lunes, 6 de mayo de 2013

El Sacrificio de la Misa (6)

TRATADO I 
VISION GENERAL
 PARTE I 
LA MISA A TRAVES DE LOS SIGLOS
5. La misa latina en la antigüedad cristiana
Penumbra esclarecida de pocas citas
53. La primera cristiandad latina de Occidente se nos presenta en el norte de Africa, a fines del siglo II, en una época en que en Roma predominaba aún la lengua griega. Mientras de este período griego poseemos, por San Justino y San Hipólito, valiosas explicaciones de la misa romana, la historia de la misa latina en Roma, y generalmente en Occidente, que arranca de aquel tiempo, queda hasta el siglo VI en la penumbra de unas pocas citas, iluminada sólo por la débil luz que resulta del cotejo de documentos posteriores. En consonancia con el cuadro multicolor de las liturgias orientales, encontramos también en Occidente diversidad de liturgias y, ante todo, distintas formas de la misa; con la diferencia, sin embargo, de que, como en Occidente el latín era la única lengua culta, ésta prevaleció también como única lengua litúrgica. Otra característica fundamental de todas las liturgias occidentales frente a las de Oriente es el cambio de los textos de sus oraciones, o al menos de algunas fórmulas, según el año litúrgico (Baumstark -Vom geschichtlichen Werden, 93 s.- menciona como excepción más notable, por lo que se refiere al Oriente, los restos de una liturgia especial de Pascua. Son de origen egipcio y han sido editados por H. Hyvernat. Las lecciones y los cantos se sujetan en Oriente siempre al cambio del año litúrgico). En adelante, además de la romana, trataremos también de las otras liturgias occidentales, pero solamente en cuanto sea necesario para la ulterior exposición del tema. Las liturgias occidentales se dividen claramente en dos familias: la romano-africana y la galicana En ambas áreas, conforme a las condiciones de la primera época, seguramente tuvo que haber muchas variantes locales, si es que podemos suponer en general formas fijas. De la misa africana no se nos ha conservado ningún texto completo, pero datos sueltos llegados a nosotros (E. Dekkers, Tertullianus en de geschiedenis der liturgie (Bruselas 1947); W Roetzer, Des hl. Augustinus Schriften ais Liturgie-geschichtliche Quelle (Munich 1930); F. Cabrol, Afrique (Liturgie): DACL 1, 591-657) nos permiten concluir que en muchos puntos coincidia con la romana. En la órbita de la liturgia galicana suelen distinguirse cuatro formas principales: la galicana en sentido estricto, la celta, la española antigua o mozárabe y la milanesa o ambrosiana.

Liturgia milanesa
54. La liturgia milanesa, que todavía se conserva en la archidiócesis de Milán, se cruzó muy pronto con formas de la liturgia romana, sobre todo por lo que se refiere a la misa, donde tuvo acogida el canon romano. Con todo, se han conservado numerosas particularidades de los usos prerromanos, e incluso las formas adoptadas del rito romano representan a veces un estado de evolución más antiguo que en la actual misa romana (P. Lejay, Ambrosienne (Liturgie): DACL 1, 1373-1442; P. Borella, La messa ambrosiana; Righetti, Manuale, III, 508-568). 

Liturgia mozárabe
55. También se conserva en la actualidad la antigua liturgia española, o mozárabe (Mozárabe, voz árabe «moctáreb», arabizado -Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, s. v. «mozárabe»-), aunque solamente en una capilla de la catedral de Toledo, a la que por el año 1500 reservó este privilegio el gran cardenal Jiménez de Cisneros. El misal que en ella se usa, llamado Missale mixtum, y que Cisneros mandó componer a base de los manuscritos de que entonces se disponía, presenta en algunos puntos influjo romano (Missale mixtum con las notas de A. Lesley, S. I. (1775) (Migne, PL 85). No obstante, este misal mozárabe, en su edición del año 1804 patrocinada por el cardenal Lorenzana, se llama Missale Gothicum. Véase más abajo el n. 57 con la nota 9.—N. del T.). Posteriormente, a la vista de manuscritos más antiguos, se ha conseguido restablecer la misa mozárabe en una forma más pura, tal como se celebraba antes de la invasión árabe (711) (M. Férotin. Le Liber mozarabicus sacramentorum (París 1912) Id., Le Liber ordinum. París 1904).

