos—se manifiesten espontáneamente, o aun mediante la ayuda de procedimientos artificiales. Un buen número de casos son objeto de una duda insoluble y deben ser tratados según las presunciones de derecho y de hecho de que Nos hemos hablado.» (Discurso a los miembros del Instituto Italiano de Genética Gregorio Mendel, 24 de noviembre de 1957.)

Charles J. Mc Fadden (Agustino)
ETICA Y MEDICINA

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