Liturgia celta
56. Celta se llama aquella liturgia latina, practicada por los pueblos celtas del noroeste de Europa, sobre todo de Irlanda y Escocia, cuyos representantes principales fueron los monjes Iro-escoceses, que en sus peregrinaciones recorrían todas las tierras del continente. Los documentos litúrgicos que se han conservado (L. Gougaud, Celtiques (Liturgies): DACL 2, 2969-3032. Para la misa: el misal de Stowe, de principios del siglo IX. También el misal de Bobbio se cuenta muchas veces en los célticos), reflejan bien el carácter de este monaquisino ambulante. Es una liturgia compuesta de elementos heterogéneos, tomados de modelos galicanos, romanos, mozárabes y hasta orientales, agrupados sobre todo en la misa, de tal modo que sólo en un sentido amplio se puede hablar de una nueva liturgia autónoma.

Fuentes de la liturgia galicana
57. En cambio, la liturgia galicana, usada en el Imperio franco del principio de la Edad Media, se nos presenta como un conjunto independiente y bien caracterizado (H. Leclerq, Gallicane (Liturgie): DACL 6, 473-593). Aunque desaparecida en el siglo VIII, conocemos bastante bien la liturgia de su misa. Entre los documentos que nos han llegado, merece destacarse el llamado "Missale Gothícum" (E. o. Muratori, II, 517-658; también Miene, PL 72, 225-318. Una edición en reproducción facsímil, procurada por C. Mohlberg apareció el 1929 en Augsburgo), compuesto a fines del siglo VII, verdadero sacramentario, cuyo lugar de origen parece ser el monasterio Gregorienmünster, en Alsacia (G. Morin, Sur la provenance du «Missale Gothicum»: «Revue d'Hist. Eccl.», 37 (1941) 24-30). También conservamos documentos sobre la distribución de las pericopes (Sobre todo, el leccionario de Luxeuil, s. VII. ed. por J. Mabillon (PL 72, 171-216). Cf. P. Radó, Das alteste Schriftlesungssystem der altgallikanischen Liturgie: «Eph. Liturg.», 45 (1931) 9-25. 100-115) a las que han de sumarse numerosos datos aislados, conservados sobre todo en Gregorio de Tours (+ 594), más la Expositio missae del siglo VII, atribuida a San Germán de París (Expositio antiquae liturgiae gallicanae Germano Parisiensi ascripta. ed. J. Quasten en «Opuscula et Textus», ser. lit., 3 (Munster 1934); también Migne, PL 72, 89-98. La razón que obliga a fijar como siglo de su origen el VII, está en su dependencia de San Isidoro de Sevilla, De ecelesiasticis officiis (hacia 620); véase Qcasten, 5s.). 

Sus características
58. En todos estos documentos se nos presenta claramente un mismo tipo de liturgia, bien definido por dos particularidades en las oraciones sacerdotales de la misa. La primera es que no forman una oración seguida, ni siquiera en 1a misa sacrifical, como la anáfora en Oriente, sino que se componen, dentro y fuera de la oración solemne, de una serie de oraciones particulares; la otra, que está sometida al cambio del año litúrgico toda la serie de las oraciones, incluso de la misa sacrifical, y no solamente trozos aislados, como en la liturgia romana. A cada fiesta del Señor y de los santos corresponde ordinariamente su propio formulario completo, 1a que no quiere decir que no existen formularlos aplicables a cualquier época, como lo prueban los ejemplos de las misas coleccionadas por Mone (F. J. Mone, Lateinische und griechische Messen aus dem 2-6 Jahrhundert (Frankfurt 1850): Migne, PL 138, 863-882. n Duchesne. Origines, 93-99. i5 Duchesne, 33ss 95s.).

El problema de su origen
     Un problema que hasta hoy no ha encontrado solución es el origen de este tipo de liturgia. ¿Cómo pudo formarse en la Europa occidental una liturgia tan extendida sin que la metrópoli romana, cuya hegemonía universalmente era reconocida, formase su centro? Más aún, sin que existiera ni siquiera otro centro. Recordemos lo que vimos en Oriente, donde encontramos tres centros. L. Duchesne ha propuesto una solución sorprendente (Origines, 93-99) afirmando que Milán fué este centro. Milán fué en el siglo IV la residencia de los emperadores. Su Iglesia extendió posteriormente su influjo hasta España (33ss 95s). Si pudiéramos suponer que uno de sus obispós, venidos de Oriente, por ejemplo, Auxencio de Capadocia (355-374), hubiera formado esta liturgia, se explicaria fácilmente su parecido en algunos puntos con los ritos orientales, especialmente de Antioquia, tan característico para las liturgias galicanas y que tanto las distingue de la romana. Tales puntos de contacto son la procesión de las ofrendas después de la antemisa, el ósculo de paz en el ofertorio y la epíclesis. Pero en esta hipótesis habríamos de suponer que en el mismo Milán sobrevino muy poco después, o sea en tiempo de San Ambrosio, un cambio radical, pues el canon de San Ambrosio es ya el romano (La solución en el sentido indicado la defiende G. Morin (Dépuis quand un canon fixe a Milán?: «Revue Bénéd.», 51. 1939, 101-108). La opinión defendida por otros de que esta liturgia galicana se extendió al principio por todo el Occidente, incluso Roma, donde muy pronto fue abandonada, tiene en contra de sí el hecho de que sus características fundamentales representan, dentro de la evolución general, un estado relativamente tardío, imposible por su complejidad y riqueza antes del siglo IV.     Duchesne, 93s. La tesis mencionada ha sido defendida por F. Probst (Die abendlandische Messe vom 5. bis zum 8. Jahrhundert [Münster 1896. 264-268). También por F. Cabrol en sus publicaciones anteriores; cf., sin embargo, F. Cabrol, La messe en Occident (París 1932) espec. p. 37 166ss, donde Cabrol ya no dice que Roma dejó el modelo de la liturgia galicana, sino que existía una misa occidental común que aun no conocía las actuales características romanas. Considerando que el rito galicano coincide, por lo que se refiere a su extensión territorial y su época, con la dominación de los godos (y longobardos), también se puede pensar en que ellos, junto con su arrianismo, trajeron del Oriente los gérmenes del rito galicano, de modo que éste resultaría de la combinación de tales gérmenes con el rito primitivo existente en estas provincias romanas.—(N. del T.)  

Decadencia
     El florecimiento de la liturgia galicana no duró mucho. La ausencia de un centro ordenador y, lógicamente, la multiplicidad de sus formas tuvo en el imperio de los francos como consecuencia el que se cansasen de su propia liturgia y empezasen en el siglo VIII a substituirla por la romana. En las islas Británicas, la preponderancia del elemento anglosajón, misionado por Roma desde los tiempos de San Gregorio Magno, trajo consigo la adopción de la misa romana, mientras que en España el rito mozárabe se mantuvo todavía varios siglos, hasta que al principio de la reconquista fué substituido por el romano a impulsos de la reforma cluniacense. Como fechas se dan el año 1071 para el reino de Aragón y 1079 para Castilla. A fin de asegurar la ejecución de los decretos sobre la adopción del rito romano, Alfonso VI de León y Castilla llamó a algunos monjes cluniacenses y los instaló como obispos en sedes españolas, así, por ejemplo, en Toledo, recién conquistado. 
     Comparando ambos hechos históricos, se llega a la conclusión de que la introducción del rito romano forma parte de la gran obra de reforma eclesiástica y litúrgica llevada a cabo por los monjes de Cluny durante un espacio de tiempo de más de cien años. Después de imponer en Roma la transformación franco-alemana del rito antiguo romano, medio siglo más tarde la implantaron también en España, donde su introducción se presentó en la forma de una unificación litúrgica, porque el rito mozárabe, lo mismo que el galicano, por el año 750, cuando fué substituido por el rito romano, variaba mucho de ciudad en ciudad. (N. del T.) 

Desarrollo de las misas galicana y mozárabe
59. A continuación damos un breve resumen de la misa galicana correspondiente al momento en que se encontraba cuando fué suprimida (Cabrol, La messe en Occident, 139-156; Duchesne, Origines, 200-240; A. Wilmart, Germain de París (Lettres attribuées á), V 1; La messe: DACL 6 (1924) 1066-1090). 
     La misa comienza con cuatro cantos: el primero es la salmodia que, como el introito romano, acompaña la entrada del clero. Después del saludo del obispo a la comunidad (Dominus sit semper vobiscum) sigue el canto del trisagio, en griego y en latín; a continuación cantan tres niños el Kyrie eleison y, finalmente, el cántico Benedictus Dominus (Lc I, 68-79), que termina con una oración. Las lecciones que empiezan luego, son tres. La primera está tomada, por regla general, del Antiguo Testamento; la segunda, de los Hechos de los Apóstoles o de las Cartas, y la tercera, del Evangelio. Después de la segunda lección se intercala el cántico de los tres jóvenes en el horno de fuego: Benedictus es, y le sigue otro canto responsorial. Antes y después del evangelio se repite el trisagio, formándose una solemne procesión de los ministros, precedidos por siete ceroferarios. Sigue la homilía y termina la antemisa con la oración común de los fieles y la oración por los catecúmenos, que a continuación son despedidos; a ambas oraciones, lo mismo que en Oriente, precede una letanía diaconal.
     La misa sacrifical empieza con otra solemne procesión, en la que el clero lleva los dones al altar —la ofrenda de los fieles ha tenido lugar antes de empezar la misa—. La procesión, que se interpreta como la entrada triunfal de Cristo, va acompañada de un canto, llamado sonus; otro canto la termina. Una especie de alocución introductoria, denominada praefatio missae o missa, expone a los fieles, en un párrafo artístico, la ocasión y el sentido de la celebración en cada caso. Termina con una oración, a la que sigue la lectura de los dípticos, con los nombres de los que ofrecen o por los que se ofrece el sacrificio, y una oración final. A continuación se da el ósculo de la paz, que a su vez lleva consigo una oración. Por fin empieza, precedida por el diálogo acostumbrado, la solemne oración eucarística, o sea su parte primera, el prefacio, llamado immolatio o contestatio, cuya idea fundamental se centra en la acción de gracias, pero que frecuentemente se convierte en súplica. Desemboca en el Sanctus, al que, empalmado ordinariamente con una palabra del Sanctus, sígue el Post Sanctus, que con algunas frases lleva al relato de la institución. Después se reza la oración denominada Post secreta o Post mysterium (en el rito mozárabe: Post pridie), que contiene ordinariamente la anámnesis y epíclesis. La fracción del pan y el orden de colocación de las partículas sobre el altar está prescrito con minuciosidad; va acompañada la ceremonia de un canto antifonal. Una oración especial, que, como todas las demás, varía, conduce al Pater noster, que se recita por todos juntos y en el embolismo se amplifica. Culminación de la misa galicana la constituye también la bendición solemne, que se da, por lo menos en la misa pontifical, antes de la comunión. Se anuncia por el diácono, y para esto existían colecciones especiales de fórmulas apropiadas a cada fiesta. La comunión va acompañada del salmo 33 o de algunos versículos suyos o de otro canto, para terminar con una oración.


Características
60. Por este breve resumen vemos perfectamente cómo la misa galicana, que con pequeñas variantes es la misma en los otros ritos del grupo galicano, tiende al esplendor y la solemnidad. La misma impresión causa su estilo florido y ampuloso, que gusta de detenerse en descripciones y no raras veces rompe los moldes, pasando de la oración al sermón y del sermón a la oración, mientras que su contenido teológico acusa muchas veces las conmociones originadas por las luchas cristológicas; pues no fué solamente en España donde las controversias con el arrianismo germano ejercieron una influencia decisiva sobre la vida eclesiástica. Sírvanos de ejemplo la collectio ad pacem del Missale Gothicum en la fiesta de San Clemente, donde e. o. la primitiva invocación de la Santísima Trinidad, tan cara a la liturgia galicana, se ha convertido en la de Cristo.
     Concordator discordiae et origo societatis aeternae, indivisa Trinitas, Deus, qui Sisennii infidelitatem ab Ecclesiae unitate disiunctam per sanctum Clementem antistitem et subdis catholicae fidei et innectis perpetuae caritati: exaudí preces nostras illamque nobis pacem trihue, quam quondam aetherem ascensurus Apostolis reliquisti, ut qui praesentium labiorum impressione inlegati fuerint osculo, tua custodia pacifici permaneant in futuro. Quod ipse praestare digneris qui cum Patre (Muratori, II, 554. Cf. Jungmann, Die Stellung Christi, 78-93, 195-198).

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